Yo juré
El jueves, Tolo Herrador no dijo absolutamente nada: comieron potaje de habas con demasiado pimentón, y él habló de la cosecha, que iba corta, y del rendimiento, que iba alto porque no había agua, y de un olivo del cortijo de arriba que su padre había injertado en el cincuenta y ocho y que se había secado el año pasado por el pie, y de la carretera de Huelma, que la habían pintado en octubre y ya no se veía la raya.
Cuarenta minutos de conversación de pueblo, perfecta, redonda, sin un solo agujero por donde meter una pregunta.
Cuando Nieves puso las seis fichas encima del hule, Tolo las miró, las apiló con dos dedos, se las devolvió y siguió hablando de la raya de la carretera.
Y al levantarse, ya en la puerta, con la mano en el picaporte y sin darle la cara, dijo: mañana a las cinco, y trae el coche.
El viernes a las cinco había cuatro grados menos en la calle Real que en el brasero de aquella cocina, y Tolo la esperaba fuera, de pie en el poyo de piedra, con una chaqueta de pana, un gorro de lana y las llaves ya en la mano.
No dijo hola. Echó a andar hacia el corral de la casa, que se entraba por un portón de chapa a la derecha de la fachada, y Nieves fue detrás.
El corral eran veinte metros cuadrados de cemento con un limonero pelado, una pila de leña de olivo cubierta con un plástico y, contra la pared del fondo, debajo de un tejadillo de uralita, un arcón congelador blanco con las bisagras oxidadas y un cable que subía por la pared hasta un enchufe con la tapa rota.
Nieves metió la mano y sacó una. Estaba dura como una piedra y no olía a nada, porque a menos dieciocho grados no huele nada, y esa era exactamente la gracia.
— Aceituna helada — dijo.
— Eso pone en el libro — dijo Tolo.
———
A la cooperativa entraron a las cinco y media por la puerta de siempre, con el patio a tope, la cola de remolques, los faros, la báscula, el ruido.
Nadie los paró. Nadie los miró. Un hombre de setenta y uno con gorro de lana cruzando el patio de una almazara en la que entra desde 1979 es tan invisible como el suelo.
— A mí no me para nadie — dijo Tolo, y lo dijo sin ninguna satisfacción, del mismo modo que se dice que llueve.
Subieron los ocho escalones del almacén viejo y él se sentó en el cuarto, como hacía siempre, y estuvo veinte segundos con la boca abierta y las manos en las rodillas antes de seguir.
Luego abrió el candado, empujó la puerta con el hombro y encendió la luz, que era una bombilla desnuda colgada de un cable en mitad de la nave.
Todo estaba igual que el 2 de enero. La prensa de capachos de 1957 en el centro, negra, enorme, seca, con dos contrapesos de hierro colado en el suelo, a su lado, donde llevaban veintiocho años, y al lado de los dos, en el polvo, dos círculos limpios del mismo tamaño y sin nada encima.
La pila de capachos de esparto contra la pared de la izquierda, tres metros de discos apilados, curados, del color de la paja vieja.
El olor de aquella nave, que era el mejor olor de toda la provincia y que Nieves habría reconocido con los ojos vendados en cualquier parte del mundo: esparto, aceite oxidado, polvo de piedra y madera de olivo.
Tolo Herrador no olía nada de aquello, y llevaba seis años sin olerlo, y estaba de pie en mitad del mejor olor de la provincia con el gorro calado y las manos en los bolsillos de la pana.
— Ahí — dijo, y señaló con la barbilla el rincón del fondo.
Contra la pared de la derecha, debajo de la ventana tapiada, había un banco de carpintero con la madera comida. Y encima del banco, en fila, alineadas, ordenadas, estaba la cosa más triste que Nieves había visto en su vida.
Una prensa hidráulica de laboratorio, de las de mano, de las de sacar cien mililitros.
Un molinillo de martillos pequeño, de los que se usaban en las almazaras para el control de rendimiento antes de que todo se hiciera con infrarrojos.
Una batidora de cuchillas metida en un cubo con agua caliente.
Una balanza de precisión, con el cristal rayado y la tara puesta a cero, enchufada a un alargador.
Una probeta de cien. Un tarro de cristal con trozos de capacho de esparto cortados a tijera, cuadrados de dos centímetros, ordenados.
Otro tarro con clavos oxidados. Otro con tierra.
Una caja de cartón con frascos de cristal topacio de doscientos cincuenta mililitros, tapón blanco, los mismos que usaba Bética, los mismos que salían en la caja de muestras todas las semanas.
Y en mitad del banco, abierto, boca arriba, sujeto con una piedra para que no se cerrara, un manual con las tapas comidas.
Abierto por la tabla.
Nieves se acercó y lo miró sin tocarlo. En la columna de la derecha, la de los valores del patrón, alguien había ido pasando la uña del pulgar por encima de cada cifra, renglón a renglón, año tras año, hasta dejar el papel brillante y hundido. Ocho surcos. Ocho tres y medios.
— Tolo.
— Dime.
— Tú no las has olido. Ninguna.
— No.
— ¿Ni una vez?
— Yo destapo el frasco y ahí no hay nada — dijo Tolo, que se había apoyado en la prensa del cincuenta y siete y había tardado en contestar lo que tarda en contestar un hombre con la respiración justa—.
Nada, Nieves. No es que huela poco. Es que no hay.
Es como meter la nariz en un agujero. — Se calló—.
Yo lo peso. Está en el libro. Tantos gramos de esto, tanto aceite bueno, tantos días a tal temperatura y a la sombra.
Y sale lo que pone que sale. Yo hago lo que hace un albañil con una mezcla.
Uno de arena, tres de cemento. Que no hace falta ser nadie.
— El esparto.
— El esparto es el más fácil. — Levantó la barbilla hacia la pila de discos—.
Un capacho de esos, del cincuenta y siete, cortado a tijera.
Doce gramos por litro. Nueve días en la despensa.
— Y entonces, por primera vez en dos días, algo se le movió en la cara—.
Yo esos capachos los he montado con estas manos, uno encima de otro, sesenta y cuatro por prensada.
De crío. Y no me acuerdo de a qué olían.
Nieves cogió un frasco vacío de la caja. Era el frasco de la casa. El de siempre. El que ella llevaba veinte años destapando a las nueve menos cuarto de la mañana con el vidrio de reloj en la otra mano.
— La caja de muestras duerme una noche en el laboratorio de abajo — dijo.
— Una noche.
— Y tú tienes la llave.
— Tengo tres.
— ¿Y cambias el frasco?
— No cambio nada. — Tolo la corrigió sin levantar la voz, con la pedantería exacta del que ha sido maestro de algo treinta y cinco años—.
Yo meto uno más. El mío. Con su etiqueta y su número, que los números los pone la máquina de abajo y yo la sé usar porque la puse yo.
Y allí, en tu laboratorio, entran ciento cuarenta muestras a la semana y las cuenta un ordenador. Nunca ha faltado ninguna. Sobra una.
En el borde del banco, un poco separado del resto y con dos dedos de aire alrededor, había un frasco lleno: topacio, tapón blanco, etiqueta puesta, precintado, listo, indistinguible de los ciento cuarenta y dos que a la mañana siguiente iban a salir de allí en una caja hacia Jaén.
— ¿Y ese?
— Ese sale mañana a las siete.
— ¿Qué es?
— Yo qué sé lo que es — dijo Tolo, y la miró desde debajo del gorro de lana con unos ojos pequeños y muy quietos—. Léelo tú, que para eso eres tú.
———
Nieves se sentó en el contrapeso de la prensa, que estaba a cuarenta centímetros del suelo y helado, y se quedó allí con el frasco vacío en la mano. Tolo se sentó en el otro. Dos contrapesos de hierro colado de 1957, uno enfrente del otro, con la bombilla encima.
— Dime el nombre — dijo Nieves.
— No.
— Tolo, tienes setenta y uno y estás fabricando pruebas en un almacén con un candado del año la tos. Dime el nombre y yo mañana lo llevo a Huelma y esto se acaba.
— No.
— ¿Por qué no?
— Porque yo juré que no lo diría. — Lo dijo despacio, sin énfasis, la frase entera, y luego la remató—: Y no lo he dicho.
— Esto es decirlo.
— Esto es aceite.
Nieves se quedó con la boca abierta y sin nada que meter dentro, y mientras buscaba, fuera, en el patio, un remolque descargó y la tolva sonó con ese ruido de granizo sobre chapa que en aquella comarca es el sonido del dinero y que Nieves llevaba oyendo desde los seis años.
— Fue Chano — dijo ella, para ver.
Tolo no se movió.
— Fue Chano, que compró cuarenta y un mil kilos de lampante en Baena y necesitaba una noche en blanco.
Tolo no se movió.
— Dime que no fue Chano.
— Yo no te voy a decir ni que sí ni que no ni a ese ni a nadie — dijo Tolo—. Yo llevo catorce años sin decirlo y me voy a morir sin decirlo, y eso no te lo va a arreglar la nariz, ni a ti ni a mí. — Se pasó la mano por la boca—. Y además te has equivocado de pregunta.
— ¿Cuál es la pregunta?
Tolo tardó mucho. Se le oía respirar. En aquel almacén, con la bombilla y la niebla en la ventana tapiada, se le oía respirar el pulmón bueno y el otro.
— Nieves, tú te crees que yo llevo tres meses metiéndote frascos para que cojas a uno.
— Levantó la cabeza—. A mí el nombre me da igual.
A mí el nombre no me sirve para nada. Un nombre lo dices, se lo lleva un juez, se pasan seis años y le ponen lo que le pongan, y luego ¿qué?
Luego sale, o no sale, o se muere antes. Y lo otro sigue donde está.
— ¿Lo otro?
— Sagrario Zafra tiene setenta y ocho años — dijo Tolo—.
Vende huevos en la calle Cava. Baja al patio todas las campañas, todas, desde el doce, y se pone al lado de la báscula media hora y se va.
Yo la he visto ponerse ahí con cuarenta grados en agosto y con menos cinco en enero.
Y no ha cambiado la cerradura de su casa en catorce años.
— Se le fue la voz un momento y volvió—.
Esa mujer se va a morir sin saber dónde poner las flores.
Eso es lo que hay aquí. Lo demás son papeles.
Nieves no dijo nada.
— Yo no te he escrito para que encuentres a nadie — dijo Tolo Herrador—. Yo te he escrito para que la encuentres a ella.
El molino de fuera cambió de tono, subió y se estabilizó, y en algún sitio del patio alguien gritó un número y otro alguien lo repitió, y aquello fue lo único que se oyó dentro del almacén viejo durante quince o veinte segundos.
— Un cuerpo se entierra — dijo Tolo—. Un nombre no.
———
Salieron a las siete y diez. La niebla se había cerrado tanto que desde la puerta del almacén viejo no se veía la báscula, que estaba a treinta metros, y solo se le veía el resplandor naranja.
Tolo echó el candado y probó la puerta con el hombro.
Luego se paró en el primer escalón y se agarró a la barandilla y se quedó mirando el patio, o la niebla del patio, con el gorro de lana calado hasta las cejas.
— Yo a esa niña le enseñé a coger las muestras — dijo—. Con dieciocho años. Aquí. Le enseñé a homogeneizar, a no coger de la superficie, a llenar hasta arriba para que no quede aire, a rotular a mano antes de precintar. Todo. — Se apretó el gorro—. Todo lo que sabía.
Nieves esperó.
— La última te la mando yo cuando pare la molienda — dijo Tolo —. Después ya no hay aceite. Y después echan el hormigón.