Capítulo 12. Celos
Celos
Carla llegó un martes por la noche con la cara de las que llevan toda la tarde ensayando cómo decir algo.
Llevaba semanas entrando y saliendo de mi casa con la llave y la costumbre de que era suya, con la llave, el café y la costumbre, pero esa noche tardó un momento de más en cruzar la puerta, y ese momento me dijo que lo que traía no era de los buenos.
—He quedado con Adrián —dijo, de golpe, como quien se quita una tirita.
Se me quedó la mano con el vaso en el aire.
—¿Que has quedado?
—Mañana a las ocho. Un café en el centro. —Carla hablaba deprisa, que es lo que hace cuando no quiere que la interrumpan—. Para cerrar el tema, Manu. Él se lo ha pedido y quiero quedar bien. Es lo que me pidió el día de la boda: una conversación que dice que me debe de hace siete años.
—¿Y tú qué le debes?
—Nada. —Carla me miró—. Eso es justo lo que quiero cerrar.
Me tragué las frases que se me estaban amontonando y me quedé con la única que no debía decir:
—Pues me parece muy bien.
—¿De verdad?
—De verdad. —Sonreí con la boca, que es como sonrío cuando no sonrío—. Cada uno cierra lo que tiene que cerrar.
Carla se quedó un momento mirándome, con esa mirada de la que no se traga las sonrisas de la boca.
—No te pongas así, Manu.
—¿Así cómo?
—Frío. —Carla hizo un gesto vago, de los que no saben explicar lo que sienten—. Es un café, no una boda.
—¿Y yo cuándo he dicho que sea una boda? —dije, con una ligereza que no me salía de ninguna parte—. Queda con él, cierra lo que tengas que cerrar, y cuando vuelvas me cuentas qué tal te ha ido.
—¿De verdad quieres que te lo cuente?
—Claro. —Levanté el vaso que se me había quedado en el aire—. Es lo que hacen los compañeros de plan.
Carla no contestó. Me miró de una manera que me llegó más lejos de lo que cualquier discusión habría llegado, cogió su bolso y se fue sin despedirse, que es la manera que tiene de despedirse cuando no quiere discutir.
Esa noche no dormí. Me levanté a las seis y media y fui al gimnasio a darlo todo, que es lo que hago cuando lo que me pesa no lo levanta ni el mejor de los entrenadores.
Hice series hasta que me temblaron las manos.
Luego hice más, de las que no hago ni en los rodajes, y aun así no me sirvió de nada, porque el peso que me importaba no estaba en el gimnasio.
El móvil me sonó tres veces a lo largo del día. “¿Estás bien?” No contesté. “Es solo un café, Manu.” Tampoco. La tercera no la leí entera, porque las que empiezan así no suelen acabar bien.
A las ocho, hora del café, yo estaba en el bar de Pablo.
Lo sabía porque llevaba todo el día contando las horas, y porque hay horas que se cuentan solas, aunque no quieras.
Pablo me sirvió la primera caña sin preguntar.
Con la segunda me miró. Con la tercera se apoyó en la barra y dijo lo que pensaba, que es lo que hace cuando se le acaba la paciencia.
—¿Le ha pasado algo a Carla?
—No le ha pasado nada. Está tomando un café.
—¿Y tú por qué estás bebiendo con la cara de que te ha dejado ella?
No contesté, porque no tenía respuesta, y porque la que tenía no quería decírmela a mí mismo. Pablo asintió, con esa manera suya de entenderlo todo sin que le cuentes nada, y se fue a servir a otra mesa.
Llegó Javi a las nueve y media. Se sentó a mi lado sin decir nada, pidió una caña y se la bebió en silencio, que es su manera de decir que está. Llevábamos un rato así cuando habló:
—Estás celoso.
Me atraganté con la caña.
—No estoy celoso. Está cerrando un tema con su ex. Es lo que se hace.
—¿Y a ti qué te importa lo que haga con su ex?
—Me importa porque es mi novia. —Hice una pausa, y la pausa me delató—. De mentira. El trato.
—El trato, una mierda. —Javi se bebió el resto de su caña de un trago—. A mí no me la cueles, Manu. Nunca te he visto así por ninguna de las novias de los titulares. A esta te importa porque no es de los titulares. Es Carla.
No dije nada. No porque no tuviera respuesta: porque la que tenía no era la que el trato permitía.
—No sé qué me pasa —dije por fin.
—Yo sí lo sé. —Javi me miró con esa paciencia suya de los que saben esperar—. Pero no te lo voy a decir yo. Lo vas a tener que decir tú, y lo dirás cuando estés listo.
Se levantó, dejó la caña pagada y se fue sin añadir nada más, que en Javi es como dar un abrazo.
Carla llegó a las diez y cuarto. La vi entrar en el bar con el pelo recogido, los ojos cansados y esa manera suya de buscar a alguien con la vista antes de encontrarlo. Me encontró. Se abrió paso entre las mesas, se quitó el abrigo y se sentó a mi lado sin pedir permiso.
—No contestabas —dijo.
—Estaba con Pablo.
—He pasado por tu casa. He llamado al gimnasio y hasta a Don Matías, que me ha dicho que te has ido con el gesto del que no debería conducir. —Hizo una pausa—. Pablo me ha escrito.
—Menudo chivato.
—Es mejor chivato que callado. —Carla dejó el abrigo en el respaldo y me miró—. ¿Qué haces aquí, Manu?
—Tomar una caña.
—A las diez de la noche de un miércoles, en el bar de tus amigos, con más cañas que palabras. —Carla levantó la vista—. No me digas que estás tomando una caña.
No encontré las palabras. Llevaba toda la noche dándole vueltas a lo que le diría cuando la viera, y ahora que estaba delante, con el pelo recogido y el abrigo quitado, no me salía ninguna de las frases que había ensayado.
—¿Qué tal el café? —dije, que era la peor pregunta que podía hacer.
Carla me miró un momento, con una cara que no supe leer.
—Bien. —Hizo una pausa—. Ha sido exactamente lo que dijo que sería. Hemos hablado. Me ha pedido perdón por cosas de hace siete años que ya no vienen a cuento, me ha dicho que le alegra que me vaya bien, y nos hemos despedido. —Carla se encogió de hombros—. Tema cerrado.
—Me alegro.
—¿De verdad te alegras? —Carla se inclinó hacia mí, y la voz se le volvió de pronto más baja—. Porque llevas todo el día sin contestarme, y estás aquí a las diez de la noche con cara de funeral. Si esto es lo que haces cuando algo te alegra, no quiero estar cerca cuando algo te moleste.
Tenía razón, y la razón me pesaba más que todas las cañas juntas.
—No me gusta verte así, Manu —dijo Carla, y esta vez no había defensa en la voz: solo la verdad, desnuda, sin plan.
—¿Así cómo?
—Así. —Carla me miró a los ojos, y fue la Carla de las tres de la madrugada, la que dice las cosas sin ensayarlas—. Lejos. Con el orgullo por delante y la boca cerrada. No me gusta verte así.
Me entró un vértigo que no me esperaba. No por lo que decía: por lo que me estaba ofreciendo sin saberlo, que era más de lo que el trato permitía. En lugar de cogerlo, hice lo que hago cuando algo me da vértigo: lo empujé.
—¿Y a ti qué te importa cómo me pongas? —dije, casi sin voz, con el orgullo por delante.
La frase cayó entre los dos. Vi cómo se le apagaba la cara a Carla, despacio, como una luz a la que le van cortando la corriente, y en el mismo instante en que la vi apagarse supe que me arrepentiría de haberla dicho el resto de mi vida.
Carla se levantó. Se puso el abrigo con una calma que daba más miedo que un portazo y se quedó un momento en la puerta, sin girarse.
—Y por cierto —dijo, con la voz serena, de las que ya no luchan—. Me importa. Por eso he venido.
Se fue. Seguí en la barra, con la fila de cañas vacías y la frase de Carla dándome vueltas, y supe que acababa de romper algo que no sé si se puede pegar.
La regla dos llevaba días rota. Esa noche la rompí yo. Y lo peor no fue romperla: fue darme cuenta de que Carla lo sabía, de que le importaba y de que me importaba muchísimo que le importara.