Luces, cámara y... ¿Amor? (Urbanización Simón Verde nº 3) Capítulo 25. La prueba #2
87%

Capítulo 25. La prueba #2

—Un hombre que quiere a una mujer —dijo Pablo.

—Un tonto.

—Un tonto con huevos. —Pablo se limpió las manos—. Que no es lo mismo.

El Rubio se encogió de hombros y volvió a su vino. En la tele, yo seguía hablando: “Renuncio al papel, renuncio a la marca y renuncio a seguir callando.” Javi se pasó la mano por la boca.

—La que le va a caer —dijo.

—Ya. —Pablo miró la pantalla—. Pero mira cómo está.

—¿Cómo?

—Tranquilo. —Pablo se apoyó en la barra—. Llevo años viéndole actuar. Nunca le había visto la cara así.

Dani levantó la caña.

—Así —dijo—. Sin miedo.

El móvil de Javi vibró. Miró la pantalla.

—Es Marta. —Bajó la voz—. Dice que si Manu está bien.

—¿Y qué le dices?

—Que está haciendo lo que tenía que hacer.

—Bien. —Pablo se quitó el trapo del hombro—. Vamos.

—¿Adónde? —dijo Javi.

—A su casa. —Pablo ya estaba cogiendo el abrigo—. Esta noche no hay clientes.

—Pablo, el bar...

—El bar puede esperar. —Se giró hacia el Rubio—. Usted cierre cuando se vaya, que ya sabe.

—¿Yo?

—Usted. —Le puso la llave en la barra—. Y no me toque el vino bueno.

El Rubio se quedó con la llave en la mano y la boca abierta. Pablo cogió una bolsa de plástico, metió la carrillada que le quedaba, una botella de vino y medio pan. Dani cogió el pan entero. Javi cogió dos cervezas.

—¿Y yo qué llevo? —dijo Dani.

—Tú llevas la cara de funeral —dijo Pablo—. Que también hace falta.

Salimos del bar. La calle estaba vacía, con las luces de Navidad todavía colgadas y el frío de febrero metido en los huesos. Pablo cerró con llave, se quedó un momento mirando el cartel de “CERRADO” y luego se giró.

—Vamos —dijo—. Que se nos enfría la carrillada.

—¿Y si no quiere compañía? —preguntó Javi.

—No quiere estar solo. —Pablo se metió la bolsa bajo el brazo—. Es distinto.

A las siete, alguien llamó a la puerta. Era Pablo, con una bolsa de plástico y el abrigo de los domingos.

—He cerrado el bar —dijo—. Hoy no hay clientes.

—Pablo, no hace falta.

—Ya lo sé. Pero he traído carrillada y una botella de vino que me debía un proveedor. —Entró sin esperar invitación—. Y Dani viene detrás. Javi está aparcando.

—No quiero que os sintáis obligados.

—Nadie se siente obligado. —Pablo dejó la bolsa en la encimera—. Eso es lo bueno de los amigos de verdad: que se te meten en casa sin pedir permiso y no se van hasta que has comido.

Dani llegó con una bolsa de pan y una cara de funeral.

Javi llegó con dos cervezas y una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

Ninguno me preguntó por la rueda de prensa.

Ninguno me dijo “te lo dije”. Se sentaron en la cocina, abrieron el vino, calentaron la carrillada y empezaron a hablar de fútbol.

—El Betis ha perdido otra vez —dijo Pablo.

—No sigas —dijo Javi.

—Es que no puedo callarme. Llevo treinta años sufriendo.

—Y yo treinta y cinco. Pero hoy no es día de sufrir por el Betis.

—¿Y de qué es día?

—De sufrir por Manu.

Se rieron. Yo también, por primera vez en dos días.

La carrillada estaba buenísima, el vino era mejor de lo que Pablo merecía y la cocina olía a casa.

Durante una hora no fui el actor que había tirado su carrera por amor.

Fui Manu, el del barrio, el que se sentaba con los de siempre a hablar de nada.

A las diez, Javi me miró por encima de la copa.

—¿Y ahora qué?

—No lo sé.

—¿Vas a llamarla?

—No.

—¿Por qué?

—Porque si la llamo, parecerá que lo he hecho para que vuelva.

—Y si no la llamas, parecerá que no te importa. —Javi dejó la copa—. En las dos opciones pareces un imbécil, Manu. Así que elige la que te deje dormir.

Dani, que llevaba media hora callado, dijo:

—Llámala.

—Dani.

—O no. —Se encogió de hombros—. Pero deja de mirar el móvil cada dos minutos.

Me miré las manos. Tenía el móvil en la mano izquierda, con la pantalla encendida y el nombre de Carla en la lista de llamadas perdidas. No recordaba haberlo desbloqueado.

A las once, Lucía me mandó un mensaje.

Ha visto la rueda de prensa. No ha dicho nada. Se ha ido a su cuarto y ha cerrado la puerta. No sé qué está pensando, pero no es indiferencia.

Le contesté con un corazón. No supe qué más decir.

Pablo recogió los platos. Javi fregó. Dani tiró las migas. Los tres se fueron a las doce, con la promesa de volver al día siguiente y la certeza de que no hacía falta.

—Gracias —dije en la puerta.

—No nos des las gracias —dijo Pablo—. Invítanos a la boda.

—Pablo.

—Es un decir. —Se rió—. Pero si hay boda, quiero estar en la mesa de los solteros.

Se fueron calle abajo, con las manos en los bolsillos y la risa de los que se conocen de siempre. Yo me quedé en el umbral, con la casa vacía y el olor a carrillada, y por primera vez en dos días no tuve miedo de estar solo. Tuve miedo de estar sin Carla.

Entré. En la mesa del salón seguía la servilleta de las reglas. La cogí, la doblé y la guardé en el bolsillo de la chaqueta. No sabía si era un recuerdo o una promesa, pero no estaba dispuesto a dejarla encima de la mesa como un contrato caducado.

Me senté en el sofá, encendí la tele y la apagué a los diez segundos. En la pantalla habían puesto mi rueda de prensa. En el móvil tenía cuarenta mensajes. En la puerta, el interfono seguía mudo.

Me senté en el sofá, con la servilleta en el bolsillo y el móvil en la mano, y esperé. No sabía qué esperaba. Solo sabía que, por primera vez en meses, no tenía que actuar para esperar.

Sonó el teléfono. No era ella: era Lucía.

—¿Lo has visto? —dijo sin saludar. No hizo falta preguntar a qué se refería.

—¿Y ella?

—Lleva desde las ocho en mi sofá. No llora, que es como llora mi hermana cuando ya ha decidido.

Dice que ha roto con Adrián en la puerta de su casa, delante de todos: le ha dicho “Gracias por querer darme una vida. Pero yo he elegido la mía”.

—Se oyó una puerta al fondo—. Antes de salir me ha dicho: “Si está dispuesto a perderlo todo, es que nunca fue mentira”.

—¿Adónde ha ido?

—¿A dónde va a ir? A buscarte. —Lucía respiró hondo—. No la hagas esperar. Esta vez no.

Colgó. Seguí en la terraza con el móvil en la mano, mirando la puerta del salón sin atreverme a creérmelo, y entonces sonó el interfono con la voz de Don Matías, esa calma suya de los que lo saben todo:

—Señor Casas, tiene visita.

Crucé el salón y abrí la puerta, y allí estaba ella, con los ojos rojos, el pelo revuelto y las manos vacías. No dijo nada. No hizo falta: nunca había hecho falta.