Luces, cámara y... ¿Amor? (Urbanización Simón Verde nº 3) Capítulo 21. Los días sin Carla #2
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Capítulo 21. Los días sin Carla #2

—Pues lo han dejado correr por ti. Y ella se lo va a acabar creyendo, que es la que peor se lo toma.

—Javi dejó la caña—. Si no haces nada, un día te la cruzas en un supermercado dándole la enhorabuena por su boda, y te pasas la vida diciendo que no pudiste hacer nada, cuando lo que no hiciste fue atreverte.

Me dejó con la frase en el aire y se fue a pedir otra ronda, como quien no acaba de decir lo importante. Nos levantamos a la hora de siempre. En la puerta, Dani se paró. Dani no se para nunca en las puertas, y Dani no dice casi nada, que es por lo que, cuando dice algo, todo el mundo se calla.

—Si la quieres, Manu, no la dejes ir por orgullo. —Me miró un momento, con esa calma de los que hablan poco y aciertan mucho—. Que luego el orgullo no te hace la cama.

Se fue calle abajo sin esperar respuesta. Me quedé en la puerta del bar con la frase de Dani dentro, que es peor que tenerla fuera, porque las frases de Dani no se van: se quedan a vivir donde las dejan.

Cristóbal me llamó al día siguiente con la voz de quien ha encontrado la solución a un problema que yo no sabía que tenía.

—He encontrado a la chica perfecta —dijo—. Se llama Nuria. Actriz, treinta y dos, acaba de salir de una serie de médicos y necesita visibilidad. Tú necesitas dejar de parecer un hombre roto. Cenáis, os hacen una foto, y mañana el mundo se olvida de Carla.

—No quiero que el mundo se olvide de Carla.

—Ya, pero el mundo no te está preguntando. —Hizo una pausa—. Manu, la marca está nerviosa. El director está nervioso. Yo estoy nervioso. Una cena. Una sola. Si sale mal, no volvemos a hablar del tema.

Acepté por cansancio, que es la peor razón para aceptar cualquier cosa. Acepté porque llevaba una semana durmiendo mal, porque Carla no me llamaba, porque Javi tenía razón y porque, en el fondo, quería demostrarme que podía estar con otra mujer sin que se me cayera el mundo encima.

Nuria me esperaba en un restaurante de la Alameda, uno de esos sitios con luces cálidas y cartas escritas a mano. Era guapa, morena, con una sonrisa de anuncio y una risa que se oía desde la puerta. Se levantó cuando me vio, me dio dos besos y me dijo:

—Tú eres el famoso que no sabe estar solo.

—Eso parece.

—No te preocupes. Yo soy la famosa que no sabe estar sola. Estamos empatados.

Nos sentamos. La cena empezó bien: hablamos de la serie de médicos, de los castings, de Sevilla, de los bares de la Alameda. Nuria era divertida y directa, y durante veinte minutos conseguí no pensar en Carla. Luego pedimos el segundo plato y se me escapó.

—Carla no come marisco —dije, cuando el camarero preguntó por las gambas.

Nuria levantó la vista.

—¿Carla?

—Perdón. Quería decir yo. Yo no como marisco.

—Ya. —Nuria sonrió, sin maldad—. ¿Sabes que eres el peor actor que he conocido en una cena?

—Gracias.

—Lo digo en serio. En el plató serás maravilloso, no lo dudo. Pero aquí no sabes fingir. —Señaló mi cara—. Tienes la pena escrita en la frente.

Me reí, y por primera vez en días la risa me salió de verdad.

—¿Tan mal?

—Tan claro. —Nuria bebió un sorbo de vino—. Mira, Manu. Yo he hecho tres pactos de visibilidad en mi vida. Dos con compañeros de reparto y uno con un futbolista. Sé cómo funciona esto. Tú no estás aquí para olvidarte de Carla. Estás aquí para que alguien te diga que no eres un idiota.

—¿Y lo soy?

—Un poco. —Se encogió de hombros—. Pero del montón. No eres el villano de la película.

El camarero trajo las gambas. Nuria se comió una y me miró con la cabeza ladeada.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

—Adelante.

—¿La quieres?

—Sí.

—¿Se lo has dicho?

—Se lo he dicho. No me cree.

—Claro que no te cree. —Nuria dejó la gamba—. Eres actor. Te pasas la vida diciendo frases que no son tuyas. ¿Cómo quieres que distinga cuándo es verdad?

—Eso mismo me dijo ella.

—Entonces no es tonta. —Nuria sonrió—. Si la quieres, deja de hacer el ridículo. No cenes con actrices para que te vean. No sonrías para la prensa. Ve a buscarla y haz algo que no se pueda ensayar.

—¿Como qué?

—No lo sé. Eso es tu trabajo, no el mío. —Levantó la copa—. Yo solo sé que los hombres que me han querido de verdad no me han mandado flores. Me han mirado con la cara de que el mundo se acababa si yo me iba.

La cena siguió, pero yo ya no estaba. Nuria se dio cuenta y, en lugar de ofenderse, hizo algo que no me esperaba: me preguntó por Carla.

Le conté lo del trato, lo de la boda, lo del espejo, lo de la hoja.

Le conté más en una hora que a Cristóbal en tres meses.

Ella escuchó sin juzgar, con la barbilla apoyada en la mano, y cuando terminé se quedó un momento en silencio.

—Eres un desastre —dijo—. Pero un desastre con buen corazón. Eso ya es algo.

Cuando salimos, había un fotógrafo en la esquina. Nuria lo vio y se pegó a mí con una sonrisa de escena.

—Foto —dijo—. Para el pacto.

—No quiero.

—Yo tampoco. Pero si no la hacemos, Cristóbal nos mata. —Me miró—. Una foto. Y luego te vas a buscar a tu actriz.

El flash nos pilló con la cara de dos personas que no se están mirando. Nuria se separó, me dio dos besos y se fue calle abajo, con el abrigo al hombro y la risa de siempre.

—¡Manu! —gritó desde la esquina—. ¡Deja de actuar!

Me quedé en la puerta del restaurante, con el móvil en la mano y una sensación amarga en la boca.

La foto llegaría a Cristóbal en diez minutos.

A Carla, en cuanto abriera el móvil. Y yo no tenía ninguna gana de explicarle nada, porque no había nada que explicar: solo una cena, una actriz y un hombre que no sabía estar solo.

Caminé hasta el río. El Guadalquivir estaba negro y quieto, con las luces de Triana reflejadas en el agua y el puente de Isabel II lleno de gente que iba a cenar.

Me senté en un banco, con el abrigo subido y el móvil apagado, y pensé en Carla.

En su risa, en su miedo, en la forma en que me había dicho “no lo estropees”.

En la foto que iba a ver. En lo que pensaría.

No la llamé. No podía. Si la llamaba, le daría una explicación que sonaría a guion, y ya estaba cansado de sonar a guion.

A las doce, el móvil se encendió con un mensaje de Lucía.

Espero que la cena haya valido la pena. Mi hermana ha visto la foto. No ha dicho nada. Eso es peor.

Me quedé mirando la pantalla hasta que se apagó. Luego me levanté, tiré el móvil al bolsillo y me fui a casa andando, con la certeza de que acababa de perder otra oportunidad y de que, esta vez, la culpa era solo mía.

Al llegar a Simón Verde, Don Matías estaba en la portería, con la linterna y la calma de siempre.

—Noche de algo, señor Casas —dijo.

—Noche de todo, Don Matías.

—La señorita Pérez no ha subido.

—Lo sé.

—Es una pena. —Bajó la voz—. Con lo bien que olía la casa cuando ella venía.

Entré en casa sin encender la luz. En la mesa del salón seguía la servilleta de las reglas, la que Carla se había dejado la última noche. La cogí, la desdoblé y leí las tres líneas con la letra de mi mano. No besarse de verdad. No ponerse celosos. No enamorarse.

Las tres estaban rotas. Y yo seguía sentado en el sofá, mirando la servilleta, sin saber qué hacer con el hombre en el que me había convertido.

La urbanización estaba en silencio cuando llegué, en ese silencio de madrugada que solo rompen los perros y los insomnes. Don Matías salió de la portería con su linterna, me vio y no se sorprendió, que es lo primero que hay que saber de Don Matías: que nada le sorprende.

—Noche de insomnio, señor Casas —dijo, más que preguntó.

—Noche de todo, Don Matías.

Asintió y se quedó a mi lado, con las manos en la espalda, mirando la calle vacía. No tenía prisa. Don Matías no tiene prisa nunca, que es su manera de decir que el tiempo pone a cada uno en su sitio.

—La señorita Pérez ya no sube —dijo, sin dejar de mirar la calle.

—No, Don Matías. Ya no sube.

—Subía con la confianza de que vivía aquí. —Hizo una pausa—. En treinta años de puerta, uno aprende a distinguir a los que vienen de visita de los que están en casa. Ella nunca vino de visita.

Me lo guardé dentro, y luego solté lo que llevaba preguntándome desde que la foto salió en todos los sitios.

—¿Usted cree que tengo derecho, Don Matías? —pregunté, y me oí decirlo y sonó a lo que era: a hombre pidiendo permiso para querer—. Nunca fuimos novios de verdad. Empezó como un plan y se me fue de las manos. No sé si lo que sentí era mío o era del personaje.

Don Matías se tomó su tiempo, que es como contesta cuando la respuesta importa. Cuando habló, no me miró a mí: miró la urbanización dormida, las ventanas apagadas, la vida de los que duermen tranquilos.

—He visto venir a muchos hombres a esta urbanización, señor Casas. Los que se van y los que se quedan. Usted es de los que se quedan. El problema es si se atreve a decirlo.

Me quedé callado, y en ese silencio se me cayó la pregunta que llevaba días haciéndome. No era si tenía derecho. Nunca había sido si tenía derecho. Era si me atrevía, y nunca fuimos novios de verdad... o sí, que es lo que da más miedo: haberlo sido sin decirlo, y haberlo perdido por no decirlo.

Me di la vuelta hacia él.

—¿Y usted cree que ella...?

—Eso, señor Casas, se lo tiene que preguntar a ella. —Don Matías se giró por fin y me miró con esos ojos bonachones que lo han visto todo sin escandalizarse—. Pero vaya con el corazón en la mano, no con el guion.