Capítulo 15. La luna de miel
La luna de miel
La promesa duró tres días. Exactos, contados, de los que marcan.
Tres días de cada uno en su lado del sofá con el guion por delante como una trinchera, de cafés que se preparaban solos y se bebían a medias, de manos que se buscaban y se retiraban a tiempo y de noches en las que me dormía con el olor de ella todavía en la almohada, jurándome que al día siguiente iba a ser un profesional.
La dijo Carla la primera. Fue lo que más me dolió, porque la frase era mía, la que yo había soltado de madrugada con la vista en el techo, y me la devolvió a la mañana siguiente con el pelo revuelto y una serenidad que no admitía respuesta.
—Ha sido estupendo —dijo—. Y no puede volver a pasar.
—No puede —dije.
Ninguno de los dos se lo creyó. Hicimos como que sí, que es lo que hacemos cuando la verdad nos queda grande, y nos pasamos dos días siendo exactamente lo que se suponía que teníamos que ser: la pareja de los titulares, impecable en las distancias cortas, impecable en las largas, sin un gesto que delatara que sabíamos cómo sabía el otro a las tres de la madrugada.
El tercero fue una cena con la producción.
Salas brindó por la pareja que iba a salvar el cine romántico, todos levantaron las copas, y yo tenía la mano de Carla debajo de la mesa sin que ninguno de los dos hubiera decidido ponerla ahí.
Se me había encontrado, o me la había encontrado yo, y ya no sabía de quién era el pulso que corría.
—Nos vamos —le dije al oído, con la voz de quien no pregunta.
—¿Y la cena?
—Que les den la cena.
Carla me miró de esa manera que no necesita ensayo.
Nos despedimos de la producción con una excusa que no coló a nadie y salimos del comedor con una calma que se nos rompió en el primer pasillo.
El baño estaba al fondo. Uno de los de antes, de los que caben dos personas si se quieren, y entramos los dos sin decir nada.
El pestillo sonó como un tiro en una iglesia.
—Esto es una locura —dijo Carla, con la boca contra la mía y una risa escapándosele por los bordes.
—Lo sé.
—No te rías, que se nos oye.
—No me río.
Me estaba riendo, y Carla también, con las manos enganchadas en la ropa de la cena y las narices chocando, como dos críos con la mano en el tarro de las galletas.
No sé cuánto duró el beso. Solo sé que cuando alguien llamó a la puerta nos helamos los dos, con la boca todavía caliente y la ropa a medio deshacer.
—¿Se encuentran bien? —preguntó un camarero desde el otro lado.
Carla me miró con los ojos como platos. Conté hasta tres, me aclaré la garganta y dije con una voz que no era mía:
—Sí, sí. El pestillo. Se ha atascado. Ya salimos.
El camarero se fue. Carla se agarró a mi camisa con los nudillos blancos y se quedó así, sacudiéndose en silencio, con los hombros. La sujeté hasta que se le pasó, y entonces alzó la cabeza y dijo, con la voz que se le pone cuando se le acaban las bromas:
—Manu. Me he reído más contigo en tres días que en siete años de novia de verdad.
No supe qué contestar. La besé, que fue mi manera de no contestar, y salimos por la puerta de servicio con el aire de la noche en la cara y el calor todavía en la boca. La tregua había muerto. Los dos lo sabíamos.
Volvimos a la mesa con la ropa arrugada y la cara de dos personas que habían estado en un baño demasiado tiempo. Cristóbal nos esperaba con una copa en la mano y una sonrisa de las que no anuncian nada bueno.
—Qué bien os veo —dijo.
—Nos hemos perdido —dijo Carla.
—Ya. —Cristóbal miró mi camisa—. Y por lo visto habéis buscado en varios sitios.
—Cristóbal.
—No digo nada. —Levantó las manos—. Solo digo que el preestreno es en dos semanas y que, si os pillan en un baño, la prensa va a escribir cosas muy bonitas sobre el romanticismo.
—No nos van a pillar.
—Claro que no. —Se acercó y bajó la voz—. Pero si os pillan, que sea con la ropa bien puesta. Esto es una comedia romántica, no una película de policías.
Carla se rió. Yo me ajusté la camisa. Un productor se acercó a preguntar si estábamos bien, y Carla le dijo que sí, que el aire acondicionado del baño estaba muy fuerte. El productor asintió con la cara de quien no se cree nada y volvió a su mesa.
—Nos vamos —dijo Carla.
—¿Tan pronto?
—Tengo que madrugar.
—Claro. —Cristóbal nos guiñó un ojo—. Madrugar.
Salimos del restaurante con la dignidad de dos personas que no habían hecho nada malo y la risa contenida de dos que sí. En la calle, Carla se agarró a mi brazo y se rió hasta que le salieron las lágrimas.
—“Habéis buscado en varios sitios” —dijo—. Me va a matar.
—Es su manera de querernos.
—Es su manera de facturarnos.
Nos fuimos andando hasta el coche. La noche estaba fresca, con las luces de Navidad colgando de los árboles y el olor a castañas de un puesto de la esquina. Carla se paró delante del puesto y me miró.
—¿Me compras castañas?
—Estamos en diciembre.
—Y qué.
Le compré un cucurucho. Carla se comió una y me dio otra, y nos quedamos allí, en la acera, con el humo del puesto y la gente pasando, como dos personas normales en una noche normal.
—¿Sabes qué es lo que más miedo me da? —dijo.
—¿El qué?
—Que esto se acabe. —Me miró—. El trato, digo.
—Ya.
—Y que cuando se acabe, tú te vayas.
—Carla.
—No me digas que no. —Se comió otra castaña—. Los tratos se acaban. Es lo que tienen.
—Este no.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no lo he firmado con la cabeza. —La miré—. Lo he firmado con las ganas de verte todos los días.
Carla se quedó con la castaña a medio pelar.
—Manu.
—No me digas nada. —Me adelanté—. Ya lo sé. Las reglas.
—No iba a decir eso.
—¿Qué ibas a decir?
Carla se quedó un momento mirándome. Luego se metió la castaña en la boca, me cogió del brazo y siguió andando.
—Que me gustan las castañas —dijo.
—Carla.
—Y que mañana tengo que madrugar.
Me reí. Ella también. Y en el coche, con la calefacción puesta y la ciudad pasando por la ventanilla, me di cuenta de que aquella mujer me estaba empezando a gustar de una manera que no tenía nada que ver con el trato.
Al día siguiente tuvimos la sesión para la revista que nos había cazado a la salida del cine. El fotógrafo nos colocó contra un fondo de ladrillo sevillano y nos pidió lo que les pide a todos los que no se quieren:
—Mírense con cara de quererse.
Un mes antes, esa era la dirección más fácil de mi oficio.
Esa tarde me costó lo que no está en ningún papel, porque mirar a Carla con verdad ya no era actuar: era no poder dejar de hacerlo.
Aguanté la mirada un segundo de más. Ella aguantó uno más que yo, y el fotógrafo no paraba de repetir “eso, eso, esa es”, sin saber que aquello no salía de ningún guion.
Cuando acabamos, bajamos al garaje con la corrección de quien sabe que le están mirando. Subí al coche, arranqué y me quedé ahí, con las manos en el volante y el corazón todavía en la sesión.
—¿A dónde vamos? —dijo Carla.
—A ningún sitio.
Me giré. Ella ya me estaba mirando, que es lo que pasa cuando dos personas llevan todo el día queriendo lo mismo y ninguna de las dos se atreve a decirlo primero.
El beso llegó solo. El asiento se me fue hacia atrás con un golpe seco, el claxon sonó sin que nadie lo hubiera querido tocar, y nos congelamos, quietos, hasta que a Carla se le escapó un resoplido ahogado y se tapó la boca con la mano.
—Míranos —dijo, con la frente apoyada en la mía—. Dos profesionales.
—Dos profesionales.
La besé otra vez, porque ya no me salía otra cosa. En algún momento pasó un coche con las luces largas y la realidad nos apartó como se aparta a los niños de un cristal. Carla se arregló el pelo con una dignidad que no engañaba a nadie.
—A tu casa —dijo.
—¿Segura?
—Manu. —Me miró de reojo, con una sonrisa de las que ya no piden permiso—. A tu casa.
No me lo hizo repetir. Aquella semana entera tuvo nombre de luna de miel, aunque ninguno de los dos lo dijo en voz alta.
Cada salida de pareja acababa igual: en un baño ajeno, en un coche o en mi casa, con la ropa de los actos por el pasillo y las excusas cada vez peores.
Salíamos por la mañana hechos unos profesionales y volvíamos a la hora de comer con la corbata torcida, y Cristóbal no podía estar más contento, porque nunca nos había visto tan convincentes.
No sabía que era porque habíamos dejado de actuar.
La noche que nos dejó sin excusas fue la de mi casa.
Cruzamos la puerta como quien cruza una meta, y esa noche no hubo prisa.
Carla me fue quitando la camisa despacio, botón a botón, como quien deshace un nudo que lleva tiempo queriendo deshacer, y me fue diciendo al oído cosas de las que no se dicen delante de nadie, cosas que solo se dicen cuando no hay cámara, ni público, ni tres meses contando.
Se las devolví con las manos, con la boca, con su nombre, que ya no me cabía en el pecho.
Ella probó límites. Yo los probé con ella.
Cada vez que uno de los dos se detenía a preguntar si íbamos bien, el otro contestaba con un sí que no necesitaba traducción.
No sé cuánto duró. Solo sé que en algún momento me detuve encima de ella, en la penumbra, y se me salió la única frase que no llevaba disfraz:
—No quiero que esto se acabe.
Carla no se movió. En la penumbra, sus ojos buscaron los míos.
—No se acaba —dijo.
—Se acaba en tres semanas.
No contestó. Me besó en lugar de responder, y me abrazó con una fuerza que decía lo que la boca no se atrevía.
Seguimos hasta que ya no quedó aire, hasta que los dos nos dejamos ir a la vez, y después acabamos en la cama con la respiración volviendo a su sitio y las luces de la ciudad entrando a rayas por la persiana.
Carla estaba de lado, mirándome, con la mejilla apoyada en la palma y una expresión que no le había visto nunca: la de la gente que está a punto de decir algo importante y le da miedo.
—Manu, yo...
Se me paró el corazón. Un segundo entero sin latir.
—¿Qué?
Carla sonrió, con una sonrisa pequeña y temblorosa.
—Nada. Que me has despeinado.
Escondió la cara en mi cuello. Sentí sus mejillas ardiendo contra la piel y noté que se le habían quedado dentro dos frases: las noté porque yo llevaba semanas con las mismas dos atravesadas en la garganta, y pesaban más que todo lo que habíamos dicho esa noche.
No la empujé. Le rodeé la cintura con el brazo y la dejé esconderse, con las dos frases sin decir flotando entre nosotros.
Carla se durmió así, enganchada a mí. Yo no pude dormir. Tenía demasiado dentro para cerrar los ojos.
Quedaban tres semanas de trato. Esa noche, con Carla dormida en mis brazos, supe que ya no estaba actuando.
Y lo que más miedo me daba no era el escándalo, ni los contratos, ni Cristóbal.
Me daba miedo ella. Me daba miedo que las dos frases que se había tragado fueran las mismas que yo llevaba tragándome.