Capítulo 20. El regreso
El regreso
Me enteré un jueves por la noche, y no por ella.
El teléfono me lo escupió a las tantas, de esos avisos de prensa que uno sabe que no debería abrir y abre igualmente: la foto era de un restaurante de Nervión, tomada desde la calle, y se veía a Carla de perfil, con la cabeza ladeada en esa risa suya, y a Adrián con la mano en el mantel a un centímetro de la suya.
El pie de foto remataba la faena: “Carla Pérez y Adrián Villanueva, inseparables de nuevo.”
A las dos de la mañana el grupo de los de siempre ardía. Pablo había mandado una foto de la foto, Javi había escrito “¿Pero esto es de verdad?”, y Dani había contestado con un punto. Solo un punto. En Dani, un punto era una tesis doctoral.
No contesté. ¿Qué iba a contestar? ¿Que la había perdido por no saber decirle que la quería sin que sonara a guion? ¿Que el amor de mi vida estaba con otro y yo estaba mirando el techo como un adolescente?
Dejé el móvil boca abajo en la mesilla y me quedé mirando el techo, que es lo que hace uno cuando le da miedo cerrar los ojos y encontrarse con lo mismo.
No la llamé, porque ella me lo había pedido, pausar el trato hasta que ella dijera, y yo soy de los que cumplen lo que se firma aunque luego se mueran por dentro.
Tampoco le escribí. Llevaba días queriendo mandarle el mensaje que le debía desde el garaje, el de la verdad, pero todas las frases que me salían sonaban a ensayo, y ya había visto lo que pasaba cuando le sonaban a ensayo.
A la mañana siguiente no fui al gimnasio, que ya es decir, y aun así acabé en Nervión, que es lo que tiene el coche cuando uno conduce sin decidir adónde va.
El de Adrián estaba aparcado delante de la casa de sus padres.
En la puerta, con la luz del portal dándole de lleno, estaban los dos.
Adrián la cogía de la mano, despacio, como quien no tiene prisa, y Carla no la apartaba.
Hice memoria de la única vez que los había visto juntos, aquella tarde del café de la Plaza Nueva: se la había apartado en cuanto él la rozó.
Aquí se la estaba dejando, y eso me dolió más que la foto, más que el pie de foto, más que todas las cosas que no me había dicho.
Carla dijo algo que no oí. Adrián se rió, le soltó la mano y se agachó a darle dos besos, de los que ya se dan con confianza, y ella se quedó en la puerta mirándole bajar los escalones, con los brazos cruzados y esa media sonrisa suya de cuando está pensando en otra cosa.
Entonces levantó la vista hacia la calle, hacia donde yo estaba.
No sé si me vio, pero me entró el miedo de que me viera y arranqué, con las manos temblando en el volante.
En el semáforo de la avenida me di cuenta del todo.
Llevaba tres meses diciéndome que aquello era el trato, que los celos eran de contrato, que lo que me dolía era el orgullo de perder un plan.
Mentira. No estaba celoso por el trato. La quería de la manera que no se puede escribir en un papel ni ensayar delante de un espejo, la quería para siempre, y acababa de verla elegir a otro sin poder hacer nada, porque no tenía derecho a hacer nada, porque nunca le había dicho la verdad a tiempo, porque siempre me había guardado una escena para cuando hiciera falta.
Lucía apareció al día siguiente en Simón Verde sin avisar, que es lo que hace la gente cuando viene a decirte algo que no te va a gustar y no quiere darte tiempo a escaparte.
Subió a la terraza sin saludar, se sentó enfrente y me miró un rato con esa cara de hermana mayor que ya ha decidido que la conversación se va a tener, aunque a los dos nos duela.
—Has visto la foto —dijo.
—Los he visto a ellos, que es peor.
—¿Dónde?
—En Nervión, anoche, delante de casa de tus padres. —Hice una pausa—. No se ha apartado, Lucía. En el café de la Plaza Nueva no se dejó tocar, y anoche se ha dejado la mano. ¿Eso qué significa?
—Eso significa que está muerta de miedo.
—Lucía se quedó un momento con la mirada puesta en Sevilla, como quien ordena las palabras antes de soltarlas—.
No he venido a reñirte, Manu. He venido a decirte lo que mi hermana no te va a decir porque es demasiado orgullosa para pedirte nada.
Vuelve con Adrián. Se lo ha dicho a mi madre y a mí.
Dice que... —respiró hondo—, para no sufrir más.
—¿Sufrir por qué?
—Por ti. ¿Por quién va a ser? —Lucía me miró con una pena que me desarmó—.
Se lo ha creído todo. Que la hoja era el guion, que el “te quiero” del garaje era la última escena, que eres tan buen actor que ni tú sabes ya cuándo actúas, y como no puede vivir adivinando, ha decidido volver a lo conocido. Con Adrián al menos sabe lo que hay.
—Pero no le quiere.
—No le quiere. —Lucía bajó la voz—. Pero contigo tampoco se atreve, y eso da más miedo que no querer. No vuelve con él porque lo quiera, Manu. Vuelve porque le duele menos que seguir esperando a que tú dejes de actuar.
Me quedé mudo.
Lucía se levantó y en la puerta se volvió.
—Mi hermana lleva tres meses haciendo la comedia más difícil de su vida, la de parecer que no le importas. —Me miró un momento—. No la dejes ir creyéndose que era verdad.
Se fue sin esperar respuesta. Seguí en la terraza con sus palabras repitiéndose solas, como se repiten las frases que uno no quiere oír y no puede dejar de oír.
Cristóbal me citó esa misma tarde en su oficina, con esa urgencia suya de cuando el dinero está en peligro, y fui, porque ya no me quedaba nada que proteger en aquel despacho.
Estaba detrás de la mesa, con el móvil en la mano como un arma, y delante, boca abajo, un folio que no hacía falta leer para saber lo que era: la nota de prensa de la ruptura, escrita antes de que yo dijera nada.
—Hemos tenido un problema —dijo sin saludar—. La foto de Carla con el tal Adrián ha roto el mercado. La marca me ha llamado tres veces. Hay que vender la ruptura antes de que la vendan ellos, Manu.
—No hay ninguna ruptura que vender.
—Pues la hay, porque es lo que va a parecer. —Cristóbal cogió el folio—. Escúchame, que esto tiene arreglo. Tú sueltas primero la noticia: lo vuestro ha sido bonito, cada uno sigue su camino, quedas como el bueno, y el bueno siempre gana. Te he escrito cuatro frases, léelas.
Me tendió el folio. No lo cogí.
—¿Y qué pone ahí? ¿Que Carla fue un bonito capítulo de mi vida?
—Pone lo que hay que poner para que no te salpique. —Cristóbal dio un golpe con el folio en la mesa—. Y para la marca, necesitamos que no estés mucho tiempo solo. Tengo dos o tres actrices que firmarían un pacto de visibilidad sin pensárselo. Un mes, bien llevado, y esto no lo cuenta ni la prensa.
—¿Y qué les dices? ¿Que soy un encanto? —dije.
—Les digo que eres el soltero de oro de Sevilla. —Cristóbal se encogió de hombros—. Les digo la verdad. El problema es que la verdad, bien peinada, vende más que el amor.
—Y si no acepto, ¿qué?
—La marca se lo piensa. El director se lo piensa. Y tú te quedas en casa mirando el móvil. —Me miró—. No es una amenaza, Manu. Es un presupuesto.
Lo miré de frente. Había montado el trato, me había convencido de que era un negocio redondo, y ahora me estaba ofreciendo el relevo como quien cambia de pareja en un anuncio. Lo peor no era que lo dijera. Lo peor era que lo decía en serio.
—El trato se acabó, Cristóbal. —La voz me salió rara, de las que no se usan delante de una cámara—. Se acabó de verdad, no en la foto. No pienso seguir fingiendo, ni con Carla ni con nadie, y no pienso dejar que conviertas esto en una nota de prensa.
Cristóbal me miró como se mira a un actor que acaba de anunciar que se retira.
—¿Y el papel? ¿Y la marca? Te los has ganado, Manu. ¿Vas a tirarlo todo por una mujer que ha elegido a otro?
—No la he perdido porque haya elegido a otro.
La he perdido porque me convenciste de que la conquistara con un guion, y cuando le he dicho la verdad, ha creído que era otra escena.
—Cristóbal abrió la boca para contestar y le corté—.
Ese es mi oficio, ¿no? Que hasta el te quiero parezca ensayado.
Pues se acabó. Lo que haga a partir de ahora lo haré sin guion, y si por eso pierdo el papel y la marca, los pierdo.
—Sin mí te quedas sin los dos. No seas idiota, Manu.
—Pues que se los den a otro. —Me llegué a la puerta y me detuve—. He ganado una sola cosa de verdad en tres meses, y la he perdido por no atreverme a decirlo a tiempo. No pienso perderla dos veces.
Salí del despacho y anduve hasta que se me acabaron las calles.
No supe lo que había decidido hasta que me encontré en casa, en mitad del salón, sin encender la luz, con la certeza de que por primera vez en tres meses no tenía guion ni ensayo ni reglas que cumplir.
Solo la verdad, y un problema: la verdad, dicha con mi voz, sonaba a la última escena del trato.
Había pasado tres meses fingiendo ser su novio. Y el día que la vi elegir a otro, dejé de fingir. Ahora tocaba demostrarlo.