Capítulo 25. La prueba
La prueba
El teléfono sonó a las nueve, y llevaba yo despierto desde las cinco, con el callejón del teatro detrás de los párpados y las palabras que le dije a Carla dándome vueltas hasta gastarse.
No era ella. Era Cristóbal, y lo supe sin mirar la pantalla, porque solo Cristóbal llama con prisa de incendio antes de que empiece el día.
—Tenemos que zanjar el tema de una vez —dijo sin saludar—. La prensa no para con Carla y la marca quiere una foto nueva: la del Manuel Casas que vuelve a estar disponible y se centra en el rodaje. He convocado una rueda de prensa para las doce. Te he escrito cuatro frases.
Las cuatro frases. Me acordé del folio de la ruptura, el que no quise coger, y de todas las veces que había dicho la versión cómoda con la boca de Cristóbal.
Esta vez el folio existía y lo iba a tener delante, y podía leerlo o no leerlo.
Cristóbal acababa de darme, sin saberlo, el único escenario donde una prueba se ve: delante de todos.
No la llamé para avisarla. Si la llamaba, la prueba se convertía en otra escena montada para ella, con público y con aplauso.
Las cosas de verdad no se avisan: se hacen, y luego se ve.
Ella no me había llamado; yo tampoco a ella, porque después del callejón no quedaba nada que decir que no se demostrara.
Fui a su despacho. Cristóbal me tendió el folio como quien entrega el guion de una escena que ya ha ensayado solo.
—¿Y qué pone?
—Pone lo que hay que poner. Que lo tuyo con Carla fue un acuerdo de imagen, que terminó bien, que cada uno sigue su camino y que tú te quedas con el mejor papel de tu carrera. —Hizo una pausa—. Dicho así, es verdad, Manu.
—Dicho así es mentira. Fue un acuerdo de imagen, sí, y por eso no puedo seguir cobrando por lo único que me ha pasado de verdad. —Dejé el folio en la mesa sin leerlo—. Voy a la rueda de prensa, y voy a decir la verdad.
Cristóbal me miró como se mira a un actor que acaba de anunciar que tira el premio por la ventana.
—¿La verdad? ¿Cuál? ¿Que te enamoraste de la mujer que te pagaron por conquistar? —Se rió sin ganas—. Nadie te lo va a creer, Manu, y aunque te lo crean te quedas sin el papel, sin la marca y sin mí. Tres meses de carrera tirados por una mujer que no te ha llamado.
—No la he llamado yo a ella. —Lo miré—. No hago esto para que vuelva. Lo hago porque me he cansado de que hasta la verdad me suene a guion, y porque solo hay una manera de que deje de sonarme así: decirlo delante de todos y quedarme sin nada, para que se vea que no era un papel.
—Estás loco.
—Es la primera vez en meses que no estoy loco. —Cogí la chaqueta—. ¿Vienes, o te quedas aquí?
No contestó. Pero vino.
La sala estaba llena cuando llegamos: cámaras, focos, periodistas con el móvil en la mano, esa prisa de los que venden la noticia antes de que ocurra.
En la mesa, delante del cartel de la marca, habían dejado el folio de Cristóbal como quien prepara el atril de un concierto.
Yo no llevaba nada. Era la primera vez en quince años que subía a hablar sin un papel que me dijera lo que tenía que decir.
Cristóbal empezó con la versión cómoda, la del comunicado, la que llevaba tres meses contando por mí.
Habló de mi carrera, del rodaje, de la marca renovada, dijo que las informaciones sobre mi vida personal eran eso, informaciones, y que yo estaba centrado en el trabajo.
Entonces me pasó el micrófono con una sonrisa de las que se ensayan, convencido de que iba a leer el folio.
No lo leí. Lo dejé boca abajo en la mesa y miré la sala. Allí estaba la periodista que un día me preguntó si lo mío con Carla había sido verdad o parte de la promoción, la que anotó mi respuesta sin levantar la vista. Tres meses después iba a contestarle de verdad.
—Voy a decir la verdad —dije, y la voz me salió limpia, sin piloto automático, la primera vez en mucho tiempo—. Fingí una relación para un contrato. Y me enamoré de verdad. No voy a cobrar por la única cosa real de mi vida.
Cristóbal me tocó el brazo, bajito, con la urgencia de los que ven caer el dinero. No lo miré, porque si lo miraba me callaba.
—Durante tres meses fui el novio de mentira de Carla Pérez delante de Sevilla entera.
Lo peor no es que cobrara por ello. Lo peor es que me enamoré de verdad, y que no supe decírselo sin que sonara a parte del contrato.
Así que se lo digo ahora, sin contrato y delante de todos: el papel que me quedé se lo ganó la mentira, la marca se firmó con la foto de los dos, y no pienso seguir cobrando por lo que no fue mío.
Renuncio al papel, renuncio a la marca y renuncio a seguir callando.
Lo siento por los que se creyeron la historia, y sobre todo por la única persona que la vivió sin saber que era mentira.
Hubo un silencio raro, de los que no saben si lo que acaban de oír es un anuncio o una confesión.
Luego se encendieron todas las cámaras a la vez y el griterío fue monumental.
Preguntas a voces, flashes, Cristóbal intentando recuperar el micrófono, y la periodista de la primera fila escribiendo a toda prisa, con el miedo de perderse una palabra.
Respondí a lo que se podía responder y dejé sin tocar todo lo que hablaba de ella, porque su vida no era mía para contarla: solo la mía, y esa acababa de contarla entera.
En la tercera fila, el representante de la marca se levantó sin hacer ruido, recogió su carpeta y se fue.
No hizo falta que dijera nada: su espalda dijo “contrato roto” con una claridad que no tenía ningún comunicado.
Salas, en la primera fila, se pasó la mano por la cara.
Cristóbal me miró con una mezcla de orgullo y de ganas de matarme.
—¿Eso es todo? —preguntó una periodista del fondo—. ¿Renuncia al papel por una mujer que no está?
—Eso es todo —dije—. Y no renuncio por una mujer que no está. Renuncio por una mujer que está, aunque no quiera estar conmigo.
La sala se quedó un segundo en silencio, y luego estalló otra vez.
Bajé del estrado y noté que me temblaban las manos. No me había dado cuenta mientras hablaba. Salí sin mirar atrás. Detrás, Cristóbal echaba humo.
Cristóbal me alcanzó en el pasillo. No me gritó, que era peor: me habló bajito, con esa calma de los que cuentan las pérdidas.
—¿Sabes lo que has hecho? Has tirado el papel, la marca y diez años de carrera delante de todas las cámaras de España. Por una mujer que ha salido corriendo cada vez que le has dicho la verdad. —Se pasó la mano por la cara—. En una hora esto es portada en todas partes. No te voy a defender.
—No te lo he pedido.
—Pues no sé qué esperas ahora. —Me miró un momento, y por un segundo se le bajó la máscara del representante—. ¿Que te llame? ¿Que te diga que por fin lo ha entendido?
—No la he llamado. —Lo miré—. No pienso llamarla. Si la llamo, parecerá que lo he hecho para que vuelva, y no lo he hecho para eso. Lo he hecho porque ya no podía seguir mintiendo, aunque ella no lo viera nunca.
Cristóbal se quedó callado. Luego hizo lo que no le había visto hacer en la vida: me tendió la mano.
—Buena suerte, Manu. —Se fue con el móvil pegado a la oreja, a apagar el incendio como pudiera.
Me quedé solo en el pasillo. El móvil me vibraba sin parar, notificaciones que no abrí, llamadas que no cogí. No quería oír la versión del mundo: quería oír una sola voz, y esa no llamaba.
Salí a la calle y anduve sin decidir adónde, que es como ando cuando el cuerpo sabe el camino antes que la cabeza.
Al final estaba en Simón Verde, en la terraza, con Sevilla al fondo y el móvil en la mano, sin mirarlo.
Don Matías me vio llegar y no dijo nada, que es su manera de decir que ya lo sabía todo.
Cayó la tarde. En el grupo de los de siempre, Pablo había escrito: “Acabo de verte en la tele. Aquí seguimos.” Javi contestó: “Bien dicho.” Dani no escribió nada, que es su manera de aplaudir.
No contesté. Una prueba hecha sin avisar tiene eso: que no sabes si alguien la ha visto, y que ya no depende de ti.
Había hecho lo único que podía hacer, y lo demás ya no era mío.
El móvil no dejó de vibrar en toda la tarde.
La marca publicó un comunicado de tres líneas en el que se desvinculaba de mí “de mutuo acuerdo” y deseaba suerte a la película, que era otra forma de decir que me habían echado.
El director, que llevaba dos meses llamándome “mi Manuel”, concedió una entrevista en la que dijo que el proyecto “seguía adelante con el mejor equipo” y que él siempre había creído en la verdad.
La agencia envió un correo con la palabra “reestructuración” en el asunto.
Cristóbal no me llamó. Eso fue lo que más me dolió: que ni siquiera él tuviera ganas de discutir.
A las cinco, el productor me llamó para decirme que la película se retrasaba y que “por el bien de todos” iban a buscar a otro actor. Lo dijo con la voz de quien comunica una muerte y pide que no se la tomes a título personal.
—Lo entiendo —dije.
—No es nada personal, Manu.
—Claro.
—Es el mercado.
—Claro.
Colgué. Me quedé en la cocina, con el móvil en la mesa y la luz de diciembre entrando por la ventana, y por primera vez en quince años no tenía ni papel, ni marca, ni director, ni representante. Tenía una casa, una servilleta con tres reglas y una mujer que no me llamaba.
En el bar de Pablo, la tele estaba puesta y nadie hablaba. Javi había dejado la caña a medio beber, Dani tenía el mando en la mano y Pablo limpiaba el mismo vaso desde hacía diez minutos. En la pantalla, yo salía con la cara de un hombre que se está quitando una armadura.
—“Fingí una relación para un contrato —dijo mi voz—. Y me enamoré de verdad.”
El bar se quedó en silencio. Luego Pablo dejó el vaso en la barra.
—Ahí está —dijo—. Ese es mi chico.
—Ha dicho la verdad —dijo Javi.
—Delante de todas las cámaras —dijo Dani.
Un parroquiano, el Rubio, que llevaba veinte años en el mismo taburete, levantó la vista de su vino.
—Está loco —dijo—. Ha tirado el papel y la marca. ¿Quién hace eso?