Capítulo 13. La primera vez que lo dije sin decirlo
La primera vez que lo dije sin decirlo
Tardamos tres días en volver a estar bien, que fue más de lo que había tardado ninguna bronca del trato y menos de lo que hacía falta para olvidar la cara que se le puso a Carla en el bar.
Me arrepentí tantas veces de aquella frase que acabé aprendiéndomela de memoria, que es lo que pasa con las frases que no deberías haber dicho: se quedan a vivir.
Carla no me llamó. Yo tampoco la llamé, que es lo que hacemos los dos cuando algo nos duele: lo dejamos enfriar con la paciencia de un guiso, sin darnos cuenta de que los guisos también se pasan.
Me armé de valor un jueves por la tarde y la esperé a la salida de su serie, con dos cafés en la mano y el orgullo bien guardado en el bolsillo.
Carla salió con el pelo recogido y una carpeta bajo el brazo, y cuando me vio se paró en seco, como quien se encuentra de repente con algo que no sabía si quería encontrarse.
—¿Qué haces aquí? —dijo.
—He venido a pedirte perdón. —Le tendí su café—. Y a traerte esto, que sé que los días de doblaje se olvidan mal sin cafeína.
Carla miró el café un momento, sin cogerlo.
—¿Por cuál de las cosas? —dijo por fin—. Por lo del bar, por la frase, por no contestarme a los mensajes, por hacerme la pregunta más tonta del mundo justo cuando yo venía a decirte una cosa de las buenas.
—Por todas. —Le dejé el café en la mano, que es la única manera que tiene de cogerlo—. Sobre todo por la última.
Carla me miró, con el café sin beber.
—¿Y por qué lo hiciste? —dijo, con la voz más bajita—. ¿Por qué te pusiste así?
No tuve respuesta. O tuve la única que no podía darle, que es peor.
—¿Y si te digo que no lo sé? —dije.
—No me lo creo.
—¿Y si te digo que lo sé, y que todavía no puedo decírtelo?
Carla me miró un momento largo, con esa mirada de la que lee entre líneas y no le gusta lo que encuentra.
—Pues te lo guardas —dijo por fin, con una media sonrisa que no llegó a los ojos—. Que para eso somos compañeros de plan.
Me devolvió mis propias palabras de la noche del café, con una ternura que no me merecía. Se bebió el café, se metió en el coche y desde la ventanilla me dijo:
—Súbete. Si me has traído café, me debes el resto.
En el coche no hablamos del bar. Hablamos de su serie y de mi rodaje, de las cosas de las que se habla cuando no se quiere hablar de la única que importa. Cuando me bajé en Simón Verde, Carla me agarró del brazo antes de que cerrara la puerta.
—Lo del bar —dijo, sin mirarme—. La frase. La olvido si me prometes que no vuelve a pasar.
—¿Y si no puedo prometerlo?
Carla me miró un momento, con la mano todavía en mi brazo.
—Entonces la próxima vez me lo dices a la cara, no a un bar.
Carla soltó mi brazo, cerró la puerta del coche y se fue, dejándome en la acera con el café ya frío y la sensación de que me acababa de dar una oportunidad que no me merecía.
El guion llegó dos días después por mensajero, en una carpeta que olía a producción nueva.
Vicente Salas quería que me trabajara la escena del amor, la del final de la película, la que iba a decidir si el papel era mío o no lo era.
La leí una vez. La leí dos. A la tercera ya no leía la escena: leía la frase.
“Desde que te vi, todo lo demás me sobra.”
Tuve la frase delante de mí toda la tarde, con Sevilla sonando abajo y una certeza incómoda instalándose en el pecho: que aquello no podía ensayarlo con una actriz de reparto, ni con las marcas en el suelo, ni con el director gritando desde la silla.
La frase necesitaba una cara, y yo llevaba tiempo llevando esa cara en la cabeza.
Llamé a Carla.
—¿Me haces de partenaire? —dije sin preámbulos.
—¿Para qué?
—Para una escena. La del final de la película de Salas. Necesito ensayar con alguien que me mire de verdad, y los espejos no sirven.
Carla calló un momento al otro lado del teléfono.
—¿Y por qué yo?
—Porque eres la mejor actriz que conozco.
—Eso se lo dices a todas tus novias de mentira.
—Todas mis novias de mentira eres tú.
Carla no contestó. Cuando volvió a hablar, la voz le sonaba a otra cosa.
—¿Cuándo?
—Ahora.
—Voy para allá.
Monté el salón como un plató de andar por casa: la luz baja, las dos sillas, el guion en la mesa. Carla llegó a los veinte minutos con el pelo suelto, la cara de las que vienen sin saber a lo que vienen y la pregunta de por qué le tiemblan las manos escondida en el bolsillo del abrigo.
—¿Qué escena es? —dijo, dejando el abrigo en el respaldo.
—La del final. —Le pasé el guion—. Mi personaje tiene que decirle que está enamorado. Es la escena que decide la película.
Carla leyó la página en silencio. Cuando levantó la vista, llevaba una expresión que no supe leer.
—¿Y ella qué dice? —dijo.
—Nada. Solo tiene que escuchar. —Hice una pausa—. Y mirarme. Que es lo que hace ella en la película.
Carla asintió y se plantó a dos pasos, de frente, esperando. Empecé el ensayo como se empiezan todos: con la voz de actor, la que se pone sola cuando la cámara está cerca aunque no esté. Dije la frase con la entonación exacta, la pausa exacta, la mirada exacta de los que saben lo que hacen.
Carla me miró y negó con la cabeza.
—No. Así no.
—¿Así cómo?
—Así. Con la voz de los ensayos. —Carla dio un paso hacia mí—. Yo no soy la cámara, Manu. Dímela a mí.
La miré. Y en lugar de buscar la voz de actor, la dejé ir. La segunda vez no la dije yo: la dijo alguien que llevaba semanas queriendo decírsela y escondiéndola en los ensayos.
—Desde que te vi —dije, y la frase se me quedó a medias, porque mirarla a los ojos mientras la decía era más de lo que había ensayado—. Todo lo demás me sobra.
Carla se quedó temblando. Las manos se le quedaron quietas a los costados y los ojos se le llenaron de algo que no supe nombrar. Nos quedamos así, temblando los dos, con el salón entero conteniendo la respiración.
Carla fue la primera en romper el hechizo.
—Eso se lo dices a la cámara, Manu —dijo, con la voz rota, sin dejar de mirarme.
—Pues la cámara no eres tú.
El silencio que vino después no se parecía a ningún silencio de ensayo.
Se quedó entre los dos como una cosa viva, llenando el salón y dejándonos sin espacio para la mentira.
Carla bajó la vista primero. Se sentó en el sofá, con el guion entre las manos y la mirada en alguna parte que no era el salón.
No dijo nada. Yo tampoco dije nada. Me senté a su lado, despacio, y cuando el guion se le cayó al suelo ella se recostó en mi hombro sin decir nada, como quien se rinde a algo.
No sé cuánto tardamos en quedarnos dormidos.
Solo sé que me desperté de madrugada con Carla dormida contra mí, la cabeza en mi pecho y una mano abierta sobre la camisa, con la respiración de las que duermen sin ensayar.
No me moví. No me moví porque era la primera vez en meses que el mundo se me quedaba quieto, y no quería que se moviera.
Pasé un buen rato despierto, con Carla encima, la certeza instalada en el pecho como una cosa que llevaba tiempo queriendo sentarse ahí.
No había vuelta atrás. No la había desde la cocina, ni desde el estreno, ni desde mucho antes de las reglas.
Solo que no lo había querido ver, porque verlo era admitir que el trato se había acabado hacía tiempo, y que lo que había dentro no tenía nombre de contrato.
A las seis de la mañana, Carla me llamó desde la puerta de su casa con una maleta pequeña, el guion subrayado y la cara de una actriz que no ha dormido.
—No puedo —dijo.
—Sí puedes.
—No puedo. Me he olvidado del acento. Y del vestido. Y de cómo se camina con corsé.
—Nadie sabe caminar con corsé.
—Las actrices de época sí.
—Tú eres actriz de época desde hoy.
Me miró con una mezcla de gratitud y de ganas de matarme.
—Llévame.
La productora rodaba en un estudio de Dos Hermanas, en una nave enorme con decorados de calles del siglo XIX, caballos de cartón piedra y un olor a pintura y a café de máquina. Carla iba en el asiento del copiloto, con el guion abierto y el dedo en una frase que no le salía.
—“No pienso consentir que me hables así delante de la servidumbre” —leyó.
—Otra vez.
—“No pienso consentir que me hables así delante de la servidumbre.”
—Más digna.
—Es que no soy digna. Soy Carla Pérez, de Nervión. Mi madre me ha visto llorar con los culebrones.
—Por eso mismo. Hazlo como hablarías con tu madre.
Carla se rió. Luego lo repitió, más lenta, con la barbilla alta y la voz de otra época. Le salió bien. Le salió tan bien que me quedé mirándola.
—¿Qué? —dijo.
—Nada.
—Manu.
—Que me gusta cuando actúas.
—Eso es lo que haces tú todo el día.
—Por eso lo sé.
Llegamos al estudio a las siete. La recibió una ayudante de dirección con pinganillo y una lista de nombres que no incluía el mío. Carla se bajó del coche, se colgó la maleta al hombro y se giró hacia mí.
—¿Te quedas?
—Te espero.
—Puede ser todo el día.
—Tengo tiempo.
—Manu.
—Te espero.
Se fue con la ayudante, con el guion apretado contra el pecho y el pelo recogido en un moño de época. Antes de entrar en la nave se giró y me hizo un gesto con la mano. Yo le devolví el gesto y me quedé en el coche, con el café frío y la radio puesta.
Las horas pasaron despacio. Vi salir a un actor caracterizado de general, a una señora con un vestido de tres capas y a un caballo que no era un caballo. A las doce, un técnico me pidió que moviera el coche. A la una, me comí un bocadillo de la máquina. A las tres, me quedé dormido.
Me despertó un golpe en la ventanilla. Carla estaba fuera, con el vestido de época, el maquillaje un poco corrido y una sonrisa que le ocupaba toda la cara.
—¡Lo he hecho!
Abrí la puerta.
—¿Cómo?
—Bien. —Se rió—. O eso dicen. El director ha dicho “vale” y no ha repetido la toma. ¿Sabes lo que es que un director no repita? Es como el Betis ganando la Champions.
—No sé si eso pasa.
—Ha pasado hoy.
Se sentó en el asiento del copiloto, con el vestido por encima de las rodillas y las manos temblando.
—Estoy muerta —dijo—. Pero estoy muerta contenta.
—Te lo dije.
—No me lo dijiste. Me dijiste que nadie sabe caminar con corsé.
—Y era verdad.
Carla se rió. Luego se quedó mirándome, con la sonrisa a medio camino y los ojos brillantes.
—Gracias —dijo.
—¿Por qué?
—Por esperar.
—No he hecho nada.
—Has estado. —Se encogió de hombros—. Para mí, estar es hacer.
Me quedé sin respuesta. Carla se inclinó, me dio un beso en la mejilla y se quedó un momento con la cara cerca de la mía. Podía oler el maquillaje, el café y el calor del estudio.
—Esto no es un ensayo —dijo, muy bajito.
—¿El qué?
—El beso. —Me miró—. O el día. No lo sé. Pero no es un ensayo.
No me moví. No porque no quisiera, sino porque tenía miedo de que cualquier movimiento rompiera el momento. Carla se separó despacio, se arregló el vestido y miró por la ventanilla.
—Llévame a casa —dijo—. Antes de que me arrepienta.
Arranqué. En el camino no hablamos. La radio puso una canción de los ochenta, Carla bajó la ventanilla y el aire de Dos Hermanas le movió el pelo. Yo conducía con las dos manos en el volante y la sensación de que acababa de perder una batalla que llevaba semanas perdiendo.
Me había enamorado de Carla. La regla tres estaba rota y no me arrepentía. El trato acababa en un mes. Esto no iba a acabar cuando acabara el trato.