Capítulo 21. Los días sin Carla
Los días sin Carla
Esa mañana había rodado la escena de amor del guion nuevo y me había salido a la primera, que es lo que pasa cuando no queda nada dentro que estorbe a la técnica.
El director estaba encantado. Yo, ni eso.
Luego llegó la entrevista, entre toma y toma, que es como se hacen las cosas cuando tu tiempo vale dinero.
Yo llevaba el traje del personaje, la barba del personaje y la sonrisa del personaje, que es la misma que la mía pero más barata.
La periodista me preguntó por la película, por el director, por el año que las revistas llamaban “el de Manuel Casas”. Contesté con el piloto automático que me dejó Cristóbal, y todo iba sobre ruedas hasta que ella sacó el cebo.
—¿Cómo te cuidas? —preguntó—. ¿Gimnasio, dieta, esas cosas?
—Gimnasio, café y dormir poco. Lo de la dieta lo dejo para los personajes.
—¿Y qué desayunas?
—Lo que me pongan delante. Soy muy fácil.
La periodista sonrió, y yo también, con la sonrisa de cartón que me ponía delante de las cámaras. Llevábamos diez minutos hablando de nada, y yo ya estaba cansado.
—¿Y qué hay de Carla Pérez? —preguntó, como quien no quiere la cosa—. Se la ha visto mucho con Adrián Villanueva. ¿Lo vuestro fue verdad o fue parte de la promoción de la película?
La pregunta me llegó donde más duele, que es donde uno ya no sabe si lo que vivió fue suyo o del personaje. Sonreí, porque sonreír es lo que hago cuando no sé qué poner en la cara.
—Carla es una gran actriz y una gran persona —dije—. Lo nuestro fue bonito, y se acabó.
—¿Se acabó por lo de siempre, o porque cada uno siguió su camino? —Ella anotaba sin levantar la vista—. Es que su representante, cuando se lo preguntaron, no lo desmintió. Que lo vuestro había sido un acuerdo de imagen. Con eso, la gente ya se lo cree todo.
Se me quedó la sonrisa a medio camino. No era culpa de la periodista, que solo hacía su trabajo.
Era que no lo había desmentido, y era verdad: mientras yo me partía el pecho negándome a firmar su nota de prensa de la ruptura, Cristóbal andaba por ahí dejando que el mundo se creyera la versión cómoda, la que convertía lo nuestro en un anuncio y a Carla en un número de la promoción.
—No fue un acuerdo de imagen —dije, y noté que la voz se me afinaba, que es lo que me pasa cuando miento sobre algo que me importa.
—¿Entonces fue verdad?
Ahí estaba la trampa, la misma que me persigue desde que la conozco: no podía decir que sí sin tirar por tierra a Carla, que ahora estaba con otro, y no podía decir que no sin enterrar lo único que había sentido de verdad en años.
Dije lo que dicen los actores cuando no saben salir de una escena, y me odié por ello.
—Fue lo que tuvo que ser.
La periodista asintió con la cara de haber oído algo importante. Cuando se fue, el productor vino a darme la buena noticia: la preventa de la película era la mejor del año y la marca había renovado. Debí estar eufórico. No sentí nada, y eso me asustó más que si hubiera llorado.
Antes de salir del estudio, me sonó el móvil. Era mi madre.
—¿Qué pasa? —dijo—. ¿Estás bien?
—Estoy bien, mamá.
—Mentira. —Hizo una pausa—. Te he visto en la tele.
—¿En la tele?
—En el programa de las tardes. Han puesto la entrevista. Salías con una cara de perro apaleado que no te la crees ni tú.
—Es mi cara.
—Tu cara es la de tu padre cuando le dolía la espalda. —Se oyó un ruido de cacharros—. ¿Has comido?
—Sí.
—Mentira.
—Mamá.
—Ven a comer el domingo. Hago croquetas.
—Este domingo...
—El domingo. —Bajó la voz—. Y si quieres, trae a la chica.
—No sé si quiere venir.
—Pregúntaselo. —Se aclaró la garganta—. Las mujeres no mordemos, hijo. Bueno, tu prima sí, pero esa no viene.
Me reí. Mi madre se rió también, y el estudio, la entrevista y la cara de Carla se quedaron en segundo plano.
—¿Y la chica? —dijo.
—¿Qué chica?
—La actriz. La de la tele.
—Está con otro.
—Ya. —Hizo una pausa—. ¿Y tú la quieres?
—Sí.
—Entonces no está con otro. Está esperando a que tú hagas algo.
—Mamá.
—Es un decir. —Se aclaró la garganta—. Pero los hombres os creéis que las mujeres nos vamos y no volvemos. A veces volvemos. A veces tardamos.
—No sé qué hacer.
—Haz algo que no se pueda ensayar.
—Eso me han dicho.
—Pues será verdad. —Se rió—. Y ahora cuelga, que se me está quemando la cebolla.
—Mamá.
—¿Qué?
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por llamar.
—Para eso estoy. —Se rió—. Y para las croquetas.
Colgué. Seguí en el pasillo del estudio, con el móvil en la mano y el olor a café de máquina, y por primera vez en días tuve ganas de ir a casa.
Mi madre tenía razón en las cosas importantes y se equivocaba en las pequeñas, que es la mejor manera de tener razón.
No sabía si Carla estaba esperando a que hiciera algo.
Pero sabía que yo no podía seguir esperando a que ella lo hiciera por mí.
Guardé el móvil. Y por primera vez en días, supe cuál era el siguiente paso.
No era una señal del cielo. Era una puerta, una tarta y una mujer que me esperaba.
Y yo, por primera vez, estaba dispuesto a cruzarla.
Por la tarde conduje sin rumbo y acabé en una calle estrecha de Nervión donde estaban rodando la serie de Carla. Había camiones, cables, gente con pinganillos y una hilera de sillas vacías. Me quedé en el coche, con la gorra calada, mirando desde la esquina.
Carla estaba en mitad de la calle, con un vestido de otro siglo y el pelo recogido, diciendo una frase que no oí.
La dijo tres veces. A la tercera, el director aplaudió.
Ella se rió, se llevó la mano al pecho y saludó como una actriz de verdad, de las que se saben el oficio.
No me vio. O no quiso verme. Yo me quedé con las manos en el volante y la certeza de que aquella mujer iba a ser feliz con o sin mí, y de que yo no iba a serlo sin ella.
Cuando ya iba a arrancar, alguien llamó a la ventanilla. Era una mujer menuda, con el pelo recogido y un pinganillo en la oreja, que me miró como se mira a un famoso que se ha equivocado de sitio.
—¿Usted es Manu?
—Depende.
—El novio de Carla.
—Eso dicen.
—Soy Ana, la directora. —Me tendió la mano—. ¿Puedo?
Le abrí la puerta y se sentó en el asiento del copiloto, con la carpeta en el regazo y el pinganillo todavía puesto.
—Carla no sabe que estoy aquí —dije.
—Ya. —Se rió—. Los dos sabemos que eso es mentira.
—Vengo a verla trabajar.
—Ya. —Miró hacia la calle, donde Carla hablaba con un técnico—. Es buena.
—Lo sé.
—No, no lo sabe. —Se giró—. La gente dice “es buena” todo el tiempo. Yo digo que es buena de verdad. Tiene algo que no se enseña. Se planta delante de la cámara y no pide permiso.
—Siempre ha tenido eso.
—Sí. Pero antes no se lo creía. —Ana se quedó un momento—. Ahora sí.
Me quedé mirando a Carla por la ventanilla. Estaba riéndose de algo, con el vestido de época y el pelo recogido, y parecía más ella que nunca.
—¿Ha hablado de mí? —pregunté.
—Todo el día. —Ana se rió—. “Manu dice que no sé caminar con corsé”. “Manu dice que tengo que hablar como mi madre”. “Manu dice que no me ponga nerviosa”. Si sigue así, la voy a tener que poner de guionista.
—Lo siento.
—No lo sienta. —Se encogió de hombros—. Hace que trabaje mejor.
Guardó silencio. Luego me miró con una seriedad que no le había visto.
—¿Puedo darle un consejo?
—Adelante.
—No la distraiga. —Señaló la calle—. Esta mujer tiene una carrera. Lleva años peleando por ella. Si usted va a estar a su lado, esté. Pero no la haga dudar cada vez que tenga una oportunidad.
—No pienso hacerlo.
—Ya. —Se quitó el pinganillo—. Todos dicen lo mismo.
—No soy todos.
—Eso espero. —Abrió la puerta—. Porque Carla es de las que se quedan. Y las que se quedan son las que más duelen cuando se van.
Se bajó del coche. Antes de cerrar la puerta, se inclinó.
—Una cosa más.
—Diga.
—Cuando la vea en la tele, no le diga que está guapa. Dígale que está buena. —Sonrió—. Las actrices nos cansamos de que nos digan guapas.
Cerró la puerta y volvió a la calle. Carla la vio llegar, le dijo algo y se rieron las dos. Luego Carla miró hacia el coche, con la certeza de que yo estaba allí. Levantó la mano. Yo levanté la mía.
Arranqué antes de que me viera. En el retrovisor, la calle se hizo pequeña y Carla se quedó en el centro, con el vestido de otra época y la risa de siempre.
Esa noche me fui al bar de Pablo, que es donde van los que no saben adónde ir. Pablo me puso la caña delante sin que la pidiera, con esa sonrisa de las que anuncian broma.
—El soltero de oro ha vuelto al mercado —dijo—. Sevilla entera va a dormir tranquila sabiendo que puede volver a soñar.
—No estoy para bromas, Pablo.
—Por eso te las echo yo. —Pablo se apoyó en la barra—. Anda, cuéntale a tu bar qué ha pasado, que aquí no viene la prensa.
—¿Y qué le cuento? ¿Que soy un desastre?
—Eso ya lo sabemos. Cuéntame algo nuevo.
No le conté nada. Javi llegó más tarde, se sentó a mi lado sin decir nada y se quedó un rato mirando la tele de la barra, que es su manera de acompañar sin preguntar. Dani estaba en la mesa del fondo, con una cerveza a medio hacer y la boca cerrada, que es donde la tiene casi siempre.
—¿Has hablado con ella? —preguntó Javi al cabo de un rato.
—Me pidió que pausara el trato. Eso hago.
—¿Pausar el trato? —Javi me miró, despacio—. Tú no has tenido un trato con esa mujer desde hace meses, Manu. Has tenido un trato contigo mismo, y lo has perdido.
—¿Y qué quieres que haga? Está con Adrián. Ha elegido.
—¿Ha elegido o ha salido corriendo? —Javi no levanta la voz nunca, y por eso, cuando baja, se le oye más—. Tú la conoces mejor que nadie. ¿De verdad te crees que esa mujer se ha ido con el otro porque quería?
No contesté, porque contestar era admitir que no me lo creía.
—Y por si fuera poco —siguió Javi—, he oído que lo vuestro fue un montaje para la película. ¿Eso lo has dejado tú correr?
—No.