Muestra 41 Once minutos #2
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Once minutos #2

— Yo miré el reloj — dijo Yeyo Zafra—. Yo estaba de pie encima de ella y miraba el reloj.

Un Casio, de los de correa negra. Las nueve y veintiséis.

Y yo pensaba: ahora llamo. Ahora, en cuanto pase esto.

Ahora pienso una cosa y llamo. — Se le movió una mano, dos centímetros, y volvió a su sitio—.

Y miraba el reloj otra vez y eran las nueve y veintisiete. Y luego las nueve y veintiocho.

La niebla no levantaba. El diésel sonaba.

— Ella decía llama. — Yeyo lo dijo así, sin nada—.

Lo dijo cuatro veces. Y Tolo me tenía cogido del brazo, y yo le tenía cogido del brazo a él, y el chico estaba a un metro y no se movía porque yo le había dicho espera y el chico no tenía papeles.

— Un silencio—. Yo no dije nada más. Yo lo único que dije en once minutos fue espera.

— ¿Y a las nueve y treinta y siete?

— A las nueve y treinta y siete miré el reloj y dije: once minutos.

Nieves cerró los ojos un segundo y los abrió.

No fue un asesinato. Fueron once minutos.

———

Lo demás lo dijo más deprisa, y todo lo demás fueron dos minutos, porque el resto de aquella noche era trabajo, y Aurelio Zafra llevaba treinta años despachando el trabajo en dos minutos.

— Tolo abrió el almacén viejo. Trajimos capachos de la pila, de los del cincuenta y siete, los redondos de esparto.

La envolvimos. Y dos contrapesos de la prensa, dos de los de hierro, que pesan cincuenta y tantos cada uno.

— El filo arañó—. Y la llevamos a la balsa. Entre los tres. De diez a once y media.

— ¿Y el coche?

— El coche lo llevé yo. — Yeyo miró el suelo por primera vez en veinte minutos—. A la estación de autobuses de Jaén. Con el bolso dentro y las llaves debajo del asiento. Salí a las doce menos veinte.

— Sesenta y uno.

— Treinta y medio de ida. — Yeyo levantó la cabeza—. El chico detrás, con el todoterreno de la casa, para traerme. Entramos aquí a la una menos veinticinco.

— El parte del vehículo lo escribió Tolo.

— Lo escribió Tolo. — Y por primera vez en veintitantos minutos, a Aurelio Zafra se le movió algo en la cara—.

Yo lo vi. En la oficina, a la una de la mañana, de pie, con el libro abierto.

Y en la casilla del que conduce puso el nombre del chico.

Y lo tachó. Y puso el mío. Y lo tachó. Y estuvo tres minutos con el boli parado ahí.

— Se pasó la lengua por el labio—. Y puso el suyo.

Nieves se quedó mirando la máquina amarilla y la niebla y no fue capaz de decir nada durante veinte segundos largos, y luego dijo lo único que le quedaba, que era otro dato.

— El depósito 7 se limpió el 15.

— Lo limpié yo — dijo Yeyo—. Solo. Ocho horas, con la manguera, en plena campaña, con la cola en la puerta.

Chano bajó a las cuatro de la tarde y me puso de todo, que si estaba loco, que si perdíamos el día, que si le costaba no sé cuántos miles.

— Se encogió mínimamente de hombros—. Chano no sabía nada.

Chano no ha sabido nunca nada. Ese hombre mandó borrar tres horas y se fue a que le dieran una placa, y en catorce años no me ha preguntado ni una sola vez qué pasó dentro de esas tres horas.

Ni una. — Miró la máquina—. Ese es el que os parece a todos el malo.

———

A las ocho menos cuarto, el maquinista bajó de la cabina para orinar detrás de la góndola y la máquina se quedó parada con el motor al ralentí, y Aurelio Zafra se apartó cuatro pasos y se agachó junto a un charco.

Era un charco de la lluvia del martes, de dos metros por uno, en la rodera que había hecho la góndola. Tenía dos centímetros de hielo encima.

Yeyo lo rompió con el tacón. Lo rompió con cuidado, en el borde, sin salpicar, y luego se arrodilló en la tierra con el plumífero azul marino y metió las dos manos en el agua de debajo del hielo, a cero grados, y se las lavó, y Nieves lo cronometró con el reloj del móvil, porque a esas alturas era lo único que sabía hacer.

Cuarenta segundos.

Dedo por dedo, las uñas contra la palma, dos veces cada mano. Después se levantó, se las secó en el forro del plumífero y las dejó caer a los lados, limpias, con el barro en las rodillas del pantalón, y volvió a ponerse a metro y medio de ella, mirando al frente.

— Yo no la maté, Nieves — dijo Aurelio Zafra—. Yo esperé.

———

A las ocho y cinco, Nieves se giró para buscar aire donde no lo había, y en el borde del descampado, arriba, estaba Tolo Herrador.

Estaba fuera de la cinta, fuera de la cinta, apartado de los cuarenta del pueblo, solo, a unos treinta metros, con el gorro de lana y la chaqueta de pana y las manos en los bolsillos.

Había subido los diez pasos del terraplén y se había parado allí.

Se le veía la mitad, porque la niebla a treinta metros ya se comía a la gente por los pies.

No se movió en toda la mañana. No habló con nadie. No se acercó. Estuvo de pie a treinta metros, con setenta y un años y un pulmón, a menos dos, mirando una máquina.

El maquinista volvió a subir a la cabina a las ocho y siete y movió la retroexcavadora al rincón del descampado que daba a la nave, el de la izquierda del todo, porque el topógrafo le señaló con el brazo, porque el sargento Poyatos había cruzado la cinta y le había dicho algo al oído a la letrada del juzgado, y la letrada había mirado hacia donde estaba Nieves Sabariego, y Nieves Sabariego no había abierto la boca.

El brazo bajó. El filo entró en la tierra en el borde mismo del rectángulo, a doce pasos del hormigón viejo. El diésel se cargó, se ahogó, se recuperó, y la cuchara subió llena.

Y en lo alto, colgando del filo, empapado, negro, deshecho, con las fibras abiertas, salió un disco de esparto trenzado de setenta y cinco centímetros de diámetro con un agujero en el centro.

El maquinista lo volcó en el montón y no lo miró.

El topógrafo no lo miró. Los dos guardias jóvenes no lo miraron. Los cuarenta del pueblo, detrás de la cinta, a cuarenta metros y con niebla, no vieron nada.

Y de la tierra removida subió un olor.

Subió despacio, con el aire de la mañana, sin prisa, y llegó hasta la cinta de plástico blanca y roja y siguió hasta la carretera, y allí, en todo aquel descampado de sesenta metros por cuarenta, entre cuarenta y siete personas, una máquina y una comisión judicial, había exactamente una que sabía cómo se llamaba.