Capítulo 23. El gran gesto
El gran gesto
Esa mañana compré una libreta en una papelería de Nervión, sin saber para qué. Como quien compra un billete para no poder volverse atrás. Diez minutos después llamaba al timbre de los padres de Carla.
Doña Mercedes abrió y se quedó mirándome como a un fantasma.
—¿Manuel?
—¿Podría hablar con usted y con don Álvaro? Es sobre Carla.
—Mi hija no está.
—Lo sé. No he venido a verla a ella.
Me dejó pasar, descolocada, que era lo que necesitaba antes de que se me secara la voz. En el salón, don Álvaro estaba en el sofá con el periódico y esa cara de veredicto de los que no se levantan por nadie.
—Dígame —dijo Mercedes, de pie, con los brazos cruzados.
Se lo dije sin adornos, que es como se dicen las cosas cuando ya no se pueden adornar: el novio que se sentó a su mesa era un papel, el trato lo montó mi representante para la prensa, y fingí tres meses delante de Sevilla entera.
Mercedes se sentó en la silla de la entrada, porque las piernas le dijeron basta.
—¿Que todo fue mentira? —repitió—. ¿Y mi hija?
—Ella no fingía. Ella se lo creyó, porque yo se lo monté tan bien que hasta ella se lo creyó.
—Don Álvaro dejó el periódico, despacio—.
Me enamoré de su hija. Se lo dije y no me creyó: llevo quince años diciendo frases de otros tan bien que cuando di una mía sonó a ensayo.
No pienso rendirme, y vengo a pedirles perdón por aquella mesa.
—De pequeña montaba obras en el pasillo con las sillas del salón y nos cobraba la entrada a su padre y a mí. —Mercedes se secó los ojos con el dorso de la mano—. Cinco duros. Y luego nos hacía aplaudir de pie.
Mercedes soltó la frase de siempre:
—Mi hija está bien. Con Adrián, que es un hombre de bien, va a sentar la cabeza. ¿Usted viene a deshacerlo?
—No vengo a deshacer nada, señora. Vengo a deshacer la mentira. Su hija está con Adrián porque le da menos miedo que creerme a mí, y eso no es estar bien: es estar escondida.
—Ya. —Don Álvaro se recostó en el sofá—. Porque deshacer una mentira siempre sale más barato que deshacer un matrimonio.
Don Álvaro se levantó y se acercó a la ventana.
—¿Y por qué nos lo cuenta a nosotros, y no a ella?
—Porque ella no me cree, y porque a ustedes les debía la verdad antes que a nadie.
Sonó el móvil de Mercedes. Miró la pantalla y levantó la vista hacia mí.
—Es Carla.
Ahí estaba ella, sin estar, al otro lado del teléfono, con la voz pequeña que reconocía como propia. Negué con la cabeza: todavía no. Se lo tenía que decir yo.
Mercedes contestó. Yo solo oía su lado, peor que oír el de Carla, porque me la imaginaba entera.
—Hola, hija... Sí, sí... ¿Y tú? ... ¿Seguro? ... ¿El domingo? Sí, como siempre... ¿Con Adrián? ... Bueno, lo que tú digas, hija. Yo también te quiero.
Colgó y se quedó un momento con el móvil en la mano, sin mirar a nadie.
—Dice que está muy bien —dijo, y la voz se le quedó en el sitio equivocado—. Mi hija no dice nunca que está muy bien cuando está bien, Manuel. Eso lo dice cuando actúa. —Se le llenaron los ojos—. A mí nunca me lo había dicho.
Miró la pared de las fotos, la de su hija disfrazada de árbol, y cuando volvió a mirarme ya no era la madre que quería que sentara la cabeza: era la que acababa de ver que su hija llevaba tiempo sin sentarse en ningún sitio que fuera suyo.
—No le diga que he estado aquí —dije bajito—. Se lo voy a decir yo.
Mercedes asintió.
En la puerta me alcanzó don Álvaro, con las manos en la espalda, igual que aquella tarde en el balcón.
—Lo que me dijo aquel día de mi hija, que era la mejor actriz que había visto, no se lo había oído decir a nadie. —Se giró—. Tampoco se lo he oído decir a Adrián.
—Se lo dije de verdad, don Álvaro.
—Ya. Por eso se lo creo ahora.
Me tendió la mano.
—Cuídela.
—Sí, señor.
Mi madre vive en Sevilla Este, en un piso con balcón a la avenida, macetas de geranios y una vecina que se llama Paqui y que sabe la vida de todo el bloque antes que el portero. Llegué a las siete de la tarde con una bolsa de pasteles y la sensación de que me iba a caer una bronca de las de antes.
Carmen me abrió la puerta con el delantal puesto y una cuchara de madera en la mano.
—¿Y esto? —dijo, mirando la bolsa—. ¿Me quieres comprar?
—Te traigo pasteles.
—Pasteles. —Me dejó pasar—. Cuando un hijo trae pasteles sin avisar, o ha hecho algo malo o se casa.
—No me caso.
—Peor.
Me senté en la cocina. El piso olía a guiso, a limpio y a mi infancia, y en la nevera había una foto mía de pequeño con un traje de comunión que parecía un anuncio de muebles.
—¿Qué te pasa? —dijo Carmen, sentándose enfrente con la cuchara en la mano.
—Nada.
—Manu.
—Que he hecho una cosa mal.
—Eso ya lo sé. —Señaló el móvil—. Lo he visto en la tele. Y en el grupo de Paqui. Paqui dice que sales con una actriz, que la has dejado plantada y que te has peleado con un director. Paqui exagera, pero no tanto.
Me reí. Mi madre no.
—Cuéntame.
Se lo conté. Todo. El trato, la boda, las reglas, Carla, el espejo, la hoja, el preestreno, la rueda de prensa. Mi madre me escuchó sin interrumpir, con la cuchara apoyada en la mesa y la cara de una mujer que ha visto a su hijo hacer el ridículo más de una vez y ya no se sorprende.
Cuando terminé, se quedó un momento en silencio.
—¿Y tú me has dejado creer que tenías novia para que luego sea mentira? —dijo.
—No te lo he dicho antes porque...
—Porque soy tu madre y me iba a enterar. —Se levantó—. Anda, come un pastel.
—Mamá.
—Come un pastel y escúchame.
Cogí un pastel. Mi madre se apoyó en la encimera, con los brazos cruzados y la cuchara en la mano.
—Las mentiras se acaban creyendo, hijo. —Me miró—. Y las verdades se acaban notando. Tú llevas tres meses diciéndole a esa chica que todo era mentira, y ahora quieres que te crea cuando le dices que es verdad. ¿Tú te creerías?
—No.
—Pues eso.
—Pero yo la quiero.
—Ya. —Se encogió de hombros—. Eso no te lo discuto. Lo que te discuto es que se lo hayas dicho de la forma correcta.
—¿Y cuál es la forma correcta?
—No lo sé. —Sonrió—. Yo me enamoré de tu padre porque me dejó un paraguas en la puerta de la fábrica y no me dijo nada. Al día siguiente lo vi otra vez y le dije: “¿Tú eres tonto o qué?”. Y él me dijo: “Tonto, pero tuyo”. Nos casamos seis meses después.
—Eso no es una técnica.
—Es lo que hay. —Se rió—. Los hombres os creéis que el amor se arregla con discursos. Se arregla con cosas. Con estar. Con paraguas.
—No creo que Carla quiera un paraguas.
—Pues dale algo que no se pueda ensayar. —Me miró—. Y deja de hacer películas por un día.
Me quedé con el pastel a medio comer y la sensación de que mi madre acababa de decirme en diez minutos lo que yo llevaba tres semanas sin saber.
—¿Y si no me cree?
—Entonces no era para ti. —Se encogió de hombros—. Pero yo he visto cómo hablabas de ella. Y tú no hablas así de nadie. Ni de tus películas.
—Mamá.
—Es verdad. —Cogió la cuchara—. Y ahora vete, que tengo que hacer croquetas.
—¿Me voy?
—Te vas. —Me dio un beso en la frente—. Y llévate los pasteles. Yo no necesito que me compres.
Salí al rellano con la bolsa de pasteles y una sonrisa que no me cabía en la cara. Mi madre me gritó desde la puerta:
—¡Manu!
—¿Qué?
—Cuando la traigas a comer, avisa. —Sonrió—. Y que no sea actriz. Las actrices comen poco y yo hago mucha comida.
—Es actriz.
—Peor. —Cerró la puerta—. Pero tráela.
Esa noche me fui al bar de Pablo, que es donde van los que han hecho una locura. Pablo me puso la caña delante.
—Vienes con cara de haberte arrepentido de algo —dijo.
—He ido a casa de los padres de Carla —dije sin saludar—. Les he contado la verdad.
Pablo dejó de limpiar el mismo vaso de toda la vida.
—¿Toda?
—Toda. Que empezó siendo un trato. Que me enamoré de verdad. Que no pienso rendirme.
—¿Y qué han dicho? —preguntó Javi, que estaba en la mesa con Dani.
—La madre se ha tenido que sentar. El padre me ha dado la mano. —Hice una pausa—. Es la primera vez en tres meses que digo la verdad y alguien me cree. Y me ha dado más miedo que todas las cámaras juntas.
Javi asintió.
—¿Y ahora qué?
—Ahora se lo digo a ella. Y necesito que me ayudéis: que estéis cuando os avise, y que esto no salga en ningún sitio antes de que ella lo sepa. Ni Cristóbal ni la prensa: si se enteran, parecerá otro montaje.
Pablo se inclinó sobre la barra.
—Palabra de bar: aquí no ha entrado nadie esta noche. —Sonrió—. Y no te cobro las cañas por esto: esto es por amor, y el amor se brinda.
—Entonces brindemos —dijo Javi.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque mañana o te la llevas o nos debes una cena. —Levantó la caña—. Y en cualquiera de los dos casos, yo salgo ganando.
Javi no sonrió. Javi no sonríe cuando las cosas van en serio.
—Yo te llevo —dijo—. Así, si se te enfría el valor por el camino, no tienes dónde escaparte.
—¿Y si se me enfría delante de ella?
—Entonces te lo digo yo. Para eso estoy.
Dani no dijo nada. Vino a mi lado y me apretó el hombro un buen rato, que es su manera de dar un discurso.
Me fui del bar con la certeza rara de los que por fin han dejado de cargar solos con todo. Tenía a los míos. Solo me faltaba saber dónde encontrarla.
Don Matías me esperaba en la puerta de la portería. No creo que fuera casualidad: Don Matías no espera nunca por casualidad.
—Noche de algo, señor Casas —dijo, más que preguntó.
—Mañana se lo voy a decir a ella —dije—. Y no sé dónde encontrarla sin que parezca que monto una escena.
Don Matías se tomó su tiempo, que es como contesta cuando la respuesta importa.
—¿Sabe cuál es el único sitio donde un actor no puede esconderse, señor Casas? Un escenario. No hay segunda toma. —Hizo una pausa—. Mañana reabre el Teatro de Nervión, el de las funciones del colegio, y le han pedido a la señorita Pérez que diga unas palabras. Ha dicho que sí.
—¿Cómo lo sabe?
—El encargado de la reapertura es vecino de esta urbanización y me lo ha contado esta tarde. —Me miró con esos ojos bonachones—. La señorita Pérez, cuando venía cada día, me contó que aquel teatro fue lo primero que quiso de verdad. Allí le dijeron que tenía algo, y ella se lo creyó.
Me lo guardé dentro. El teatro donde una niña que lloró porque no quería ser árbol decidió que de mayor sería la protagonista. Tenía tanto sentido que me dio miedo.
—Gracias, Don Matías.
—No me las dé a mí. —Se giró hacia la portería y se detuvo—. Cuando mañana diga lo que tenga que decir, no lo ensaye. La voz que tiembla no se puede ensayar, y es la única que ella no le ha oído nunca.
Subí a casa y escribí en el grupo de los de siempre: “Mañana, Teatro de Nervión. Gracias.” No contestó nadie. No hacía falta. Los míos contestan estando.
La noche antes. Me senté en la terraza de Simón Verde, la misma desde la que había contado las tres reglas la noche en que todo se acabó, y abrí la libreta por la primera página.
En blanco, sin nada impreso por detrás: la otra vez escribí la verdad en la espalda de un guion, y ella leyó el guion.
Esta vez no había guion detrás. Solo páginas limpias y yo, que era lo que más miedo daba.
Escribí a mano, con la letra de los temblores, la que no sale en los carteles.
“Carla, te quiero” no valía: se lo había dicho a cien cámaras con la boca de otros.
“Era de verdad” sonaba a defensa. “No era un trato” era mentira, y esa era la primera verdad que tenía que caber en la página.
Todo lo que me salía llevaba quince años ensayado, que es lo que pasa cuando uno se gana la vida diciendo frases ajenas: cuando llega la suya, no la reconoce.
Al final no escribí una declaración. Escribí la verdad, que es más difícil y más corta:
Empezó siendo un trato. Dejó de serlo la primera noche.
Me enamoré primero y no te lo dije. Cada beso de mentira fue de verdad, y el último, el de la alfombra, lo diste tú.
Te elijo a ti por encima del papel, de la marca y de todo lo que me dio la mentira.
Si no me crees, te lo demostraré. Y si me dices que no, me iré, pero habiéndotelo dicho, que es lo único que no hice a tiempo.
La releí una vez, en voz alta, para la noche y para nadie. Me salió con la voz rota, la única que no me conocía de memoria. Sonaba a verdad, y me asusté, porque nadie me ha enseñado a decir algo que no se pueda repetir.
Cerré la libreta y me quedé con ella en el regazo, mirando Sevilla sin verla.
Nunca había tenido miedo ante una cámara. Aquella era la primera escena de mi vida que me daba miedo. Y era la única que quería hacer bien.