Capítulo 14. Saltarse la regla uno
Saltarse la regla uno
La frase del guion se me quedó pegada a la lengua los días que siguieron al ensayo.
La decía en los rodajes, en las entrevistas, en las cenas con productores, y siempre me salía mirando a Carla, que es lo que pasa con las frases que se aprenden con una cara.
Ya no ensayábamos. No hacía falta: ella se había llevado el ensayo puesto, y yo me había llevado la certeza de que aquella frase no era del personaje.
Pasamos una semana de las de no tocarnos por no rompernos.
Todo el mundo nos veía y nadie miraba de verdad: cenas con la prensa, fotos para las revistas, un brindis en la terraza con Cristóbal, que no se cansaba de repetir lo imparable que estaba saliendo el plan.
En cada gesto de esos, en cada mano sobre la espalda, en cada beso de cortesía en la mejilla, había una tensión que no cabía en ningún guion: la de dos personas que ya no saben dónde termina la mentira y empieza la piel.
La gala de la marca fue la puntilla. Trajes, corbatas, un periodista que nos siguió media noche preguntando por la boda, y yo contestando con las frases de siempre hasta que, en un momento dado, le dije a Carla “cariño, que se nos hace tarde” y ella me miró un segundo de más.
Llevábamos usando la palabra cariño como un disfraz.
Esa noche, el disfraz se me resbaló, y los dos lo notamos.
Volvimos a mi casa en silencio, con Sevilla abajo y el ascensor subiendo más despacio que nunca.
Abrí la puerta. Carla entró detrás de mí, y en lugar de despedirse en el recibidor, como las otras noches, se quedó en mitad del salón, con el bolso colgando de la mano y una decisión tomada en los ojos que no había visto en ningún ensayo.
—¿Te quedas? —dije.
—No lo sé —dijo Carla.
—Yo tampoco lo sé.
Nos miramos, con la mentira entera entre los dos, y los dos sabíamos que sí lo sabíamos.
Fue ella la que dio el paso: dejó el bolso en el suelo, se acercó y me besó sin avisar, sin público, sin cámara, sin nada que no fuéramos los dos.
No era el beso de la cocina, el del ensayo que no contaba.
Este no era un ensayo. Este era un beso con dueño, y el dueño era ella.
—¿Estás segura? —dije, contra su boca.
—De esto sí. —Carla me miró, con los ojos encendidos—. De lo demás no, pero de esto sí.
Nos llevamos la noche por delante. La recorrí con las manos antes de quitarme nada, aprendiéndome de memoria los sitios que los vestidos esconden: el hueco de la espalda, la curva del cuello, el pulso que se le aceleraba detrás de la oreja.
Carla olía a la gala, a perfume caro y a ella, que es un olor que no sale en los guiones, y sabía a sal y a noche y a todo lo que llevaba tiempo esperando sin darse permiso.
Llegamos al dormitorio a trompicones, soltando zapatos por el pasillo, con la torpeza de los que se conocen de los ensayos y se descubren en la oscuridad.
Hubo un momento en que nos enredamos con la cremallera de su vestido, un momento ridículo, de los que se ríen los dos, y reírnos en mitad de todo eso fue lo más real que habíamos hecho en meses.
—Espera, espera —dijo Carla, entre risas, con la cabeza apoyada en mi hombro—. Llevo meses imaginando esto, y no voy a permitir que se me rompa por una cremallera.
—¿Meses? —dije.
Carla enmudeció, con la mejilla pegada a mi hombro.
—Meses —dijo por fin, en voz baja—. No preguntes más.
No pregunté más. La ayudé con la cremallera, y con todo lo demás, y a partir de ahí dejé de pensar, que es lo que pasa cuando el cuerpo lleva razón y la cabeza se rinde.
Lo hicimos despacio al principio, con las luces apagadas y Sevilla entrando por la ventana, como quien no quiere terminar.
Le fui quitando la ropa pieza a pieza, descubriéndola sin guion, encontrándole los sitios que no salen en las fotos: la piel caliente bajo la nuca, el sonido que hace cuando le beso el hombro, el modo en que se arquea cuando la toco donde no la había tocado nunca.
Carla me devolvió cada descubrimiento con las manos, con la boca, con esa manera suya de no rendirse nunca, ni siquiera ahí.
La oía respirar contra mi cuello, y cada vez que lo hacía se me olvidaba el nombre de una regla. Su piel en la oscuridad era un mapa que no venía en ningún guion, y yo quería aprendérmelo entero, por partes, sin prisa, como quien por fin ha llegado al sitio al que llevaba tiempo queriendo llegar.
Después lo hicimos deprisa, con la urgencia de los que llevan tiempo conteniéndose y ya no pueden.
La cama crujió, Sevilla siguió abajo, y en algún momento dejé de saber dónde acababa yo y empezaba ella, que es la mejor manera de dejar de saber algo.
Carla se reía bajito cuando le hacía cosquillas y se estremecía cuando no se las hacía, y yo quería las dos cosas, y se lo dije, y ella me dijo que estaba loco, y era verdad.
En algún momento se detuvo encima de mí, con el pelo cayéndole sobre la cara, la respiración rota y los ojos abiertos, mirándome de una manera que no era la de ninguna escena.
—No me mires así —dije.
—¿Así cómo?
—Así. Con la cara de que me quieres.
Carla no contestó. Se inclinó y me besó, y el beso dijo lo que las palabras no se atrevían, y seguimos hasta que ya no quedó aire, hasta que los dos nos rendimos a la vez, sujetándonos el uno al otro con la fuerza de quien sostiene un mundo que se cae y el único sitio seguro fuera el sitio donde estábamos los dos.
Cuando dijo mi nombre, mi nombre de verdad, el que no sale en los titulares, se me rompió algo dentro que no sabía que tenía, y la abracé tan fuerte que no supe si la estaba sujetando a ella o me estaba sujetando a mí.
Después nos quedamos en la oscuridad, con la respiración volviendo poco a poco y Sevilla abajo, y ninguno de los dos dijo nada. Carla tenía la cabeza en mi pecho y un dedo dibujando círculos lentos en mi piel, que es su manera de pensar, y yo le acariciaba el pelo sin querer parar.
En el suelo, junto a la cama, estaba el vestido de la gala, con la servilleta de las reglas asomando del bolsillo, la que llevaba tiempo viajando con Carla como quien no quiere separarse de un contrato.
Ninguno de los dos la mencionó. No hacía falta: las tres líneas estaban tiradas en el suelo con el vestido, y los dos lo sabíamos.
—¿En qué piensas? —dijo Carla, con la voz ronca.
—En que esto no era el trato.
Carla se quedó quieta. El dedo se le paró.
—Lo sé —dijo, después de un rato—. Yo también lo sé.
Casi le dije que la quería. La frase se me subió a la garganta y me la tragué, porque decírsela era romper la última mentira que me quedaba, y todavía no estaba preparado para quedarme sin ella.
No hablamos de lo que significaba. No hablamos de las reglas ni del plan ni de los meses que quedaban. Hablamos de nada, que es lo que se habla cuando se tiene miedo de hablar de lo único que importa, y nos quedamos dormidos así, enredados, como quien no quiere que llegue el día.
En algún momento de la madrugada me desperté, con Carla medio dormida a mi lado y la verdad instalada en el centro del pecho.
Me daba miedo lo que estaba sintiendo, y me daba más miedo lo que estaba sintiendo ella, porque uno de los dos tenía que mantener los pies en el suelo, y yo ya no sabía ni dónde estaba el suelo.
Dije la frase que me quedaba para fingir que todavía controlaba algo.
—Esto no puede volver a pasar —dije, con la vista en el techo, sin atreverme a mirarla.
—No —dijo Carla.
Mentimos como respiramos, sin soltarnos, sabiendo los dos que ya no había regla que valiera.
Me desperté con la luz de la mañana entrando por la persiana y el brazo de Carla cruzado sobre mi pecho. Por un momento no supe dónde estaba. Luego olí su pelo, oí su respiración y me quedé quieto, con miedo de que cualquier movimiento despertara el día y me devolviera al trato.
Carla abrió un ojo.
—¿Qué hora es?
—Las nueve.
—¿Las nueve? —Se incorporó de golpe—. Tengo una prueba a las once.
—Te llevo.
—No, no, no. —Se levantó de la cama, con mi camisa puesta y el pelo revuelto—. Esto no ha pasado.
—Carla.
—Ha pasado, pero no ha pasado. —Se puso los pantalones—. ¿Dónde está mi móvil?
—En el salón.
—¿Y mi dignidad?
—No la veo.
Me tiró una almohada. Se fue al baño y cerró la puerta. Yo me quedé en la cama, con el sol en la cara y una sonrisa que no se me iba.
A los diez minutos salió con la cara lavada y el pelo recogido en un moño imposible.
—Café —dijo—. Necesito café.
Bajamos a la cocina. Carla se puso a hacer café con la camisa por fuera y los pies descalzos, y yo me quedé apoyado en la encimera, mirándola. Era la primera mañana de verdad que pasábamos juntos, sin cámaras, sin reglas, sin nadie que nos mirara, y yo quería que durara todo el día.
—¿Qué miras? —dijo.
—A ti.
—Ya lo sé. ¿Qué miras?
—Que estás guapa por la mañana.
—Mentira.
—Verdad.
Carla me puso el café delante y se sentó en el taburete. Bebió un sorbo y se quedó mirando la terraza.
—Esto no puede volver a pasar —dijo.
—Ya lo sé.
—Lo digo en serio, Manu.
—Ya.
—No me lo pongas fácil.
—No lo hago.
Carla me miró por encima de la taza. Luego se rió.
—Eres imposible.
—Pero te gusto.
—Eso es lo peor.
El interfono sonó. Me levanté a contestar. Era Don Matías.
—Señor Casas, hay un fotógrafo en la puerta. Dice que viene a hacerle un reportaje.
—¿Un reportaje?
—Eso dice. —Don Matías se quedó un momento—. Y hay una señorita en su casa que no es de la urbanización.
—Don Matías.
—Yo no he dicho nada. —Se aclaró la garganta—. ¿Le digo al fotógrafo que vuelva?
—Dígale que estoy en la ducha.
—Muy bien. —Hizo una pausa—. ¿Y la señorita?
—La señorita también.
Don Matías soltó una risa de las suyas, bajita, de las que no rompen el protocolo.
—Muy bien, señor Casas. Que aproveche.
Colgué. Carla estaba en la puerta de la cocina, con la taza en la mano y la cara de pánico.
—¿Un fotógrafo?
—En la puerta.
—¿Y yo cómo salgo?
—Por el garaje. Hay una salida detrás.
—Manu, tengo una prueba a las once y estoy en tu casa a las nueve de la mañana con tu camisa.
—Ponte la tuya.
—No tengo la mía. La tuve que lavar.
Le di una sudadera, una gorra y las llaves del garaje. Carla se vistió a toda prisa, se caló la gorra y se miró en el espejo del recibidor.
—Parezco una ladrona.
—Pareces una actriz.
—Es lo mismo.
Se paró en la puerta, con la mano en el pomo.
—Manu.
—¿Qué?
—Gracias por el café.
—No he hecho nada.
—Por el café y por lo de antes. —Se puso roja—. Por todo.
—Carla.
—No me lo digas. —Levantó la mano—. Todavía no.
Se fue por el garaje. Me quedé en la cocina, con dos tazas, la cama sin hacer y el olor de su pelo en la almohada. Don Matías me llamó cinco minutos después.
—El fotógrafo se ha ido. —Bajó la voz—. Y la señorita ha salido por la puerta de atrás con una gorra.
—Gracias, Don Matías.
—Yo no he visto nada. —Se aclaró la garganta—. Pero si me permite un consejo, señor Casas: esa chica no subía a escondidas. Subía con la confianza de que vivía aquí.
Colgué. Me senté en el sofá, con la taza en la mano, y me di cuenta de que Don Matías tenía razón. Carla no subía a escondidas. Carla subía a casa.
Yo, por primera vez en meses, quería que se quedara.
Si ella supiera que era la primera vez en mi vida que no estaba actuando.