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Once minutos

La retroexcavadora llegó a las siete menos cuarto en una góndola, por la carretera de Huelma, y tardó doce minutos en bajar de la plataforma, y la maniobra la hizo el maquinista solo, con la niebla y con los faros de la góndola puestos, mientras nueve o diez personas lo miraban desde el otro lado de una cinta de plástico blanca y roja.

Menos dos en el salpicadero del coche. Nieves lo había mirado a las seis y cuarto, en la plaza de la Constitución, antes de bajar los dos kilómetros andando.

La comisión judicial era cuatro personas.

La letrada del juzgado, con un plumífero encima del traje y una carpeta que no abrió en tres horas.

El topógrafo, con el trípode montado sobre uno de los clavos numerados.

El sargento Poyatos, con el capote y sin gafas.

Y dos guardias jóvenes que pusieron la cinta.

Detrás de la cinta, en el borde del hormigón del patio viejo, estaba el pueblo.

No todo. Treinta y tantos, cuarenta, los que a las siete de la mañana de un viernes de febrero no tenían que estar en ningún sitio, y algunos que sí lo tenían y habían venido igual.

La gente de un pueblo de setecientos ochenta habitantes viendo cómo bajan una máquina amarilla de una góndola encima de un descampado en el que llevan trece años sin mirar.

Y Aurelio Zafra estaba allí desde antes que nadie.

Lo primero que Nieves vio al doblar la esquina de la nave, a las seis y cuarenta, con la niebla a diez metros de visibilidad, fue el portón de la valla de atrás abierto de par en par y una cadena con su candado colgando ordenadamente del poste, sin forzar, sin cortar, abierta con su llave.

La había abierto él. Claro que la había abierto él.

Era el maestro de almazara, tenía las llaves de la casa y a las seis y media de la mañana un camión con una máquina de veinte toneladas no entra por ninguna otra parte, y ninguna de las cuatro personas de aquella comisión judicial sabía por dónde se abría aquello.

Alguien llamó a alguien a las seis y veinte y Aurelio Zafra bajó de su casa andando y abrió el portón, y luego se apartó tres pasos, y luego se quedó allí de pie, con un plumífero azul marino y las manos a los lados.

Útil hasta el final. Servicial hasta el final.

Nadie le había pedido explicaciones. Nadie le había tomado declaración.

En el auto de dos folios y medio del juzgado de instrucción número 2 no aparecía su nombre por ninguna parte, porque el nombre de un jefe de patio de 2011 no se lo había dicho a nadie ni Nieves Sabariego, que no tenía nada que darle a un juez salvo la firma de un parte y una rejilla puesta un sábado.

———

A las siete y diez la retroexcavadora empezó a mover tierra en la esquina noreste, donde el topógrafo había marcado con un espray naranja un rectángulo de cuatro por cuatro.

El ruido de una máquina de esas en un descampado con niebla es un ruido gordo y lento: el diésel, el chirrido de la cadena y luego el arañazo del filo contra la tierra helada, que los tres primeros golpes no cogió nada porque los siete primeros centímetros eran piedra.

Nieves estaba fuera de la cinta, a la izquierda, apartada, con las manos en los bolsillos y sin nada que hacer allí, porque no era denunciante, ni testigo, ni perita, ni empleada de nadie: era una mujer de cuarenta y tres años, en paro desde el lunes, mirando una máquina.

Aurelio Zafra llegó a su lado sin ruido, a las siete y veinte, y se puso a metro y medio, mirando al frente, y no dijo nada durante cuatro cucharas.

— Nieves.

— Yeyo.

— Está en el fondo — dijo—. En esa esquina no. Está en la otra, en la que da a la nave, en el rincón de la izquierda del todo, pegada al borde. Van a tardar.

Nieves no se movió, y el maquinista levantó otra cuchara y la volcó en el montón, y salió tierra roja de préstamo, de la que trajeron en camiones en abril de 2012, con las piedras del machaqueo todavía blancas y sin una raíz dentro.

— Díselo tú — dijo Yeyo.

— Díselo tú.

— Yo se lo diré. — Y lo dijo con la misma voz plana con la que dos semanas antes le había dicho hay niebla, te llevo—. Cuando la saquen. No antes, porque si lo digo antes no la sacan hoy y mañana es sábado.

El diésel subió y bajó.

— Yo esto lo llevo pensado desde el sábado — dijo Yeyo—. Desde que puse la rejilla.

———

Lo contó en veintiséis minutos, y Nieves lo supo porque miró el reloj del móvil al principio y volvió a mirarlo al final, que era lo único que sabía hacer con la gente cuando la gente se ponía a hablar de verdad.

Lo contó de pie, mirando la máquina, sin girar la cabeza ni una vez, con la voz baja, la voz de siempre, la voz de un hombre que ha pasado treinta años dentro de una nave en la que no se puede hablar y ha aprendido a decir las cosas una sola vez y cortas.

— Éramos tres — dijo—. El maestro, el chico de la cuadrilla y yo. Las ocho y cuarto. No había nadie más en toda la casa. La báscula estaba cerrada desde las siete y diez y Chano se había ido a Jaén a las ocho, a lo de la cena.

— Estabais moliendo del troje 3.

— Del 3. Fruto de once días metido allí, caliente por dentro.

Aquello no era aceituna, era compost. — Una cuchara—.

Chano quería producto físico. Quería que en la nave hubiera aceite saliendo por si venía alguien.

Y quería el depósito 7 vacío para el día siguiente, que entraba lo de Baena y había que mezclarlo con algo.

Eso es todo lo que había esa noche. Eso era todo.

— ¿Y Trini?

— Las nueve menos veinte. — Yeyo tenía las manos a los lados y no las movió en veintiséis minutos—. Aparcó fuera, en la cuneta, el coche blanco de su padre. Entró con la bata puesta y con un frasco. Me dijo: vengo a coger otra del 7. Y yo le dije: coge.

— ¿Y ya está?

— Y ya está. — Por primera vez levantó un poco la barbilla—.

Nieves, esa niña era prima mía. Su madre y mi padre son primos hermanos.

Ella y yo, primos segundos. En este pueblo los Zafra somos todos primos, y ella y yo nos hemos criado en la misma calle, y yo la he llevado en el remolque con seis años.

— La barbilla volvió a bajar—. Yo con esa niña no tenía nada. Nadie tenía nada con esa niña.

El topógrafo dijo un número y el maquinista movió la máquina un metro a la izquierda.

— A las nueve y diez se hizo bóveda en la tolva 2 — dijo Yeyo—. El fruto helado se agarra. Se queda arriba, hecho un techo, y por abajo el sinfín gira en vacío y se ahoga.

— ¿Y lo oíste?

— No.

Nieves esperó.

— Yo del izquierdo no oigo nada — dijo Yeyo Zafra—.

Nada. Y la tolva 2 la tengo a la izquierda.

Yo llevo media vida sin oír una máquina ahogarse.

Los demás lo oyen, tú lo oyes, hasta el chico de la cuadrilla lo oía.

Yo tengo que verlo. — Se paró—. Los demás quitan la rejilla para picar con la barra. Yo la quitaba para mirar.

Y ahí estaba.

— A las nueve y diez de aquella noche subí la escalerilla y quité la rejilla — dijo—.

Cuatro tornillos, con la llave de tubo, la de catorce.

Y la dejé en el suelo, contra la pared, debajo de la escalerilla.

— Otra cuchara—. Y me subí al labio y piqué la bóveda con la barra y bajó, y bajé yo y me fui al cuadro a mirar el amperaje, que si el sinfín ha forzado se ve.

— ¿Y ella?

— Y ella se subió al labio.

El diésel subió. La cuchara bajó y arañó.

— Ella estaba abajo con el frasco en la mano y salía el fruto negro y ella quería ver por qué. — Yeyo se calló ocho segundos—. Porque tú le habías dicho que se había equivocado. Eso yo lo supe después.

Nieves miró la máquina y no dijo nada, porque no había nada.

— El labio de la tolva es chapa. Está mojado de escarcha y de zumo. Eso es jabón. — Una cuchara—. Yo estaba de espaldas, en el cuadro, a diez metros. Yo no la oí gritar, Nieves. Yo la vi.

———

— Las nueve y veinte — dijo Yeyo—. Le cogió la pierna derecha por debajo de la rodilla. Yo le di al paro y Tolo se metió debajo y le dio a la manivela al revés, a mano, y era un hombre de cincuenta y siete años y le dio él solo. Tres minutos. Cuatro. Y la sacamos.

— ¿Viva?

— Viva. — Yeyo tragó y no le salió—. Las nueve y veintiséis. En el suelo del patio, en el hormigón, a dos bajo cero. Consciente. Hablando. Rápido, hablaba muy rápido. Y la sangre salía a golpes.

— ¿La tocaste?

— No.

— ¿Ni una vez?

— Ni una vez — dijo Aurelio Zafra—. Yo a esa niña no la toqué en toda la noche. Hasta después.

La letrada del juzgado se acercó al borde de la zanja, miró y volvió.

— Tolo dijo: el 112 — dijo Yeyo—. Y el chico echó a andar para la oficina. Y yo dije no. — Una cuchara—. Y luego dije espera. Espera un momento. Déjame pensar.

— ¿Por qué?

Yeyo Zafra tardó lo que tardó, y en ese rato el maquinista bajó el brazo, paró a limpiar el filo con una barra y volvió a subirlo, y los cuarenta del pueblo, detrás de la cinta blanca y roja, siguieron sin decir nada.

— La rejilla la había quitado yo — dijo—.

Esa noche, a las nueve y diez, con mi llave de tubo.

Eso no es de la máquina. Eso es mío. — Se le fue la voz un cuarto de tono y volvió—.

Yo tenía treinta y ocho años. Tenía a Loli.

Tenía al niño con dos. Y tenía a la niña, que había nacido el nueve de noviembre.

Cinco semanas, Nieves. Cinco semanas tenía.

— Se paró—. Y tenía una hipoteca a veintitrés años.

Y no había hecho nada malo en mi vida. Nada. Ni una multa.

— Y la dejaste ahí.

— Yo la dejé ahí.

— ¿Once minutos?

— Once minutos.

Y entonces dijo lo único que Nieves no había podido imaginar en once semanas, que era la única cosa que no estaba en ninguna ficha ni en ningún parte ni en ningún libro de bodega.