Luces, cámara y... ¿Amor? (Urbanización Simón Verde nº 3) Capítulo 26. El reencuentro
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Capítulo 26. El reencuentro

El reencuentro

Nos quedamos los dos en el umbral, ella con los ojos rojos y yo con las manos en los bolsillos para que no las viera temblar.

No sabía cómo se empezaba aquello. Nadie me ha enseñado a empezar las cosas de verdad; me han enseñado a empezar las de mentira, que son más fáciles porque llevan guion.

Carla no esperó a que yo dijera nada. Pasó por mi lado, cruzó el salón y salió a la terraza, como quien vuelve a un sitio que conoce de memoria, y lo conocía: allí habíamos contado las tres reglas la noche en que todo se acabó, y allí me había sentado yo a escribirle la verdad cuando ya no quedaba nada que escribir.

No llevaba nada: ni bolso, ni móvil, ni llaves.

Había salido de casa con una sola cosa, y no era de las que se guardan en el bolsillo.

Cerré la puerta de cristal detrás de nosotros, y el móvil se quedó sonando dentro, con Cristóbal y la prensa y el mundo entero pidiendo la segunda parte.

Sevilla estaba abajo, encendida, sin enterarse de que en esa terraza se estaba decidiendo lo único que me importaba.

Me pareció bien que no se enterara: algunas cosas no necesitan público.

Carla se quedó junto a la barandilla, mirando la ciudad, con los brazos cruzados. Yo me quedé a un paso, sin tocarla, porque había aprendido que las cosas importantes no se dicen ni se tocan: se esperan.

—He roto con Adrián —dijo, sin volverse.

—Lo sé.

—No lo he hecho por lo de hoy. —Se volvió por fin—.

Lo de hoy solo me ha dado valor para decírselo.

Lo de Adrián estaba roto desde hacía meses, desde que me di cuenta de que me daba menos miedo que tú.

—Hizo una pausa—. Lucía tenía razón: prefería una mentira clara a una verdad que no me atrevía a creer.

—¿Y ahora?

—Ahora estoy aquí. —Me miró, y se le llenaron los ojos—. Y sigo sin saber si el de la tele eras tú o era Manuel Casas haciendo de hombre sincero.

Esa era la pregunta de siempre, la que llevaba tres meses sin saber contestar, la que me había hecho dejar el papel y la marca para poder responderla con las manos vacías.

—Manuel Casas sabe decir las cosas —dije—.

Tiene quince años de oficio y una frase para cada ocasión.

Manu no sabe. Manu es el que se quedó sin palabras en un callejón, el que te escribió la verdad en un papel y no se atrevió a dártelo, el que ha tirado esta tarde el papel y la marca delante de todas las cámaras sin haberlo ensayado.

—La miré—. El de la tele era Manu, y lo sabes, Carla: eres la única que ha conocido a los dos.

—Ese es mi problema —dijo, con la voz temblando—. Que conozco a los dos, y los dos me gustan, y no sé cuál de los dos me está hablando ahora.

—Te está hablando el que tiembla. —Saqué las manos de los bolsillos y se las enseñé—. Mira. A Manuel Casas no le tiemblan las manos. A Manu sí, desde hace tres meses, cada vez que te ve.

Carla miró mis manos un momento. Luego se acercó despacio y las cogió, como quien coge algo frágil, y se las llevó a la cara sin mirarlas, con la intención de aprendérselas con la piel.

—Espera —dije.

Carla se quedó con mis manos en las suyas.

—¿Qué?

—Que no quiero que me creas por las manos. —Me solté despacio—. Quiero que me creas por esto.

Me metí la mano en el bolsillo de la chaqueta y saqué la servilleta de las reglas. Estaba arrugada, con los bordes gastados y las tres líneas de mi letra todavía legibles. Carla la miró y se quedó quieta.

—La llevo conmigo desde la noche que te fuiste —dije—. La encontré en la mesa del salón. No la he tirado. No la he guardado en un cajón. La llevo en el bolsillo, como un tonto, para acordarme de lo que no supe hacer.

Carla cogió la servilleta con cuidado. La desdobló. Leyó las tres reglas en silencio.

—No besarse de verdad —dijo.

—Rota la primera noche.

—No ponerse celosos.

—Rota la primera vez que te vi con él.

—No enamorarse.

—Esa no la rompí yo. —La miré—. Se rompió sola.

Carla se quedó con la servilleta en la mano. Luego me miró.

—Esto es un papel, Manu.

—Ya.

—Un papel que podrías haber escrito esta mañana.

—También tengo la hoja. —Saqué la otra hoja, la del guion, doblada en cuatro—. La que leíste como un contrato.

Carla la reconoció. Se le cambió la cara.

—No quiero leerla otra vez.

—No te la doy para que la leas. Te la doy para que veas lo que había detrás. —Le di la vuelta—. Mira.

En el reverso estaba la escena treinta y dos, impresa. En el anverso, mi letra de los temblores. Carla pasó el dedo por las palabras.

—“Frase clave: te quiero, Carla. No es parte del trato” —leyó.

—Lo escribí porque no sabía decirlo sin escribir. —Me encogí de hombros—. Llevo quince años diciendo frases de otros. La mía no me salía.

Carla se quedó un momento con la hoja en la mano. Luego levantó la vista.

—¿Por qué debería creerte ahora?

—Porque no he traído la marca, ni el papel, ni el contrato. —Señalé la servilleta y la hoja—. Solo esto. Y esto no vale nada si tú no lo quieres.

Carla se quedó callada. El móvil seguía sonando dentro, con Cristóbal y la prensa y el mundo entero pidiendo la segunda parte. Ella no lo miró.

—¿Sabes qué es lo que más me dolió? —dijo.

—Dime.

—No fue la hoja. —Se sentó en la barandilla—. Fue el espejo. Oírte ensayar el “te quiero” con tres voces distintas. Pensé: no me está diciendo que me quiere. Está buscando la forma de decírmelo para que me lo crea.

—Y era verdad. —Me senté a su lado—. Estaba buscando la forma. Porque tenía miedo de decírtelo mal.

—Manu.

—No sé hacerlo bien. —La miré—. No sé decir “te quiero” sin que suene a guion. No sé estar contigo sin pensar en la cámara. No sé quererte sin tener la sensación de que estoy haciendo un papel. Y aun así lo intento. Todas las mañanas. Todos los días.

Carla se quedó mirándome. Luego cogió la servilleta, la dobló con cuidado y se la guardó en el bolsillo del pantalón.

—¿Qué haces? —dije.

—Quedármela. —Se encogió de hombros—. Si la llevas tú, la pierdes. Yo la cuido mejor.

—Carla.

—No he dicho que te crea. —Me miró—. He dicho que me la quedo.

—Vale.

—Y la hoja también.

—Vale.

Carla se quedó con las dos cosas en el bolsillo y la cara de una mujer que acababa de tomar una decisión. Luego se acercó y me cogió las manos.

—Tengo miedo —dijo bajito—. Miedo a que seas tan buen actor que ni tú sepas cuándo es verdad.

Miedo a no merecer esto, a que hayas tirado tu carrera por una mujer que no vale tanto, y miedo a perderte, a que esto salga mal y me quede sin el hombre que quiero y sin el mejor amigo que he tenido, todo a la vez. —Se le escapó una lágrima y no la secó.

—Carla. —Le solté las manos para cogerle la cara, y le dejé las mías temblando en las mejillas—.

Nos pusimos reglas para no perdernos, y nos perdimos igual.

Las tres reglas no sirvieron, Carla. Lo único que no probamos fue querernos sin red.

—La voz se me rompió y la dejé romperse—.

No estaba actuando contigo. Era la primera vez que no actuaba, y por eso se me daba tan mal lo de parecer tu novio de mentira: porque lo estaba siendo de verdad.

Carla se quedó quieta, con mis manos en las mejillas y los ojos llenos.

—En el callejón dijiste que cada beso de mentira había sido de verdad —dijo—.

El de la alfombra lo di yo. Y no lo di para despedirme de un actor, Manu: lo di para despedirme de ti sin tener que decirte que te quería, porque decírtelo era admitir que había sido de verdad todo el tiempo.

—Se le escapó otra lágrima, y sonrió con ella puesta—.

Así que deja de contarlo con la historia de que caíste tú solo.

Yo caí también. Solo tardé más en admitirlo.

No me salió ninguna palabra. Ella, que me pedía que no actuara, acababa de decirme la única cosa que ningún guion me habría dejado decir.

Le acerqué la frente a la suya y cerramos los ojos, y ya no quedaban palabras, y por una vez no hicieron falta: era el único momento de mi vida en que el silencio no me pedía que lo llenara.

Fue ella la que se acercó. O fui yo. No lo sé, y es lo mejor que le ha pasado a mi memoria: que el primer beso de verdad no tenga guion ni fecha ni público.

Solo recuerdo que no fue como los otros.

Los otros los habíamos ensayado, o se los habíamos dado a una cámara o a una alfombra, o nos los estábamos dando para ver si dolían.

Todos habían sido un ensayo. Este era el estreno, y no había nadie mirando.

Nos besamos como se besa cuando ya no hay reglas, sin ensayar y sin medir y sin miedo a que doliera, porque dolía menos no besarse.

Carla tenía las manos en mi cuello y yo las mías en su cara, y las dos me temblaban, y no me importó, porque era la primera vez que me temblaban sin público, sin cámaras, sin nada que demostrar.

Cuando nos separamos, Carla se rió y lloró a la vez, que es su manera de rendirse.

—No me lo puedo creer —dijo, con la risa y el llanto mezclados.

—¿El qué?

—Que hayamos tardado tanto en hacer lo único que no daba miedo.

Me reí con ella, con Sevilla al fondo y la noche encima, y la abracé. Se quedó un rato así, con la cabeza en mi pecho y las manos en mi camisa, comprobando que seguía ahí.

—Se me ha quedado el estómago aquí —dijo de pronto—. Llevo desde las ocho sin comer y me acabo de dar cuenta.

—¿Quieres que pida algo?

—Quiero que no te muevas. —Se apretó contra mí—. Pero si hay tortilla...

—Hay tortilla.

—Entonces múdate conmigo.

Me reí, y ella también, con la risa de los que llevan demasiado tiempo sin reírse. En la cocina había una tortilla de patatas que había hecho Mercedes el domingo y que, según ella, era “la receta de la abuela”. No era la mejor tortilla de Sevilla, pero aquella noche nos supo a gloria.

—¿Sabes una cosa? —dijo Carla, con la mejilla pegada a mi camisa.

—Dime.

—Que eres mucho mejor actor cuando no actúas.

Solté una risa que me salió de dentro, de las que no se ensayan. —Es lo que llevo tres meses intentando decirte. A ver si ahora que no tengo contrato me sale mejor el papel.

—Te está saliendo de maravilla —dijo, y me besó en el cuello, que era su manera de cerrar el trato.

Dentro, el móvil seguía sonando, y por primera vez en quince años no me importó. Dejé que sonara.

—¿Nos inventamos las reglas nuevas? —dije, sin soltarla.

Carla levantó la cabeza.

—Dime.

—La uno: besarnos de verdad siempre que podamos. La dos: ponernos celosos si nos apetece. La tres: querernos sin miedo.

Carla sonrió, la sonrisa de verdad, la que se le sube a los ojos y no se puede ensayar.

—Me parecen bien. Las tres.