Muestra 41 Molienda
82%

Molienda

Chano lo dijo a las doce, subido al escalón de la oficina, con la voz que le llegaba hasta la carretera y sin necesidad de papel.

— ¡Que no hay! — Y abrió los brazos, con la camisa de cuadros y sin abrigo a cuatro grados, porque Feliciano Valenzuela no había pasado frío en su vida—.

¡Que no hay, señores, que se ha acabado!

Que este año la aceituna se ha quedado en el árbol de la sed que ha pasado, y el que la tenga que la traiga esta semana, que a partir del jueves vamos con una línea, y el que se despiste se queda fuera, ¿eh? , que yo aviso.

Alguien preguntó por el rendimiento y Chano se rio y dijo un número, y otro alguien preguntó por la fecha y Chano dijo otro, y los dos números se los sacó de la manga allí mismo, porque Feliciano Valenzuela llevaba dieciocho años presidiendo aquella casa a base de decir cifras redondas en voz alta y dejar que las cuadrara luego la de la báscula.

— El diecinueve. El diecinueve o el veinte molemos lo último y a cerrar. Y el veintiocho, hormigón, y el año que viene descargáis como Dios manda, en un patio nuevo, todos juntos, sin colas y sin barro. Que ya está bien, hombre, que ya está bien.

Hubo palmas. No muchas: siete u ocho pares de manos con guantes, ese aplauso de campo que suena a lija.

Chano bajó del escalón repartiendo espaldas y llegó hasta Nieves con la mano por delante y la colonia por delante de la mano, y a Nieves se le cerró la garganta a metro y medio, que era la distancia a la que se le cerraba siempre.

— ¡Nieves, hija! ¿Otra vez por aquí? Esta mujer se nos ha enamorado del pueblo. — Le puso la mano en el hombro y se la dejó puesta—. Oye, dile a Ramón que las certificaciones que me las tenga para el uno de marzo, que Latorre me trae loco. Que no me falle. Dile que se lo pido yo.

— Se lo digo.

— Esa es mi niña.

Se fue hacia el todoterreno blanco riéndose de algo que había dicho él mismo, y Nieves se quedó con el hombro caliente y con veinte segundos de colonia cara encima de sudor metidos en la nariz, y con la certeza, la de siempre, la de dos meses, la que le venía por debajo del pensamiento: fue él.

———

— Cuatro millones ciento veinte mil kilos — dijo Fali a la una, en la báscula, sin que se los pidiera, girando la pantalla del ordenador para que Nieves los leyera ella misma—.

El año pasado por estas fechas, siete millones doscientos.

Ha entrado el cincuenta y siete por ciento.

Y de la sierra alta ya no baja nada, que allí ni se ha molestado la gente en poner las mallas.

— Apagó la pantalla—. El diecinueve se para.

Y el veinte se limpia todo y se cierra hasta noviembre.

— ¿Y luego?

— Y luego el patio. — Fali cogió un boli y lo dejó—.

Nieves, yo te digo una cosa. Cuando esto se cierra, se cierra.

Aquí en marzo no hay nadie. Aquí en marzo hay un candado, y el candado lo tiene Yeyo, y en el patio nuevo estarán los de la obra, y a los de la obra no los conoces tú y no los conozco yo.

Nieves se apoyó en el mostrador de la báscula, ese mostrador de formica gastada por treinta años de codos, y se puso a hacer la cuenta que llevaba dos días sin querer hacer.

Lo que tenía, a día 10 de febrero, era esto.

Seis frascos de aceite fabricados por un jubilado de setenta y un años en un almacén sin ventanas, sin cadena de custodia, sin acta, sin panel y sin ningún valor jurídico de ninguna clase, y los seis los había recogido ella misma, sola, de una remesa que ella misma controlaba, lo cual, en un juicio, no la convertía en testigo: la convertía en la persona con más facilidad del mundo para haberlos puesto ahí.

Una fotocopia de un parte de molturación de 2011 que declaraba noventa y seis mil kilos, y unos tickets de báscula de aquel mismo día que sumaban once mil cuatrocientos, y que ella no debería tener, y que si alguien preguntaba de dónde habían salido hundían a Fali Rodenas y a nadie más.

Tres fotos de una libreta de partes de vehículo con el número 61 escrito en la columna de kilómetros y un borrón azul en la casilla del conductor, y una anotación de un libro de bodega que decía depósito 7, limpieza, 15 de diciembre de 2011, y que no significaba nada para nadie que no hubiera trabajado en una almazara.

Un abrigo de lana en una bolsa de plástico en un armario de la calle Cava, que olía a atrojado y a rancio y a tierra y que en el mundo entero podía leer una persona.

Y un sargento en Huelma que le había preguntado, con toda la educación del mundo y toda la razón del mundo, con qué se lo probaba. ¿Con un olor?

No tenía panel. No tenía acta. No tenía firma que valiera nada desde el 19 de enero. No tenía una sola prueba que un juez pudiera coger con la mano.

Tenía dieciocho días.

———

Subió a comer a casa de su madre, que era lo que se hacía los martes desde que su padre murió en 2018, y Nati frio pimientos con un dedo de aceite y habló hora y media de doce cosas, y a Nieves se le quedó una: que el domingo, en misa de doce, en Santa Ana, la de la calle Cava, la de los perros, había dicho delante de todo el mundo que a ver si con el patio nuevo se acababan las colas, y que la gente había dicho amén.

A las seis y media bajó andando a la cooperativa, dos kilómetros por la carretera de Huelma, porque el coche lo había dejado en la plaza de la Constitución y porque bajar andando era lo único que se le ocurría hacer con el cuerpo.

Cuando llegó, la fiesta pequeña ya estaba montada en el porche de la oficina.

Fin de campaña adelantado: dos mesas de caballete, una nevera portátil, gaseosa, un par de cajas de cerveza, tres bandejas de bocadillos de lomo cortados en cuatro y una bolsa grande de bollos de chocolate para los críos, que eran nueve o diez y que corrían entre los remolques parados chillando con el mismo escándalo que habrían montado en agosto.

Nieves se puso en el borde de todo aquello, contra la pared de la oficina, con un vaso de gaseosa que no se bebió.

Yeyo pagó los bollos. Lo hizo como lo hacía todo: sin decir nada.

Llegó el chico de la tienda con la bolsa, Yeyo sacó dos billetes del bolsillo del pantalón, se los dio, cogió la bolsa, la puso en la mesa, la abrió y se apartó.

Y los críos se echaron encima. Y él se quedó dos pasos por detrás, con las manos a los lados, mirándolos comer, y en toda la fiesta no habló con nadie más de veinte segundos seguidos.

— Todos los años — dijo un socio al lado de Nieves, un hombre de sesenta y tantos con la gorra puesta, que estaba mirando lo mismo que ella—.

Todos los años los paga él y todos los años dice que los ha pagado la casa.

— Le dio un trago a la cerveza—. Y luego está lo de la nieve. ¿Usted no es de aquí?

— Soy de aquí.

— Pues entonces se acordará. Cuando se cierra Huelma, cuando se pone la carretera de hielo, ese hombre saca el tractor a las cinco de la mañana y abre él.

Sin que se lo pida nadie. Y no cobra, ¿eh?

Ni un duro. — Se rio—. Y en enero, sin ir más lejos, se llevó a mi cuñado a Jaén a las cuatro de la mañana, con el riñón.

A las cuatro. Se levantó, cogió el coche y para abajo.

— Otro trago—. Es más raro que un perro verde.

No habla. Pero mire usted, si a mí me pasa algo esta noche, yo no llamo a mi hermano. Yo llamo a Yeyo.

Nieves miró la gaseosa. Contó las burbujas que subían por una raya del vaso, doce, catorce, y perdió la cuenta.

— ¿Y de Trini Extremera se acuerda usted? — dijo, sin girar la cabeza.

El socio tardó lo que tardan todos.

— La niña del laboratorio. — Un trago—. Sí, hombre. Esa se fue a Granada.

———

A las siete y veinte la niebla se había puesto de manera que desde el porche no se veía la báscula.

Nieves se abrochó el abrigo y echó a andar hacia la salida, y a los quince pasos, en el borde del hormigón, donde empezaban los dos kilómetros de carretera sin arcén, se paró, porque a la carretera de Huelma con esa niebla y sin chaleco no sale ni un loco.

— Nieves. Te llevo — dijo Aurelio Zafra, que estaba a cuatro metros de ella, en la niebla, con las llaves de la furgoneta colgando de un dedo.

— No hace falta.

— Hay niebla — dijo Yeyo. Y no dijo más, porque nunca decía más, y porque tenía razón.

La furgoneta era vieja, de caja abierta, con el asiento del copiloto reventado y una manta de cuadros doblada encima. Yeyo quitó de en medio dos guantes, una llave inglesa y un vaso de plástico, tiró la manta hacia atrás y esperó a que ella subiera antes de cerrar la puerta.

Salió a la carretera a treinta por hora.

Puso las de niebla, las de delante y la de atrás, y las largas no, porque las largas con niebla te ciegan, y eso lo saben los de aquí y no lo saben los de fuera.

La aguja no pasó de treinta y cinco en los dos kilómetros.

El limpiaparabrisas iba al intermitente: un barrido cada cuatro segundos.

Nieves los contó. Once barridos hasta el cartel del kilómetro 1.

Yeyo conducía con las dos manos arriba, mirando la raya blanca del borde, que era lo único que se veía, y cuando la raya se borraba levantaba el pie y no decía nada, y Nieves se pasó dos kilómetros mirando aquellas manos en el volante: grandes, deformadas por treinta años de trabajo, con los nudillos partidos, con las uñas cortas y limpias.

— Yeyo.

— Dime.

— El turno de noche del 14 de diciembre de 2011 no existió.

El limpiaparabrisas hizo un barrido. Dos. La aguja bajó a treinta.

— Ese parte declara noventa y seis mil kilos — dijo Nieves—. La báscula de ese día registró once mil cuatrocientos. Esa noche aquí no se molió nada. Y a los dos días entraron cuarenta y un mil kilos de lampante de Baena que había que meter en algún sitio.

Tres barridos. La raya blanca apareció y se fue.

— Y tú eras el jefe de patio.

Yeyo no aceleró y no frenó. No la miró. No levantó la voz, porque Aurelio Zafra no levantaba la voz nunca, ni cuando se le cayó una cinta entera en 2019, ni cuando se le murió Josefa a Tolo, ni cuando nació la niña.

— Yo no le hice nada a nadie, Nieves — dijo.

El limpiaparabrisas hizo un barrido.

— Yo lo único que hice fue esperar.