Hay cosas que un actor aprende con los años: a llorar cuando lo pide el director, a sonreír cuando no le apetece y a contestar una pregunta incómoda sin decir absolutamente nada.
Lo que no te enseñan es qué hacer cuando tu representante te anuncia, a las nueve de la mañana, que tienes novia.
No una novia de verdad, claro, eso sería demasiado sencillo.
Una novia de mentira, con contrato, calendario y fecha de caducidad, todo muy romántico.
Soy Manuel Casas, aunque en las revistas prefieren llamarme el soltero de oro de Sevilla.
Tengo una carrera que va viento en popa, vivo en Simón Verde y tengo un representante que confunde la amistad con las oportunidades de negocio.
Según él, solo necesito una relación estable para conseguir el papel de mi vida y cerrar un contrato publicitario.
Según yo, necesito otro representante, pero eso no entra en el presupuesto.
La candidata perfecta es Carla Pérez, mi mejor amiga.
La mujer que me conoce desde antes de que las cámaras decidieran que mi vida privada era de interés nacional.
Se ríe de mis tonterías, me llama Manu y no parece especialmente impresionada por mi condición de soltero de oro.
En resumen: la persona menos indicada para protagonizar una comedia romántica conmigo o la más indicada, según a quién le preguntes y cuánto dinero espere ganar con la respuesta.
El plan es sencillo: tres meses de relación falsa, unas cuantas fotos para la prensa y una historia de amor lo bastante convincente como para que nadie haga demasiadas preguntas.
También tenemos tres reglas: nada de besos de verdad, nada de celos y nada de enamorarse. Las escribimos en una servilleta, por si la letra pequeña nos ayudaba a tomárnoslo en serio, pero no ayudó.
Fingir delante de una cámara es mi trabajo. Fingir que no me importa Carla cuando se ríe con otro, que no me gusta tenerla cerca o que me vuelvo loco buscándola entre la gente empieza a ser un trabajo a jornada completa y no recuerdo haber firmado&






