Capítulo 24. La escena más difícil de mi vida
La escena más difícil de mi vida
Dejé la libreta en la mesilla. No iba a llevarla: si Carla la veía, leería otro guion, y lo que tenía que decirle no cabía en una página. Cabía en la voz, y la voz se lleva puesta.
Javi conducía con las dos manos en el volante y la radio apagada. Llevaba el mismo abrigo de siempre y una cara que no le había visto en años.
—¿Nervioso? —preguntó.
—Mucho.
—Yo también.
—Tú no vas a subir a ningún escenario.
—Ya. Pero vas a subir tú. —Me miró—. Y si te sale mal, nos vas a dar la noche.
—Gracias por la confianza.
—Para eso están los amigos.
Paramos en un bar de la Macarena, a dos calles del teatro. Pablo y Dani ya estaban en la barra, con dos cañas y una tapa de queso.
—¿Y esto? —dije.
—Última cerveza antes de la batalla —dijo Pablo—. Invita la casa.
—Tú eres la casa.
—Por eso.
Me senté. El bar olía a frito y a serrín, y la tele estaba puesta sin sonido. Pablo me puso una caña delante y una tapa de jamón.
—Come —dijo—. No vas a decirle nada a una mujer con el estómago vacío.
—No voy a decirle nada. Voy a escucharla.
—Peor. —Pablo se limpió las manos—. Entonces come el doble.
Dani levantó la caña.
—Por el teatro —dijo.
—Por el teatro —dijo Javi.
—Por Carla —dije.
Dani me miró, asintió y bebió, que en Dani era un brindis largo.
Terminamos las cañas. Pablo pagó, aunque no le dejé, y salimos a la calle. El Teatro de Nervión estaba a dos calles, con la marquesina encendida y la gente entrando por la puerta. Javi me puso la mano en el hombro.
—¿Listo?
—No.
—Bien. —Sonrió—. Si estuvieras listo, sería una escena.
Dentro, las butacas de terciopelo gastado estaban llenas de gente del barrio, de la que aplaude con las dos manos.
Me senté en la última fila, junto a la puerta, con la gorra de los días en que no me apetece ser Manuel Casas.
La señora de al lado me reconoció, abrió la boca, y le puse un dedo en los labios.
Asintió con una sonrisa de cómplice y no dijo nada: en Sevilla los secretos viajan, pero no se los cuentan a quien no debe.
Pablo y Dani estaban dos filas más atrás, por si hacía falta alguien que me recordara por qué estaba allí. No hacía falta: lo sabía de sobra. Lo que no sabía era si me iba a temblar la voz cuando la viera.
Carla llegó con sus padres, vestida para ella y no para nadie: vaqueros, el pelo suelto, las manos en los bolsillos.
Adrián no estaba, y no supe si alegrarme o tener más miedo.
Mercedes la acompañaba, y cuando su mirada llegó a la última fila y me encontró, se quedó un segundo quieta.
No le dijo nada a Carla. No me dijo nada a mí: apartó la vista, y eso fue todo el permiso que necesitaba.
La presentaron como la niña de este teatro que se fue a triunfar.
Carla subió las escaleras despacio, se paró en mitad del escenario y miró la sala un momento.
No llevaba nada en las manos. No llevaba guion, y en una actriz eso es la mayor prueba de valor que existe.
Habló del teatro, de las funciones del colegio, de la señora mayor que un día le dijo que tenía algo y ella se lo creyó.
Dijo que aquel escenario fue lo primero que quiso de verdad, antes que las cámaras y antes que los papeles, y que había vuelto para darle las gracias.
Y entonces me vio. Estaba en la última fila, con la gorra puesta, y aun así me vio, porque llevamos meses encontrándonos con la mirada en salas llenas de gente.
Se le cortó la voz un segundo. La sala esperó.
Allí arriba no estaba actuando: allí estaba siendo ella, y las manos la delataban, porque no sabían dónde ponerlas.
Carla respiró hondo, terminó la frase y bajó del escenario entre aplausos.
La señora de delante se giró y me preguntó si yo era el novio. Le dije que lo estaba intentando. Me dio una palmada en la rodilla y me dijo: “Pues inténtelo más, hijo, que se le ve en la cara.” En Sevilla, hasta las desconocidas te dan instrucciones.
Me giré hacia la sala y la vi. Mi madre estaba tres filas más atrás, con la bata de flores cambiada por un abrigo bueno, el pelo recién peinado y Paqui al lado, con la boca abierta y el móvil en la mano. Cuando me vio, levantó las dos manos y me saludó con la alegría de estar en un aeropuerto.
Me hundí en la butaca.
—¿Es tu madre? —me susurró Javi.
—Desgraciadamente.
—Es entrañable.
—Es peligrosa.
Paqui le estaba diciendo algo al oído. Mi madre asintió, miró a Carla en el escenario y se llevó la mano al pecho. Yo sabía lo que estaba pensando: “Qué guapa es y qué bien habla. Esta sí”.
En la primera fila, Mercedes y don Álvaro ocupaban dos butacas.
Mercedes tenía el bolso en el regazo y un pañuelo en la mano, y cuando Carla mencionó a su familia, se lo llevó a los ojos.
Don Álvaro miraba al frente, con la mandíbula apretada y la mano de su mujer entre la suya.
No aplaudió hasta que terminó la frase. Luego aplaudió con las dos manos, como los vecinos del barrio.
—¿Están todos? —me preguntó Javi.
—Parece que sí.
—Tu madre y los padres de Carla en la misma sala. —Se rió—. Esto es más peligroso que la boda.
—No me lo recuerdes.
Carla terminó su discurso y la sala se levantó. Mi madre se levantó también, con Paqui, y aplaudió con la entrega de estar en el teatro de su vida. Mercedes se secó los ojos. Don Álvaro miraba a su hija con una cara que no le había visto nunca: orgullo, pena y una especie de sorpresa.
Carla bajó del escenario entre aplausos.
Antes de desaparecer por la puerta lateral, miró a la primera fila, encontró a sus padres y les sonrió.
Luego me buscó a mí, en la última fila, y me hizo un gesto con la cabeza.
Yo levanté la mano. Mi madre me vio levantar la mano, miró hacia Carla y se llevó otra vez la mano al pecho.
—No me lo puedo creer —le dijo a Paqui, con la voz de los cuchicheos—. Mi hijo está enamorado.
—Se le nota —dijo Paqui.
—Se le nota muchísimo.
Me hundí más en la butaca.
No se fue hacia sus padres. Se fue hacia la puerta del lateral, la de atrás, la de los artistas. No me moví en la butaca, y Javi me dio un codazo.
—Anda —dijo—. O te vas a quedar aquí sentado preguntándotelo toda la vida.
La seguí.
El callejón olía a humedad y a historia, y una bombilla parpadeaba sobre el cartel de Salida de artistas, comido por los años.
Desde dentro llegaba el aplauso, apagado por la puerta, con la sensación de que aplaudían a otra Carla.
Estaba apoyada en la pared, con los brazos cruzados y la mirada en la nada.
No lloraba. Era peor: estaba temblando, y yo sé desde hace meses que Carla no tiembla cuando actúa.
—Carla.
Se volvió, y la cara que me puso no era la de las alfombras ni la de las entrevistas: era la de la mujer que me oyó decir te quiero en un garaje y no pudo creérmelo.
—¿Qué haces aquí? —La voz le temblaba—. Estoy con Adrián. Lo sabes.
—Lo sé. No he venido a pelear con él. —Me acerqué un paso—. He venido a decirte lo que te debía a ti, y no sé cómo se dice, Carla. Esa es la primera verdad: que no sé cómo se dice.
Carla se rió, y no era una risa: era la de la que se está cayendo y no quiere que se note.
—Tú sabes decirlo todo. Es tu oficio.
—Por eso. —La voz se me rompió y la dejé romperse—.
Todo lo que sé decir bien lo he aprendido para las cámaras.
Lo único que no sé decir es esto, y lo estoy diciendo como puedo, en un callejón, sin guion, sin ensayo y sin nadie que me escriba la frase.
—Le tendí la mano, y no la cogió, pero tampoco se fue—.
Tres reglas, Carla. La una: no besarse de verdad.
La rompí la primera noche y no me arrepiento.
La dos: no ponerse celosos. La rompí la primera vez que te vi con él.
La tres: no enamorarse. Esa no la rompí yo: se rompió sola, sin pedirme permiso.
Carla apretó los labios. Una lágrima se le escapó y no la secó, que era su manera de decir que ya no le quedaban fuerzas para fingir.
—¿Y ahora me lo dices? —dijo—. ¿Después de todo? ¿Ahora que estoy con otro y he decidido no sufrir más?
—Te lo digo ahora porque antes no sabía decirlo sin que sonara a ensayo. —Di otro paso—. En la función del colegio lloraste porque te tocó ser árbol. Y hoy has subido a este escenario y has sido la protagonista. Eso no lo has ensayado. Eso ha sido de verdad.
Carla se quedó quieta, alcanzada por una frase que le llegó donde ya no esperaba.
—Cada beso que dimos de mentira fue de verdad para mí —dije—. Todos. Hasta el último, el de la alfombra, que diste tú para despedirte.
Carla se quedó callada un momento. Cuando habló, no era la voz de la actriz: era la suya, la de las tres de la madrugada, la que solo sale cuando ya no puede más.
—Lo peor es que quiero creerte —dijo—. Llevo tres meses queriendo creerte, y ahora que estás aquí no sé si es verdad o si otra vez me estás dando el papel de mi vida.
—No me hagas esto, Manu —dijo, y la voz le temblaba—. No juegues conmigo.
—No estoy jugando. Y si no me crees, te lo voy a demostrar de la única manera que sé.
—La cogí de la mano, y esta vez no la soltó—.
Te quiero, Carla. Me enamoré primero: caí yo antes que tú, la primera noche, sin avisar, y no te lo dije por miedo a perderte, y cuando por fin te lo dije en un garaje no me creíste, y cuando te lo escribí en un papel parecía un guion.
Ahora te lo digo aquí, sin nada, y no me crees porque es lo único que no sé fingir.
—Le tendí las dos manos, y le temblaban—.
Mira. Esto no se ensaya. Esto es lo único que no sé hacer delante de una cámara, y te lo estoy dando, y no me lo coges porque te da más miedo que la mentira.
Te elijo a ti por encima del papel, de la marca, del ascenso y de mi propio orgullo: todo eso lo gané mintiendo, y no vale nada si no estás tú.
Y sé que mis palabras ya no valen: te mentí tres meses delante de Sevilla.
—Entonces, ¿por qué me las dices?
—Porque ya no me quedan palabras. —La miré sin apartar la vista, que es la única manera de decir las cosas de las que no se puede huir—. Se me han acabado todas. Y lo que me queda no cabe en una frase.
Carla se quedó mirándome un momento. Tenía los ojos llenos y no los soltaba, con el miedo de que, si parpadeaba, la escena se acabara.
No sabía si delante tenía al hombre que quería o al actor que la iba a romper.
Después se soltó con cuidado, empujó la puerta del teatro y volvió a entrar, al calor y a los aplausos de los suyos.
Me quedé en el callejón, con las manos temblando y una sola cosa clara: las palabras ya no valían. Solo valía demostrarlo.