Capítulo 18. El guion
El guion
La bronca nos dejó tres días sin vernos, y fueron más largos que los tres meses juntos.
Carla no me llamó. Yo la llamé una vez y me contestó con un mensaje corto, de los suyos cuando no quiere hablar: “Estoy bien. Ya hablamos.” Ya hablamos: las peores palabras del idioma, porque prometen una conversación que uno sabe que no va a querer tener.
Cristóbal, en cambio, estaba en la gloria. Me llamó el segundo día con la voz del que ha ganado la lotería.
—Manu, la foto de la boda está en todas partes. La marca quiere una campaña de Navidad, el director quiere que vayas al preestreno con Carla, y yo ya le he dicho a la revista que la boda es cuestión de meses.
—No hay ninguna boda.
—Ya, pero eso no vende. —Se rió—. Tú sonríe, sal con ella y deja que los demás escriban la historia.
—Cristóbal, lo nuestro no es...
—Lo sé, lo sé. Es un trato. —Hizo una pausa—. Pero los mejores tratos son los que acaban pareciendo verdad, Manu. Por eso los pagan tan bien.
Colgué con ganas de tirar el móvil por la ventana. Cristóbal tenía razón en lo que más me dolía: llevaba tanto tiempo fingiendo que ya no sabía cuál de mis caras era la que quería que Carla viera.
Me pasé esos días haciendo lo de siempre cuando algo me pesa: gimnasio por la mañana, bar por la tarde y la terraza de Simón Verde por la noche, que antes era mi sitio y ahora era solo un sitio. Javi me encontró el segundo día en el bar de Pablo, con una caña que llevaba dos horas sin tocar.
—¿Qué ha pasado? —dijo.
—Nada.
—Tú no dejas una caña dos horas por nada. —Javi se sentó a mi lado—. ¿Es Carla?
No contesté. Javi asintió, que es su manera de entenderlo todo sin que le cuentes nada.
—Díselo —dijo.
—¿Decirle el qué?
—Lo que sea que llevas tres meses callando. —Javi me miró con esa paciencia suya—. Y no esperes a estar listo, porque nadie está listo para eso. Se lo dices o se te va, Manu. Y no te lo va a esperar la vida.
—Y no me vengas con que es un trato —dijo Pablo desde la barra—. Que aquí el único que se cree eso eres tú.
Dani levantó la caña y dijo, con la sabiduría de los que hablan poco:
—Las mentiras buenas se acaban creyendo.
—Eso no se dice —dijo Pablo.
—Se dice ahora —contestó Dani, y volvió a su caña.
El tercer día, Carla me escribió a las seis de la tarde: “¿Puedo pasar esta noche? Tenemos que hablar.” Me dio un vuelco que no supe si era de miedo o de esperanza. Eran las dos cosas a la vez, que es como me siento desde que la conozco.
Iba a decírselo. No sabía si esa noche o cuando acabara el trato, pero iba a decírselo, y por primera vez no me daba miedo decirlo: me daba miedo decirlo mal.
Por eso cogí una hoja. No encontré papel limpio y usé la primera página que tenía a mano, la del guion de la escena treinta y dos, la del final de la película.
Me pareció un mal chiste escribir la verdad en la espalda de la mentira. Me pareció que no había mejor sitio.
Iba a ser el guion de la escena más importante de mi vida, y no sabía escribirlo.
Escribí la primera frase y la taché. Escribí la segunda y la taché también.
Todo lo que me salía sonaba a película, porque llevo quince años aprendiendo a hablar como hablan en las películas, y no sé cómo se dice esto sin cámara.
“Desde que te vi...” no valía, esa ya era de la película.
“Tengo que decirte algo...” sonaba a despedida.
Probé con “No sé vivir sin ti” y la taché al segundo: esa no me la creía ni yo en las películas malas.
“Carla, te quiero...” era la única verdad, pero así, pelada y sin red, daba más miedo que cualquier frase que hubiera dicho en mi vida.
Al final no escribí una declaración. Escribí un plano, de los que se escriben antes de salir a escena, con la letra que se me pone cuando tiemblo:
Escena final — esta noche o cuando sea.
Carla llega. Tiene llave.
Frase clave: te quiero, Carla. No es parte del trato.
Que no parezca ensayado.
No soltarle la mano. Si se ríe, reírse con ella.
Si se me olvida, decírsela igual, aunque salga mal.
La releí tres veces y sonaba a notas de dirección, que es lo que soy: un tío que anota hasta el amor. La dejé en la mesa del salón, para repasarla mientras esperaba, y fui al baño a buscar el valor que la hoja no me daba.
Me planté delante del espejo con la hoja en la mano y empecé a ensayar.
“Te quiero, Carla”, dije con la voz de los tráilers.
Sonó a anuncio de colonia. Lo probé con la voz de los dramas: “Te quiero, Carla”, más grave, más lento.
Sonó a despedida. Lo probé con mi voz de verdad, la que casi nunca uso, y me salió tan baja que apenas la oí.
“Te quiero, Carla.” Otra vez. “Te quiero, Carla.” Me quedé mirándome en el espejo, con la hoja temblando en la mano, y entendí que aquello era lo más difícil que había hecho en quince años de oficio.
Carla llegó antes de la hora. Debí oír la puerta.
No la oí, porque estaba en el baño, ensayando la frase como un actor de segunda.
Cuando salí, la puerta del salón estaba entornada y Cristóbal eligió ese momento para devolverme la llamada que llevaba toda la tarde esquivando: quería hablar del final, del broche de oro, del número que según él teníamos que montarle a la prensa para cerrar el trato por todo lo alto.
Salí a la terraza con el móvil, sin cerrar del todo la puerta.
—Escúchame dos minutos —dijo Cristóbal—. Una despedida bonita en el preestreno y cerramos como estaba previsto. La prensa se lo come.
—Te he dicho que no. —Bajé la voz, que es mi manera de no gritar—. El final no se lo doy a la prensa. Cuando acabe el trato, se lo diré a ella. A solas.
—¿A solas? ¿Y eso qué renta?
—Nada. Por eso es mío.
—Estás raro, Manu.
—Estoy bien. Mañana hablamos.
Colgué. Me di la vuelta y ahí estaba Carla, en mitad del salón, con la cara de la que ha ensayado toda la tarde lo que va a decir. Era la misma cara que yo tenía al escribir: la de la gente que por fin se atreve a hablar de las cosas importantes.
—Hola —dije, y me salió la voz de los malos ensayos.
—Hola. —Carla se quedó un momento mirándome, con las manos apretadas—. Lo del otro día en la calle...
—No hace falta que...
—Sí hace falta. —Carla respiró hondo—. No quería que lo dijeras. No porque no quisiera oírlo. Porque si lo decías, ya no podía seguir fingiendo que no lo notaba. He venido a decirte que...
La frase se le murió en la boca. La vi seguirle la mirada a algo sobre la mesa: la hoja.
La mía. La había dejado boca arriba, con la letra de los temblores al aire, y ella la estaba leyendo sin querer, o queriendo, que ya daba igual.
La cogió despacio. La leyó entera, y vi en su cara el momento exacto en que dejó de ser la Carla que había venido a hablar y se convirtió en la Carla que lee un contrato.
—Bonito plano —dijo. La voz no le temblaba, que era lo peor.
—Carla, eso no es lo que parece.
—¿No? —Leyó en voz alta, despacio, como quien no necesita preguntar—.
“Frase clave: te quiero, Carla. No es parte del trato.” —Levantó la vista—.
¿Eso se lo dices a la partenaire cuando acabe el trato?
Lo acabo de oír por teléfono. Es la última escena, ¿no?
La que no le das a la prensa porque es para mí.
—He oído “el final” y “la última escena” —dijo—. Y antes te he oído en el espejo, ensayando el “te quiero” con tres voces distintas. Y luego he visto la hoja. No me digas que no lo he entendido.
—No. Carla, escúchame. Eso se lo digo a ti porque es verdad, no porque sea una escena.
—“Que no parezca ensayado.” —Carla sonrió, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Hasta el miedo lo llevas anotado, Manu. Yo solo era la partenaire del papel de tu vida.
Las palabras se me habían quedado en la hoja, donde las había dejado yo, y ahora sonaban a lo que ella oía: a guion. Busqué la mía, la de verdad, la que no estaba escrita, y no me salió.
—No hay guion —dije, y la voz se me rompió en el intento—.
Esa hoja es para mí, para no olvidarme de decírtelo sin cámara.
Te quiero. Lo he escrito porque si no lo escribo no me sale, porque contigo no sé...
—me corté. Se me estaba llenando la voz de cosas que nunca había dicho en voz alta, y ella las estaba oyendo como se oyen los ensayos—.
Carla, esto es lo único que no es parte del trato.
Carla me miró un momento. En otro momento de mi vida, esa mirada me habría dado esperanza. Esa noche vi cómo la apagaba ella misma, con cuidado, despacio, para no quemarse.
—Es lo que diría tu personaje —dijo, con los ojos brillantes—. Y lo dirías tan bien que te lo creerías tú. —Se pasó la mano por los ojos y respiró hondo—. Menos mal que eres tan buen actor, Manu. Que casi me la cuelo.
Tenía razón. Llevaba tres meses diciéndole que todo era un papel. ¿Cómo iba a distinguir ahora la única verdad que le había dicho?
Se fue sin portazo. Esa fue la peor parte: no hubo nada que romper, solo la puerta cerrándose con cuidado, como quien se va de un sitio al que ya no piensa volver. La llamé desde la ventana. No se giró. La llamé otra vez, ya en la calle, y nada.
Quedé a solas en el salón con el papel en la mano, el mío, el que había escrito con la letra de los temblores.
Le di la vuelta. Al otro lado estaba impresa la escena treinta y dos, la frase que ella me había oído decir una noche en mi salón, la única vez que le había dicho algo de verdad teniendo que prestársela a un guion.
Se había ido creyendo que la hoja era una cosa.
La hoja era las dos: la mentira impresa por delante y la verdad a mano por detrás.
Ella, claro, solo había podido leer la cara que yo le enseño al mundo.
Me había dejado sin aire, con el “te quiero” a medias y la hoja en la mano.
Llevaba toda la vida diciendo frases de otros tan bien que ya nadie me creía cuando decía una mía.
Se había ido creyendo que aquello era el guion de la última escena.
Y yo no sabía cómo se decía “te quiero” de una manera que no pareciera escrita, cuando todo lo que había dicho en mi vida había sido exactamente eso: escrito.