Luces, cámara y... ¿Amor? (Urbanización Simón Verde nº 3) Capítulo 17. El tercero en discordia
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Capítulo 17. El tercero en discordia

El tercero en discordia

La llamada de Adrián le cambió algo a Carla.

No lo noté el primer día, porque es de las que tapa las cosas con humor, y ese primer día hizo bromas como siempre.

Pero las hacía un segundo tarde, y se reía un segundo después de que todos hubiéramos dejado de reír, y yo, que llevo años leyéndola en los silencios, lo noté.

El rumor de la boda no ayudaba. Cristóbal lo alimentaba como quien alimenta una hoguera, la marca estaba encantada y yo no lo desmentía, que era mi manera de no mentir del todo. Carla lo sabía, y no sabía qué hacer con ello.

No me dijo nada de Adrián. No me dijo que le había llamado dos veces más, ni que había quedado con él. Me enteré por Lucía.

Pasé dos días sin atreverme a sacar el tema. La noche que lo saqué, con los platos recogidos y la tele puesta, Carla me cortó con una sonrisa de las de no sigas por ahí.

—¿Tú no eras el de cada uno cierra lo que tiene que cerrar?

Me devolvió mi propia frase de entonces, y se acabó la conversación. Debí insistir. No insistí, que es lo que hago cuando tengo miedo de la respuesta.

El segundo día me lo encontré Pablo en la barra, con el trapo al hombro y esa cara de quien ya ha visto la película y sabe cómo acaba.

—Tienes cara de hombre que ha perdido una discusión con una mujer —dijo.

—No he perdido ninguna discusión.

—Peor. —Pablo dejó el trapo sobre la barra—. Has perdido antes de discutir.

Dani levantó la caña desde la mesa del fondo, que en Dani era todo un discurso. Javi se sentó a mi lado y pidió dos cañas sin preguntar.

—¿Carla? —dijo.

—Carla.

—¿Y qué has hecho?

—Nada. Ese es el problema.

Javi asintió, con la paciencia de quien ya se lo esperaba. Pablo puso las cañas y una tapa de carrillada que olía a domingo.

—Mira, Manu —dijo—. Yo de amor entiendo lo justo, pero de bares entiendo un rato. Y en mi bar, el que se queda callado mientras la mujer se va, luego vuelve pidiendo la carta de vinos y ya es tarde.

—No se ha ido.

—Todavía. —Pablo se limpió las manos en el trapo—. En Sevilla decimos que el que no llora no mama, pero también decimos que el que no habla se queda mirando. Tú verás.

Dani, desde el fondo, dijo una sola palabra:

—Habla.

Volvió a su caña, con la misma cara de siempre. En Dani, aquello era un sermón entero.

Me llamó un jueves a media tarde. Lucía no me llamaba nunca, así que cuando vi su nombre en la pantalla supe que no era para hablar del tiempo.

—Mi hermana está ahora mismo con Adrián —dijo sin preámbulos—. En el café de la Plaza Nueva. No me preguntes cómo lo sé. Solo te digo dónde está, porque tú eres el único que no la va a dejar que se equivoque.

—¿Y quién te dice que a mí me importa?

—Manu. —Hizo una pausa—. Yo no me caso para que mi hermana vuelva con quien le hizo la vida imposible. Si de verdad te importa, ve.

—No he dicho que me importe.

—No hace falta. Se te nota en la voz. Ve.

Colgué, y fui, que ya es bastante para un hombre que lleva meses jurándose que no va a ningún sitio.

Fui a pie, que es lo que se hace cuando se necesita tiempo para pensar en las cosas que no se quieren pensar. No lo usé bien: llegué antes de saber qué iba a hacer allí, y aun así no me di la vuelta.

La Plaza Nueva estaba de Navidad. Las luces colgaban de los naranjos, el puesto de castañas humeaba en una esquina y el aire olía a azúcar y a leña, que es el olor de Sevilla cuando se pone seria con la Navidad.

Yo iba con la gorra calada y el abrigo subido, intentando parecer un hombre que pasea y no un hombre que persigue.

Me senté en la terraza de enfrente, pedí un café que no me iba a beber y me puse a mirar el móvil, como quien mira una pantalla que le debe dinero. El camarero, un chaval con más prisa que memoria, me trajo el café y me reconoció.

—¿Usted no es el de la película de los tejados?

—Hoy no.

—Ya. —Me miró con complicidad—. Aquí no ha venido nadie.

Se fue con la bandeja en alto, silbando una sevillana. En Sevilla hay dos cosas sagradas: el fútbol y el derecho de un famoso a tomarse un café sin que le pregunten por su vida.

El café de la Plaza Nueva tiene una terraza con toldos verdes.

Los dos estaban en la última mesa, la del fondo, y yo en la esquina de enfrente, que era peor, porque los veía de perfil: a Adrián hablando con esa seguridad de los que nunca han tenido que pedir perdón, y a Carla escuchando con los codos en la mesa.

No oía las palabras. Oía las pausas, que es peor.

Alcancé una frase suelta, la única que el viento me quiso regalar: “...no es lo que era”. No supe si hablaba de Carla, de ellos o de la vida. Las frases sueltas son peores que los silencios, porque cada uno las rellena con lo que más miedo le da.

El camarero les llevó dos cafés y Carla no tocó el suyo. Adrián hablaba con las manos, de los que hablan con las manos, y de vez en cuando se reía con una risa hecha para gustar. Carla no se reía. Carla escuchaba. Yo, desde la esquina, habría dado cualquier cosa por saber qué estaba escuchando.

En un momento, Adrián alargó la mano por encima de la mesa. Carla la apartó, despacio, sin dejar de escuchar. Eso me dio aire. Me duró lo que tardó ella en volver a bajar la cabeza y en detenerse, mirando el mantel, mientras él seguía hablando. Se me acabó el aire.

Cuando salieron, Adrián la cogió del brazo un segundo y le dijo algo al oído.

Carla negó con la cabeza. Él asintió, le apretó el hombro y se fue calle abajo sin mirar atrás.

Así se despedía un hombre que acababa de jugar su última carta y la había perdido.

En ese momento me cayó bien. Me cayó mal por caerme bien.

Ella permaneció un momento en la puerta, con la mano en el bolso y una cara que no le había visto nunca. Entonces levantó la vista y me vio.

Cruzó la calle despacio y se paró delante de mí, a dos pasos, con la cara de la que ya sabe que la han pillado.

—Manu.

—¿Qué haces tú aquí? —dije, que era mi manera de no contestar.

—He venido a decirle que no.

—¿Y has tardado dos horas en decírselo?

Carla respiró hondo, de las que cuentan hasta diez antes de contestar.

—No quería decírtelo. Sabía que harías esto.

—¿El qué?

—Esto. —Señaló la calle, el café, mis manos en los bolsillos—. Seguirme. Mirarme como me estás mirando.

—No te he seguido. Me ha llamado Lucía.

Carla cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, la voz le había bajado.

—Da igual quién te lo haya dicho. No es asunto del trato, Manu.

La frase me llegó al sitio exacto donde no debía. Dos meses fingiendo que aquello era un trabajo, y ella seguía llamándolo trato.

Una señora mayor pasó a nuestro lado con un carrito de la compra y nos miró como se mira una pelea de feria: sin perder detalle y sin intención de intervenir. Un músico callejero empezó a tocar “My Way” en la esquina, que era la banda sonora más absurda para la discusión más importante de mi vida.

—¿De verdad quieres seguir con eso? —dije, y la voz se me estaba poniendo rara—. ¿Qué te ha dicho?

Carla me miró un momento. Luego soltó la verdad de golpe, sin elegir las palabras.

—Que me quiere. Que lo nuestro es un rebote. Que me daría una vida de verdad. —Hizo una pausa—. Le he dicho que no.

—¿Y por qué te ha costado tanto?

—No me ha costado.

—Te he visto, Carla. Te he visto escucharle con la cabeza baja y detenerte cuando te ha hablado en la puerta. Eso no lo hace una mujer que ha dicho que no.

—Estaba escuchando a un hombre despedirse. Se lo debía. Me ha llamado tres veces para decirme algo que no me dijo hace siete años. No podía seguir esquivándolo.

—¿Y qué quieres que haga? —dije—. ¿Que me quede en casa mientras tú decides si vuelves con el hombre que te hizo daño?

—No voy a volver con él.

—Pues no lo parecía.

—Manu, me has estado mirando todo el café. No has venido a preguntarme cómo estoy. Has venido a comprobar si sigo siendo tuya.

—No eres mía —dije, y sonó peor de lo que quería—. Ese es el problema.

—¿Y a qué has venido tú, Manu? ¿A vigilarme? ¿Desde cuándo me pides cuentas?

—Desde que dejó de ser un trato para mí.

La frase cayó entre los dos como una piedra. Carla calló. La boca se le abrió y no le salió nada.

—No digas eso.

—Llevo semanas queriendo decírtelo —dije, y ya no estaba controlando la voz, ya estaba gritando, que es lo que hago cuando hace meses que no grito de verdad—. Llevo semanas tragándomelo para no asustarte. ¿Y tú? Dos horas escuchándole, pensándotelo...

—¡No me lo estaba pensando!

—Pues no lo parecía.

—¡Pues lo siento si no lo parecía! —Carla dio un paso hacia mí, con los ojos brillantes—. Le he dicho que no porque no le quiero. ¿Sabes lo que cuesta decirle que no a alguien que te ofrece una vida de verdad cuando la tuya es de mentira?

La pregunta flotó en el aire entre los dos. Una pareja que pasaba con un perro nos miró y aceleró el paso.

—¿Y por qué le has dicho que no? —pregunté, aunque ya no sabía si quería oír la respuesta.

Carla me miró. Con la luz de la tarde dándole de lleno, parecía a punto de decirme algo que llevaba meses diciéndome en silencio.

—Porque no le quiero —dijo—. Quererle sería lo fácil.

—¿Y quererme a mí sería lo difícil? —dije, sin pensarlo.

—No es lo mismo, Manu. A él le conozco. A ti no sé cuándo te tengo delante y cuándo está hablando tu personaje.

Se calló. Fue la respuesta más clara que me había dado nunca, y también la que más miedo me dio, porque acababa de entender algo: que la duda no era por Adrián. Que la duda era por mí.

Di un paso hacia ella. Carla dio uno atrás.

—Carla...

Ahí, en mitad de la calle, con el corazón en la garganta, supe que iba a decírselo. Sin guion, sin ensayo, sin red. Carla debió de verlo en mi cara, porque me cortó antes de que la frase saliera.

—No —dijo. Y luego, de corrido, como quien recita algo para no pensar—: Somos amigos, Manu. Esto es un trato. No lo estropees.

Se giró y se fue, calle abajo, sin mirar atrás. La llamé una vez. No me contestó. No la seguí, que fue lo más difícil que hice en meses.

Me acordé de Javi en el bar, diciéndome que llegaría el momento de decirlo y que lo diría cuando estuviera listo. Había llegado el momento. Había estado listo. No me había dejado decirlo.

Me detuve en mitad de la calle, con la gente pasándome por al lado y la cara de Carla delante de los ojos.

No era rabia lo que le había visto. Era miedo.

Por primera vez en los meses que llevaba conociéndola, no había soltado ni una broma.

Ni una. La mujer capaz de hacer reír a un velatorio se había quedado sin chistes, y eso me dio más miedo que todas las palabras que se había llevado.

Me sonó el móvil cuando iba andando hacia el coche. Era Mercedes.

—Manu —dijo, sin saludar—. ¿Qué le ha pasado a mi hija?

Me quedé parado en mitad de la acera.

—¿Carla?

—Carla. Ha llegado a casa con la cara de haber llorado y se ha encerrado en su cuarto. No me dice nada. Lucía tampoco. Y yo no soy tonta.

—Mercedes, es una conversación entre ella y yo.

—Ya. —Hizo una pausa—. Y yo soy su madre. Así que le voy a preguntar una cosa y quiero que me conteste con la verdad: ¿usted la quiere?

Me quedé sin aire. La calle seguía con su ruido, los coches, la gente, un perro ladrando en la esquina, y yo con el móvil pegado a la oreja y una pregunta que no sabía contestar.

—Sí —dije.

—¿Sí?

—Sí. La quiero.

Mercedes se quedó callada. Luego suspiró, y el suspiro le salió como una sentencia.

—Entonces, ¿por qué está mi hija llorando en su cuarto?

—Porque no me cree.

—¿Y por qué no le cree?

—Porque me ha visto actuar demasiadas veces.

—Ya. —Mercedes se quedó un momento—. Mi hija no es tonta, Manu. Es actriz. Y las actrices reconocemos a otro actor a cien metros.

—Lo sé.

—¿Y qué va a hacer?

—No lo sé. —Me apoyé en una farola—. Quiero demostrarle que no estoy actuando, pero todo lo que hago le parece una escena.

—Pues deje de hacer escenas.

—Eso me han dicho.

—Y tenía razón. —Se oyó un ruido de cacharros al fondo—. Mi hija no necesita un discurso. Necesita que alguien se quede.

—No sé quedarme.

—Nadie sabe. Se aprende.

Me quedé con la frase en la oreja. Mercedes se aclaró la garganta.

—Manu.

—¿Sí?

—Yo no soy su enemiga. —Bajó la voz—. Soy la madre de la mujer que quiere. Y si de verdad la quiere, no me la devuelva a casa hecha polvo otra vez.

—No pienso hacerlo.

—No me lo prometa. —Bajó la voz—. Haga algo.

Colgó. Me quedé en la acera, con el móvil en la mano y la sensación de que acababa de recibir una bendición y una amenaza en la misma llamada.

Me había dicho “no lo estropees” con las manos en los oídos.

No me estaba dejando porque no me quisiera.

Me estaba dejando porque era su mejor amigo, porque esto había dejado de ser un trato hacía tiempo y porque, si lo decíamos en voz alta, ya no había guion que nos salvara.

Se había ido a hacerse la misma pregunta que a mí me quitaba el sueño: si esto seguía siendo un trato.

O si se había enamorado de su mejor amigo.