Muestra 41 Frutado verde
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Frutado verde

Vino el pueblo entero, y Nieves lo contó desde el fondo, porque contar era lo único que sabía hacer y porque hacía ocho años que no iba a un entierro: doscientas cuarenta personas, o doscientas cincuenta, apretadas en un cementerio de ladera que tiene tres calles y un ciprés.

Vinieron los que se acordaban de ella y los que no.

Vino Fali Rodenas con su madre del brazo.

Vino la del bar con el delantal quitado.

Vino el socio de la gorra, y estuvo todo el rato mirándose los zapatos.

Vino Nacho Latorre, con traje, y se quedó al lado de la puerta, y no habló con nadie, y se fue el primero.

Chano no vino. Chano tenía otras cosas.

En la misa de Santa Ana, antes, la iglesia se había quedado pequeña, y en la puerta, en el atrio, había cuarenta o cincuenta de pie, y a la salida, mientras el coche subía la cuesta al paso, Nieves oyó lo que se dice en estos sitios, que es siempre lo mismo y siempre lo dicen bajito.

— Qué cosa más grande.

— Y catorce años.

— Si es que aquí no pasa nada nunca.

Sagrario Zafra Millán tenía setenta y ocho años y llevaba el abrigo de su hija doblado encima del brazo izquierdo: un abrigo de lana gris, de tres cuartos, con el forro de cuadros y un botón cosido con hilo de otro color, que llevaba catorce años dentro de una bolsa de plástico en un armario de la calle Cava y que el 30 de enero Nieves había abierto y había leído como se lee un papel: atrojado, rancio, tierra.

Sagrario lo llevó doblado en el brazo durante la misa, y durante la cuesta, y durante la escalera del enterrador, y durante los quince minutos que se estuvo allí después, mientras la gente iba pasando y le daba dos besos y le decía lo que se dice.

Una mujer le puso la mano en el brazo y le dijo que le guardaba el abrigo un momento, si quería, que iba muy cargada, y se lo dijo con toda la buena intención del mundo, que es como se dicen estas cosas en los entierros de los pueblos, por tener algo que hacer con las manos.

— No — dijo Sagrario.

Y no lo dijo mal, ni con rabia, ni con nada. Lo dijo igual que llevaba catorce años diciendo lo mismo delante de quien fuera: en la calle Cava, en el patio de la cooperativa y en el cuartel de Huelma en marzo de 2012.

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De lo demás se enteró Nieves por el mismo sitio por el que se entera todo el mundo, que es el teléfono de su madre.

Aurelio Zafra Rodenas declaró el 27 de febrero por la tarde, en el juzgado de instrucción número 2 de Jaén, después de llamar él mismo al sargento Poyatos a las once y diez de la mañana desde el patio, cuando todavía estaba la máquina trabajando.

Está procesado. Tiene un abogado de Jaén, no está en prisión y no lo va a estar hasta que un tribunal diga lo que tenga que decir, y eso, le explicaron a Nieves por teléfono con mucha paciencia, va a tardar años.

Bartolomé Herrador Anguita declaró el 4 de marzo. Cinco horas y media, con un descanso, con un inhalador encima de la mesa. Contestó a todas las preguntas que le hicieron. A todas.

Brahim Oulad Sekkat declaró el 24 de febrero, un martes, y volvió a declarar el 11 de marzo, y las dos veces se cogió el día en la finca y las dos veces fue conduciendo desde Torredonjimeno, veinticinco kilómetros, y volvió por la tarde a acabar la jornada.

A Feliciano Valenzuela Cózar lo procesaron el 9 de marzo.

Lo de 2011 estaba prescrito y ya no se lo podía cobrar nadie.

Lo que le cayó encima fueron los ochenta y nueve mil kilos que había vuelto a comprar en enero, este año, con la fusión encima, para inflar el balance.

Catorce años haciendo lo mismo y lo pillaron por lo de ahora.

La fusión con Olivar de Mágina se aplazó sin fecha.

Las obras del patio nuevo siguen paradas y hay catorce estacas de madera con la punta naranja clavadas en un descampado que ya no es un descampado, y cuatrocientos doce socios que se han quedado sin sus ciento noventa y cuatro euros de ahorro y que van a seguir descargando en cola, con los faros encendidos, a las siete de la mañana.

Nieves Sabariego Ariza no tiene trabajo desde el 23 de febrero.

El panel del Laboratorio Agroalimentario Bética, S.L.

está suspendido cautelarmente desde el 6 de marzo.

Ramón Alcalá no ha dimitido y no va a dimitir, y tiene razón, y sigue en su despacho gestionando la revisión de las certificaciones.

Sole Torrecillas sigue en la cabina 3 y ha pedido el traslado a la sala 1, que es donde catan los aceites que no son de nadie.

Cuatro mil ciento sesenta y dos actas en revisión.

Catorce meses de paro.

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El día del entierro, después, antes de bajar a Jaén, Nieves entró en el bar La Báscula y pidió un café solo y no se lo bebió.

Había ocho personas y todas de negro. El televisor sin volumen. El brasero apagado, porque a 26 de marzo, a las siete de la tarde, en Valdehelada, ya hacen dieciséis grados y la gente saca las sillas. Fue al tablón porque estaba allí.

El recorte de El Eco de Mágina del 16 de diciembre de 2011 seguía en su sitio, con sus dos chinchetas verdes, a la altura de los ojos, un poco a la izquierda del centro.

Chano de cuarenta y cuatro años, con todo el pelo y la placa de metacrilato en las manos y la boca abierta de risa. Nadie lo había quitado.

Y dos chinchetas más allá, a la derecha, había uno nuevo, blanco, sin amarillear, con el papel todavía flexible.

Era media columna. Traía una foto pequeña, tomada desde la carretera, con niebla, en la que se veía una máquina amarilla y una cinta de plástico y unas figuras.

El titular hablaba de unos trabajos judiciales en la antigua balsa de una cooperativa de la comarca. El texto tenía once líneas.

Alguien lo había recortado, había traído el periódico al bar y le había pedido a la del bar que lo pusiera ahí, que se viera. Y ahí estaba, clavado con una chincheta, entre la lista de la matanza de 2009 y la primera comunión de alguien.

Nieves se quedó delante del corcho un rato. Detrás, en la barra, dos hombres hablaban de la lluvia que hacía falta y de lo que iba a costar el abono.

———

En marzo, la orujera de Cambil para.

Deja de humear a mediados de mes, cuando se acaba de procesar el alperujo de la campaña, y entonces el aire de aquel valle se queda limpio de golpe, y sube el olor del suelo: la tierra mojada, el romero de las cunetas, la retama, el humo de leña de olivo de las chimeneas de la calle Real.

Un aire que se puede beber. Nieves bajó la ventanilla en el cambio de rasante, a los novecientos metros, en el sitio exacto en que llevaba bajándola desde el 2 de diciembre.

No había nada.

Nadie dijo nada de eso en todo el día. Ni en la iglesia, ni en la cuesta, ni en el cementerio, ni en el bar.

Doscientas cincuenta personas habían vivido tres meses dentro de un olor y aquella tarde se había acabado, y ni uno solo lo mencionó, porque el aire limpio no es una noticia y porque, cuando llegue noviembre, la orujera volverá a encenderse y a los cuatro días tampoco lo dirá nadie.

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Sole subió al piso de Jaén el sábado 28 a las once de la mañana, con una bolsa de tela y sin quitarse el abrigo.

— Diez minutos — dijo—. Que si me ven aquí me matan.

Sacó de la bolsa un frasco de cristal topacio de doscientos cincuenta mililitros, tapón blanco, precintado, con su etiqueta impresa. Y una ficha de perfil en blanco, de las de la casa, con la cuadrícula y las escalas de diez centímetros.

— La remesa de Valdehelada está retenida desde el veinticinco de febrero — dijo Sole—.

Entera. Ciento cuarenta y dos muestras metidas en una nevera con un precinto del juzgado.

— Puso el frasco encima de la mesa de la cocina—.

Y esta sobraba. Ciento cuarenta y tres. — Se quedó mirándolo—.

Entró el diecinueve. Es la última que salió de allí antes de que pararan la molienda. No la ha catado nadie, Nieves. Nadie.

— Sole.

— No me digas nada. — Sole se puso la bolsa vacía debajo del brazo—. Yo he catado lo que me han puesto y lo he puesto tal como me ha salido. Todos los días desde el veintiuno. Eso es lo que me dijiste.

Y se fue, y en el descansillo se dio la vuelta y dijo:

— Ciento cincuenta y ocho.

———

La cocina de Nieves Sabariego tenía siete metros cuadrados, una ventana al patio de luces que estaba abierta a dieciséis grados y no olía a nada, porque en aquella casa no se cocinaba con ajo, ni se fumaba, ni había un animal, ni había un ambientador, ni había una vela, ni había nadie.

En el armario de arriba, donde otra gente tiene copas de vino, había dos copas azules. De cristal azul cobalto, de sesenta mililitros, con el pie corto y la boca estrecha. Las tenía desde 2009.

Puso un cazo con agua en el fuego y metió dentro el termómetro de la carne que le había dado su madre en 2014 y que no había usado nunca. Lo dejó subir hasta veintiocho y apagó.

Cortó el precinto con la uña, destapó y sirvió quince mililitros. Le puso encima un platillo, porque no tenía vidrio de reloj, y metió la copa en el agua, y se estuvo diez minutos de pie, apoyada en el fregadero, mirando el patio de luces.

A los diez minutos la sacó, la secó, se sentó, la cogió con la palma de la mano izquierda por debajo, le dio tres vueltas cortas, quitó el platillo y metió la nariz.

Y allí no había nada de lo que había habido en tres meses. No estaba el troje. No estaba el capacho. No estaba el hierro. No estaba la tierra. No estaba el agua negra.

Lo que había era hierba cortada. Alcachofa.

Tomatera. Almendra verde. Hoja de olivo partida con las manos.

Un picante limpio, alto, al final de la garganta, de los que hacen toser a los que no están acostumbrados.

Un aceite de picual de aceituna de vuelo, cogida del árbol la misma mañana, molida en frío el mismo día, decantada y punto.

Aceite de un olivar de novecientos cuarenta metros después de una helada, hecho a mano, en un almacén, en una prensa de laboratorio de cien mililitros, por un hombre de setenta y un años con la respiración justa que había ido a la finca a las siete de la mañana y había vareado él solo lo que necesitaba. Un hombre que no lo había olido.

Que no lo iba a oler nunca.

Que lo había hecho a ciegas, con las manos, con lo que se le había quedado dentro de cuarenta y siete años, y lo había metido en un frasco, y lo había puesto en una caja de muestras, y lo había mandado a treinta kilómetros y medio de allí, a una mesa, a una sala a veintiún grados que no huele a nada, a la única nariz que le quedaba en el mundo.

Nieves lo cató tres veces, y luego dos veces más en boca, con los labios apretados y el aire entrando en sorbo por los lados, y a la segunda tosió, y llevaba veintiún años sin toser con un aceite.

Después dejó la copa azul en la mesa, encima de la ficha en blanco, y se estuvo un rato mirando por la ventana el patio de luces, con las manos quietas, sola, en una cocina de siete metros cuadrados, un sábado por la mañana, sin trabajo, sin panel, sin acreditación, sin firma y sin nadie que se lo tuviera que firmar.

Luego cogió el bolígrafo.

Escribió en la ficha, con su letra: frutado verde, intensidad tres y medio, ningún defecto.

Firmó.

Y no lo repitió.