Muestra 41 Alpechín
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Alpechín

Sirvió quince mililitros en la copa azul, le puso el vidrio de reloj encima y la dejó en el calientacopas los diez minutos reglamentarios, que son diez y no nueve, y se los esperó de pie, mirando por el cristal el pasillo vacío, con las manos a la espalda.

Y allí estaba el agua negra.

Nieves puso la copa en la mesa, cogió una hoja de las de imprimir del cajón de recepción, porque una ficha oficial lleva un número de acta y un número de acta hay que justificárselo a alguien, y escribió con boli, sin panel, sin sesión y sin nada detrás que respaldara aquellas cuatro palabras salvo veintiún años:

Y debajo, en la línea siguiente, porque ya llevaba tres meses haciendo eso y ya no le costaba ninguna violencia, escribió lo que la muestra decía.

La balsa.

———

Se lo había enseñado Nacho Latorre el 22 de diciembre en una sala con café y proyector, y a Nieves le había parecido una diapositiva.

El nuevo patio de recepción de la cooperativa fusionada iría detrás de la nave, en el descampado.

Sesenta metros por cuarenta. Y el descampado era el descampado porque debajo estaba la balsa de alpechín vieja, que se había clausurado conforme al plan presentado en 2010 y sellado en abril de 2012, y que llevaba trece años siendo hierba, un cartel oxidado y nada.

Aquello, había dicho Nacho encantado, con el puntero rojo dando vueltas sobre el rectángulo, es la mejor noticia del proyecto: la subbase ya está hecha, señores, no hay que excavar, no hay que rellenar, no hay que compactar.

Cuarenta centímetros de hormigón encima y a rodar. Ochenta mil euros de ahorro.

Cuatrocientos doce socios y ochenta mil euros salen a ciento noventa y cuatro euros por cabeza, y sesenta metros por cuarenta por tres de hondo son siete mil doscientos metros cúbicos de un vaso de hormigón que se cerró en 2012 y que desde entonces no ha abierto nadie.

El 28 de febrero.

———

Subió a Valdehelada a la una y cuarto y no hizo nada por disimular, porque a esas alturas disimular era un trabajo que ya no le compensaba.

Aparcó dentro del recinto, en el sitio de las visitas, al lado del todoterreno blanco de Chano, y cruzó el patio por el medio, entre la cola de remolques y la báscula, con el abrigo abierto y sin prisa.

El patio de un sábado de febrero, con la campaña acabándose, tenía la mitad de los remolques y el doble de urgencia.

Faros encendidos a la una de la tarde porque la niebla no había levantado en tres días.

El zumbido. El granizo de las aceitunas cayendo a la tolva.

Un hombre en lo alto de un remolque empujando con un rastrillo lo que quedaba en las esquinas.

Y en mitad de todo aquello, subido a la escalerilla de la tolva 2, de espaldas, con una llave de tubo en la mano, estaba Aurelio Zafra.

Le estaba poniendo la rejilla.

Nieves se paró a cinco metros y lo miró.

Yeyo tenía la rejilla apoyada en la rodilla, un enrejado de pletina de un metro por uno y medio, oxidado por los cuatro cantos, que llevaba desde el 5 de diciembre tirado en el suelo, contra la pared, debajo de la escalerilla, donde lo dejan todas las almazaras de España en campaña porque estorba y porque atasca y porque la aceituna helada hace bóveda y hay que picarla con una barra y con la rejilla puesta no llegas.

La estaba atornillando con cuatro tornillos, uno en cada esquina, apretando bien, y no la había visto llegar.

Yeyo era enorme incluso subido a una escalerilla, uno ochenta y seis de espalda de trabajo, y hacía aquello con una lentitud de sábado, comprobando cada tornillo dos veces, y cuando terminó bajó los cuatro peldaños, se apartó dos pasos y se quedó mirando la rejilla puesta, con la llave colgando de la mano, treinta segundos largos, y después se dio la vuelta y Nieves ya estaba allí.

— Nieves.

— Yeyo.

— Te dije que no vinieras más al patio.

— Ya.

Yeyo la miró. No había nada en su cara. No había nada en su cara nunca: era un hombre plano, cortés, callado, que olía a orujo y a gasoil de una manera tan honesta que a Nieves le había parecido durante dos meses la única cosa limpia de aquel sitio.

— ¿Te ayudo en algo? — dijo.

— ¿Por qué la pones ahora?

— Porque hay que ponerla — dijo Yeyo, y miró la rejilla por encima del hombro, sin darse la vuelta del todo, de la manera en que se mira una cosa que ya está hecha.

— Lleva dos meses en el suelo.

— Pues ya no.

Y se fue hacia la nave con la llave de tubo.

Nieves fue detrás, tres pasos por detrás, y él no la echó, y entraron los dos por la puerta grande al ruido, ese ruido de dos líneas continuas trabajando a la vez con el que no se puede hablar y por eso Yeyo Zafra había pasado allí treinta años de su vida.

Yeyo dejó la llave en el panel de herramientas, en su silueta pintada, y luego fue al fregadero de acero que hay a la izquierda de la puerta, debajo del cuadro eléctrico, abrió el grifo y se lavó las manos, y Nieves se apoyó en el marco y lo cronometró con el reloj del móvil, porque a esas alturas era lo único que sabía hacer.

Cuarenta y un segundos.

Un maestro de almazara tiene las manos negras hasta la muñeca de noviembre a marzo.

Se le mete el orujo en las grietas y en las uñas y no sale ni con aguarrás, y es una marca de oficio, y hay quien la enseña con orgullo.

Aurelio Zafra tenía las manos de un enfermero.

Las tuvo en el chorro cuarenta y un segundos, dedo por dedo, las uñas contra la palma, dos veces cada mano, y luego las secó en un trapo limpio que tenía doblado en el borde del fregadero y las dejó caer a los lados.

Y en todo ese rato no dijo nada, ni le preguntó a qué había subido al patio después de que le dijera que no subiera más, ni le pidió que se fuera.

Volvió a la línea 1 y se puso a mirar la ventanilla del decánter, que era su trabajo, y Nieves se quedó allí quieta doce o quince segundos y luego salió al patio y rodeó la nave por la izquierda.

———

El descampado empezaba donde acababa el hormigón, doce pasos detrás de la esquina de la nave, y era lo mismo que había sido siempre: un rectángulo de hierba corta de febrero, seca, escarchada en las sombras, con cuatro cardos y un montón de escombro en la esquina de la derecha.

En el borde, clavado en dos hierros, un cartel de chapa esmaltada del que ya no se leía ni la mitad y en el que quedaba una palabra entera, BALSA, y debajo un año, 2012.

Lo que era nuevo eran las estacas.

Nieves las contó. Catorce. Catorce estacas de madera, cuadradillo de cinco por cinco, clavadas a mazo, con la punta pintada de naranja y una cinta de plástico atada arriba, y entre estaca y estaca un cordel tirante.

Formaban un rectángulo perfecto dentro del descampado.

Y al lado de tres de ellas, en el suelo, había clavos de topógrafo con la chapa numerada.

Nieves entró en el rectángulo y lo anduvo entero, contando en voz baja: sesenta pasos por el lado largo, cuarenta y uno por el corto.

Se puso en el centro.

Debajo de sus botas había setenta centímetros de tierra de préstamo compactada, y debajo de eso una lámina de polietileno de las de 2012, y debajo de eso tres metros de un vaso de hormigón de sesenta por cuarenta que en abril de aquel año se había quedado con todo lo que tenía dentro y se había cerrado, legalmente, con su acta, su plano y su firma de técnico competente, sin que nadie tuviera que hacer nada raro, sin que nadie tuviera que sobornar a nadie, sin que nadie tuviera que mentir.

Un papel de 2010 lo había enterrado todo.

La burocracia es la mejor pala del mundo.

Y encima, el sábado siguiente, iban a echar cuarenta centímetros de hormigón, y lo iban a echar cuatrocientos doce hombres y mujeres aplaudiendo, porque salían a ciento noventa y cuatro euros de ahorro por cabeza y porque el patio nuevo hacía falta y porque llevaban treinta años descargando en cola con los faros encendidos a las siete de la mañana.

Se agachó y puso la mano abierta en la hierba.

La escarcha estaba deshecha y la tierra estaba mojada y fría y no olía a nada, porque la tierra de febrero a menos uno no huele a nada, y la única persona de aquella provincia que podía haber dicho lo que había debajo estaba a diez metros de allí y en veinte años no había aprendido a decir nada sin que se lo firmaran ocho personas.

Se levantó y se dio la vuelta.

Yeyo Zafra estaba en la puerta de la nave, a treinta metros, quieto, mirándola, con la niebla detrás y el zumbido detrás y los brazos a los lados.

Con las manos limpias.