Luces, cámara y... ¿Amor? (Urbanización Simón Verde nº 3) Capítulo 22. La verdad de los demás
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Capítulo 22. La verdad de los demás

La verdad de los demás

Me habían invitado al acto benéfico semanas antes, cuando todavía era “el novio de Carla”.

Debí cancelar. No cancelé, porque necesitaba verla con mis propios ojos, que es la única manera que tengo de creerme las cosas.

El palacio era de esos que se alquilan para las fotos y se devuelven luego a los dueños, y yo estaba en la esquina del salón, con una copa que no me bebía, haciendo exactamente lo que había ido a hacer: esperarla.

El salón estaba decorado con luces de Navidad y ramas de acebo que parecían recién robadas de un belén, y olía a perfume caro, a cera y a canapés de salmón.

Una señora con abrigo de pieles me miró de arriba abajo y me preguntó si yo era “el de la tele”.

Le dije que sí. Me preguntó si salía en “Cuéntame”.

Le dije que no. Perdió el interés con una velocidad que daba envidia.

Carla llegó tarde, que es lo que hacen los que no tienen ganas de llegar.

Venía con un vestido rojo que le dejaba los hombros al aire y el pelo suelto, y el salón entero se giró a mirarla.

Yo también, claro. Yo siempre. Adrián la llevaba de la mano, con esa seguridad de los que no dudan de que la mano va a seguir ahí, y ella saludaba con la sonrisa de actriz que se pone para los desconocidos, la que yo le había visto usar en las alfombras y que conmigo nunca había usado.

La estaba usando con él. Eso lo decía todo.

Adrián le habló al oído, con la mano en la espalda.

Carla asintió sin dejar de sonreír, y él le apretó la cintura, como quien recuerda que sigue ahí.

Carla se dejó. Se dejó, que es distinto a dejarse querer.

Y entonces la vi hacerlo: mientras Adrián saludaba a un señor con pajarita, Carla recorrió el salón con la mirada, despacio, buscando algo. O a alguien. Me buscaba a mí.

Cuando sus ojos llegaron a mi esquina, se pararon.

Carla se quedó quieta, con la sonrisa puesta y el resto de la cara en otra parte, y yo no supe si dar un paso o quedarme donde estaba, que es mi especialidad.

Al final no di ninguno. Fue ella la que apartó la vista primero, como quien se quema, y se volvió hacia Adrián, que le decía algo que yo no oía.

Adrián debió de notarlo, porque le pasó el brazo por los hombros y la atrajo hacia él, con un gesto que quería parecer de cariño y era de propiedad.

Y entonces me miró por encima de la cabeza de Carla.

Un segundo, lo justo para que yo supiera que sabía que yo estaba allí, y para decirme, sin decir nada, que esa mujer ya no era mía. Nunca lo había sido, según él.

Carla se dejó llevar sin mirar atrás. Yo me quedé con la copa sin beber y dos certezas nuevas: que no era feliz, y que no me había olvidado.

No sé cuál de las dos me dio más miedo. Llevaba días recogiendo la verdad de los demás, la de las fotos y la de los que la querían.

Solo me faltaba la de Carla, que era la única que importaba.

Más tarde la encontré en el pasillo, junto a los lavabos, con el bolso en la mano y la mirada en el móvil. No estaba mirando nada. Solo necesitaba un sitio donde no tener que sonreír.

—No deberías haber venido —dijo sin levantar la vista.

—Lo sé.

—Adrián está dentro.

—Lo sé.

Carla levantó la vista. Tenía los ojos cansados y el rímel corrido, y aun así era la mujer más guapa del palacio.

—¿Qué quieres, Manu?

—No lo sé. —Y era verdad—. Quiero que dejes de mirarme con la cara de un desconocido.

—Es que ya no sé quién eres.

La frase me dio en el pecho. Antes de que pudiera contestar, se abrió la puerta del salón y apareció Adrián, con la sonrisa puesta y la mano buscando la de Carla.

—Ah, Casas. —Me miró—. ¿Te vas?

—Me voy.

Carla no dijo nada. Adrián se la llevó y yo me quedé en el pasillo, con el olor a jabón de los lavabos y la certeza de que acababa de perder otra oportunidad.

Salí del palacio con el abrigo en la mano y el móvil en el bolsillo. Antes de llegar al coche, me sonó. Era Lucía.

—¿Dónde estás? —dijo.

—Saliendo del acto.

—¿La has visto?

—La he visto.

—¿Y?

—Está con Adrián. Me ha dicho que ya no sabe quién soy.

Lucía se quedó un momento callada.

—Eso es lo que dice. No es lo que siente.

—Lucía.

—Manu, mi hermana lleva semanas hablando de ti en sueños. —Se oyó una puerta—. No me preguntes cómo lo sé. Soy su hermana.

—No sé qué hacer.

—¿Quieres que te lo diga?

—Sí.

—Deja de tener miedo.

Me quedé en mitad del aparcamiento, con el abrigo en la mano y el frío de febrero en la cara.

—No tengo miedo.

—Tienes miedo de que te diga que no. —Lucía bajó la voz—. Y por eso no le dices lo que sientes. Por eso le escribes hojas en vez de hablar. Por eso dejas que se vaya con Adrián en vez de plantarte delante y decirle “quédate conmigo, aunque te dé miedo”.

—No es tan fácil.

—Claro que no. Pero es lo que hay. —Bajó la voz—. Mi hermana no necesita que seas perfecto, Manu. Necesita que seas valiente.

—¿Y si no lo soy?

—Entonces deja de llamarte actor. —Se rió, sin ganas—. Los actores fingen. Tú llevas meses fingiendo que no la quieres. Y eso es lo único que se te da mal.

Me quedé con la frase en la oreja.

—Lucía.

—¿Qué?

—La quiero.

—Ya lo sé. —Hizo una pausa—. Todo el mundo lo sabe menos ella.

Colgó. Me quedé en el aparcamiento, con el móvil en la mano y la sensación de que acababa de recibir una bofetada y un abrazo en la misma llamada.

A la mañana siguiente me planté en su despacho sin avisar, que es la única manera de entrar en el despacho de Cristóbal. Estaba al teléfono, y cuando me vio colgó sin despedirse, que es lo que hace cuando sabe que la conversación que viene no le va a gustar.

—La versión del acuerdo de imagen se acaba hoy —dije sin saludar.

Cristóbal me miró un momento. Luego hizo lo que no le había visto hacer en años: dejó el móvil boca abajo sobre la mesa.

—¿Y qué le digo a la marca?

—Lo que quieras. Pero esa mentira se acaba. —Me senté enfrente—. Carla no fue un acuerdo de imagen ni un número de la promoción. Fue la única verdad que he tenido en años, y la dejé ir mientras tú vendías la versión cómoda.

Cristóbal no contestó. Se quedó mirándome con una cara que no le conocía, de las que no se usan en las negociaciones, y cuando habló lo hizo bajito, que es como habla cuando no está vendiendo nada.

—Te he visto actuar delante de cámaras, de directores y de media Sevilla. Nunca te he visto actuar con ella. —Hizo una pausa—. Nunca has estado fingiendo, Manu. Estás enamorado. Y ella también lo estaba. La has perdido por cobarde.

La frase me sentó delante como un guion que no había querido leer. Cristóbal se recostó y siguió, y por primera vez no me hablaba como representante, sino como el hombre que lo había visto todo desde la primera fila.

—Yo te ayudé a montar la mentira y te ayudé a perderla. Es lo que tiene este oficio, que uno se cree que las historias se pueden controlar. —Se pasó la mano por la cara—. No se pueden. Sobre todo cuando son de verdad.

—Yo he vendido tantas historias que ya no sé si alguna era la mía. —Miró el móvil—. Y aun así te digo una cosa: la tuya con Carla era la única que no tenía que haber tocado.

—¿Y ella? —pregunté—. ¿Crees que todavía...

—No me lo preguntes a mí. Yo solo sé de contratos.

—Cristóbal cogió el móvil y se lo guardó en el bolsillo, que es su manera de decir que la reunión se había acabado—.

Lo único que sé de Carla es que se reía contigo como no se ríe con nadie, y que eso no se ensaya.

Anda, ve a decírselo. Y esta vez, sin que te lo escriba yo.

Me fui sin darle las gracias. Entre Cristóbal y yo las gracias no se dicen: se descuentan de la comisión.

Llamé a Lucía esa misma tarde. No me cogió la primera vez ni la segunda, que es la manera que tienen las hermanas de decir que ya saben quién llama y para qué. A la tercera contestó.

—¿La has visto? —dijo sin saludar.

—Anoche, en el acto. La he visto buscar... —me corté, porque decir en voz alta que me buscaba era darle a la esperanza más sitio del que le corresponde.

—¿Buscarte a ti? —Lucía suspiró—. Anda, ven. Te espero en un café de Nervión, cerca de mi casa. Y no me hagas perder la tarde.

Fui. Lucía ya estaba en una mesa del fondo, con un café que no se estaba bebiendo, y me miró llegar con la paciencia de las que ya han llorado por su hermana y no quieren llorar más.

—Dice mi madre que por fin sienta la cabeza —dijo—. Que Adrián es un hombre de bien, que le va a dar la vida que merece. Y mi hermana sonríe y asiente, y en cuanto mi madre se da la vuelta se le apaga la cara. —Me miró—. ¿Sabes lo que es ver a tu hermana apagarse la cara cuando nadie la mira?

Lo sabía. Era la misma cara que yo le había visto cien veces en los últimos meses, la que Carla se guardaba para cuando creía que nadie la veía. La que me partía en dos porque era la prueba de que no estaba bien, y de que era por mi culpa.

—El otro día me dijo que Adrián era perfecto, que no le faltaba de nada.

Y se quedó callada un rato, que es como mi hermana dice las cosas de las que no quiere hablar.

—Lucía dejó el café—. No vuelve con él porque lo quiera, ya te lo dije.

Vuelve porque contigo no sabe cuándo es verdad, y eso la mata.

Ese es su miedo, Manu, el de verdad: que seas tan buen actor que ni ella, que te conoce mejor que nadie, sepa distinguir cuándo hablas en serio.

Prefiere una mentira clara a una verdad que no se atreve a creer.

—¿Y cómo le demuestro que no estoy actuando, si todo lo que hago parece actuado?

Lucía me miró un momento. Luego se levantó, y en la puerta se volvió, que es su manera de decir las cosas importantes de espaldas, para que no se le note la cara.

—Si de verdad la quieres, deja de actuar. —Me miró—. Por una vez en tu vida, Manu, sal a escena sin guion.

Se fue. Me quedé solo en la mesa del café, con el café frío y el móvil encima. No lo cogí para llamar a nadie, ni para ensayar nada. Por primera vez desde que empezó todo, sabía exactamente lo que tenía que hacer.