Capítulo 16. Rodaje
Rodaje
Rodar la escena de amor de mi carrera era fácil. Lo difícil era la verdad, la única parte que ya no sabía fingir, y estaba a punto de cruzar la puerta del plató.
La escena era la treinta y dos, la del final.
El decorado era un salón de los que no existen: la lluvia de mentira contra los cristales, una ciudad de cartón piedra al fondo y un sofá de terciopelo que habían traído de un anticuario de la calle Feria.
La protagonista se llamaba Vega y no era el problema.
El problema era la frase, que llevaba tiempo teniendo dueña.
Llevaba toda la mañana repitiendo la misma toma.
Salas me había pedido más verdad, menos técnica, más verdad, y yo le había dado verdad hasta quedarme vacío.
La verdad que me pedía no estaba en el guion.
Estaba en un salón de Simón Verde, en una cocina con una servilleta de reglas y en una mujer que llevaba tres días contestándome con monosílabos.
—Corten —dijo Salas, y la lluvia de mentira se paró en seco.
El silencio del plató se volvió incómodo. Los técnicos miraban para otro lado, que es lo que hace la gente cuando el director y el actor se miran de esa manera.
—Más verdad, Manu. —Salas se asomó por detrás del monitor—. Esa frase no se la dice uno a una cámara. Se la dice a alguien. ¿A quién se la estás diciendo?
Si se lo dijera en voz alta, la escena se rodaría en mi salón. No contesté. Salas suspiró y mandó parar diez minutos.
Me refugié en la barra del catering, con un vaso de agua que no me bebía y la mirada perdida en la puerta de la nave.
El plató olía a polvo de focos, a café recalentado y a esa tensión dulce que se respira antes de una escena importante.
Fuera, Sevilla seguía a lo suyo, ajena a que yo estaba a punto de arruinar la película por no saber decirle a una actriz algo que llevaba semanas queriendo decirle a otra.
Marta, la actriz que hacía de Vega, se sentó a mi lado con la taza de café entre las manos. Era una mujer menuda, de risa fácil y mirada limpia, de las que llegan al plató con el guion subrayado y se van sin hacer ruido.
—No sé a quién se la estás diciendo —dijo—, pero desde luego no es a mí.
Me giré, pillado.
—Se la estoy diciendo a Vega.
—Vega soy yo, cariño. —Sonrió, sin maldad—. Y no me miras como se mira a una compañera de reparto. Me miras como se mira a alguien que no está.
Me quedé sin respuesta. Marta dio un sorbo al café y siguió hablando con la tranquilidad de quien ya ha visto todos los males del oficio.
—No te preocupes. A mí me pasó con un chico de producción. Estaba tan enamorada que le decía “te quiero” al atrezo. —Se encogió de hombros—. Salas lo sabe. Por eso te aprieta. Huele la verdad a distancia.
—¿Y qué hago?
—Decírselo a quien sea. —Me miró—. A la cámara, a Vega, a mí. Da igual. Pero díselo de verdad, Manu. Que se note que te sale de dentro.
Se fue antes de que pudiera darle las gracias. Me quedé con el vaso de agua y la sensación de que todo el plató sabía lo que yo llevaba semanas intentando esconder.
El regidor me encontró cinco minutos después, con la voz de los que tienen prisa.
—Casas, que está ahí tu novia.
Se me olvidó el agua, la escena y el nombre de Vega.
Carla estaba al lado de Salas, con vaqueros, una camisa blanca y el pelo en ese moño que se le deshace cuando trabaja.
Media nave se giró, y yo llevaba toda la mañana contando los minutos.
Llevaba tres días sin verla, tres días de mensajes cortos y llamadas que no llegaban, y allí estaba, con una bolsa de papel en la mano y una sonrisa que no era la de los titulares.
Salas la saludó con un apretón de manos.
—Manu no para de hablar de usted —le dijo—. Y no para de no decir la frase. A ver si la arregla.
Carla se rió, y la risa se me metió en el pecho como una corriente de aire.
—Yo solo he venido a traerle café —dijo—. Y a ver cómo se porta.
Me acerqué. No sabía qué decir. Tenía delante a la mujer con la que llevaba tres meses fingiendo, a la que llevaba tres semanas queriendo de verdad, y no me salía ninguna de las frases que había ensayado en la ducha.
—Hola —dije.
—Hola. —Carla me tendió la bolsa—. Café. Con leche y sin azúcar. No te lo acostumbres.
—Gracias.
Se quedó mirándome un momento, con esa cara de la que lo sabe todo y no piensa decirlo. Luego miró hacia el decorado.
—¿Es la escena del final?
—La treinta y dos.
—La que ensayaste conmigo.
—La misma.
Carla asintió, y por un segundo se le escapó algo por los ojos, algo que no era celos ni orgullo, sino una pena pequeña y antigua.
—Pues hazla bien —dijo—. Que para eso te pagan.
Salas volvió al monitor y nos llamó. Carla se quedó detrás, junto al regidor, con la bolsa de café vacía en la mano y los ojos puestos en mí.
Yo me coloqué delante de Marta, con la lluvia de mentira cayendo otra vez y la ciudad de cartón al fondo, y esta vez no busqué la voz de actor.
Busqué la cara de Carla en la penumbra, la del primer día en el bar de Pablo, la de la boda, la de la cocina la noche del ensayo, y dije la frase con la única verdad que tenía.
—Desde que te vi, todo lo demás me sobra.
La frase salió entera, sin temblor, sin técnica, sin nada que no fuera yo. El plató se quedó en silencio un segundo de más. Luego Salas dijo “corten” con una voz distinta, y nadie aplaudió, que en un rodaje es lo más parecido a un milagro.
—Eso es —dijo Salas—. Eso es lo que quería.
Marta me guiñó un ojo desde el otro lado del decorado. Carla seguía detrás del monitor, con la bolsa de papel arrugada entre los dedos y una sonrisa que no le había visto en tres días.
Carla me esperó con una botella de agua.
—Buen trabajo, Casas.
—Gracias.
—Se la has dicho tan bien —hizo una pausa, y la voz le bajó— que he sentido celos de Vega. —Sonrió para que sonara a broma—. Ridículo. Es tu trabajo.
No contesté. Le cogí la mano y tiré de ella hacia las caravanas, que es lo que se hace cuando una frase así hay que recogerla antes de que se enfríe.
Mi caravana estaba al fondo, con el espejo de las bombillas y el olor a maquillaje viejo.
Cerré con pestillo y la besé antes de que dijera nada, con una urgencia de toda la mañana.
Carla me devolvió el beso agarrándose a mi camisa, medio desabrochada, y durante un rato no hubo plató, ni Vega, ni escena treinta y dos: solo ella, yo y el espejo, que nos devolvía a dos personas que ya no saben fingir.
—Esa escena la ensayé contigo —dije, con la boca en su pelo—. La frase es tuya. Se la diga a quien se la diga, se la estoy diciendo a ti.
—No me digas eso delante de un espejo —dijo Carla—. Que luego me lo creo.
—Créetelo.
La besé otra vez. No sé cuánto duró. Solo sé que en algún momento se encendió un walkie al otro lado de la puerta.
—¿Casas? Salas te quiere en cinco.
Nos detuvimos en seco, con la respiración rota y la ropa a medio camino. Carla se tapó la boca para no reírse.
—¡Voy! —dije, con una voz que no era la mía.
—No tienes cara de ir a ningún sitio —dijo Carla, con los ojos llenos de risa y de otra cosa.
—Que me esperen.
La besé otra vez, hasta que el walkie volvió a sonar y tuve que salir con la camisa mal abrochada.
Salas me llamó cuando ya estábamos recogiendo. Lo hizo con un gesto de la mano, sin levantar la voz, y Carla se quedó un momento mirándome antes de acercarse. Yo me quedé en la barra del catering, con un vaso de agua y la sensación de que estaba a punto de pasar algo importante.
—Siéntese —dijo Salas, señalando la silla de director—. No, mejor de pie. Así no se relaja.
Carla se quedó de pie, con el guion en la mano y la cara de una actriz que no sabe si la van a felicitar o a despedir.
—¿Sabe lo que ha hecho hoy? —dijo Salas.
—¿La escena?
—La escena. —Se quitó las gafas—. Ha entrado en un plató lleno de técnicos, con un actor famoso y un director con mala leche, y ha estado a la altura. No ha venido a hacer bulto. No ha venido a mirar. Ha venido a actuar.
Carla se puso roja.
—Gracias.
—No me dé las gracias. —Salas se limpió las gafas con el pañuelo—. Deme su teléfono.
—¿Mi teléfono?
—Su teléfono. —Se lo tendió—. Tengo un papel pequeño en la próxima película. Una hermana, tres escenas. No es el papel de su vida. Pero es un papel con nombre.
Carla se quedó con el móvil en la mano, sin saber qué hacer.
—No sé qué decir.
—Diga que sí.
—Sí.
—Bien. —Salas se puso las gafas—. Y una cosa más.
—Diga.
—No deje que nadie le diga que está aquí por Manu. —La miró—. Y no deje que él se lo crea.
Carla se quedó quieta. Salas se giró hacia mí, desde la silla, y me hizo un gesto con la barbilla.
—Casas, usted tiene suerte. No la estropee.
—No pienso hacerlo.
—Ya. —Se levantó—. Todos piensan lo mismo hasta que la estropean.
Se fue hacia el monitor. Carla se quedó un momento en mitad del plató, con el móvil en la mano y la cara de una mujer que acababa de recibir la primera noticia buena de su carrera. Luego se giró, me buscó con la mirada y sonrió.
Me acerqué.
—¿Qué te ha dicho?
—Que tengo un papel. —Se le llenaron los ojos—. Uno pequeño. Tres escenas. Pero con nombre.
—Carla.
—No me digas nada. —Levantó la mano—. O sí. Dime algo.
—Que te lo mereces.
—No lo sabes.
—Lo sé. —La miré—. Te he visto esta mañana en el coche, con el guion subrayado, repitiendo la frase. Te lo mereces.
Carla se rió y se secó los ojos con la manga.
—Salas dice que no deje que nadie me diga que estoy aquí por ti.
—Tiene razón.
—¿Tú crees que estoy aquí por ti?
—No. —La miré—. Estás aquí porque eres buena.
Carla se quedó un momento mirándome. Luego me dio un beso en la mejilla, rápido, delante de medio plató.
—Gracias —dijo.
—De nada.
—No, en serio. —Se separó—. Gracias por no hacerte el sorprendido.
—¿Por qué?
—Porque llevas meses diciéndome que soy buena. —Sonrió—. Y hoy por fin me lo he creído.
Se fue a buscar su bolso. Yo me quedé en el plató, con el vaso de agua y la sensación de que acababa de ver a Carla Pérez, la actriz, por primera vez. No la novia de Manu. No la niña de Nervión. Carla.
A la hora de comer, Román Suárez apareció por el catering.
Lo hizo con esa calma de los que nunca han tenido que pedir permiso para entrar en ningún sitio: traje claro, gafas de sol en la mano y una sonrisa de cartel que se le quedaba corta a la cara.
Saludó a Salas, saludó a medio equipo, y cuando vio a Carla en la mesa del fondo se le iluminó el gesto.
Yo lo veía todo desde la barra. Carla lo vio venir y no soltó el tenedor. No necesitaba que la salvara, y eso era lo que más me costaba y lo que más me gustaba.
—Carla —dijo Román, plantándose delante de ella—. Se me quedó pendiente lo del estreno. No me diste tiempo a terminar la conversación.
—Es que me la llevó mi novio —dijo Carla, con la sonrisa puesta—. Cosas de tener novio.
Román se rió, que es lo que hace quien no está acostumbrado a que le corten.
—¿Y tu novio te deja comer sola?
—Mi novio sabe que me defiendo sola. —Carla dejó el tenedor y lo miró sin dejar de sonreír—. Y ya no hago papeles de amiga, Román. Cuando me quiera para un papel de verdad, se lo dirá mi representante. Así de fácil.
Román aguantó la sonrisa un segundo de más. El catering entero dejó de comer. Yo, desde la barra, sentí el orgullo subirme por encima de los celos.
—Qué pena —dijo Román—. Yo sí sé ver talento, Carla. Si se te pasa la tontería de los novios famosos, ya sabes dónde estoy.
—Se lo diré a mi representante —dijo Carla, sin pestañear—. Lo sabrá por las portadas.
Román la miró un momento. Luego me miró a mí, desde la barra.
—Cuídala, Casas —dijo en voz alta—. No se hacen muchas como esta.
—Se cuida sola —dije—. Yo solo la aplaudo.
Cuando Román desapareció, Carla vino hacia mí con las manos todavía temblorosas.
—¿Ves? —dijo—. Esta vez no has tenido que inventarte a ningún productor.
—No me ha hecho falta. Lo haces mejor que yo.
—Pues vaya miedo he pasado —dijo Carla, bajando la voz—. Pero no quería que me sacaras de ahí otra vez como en el estreno.
—No iba a sacarte. Estabas haciéndolo muy bien.
Por la tarde salimos al patio de los camiones. El sol caía sobre el asfalto y el aire olía a gasolina y a tierra mojada. Nos sentamos en el estribo de uno de los camiones, con los hombros pegados y las manos cerca, sin hablar, que es de las cosas que mejor se nos dan.
—Se te ha puesto cara de funeral cuando ha aparecido Román —dijo Carla.
—No se me ha puesto nada.
—Se te ha puesto. —Carla me miró—. Pero esta vez no te has ido al gimnasio. Te has quedado y has confiado en mí. Eso me ha gustado.
La besé, porque no me salía otra cosa y porque confiar en ella me había costado menos que cualquiera de mis escenas. El beso se fue convirtiendo en otra cosa, hasta que un flash nos partió en dos.
Al otro lado de la valla, un hombre con una cámara de las de periódico se subía a una moto.
—Nos ha cazado —dijo Carla, con la voz rara.
—Ya.
—¿No vas a hacer nada?
—No.
Carla me miró un momento largo, con esa cara de la que no sabe si tiene delante a un actor o a un hombre. No preguntó más.
El titular salió esa misma noche: “¿Boda a la vista?”, con la foto de los dos contra el camión. Cristóbal llamó a las diez con la voz del que ha visto su plan superado.
—“¿Boda a la vista?”, Manu. La marca me llama, el cine me llama, hasta mi madre me llama. ¿Qué hago?
—Nada.
—¿Cómo que nada? ¿Ni un desmentido?
—Nada.
Cristóbal calló un momento.
—Ese no eres tú.
—Soy yo. No hagas nada. Mañana hablamos.
Carla estaba en mi sofá cuando colgué, con las piernas recogidas y el móvil boca abajo sobre la rodilla.
—¿Por qué no lo has desmentido? —dijo.
—Porque un desmentido ahora levantaría más polvo. Se calla solo.
—Tú nunca dejas que las cosas se callen solas.
No contesté. Lo correcto habría sido desmentirlo: un rumor de boda era una bomba que iba a explotarnos al terminar el trato. No lo desmentí. Quería que el mundo se lo creyera, aunque fuera mentira: era lo más cerca que iba a estar nunca de la verdad.
El teléfono de Carla sonó entonces. En la pantalla ponía Adrián. Por primera vez en los meses que llevaba conociéndola, no la vi contestar sin pensarlo: se limitó a mirar el nombre, con el pulgar encima de la pantalla.
—¿No lo coges? —dije.
—No.
—¿Qué quiere?
—Quiere verme. Dice que tiene que decirme algo.
—¿Vas a ir?
Carla tardó en contestar lo bastante para que yo supiera que no era una pregunta fácil.
—No lo sé —dijo por fin.
—Tú siempre lo sabes todo.
—Sí. —Carla me miró, y en la penumbra del salón se le veía el esfuerzo por no desviar la mirada—. Pero desde hace un tiempo hay una cosa que no sé, y es la que más me importa.
No pregunté cuál era. Carla recogió la chaqueta, dijo que necesitaba pensar y se fue sin que ninguno de los dos añadiera nada.
Adrián quería verla. Y por primera vez Carla había dudado antes de decir que no. No dudaba por él: dudaba por lo que sentía por mí. Se había ido con la suya puesta y yo con la mía, y las dos eran la misma. Ninguno se atrevía a nombrarla.