Luces, cámara y... ¿Amor? (Urbanización Simón Verde nº 3) Capítulo 19. El beso de despedida
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Capítulo 19. El beso de despedida

El beso de despedida

Después de lo del guion, Carla se hizo pequeña.

No me refiero a la estatura: me refiero a que dejó de ocupar sitio, que es la manera más silenciosa de irse.

No canceló nada, porque quedaba el preestreno y éramos profesionales, pero mis mensajes se contestaban con monosílabos y mis llamadas con un “estoy bien” que no engañaba a nadie que la conociera.

Yo la conozco: sabía que no estaba bien, y que era por mi culpa, aunque no supiera decir cuál de mis culpas.

Le escribí un mensaje largo explicándole lo de la hoja. Me contestó a la hora: “Ya me lo explicaste. No hace falta.” Me lo aprendí de memoria, que es lo que pasa con las respuestas cortas que duelen más que las largas.

Se lo conté a Javi en el bar de Pablo, sin contárselo: que le había escrito la verdad en un papel, que ella lo había leído como un guion, que me había dicho que era tan buen actor que casi se la cuela.

Javi me escuchó entero, que es su manera de escuchar, y cuando terminé se bebió medio vaso antes de hablar.

—¿Y se lo has dicho? —dijo.

—Se lo he dicho. No me cree.

—No te ha creído eso. —Javi dejó el vaso—. Te ha creído a ti, Manu. Lleva toda la vida viéndote actuar, y ahora le dices que una cosa era de verdad. ¿Cómo quieres que sepa cuál?

—¿Y qué hago?

—Díselo, idiota, que se te va.

Se me va, repetí por dentro, y la frase me sonó a sentencia.

Lucía me llamó un sábado por la mañana, la segunda vez que lo hacía. No hizo falta que me dijera de qué iba: lo llevaba en la voz.

—Mi hermana está hecha polvo —dijo sin saludar.

—Lo sé.

—No lo sabes. —Hizo una pausa—. Adrián le ha pedido que vuelva con él. Y se lo está pensando.

El mundo me dio una vuelta que no me esperaba.

—¿Por qué? Le dijo que no. Yo la oí decírselo.

—Porque entonces te tenía a ti. —Lucía hablaba despacio, soltando una verdad que le pesaba—. Ahora cree que no te tiene. Que nunca te tuvo. Dice que eres tan buen actor que ya no sabe cuándo hablas de verdad.

—No era una actuación.

—Pues díselo. Pero no con otra escena, Manu. Mi hermana no necesita que le representes nada: necesita que una vez se te olvide el guion.

Colgué con las palabras de Lucía dándome vueltas. El preestreno era esa noche. Me pasé la tarde pensando qué decirle, y a las seis ya sabía que no había frase que valiera: el problema no era encontrar las palabras, era que ella ya no me las creía.

Cristóbal me recogió a las siete, eufórico, hablando del preestreno con la emoción de una boda. No me preguntó por Carla, que era su manera de no oír lo que no quería oír.

—Hoy cerramos el trato por todo lo alto —dijo, frotándose las manos—. Un buen beso en la alfombra y mañana somos portada.

No contesté. No le dije que el trato se había acabado hacía tiempo, ni que ya no sabía besar de mentira, ni que la mujer con la que quería besar de verdad estaba llegando para despedirse sin saberlo.

El preestreno era en el cine de la calle San Fernando, uno de esos cines antiguos que huelen a butaca de terciopelo y a palomitas de otra época.

La copia había salido del laboratorio esa misma semana, con el montaje recién cerrado y el sonido todavía en pañales.

La productora había montado una alfombra roja pequeña, con el cartel de la película en grande y una fila de fotógrafos que llevaban desde las seis esperando a que llegara alguien con cara de famoso.

Había fans con carteles, periodistas con micrófonos y un grupo de invitados que se saludaban con dos besos y se miraban el bolso.

Cristóbal me empujó por la espalda.

—Sonríe, Manu. Y no mires al suelo. Pareces un hombre que va a un funeral.

—Es que voy a un preestreno.

—Peor. Un funeral tiene menos cámaras.

Salas llegó antes que yo, con una sonrisa de director que ya huele el premio. Marta iba a su lado, con un vestido azul y el pelo recogido, y me dio un abrazo de compañera de trinchera.

—¿Nervios? —me preguntó.

—Muchos.

—Yo llevo dos semanas sin dormir. —Se rió—. Y eso que ya he visto la película. Tú no la has visto, ¿verdad?

—No.

—Pues prepárate. Sales guapísimo. Y sales enamorado.

Me quedé con la última palabra en el pecho, porque no sabía si hablaba de la película o de mi vida.

La alfombra comenzó a llenarse. Los flashes se encendían y se apagaban con un ritmo que ya me sabía de memoria, y yo sonreía, saludaba y ponía la cara de Manuel Casas mientras por dentro contaba los minutos que faltaban para que llegara Carla.

La productora había decidido que la prensa no supiera si veníamos juntos o por separado, y Cristóbal había montado el misterio con la precisión de un relojero: ella llegaría diez minutos después, sola, y el país entero se preguntaría si la pareja seguía viva.

Llegó a las ocho y diez. El coche se paró al final de la alfombra y el aire cambió de densidad.

Carla bajó con un vestido negro que le dejaba la espalda al aire, el pelo recogido y una sonrisa que no era la de los titulares.

Era la sonrisa de la Carla que se pone una armadura antes de salir a escena, y yo la conocía lo bastante para saber que debajo había una mujer que llevaba tres días sin dormir.

Los fotógrafos gritaron su nombre. Carla se paró, posó, saludó con la mano y se dejó querer por la cámara con una naturalidad que dolía. Luego me buscó con la mirada, y cuando me encontró se le quedó la sonrisa un segundo quieta, con la sensación de que el mundo se había olvidado de seguir girando.

Me acerqué. La alfombra entera nos miró.

—Hola —dije.

—Hola. —Carla levantó la barbilla—. ¿Listo para la última escena?

—No sé de qué me hablas.

—Claro que no. —Sonrió, y la sonrisa le llegó a los ojos solo a medias—. Tú nunca sabes de qué te hablo.

Nos colocaron juntos delante del cartel.

Yo le puse la mano en la cintura y ella se dejó, con la rigidez de quien se deja tocar por un desconocido.

Los flashes dispararon. Un periodista preguntó por la boda, otro por el vestido, otro por si éramos la pareja del año.

Carla contestó con medias verdades tan redondas que hasta yo me las creí.

—Somos muy felices —dijo—. Y Manuel está espectacular en la película.

—¿Y la boda? —insistió el periodista.

—Cuando toque. —Carla me miró—. ¿Verdad, cariño?

—Cuando ella diga —dije, y la palabra “cariño” me supo a ceniza.

Entramos en la sala. El cine estaba lleno: el equipo, la prensa, los invitados, los amigos de la productora.

Me sentaron en la fila central, con Carla a un lado y Cristóbal al otro.

Salas subió al escenario, dio las gracias a todo el mundo y dijo que aquella película era la historia de un hombre que aprendía a decir lo que sentía.

La sala se rió. Yo me quedé mirando la pantalla, con las manos sudando y el corazón en la garganta.

Se apagaron las luces. Empezó la película.

La película avanzó entre risas y silencios hasta la escena treinta y dos.

En la pantalla, mi personaje entraba en el salón, con la lluvia de mentira cayendo al otro lado de los cristales, y le decía a Vega que desde que la había visto todo lo demás le sobraba.

En la sala, todo el mundo contenía la respiración.

En la butaca, Carla tenía las manos en el regazo y los ojos fijos en la pantalla, y yo la miraba a ella en lugar de mirarme a mí.

Cuando terminó la escena, la sala aplaudió. Yo no aplaudí. Carla tampoco. Se giró un momento, me miró y volvió a mirar la pantalla, y en ese segundo entendí que la película entera era una carta que yo le había escrito sin saberlo.

Al acabar, la luz se encendió y el público se levantó. Salas nos abrazó a todos. Cristóbal ya estaba con el móvil en la mano, escribiendo el titular de la mañana. Carla se quedó un momento en la butaca, con el bolso en el regazo, y luego se levantó sin mirarme.

La seguí con la mirada entre los invitados. Los periodistas la rodeaban, los fotógrafos la llamaban, y ella sonreía y contestaba y se dejaba querer con la elegancia de quien lleva toda la vida esperando una noche así. En un momento dado, un fotógrafo gritó desde la puerta:

—¡Un beso! ¡Los novios, un beso!

El grito prendió en la sala. La gente se cree lo de la boda y quiere su escena.

Yo me quedé quieto, con el corazón a mil, sin saber qué hacer.

No podía besarla así, sabiendo que para ella aquello era el número final del plan.

Además, había perdido la práctica de besar de mentira, que es lo que pasa cuando dejas de fingir.

Carla me resolvió la papeleta. Se acercó, me puso las manos en la cara con esa suavidad de las que saben lo que hacen, y me besó.

Fue el beso más profesional de mi vida, y no lo di yo.

Carla me besó como besan las actrices cuando quieren una escena perfecta a la primera: la mano en la mejilla, la inclinación justa, el tiempo exacto, la boca apartándose antes de que el beso se convierta en otra cosa.

Los flashes la comieron viva. La sala entera aplaudió, y yo me quedé sin aire, porque acababa de entenderlo: aquel beso no era un beso. Era una despedida.

Se separó sonriendo a las cámaras, y mientras los flashes seguían disparando, se inclinó hacia mí y me dijo al oído, bajito, para que solo yo la oyera:

—Última escena. La hemos bordado.

Me dejó clavado, con la sonrisa puesta y el corazón en el suelo, viéndola reír con el director con la frescura de que no había pasado nada.

La esperé en el garaje, junto a su coche, que es donde la gente dice las cosas que no quiere que se vean. Llegó a las doce y media, con la chaqueta por los hombros y la cara cansada de haber estado perfecta toda la noche. Al verme aminoró el paso, con cara de ya sabía yo.

—Carla.

—Manu. —Se paró a tres pasos, sin acercarse—. Ha sido un buen preestreno. Tu película va a ser un éxito.

—No he venido a hablar de la película.

—Pues yo no tengo nada más que hablar.

Le puse la mano en el brazo. Carla se apartó, despacio, con un movimiento que no era brusco: era peor, era educado, como quien retira la mano de algo que ya no le pertenece.

—Carla, te quiero —dije. Así, sin más, en mitad del garaje, con la palabra rebotando contra el hormigón—. No era una escena. No era un plano. No era parte del trato. Te quiero.

Carla se quedó quieta un momento. Cuando habló, la voz no le temblaba, que era lo peor que podía pasarme.

—Lo sé. —Se volvió por fin y me miró con una tristeza que no le había visto nunca—. Eres tan buen actor que hasta tú te lo acabas creyendo, Manu. Y yo ya no sé cuándo me hablas de verdad. Así que prefiero no oírte.

—No estoy actuando.

—Pues no lo parecía. —Carla sonrió, con una sonrisa pequeña—. Qué cosas, ¿verdad? Llevo tres meses viéndote actuar y no me di cuenta. Esta noche he sido yo la que ha actuado, y me ha costado lo mismo que a ti. Menudo oficio tenemos.

—No te vayas, Carla. Déjame decírtelo de una manera que me creas.

—No hay manera. —Carla se pasó la mano por los ojos y la voz se le rompió un poco, que era lo único que me decía que dentro seguía habiendo alguien—.

He visto el papel donde escribes lo que me vas a decir, con tus notas de dirección.

He oído el plan por teléfono. No soy tonta, Manu: soy actriz.

Sé lo que es que te den un papel. Solo que yo me había creído el mío.

—Te quiero —repetí, porque no me salía otra cosa.

—Ya. —Carla asintió, tragándose algo—. Pues necesito que me lo digas cuando no esté el trato por medio. —Hizo una pausa—. Voy a pausar el trato, Manu. Hasta que yo diga.

—No se pausa esto. Esto no es un trato.

—Para ti lo es, hasta que me demuestres lo contrario. —Carla abrió la puerta del coche y se detuvo un momento a mirarme, con la mano en el marco—. Y no me lo demuestres con palabras. Las tuyas ya no me llegan.

—¿Con qué entonces?

—No lo sé. —Carla se metió en el coche y me miró por última vez desde dentro—. Cuando lo sepas, dímelo. Si es que lo sabes.

Arrancó y se fue. Dejé la mano donde había estado su brazo, con sus últimas palabras dándome vueltas. No sabía si me pedía que la fuera a buscar o que la dejara en paz. Las dos cosas, probablemente.

En casa no dormí. Me pasé la madrugada en la terraza de Simón Verde, con Sevilla abajo y el móvil apagado, contando reglas.

La uno: no besarse de verdad. La rompí la primera noche, y no me arrepiento.

La dos: no ponerse celosos. La rompí la primera vez que la vi con otro, y tampoco.

La tres: no enamorarse. Esa no la rompí yo: se rompió sola, sin pedirme permiso, y por eso es la que más duele.

Tres reglas. Las había incumplido las tres. Y la que más me dolía era la única que yo no había elegido: enamorarme.