Luces, cámara y... ¿Amor? (Urbanización Simón Verde nº 3) Capítulo 11. Vida en pareja
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Capítulo 11. Vida en pareja

Vida en pareja

Lo que pasó no tuvo fecha exacta. O la tuvo y no me di cuenta, que viene a ser lo mismo cuando miras atrás.

Después del beso que no contaba, el trato dejó de parecer un trato y empezó a parecer una vida: una vida de gimnasio compartido, de cafés que se preparaban solos, de sudaderas que cambiaban de armario y de cenas en la terraza de Simón Verde con las luces de Sevilla pidiendo permiso para quedarse.

Carla apareció en el gimnasio una mañana con unas zapatillas que olían a estrenar y la cara de quien ha decidido demostrar algo que no tiene que demostrar.

—¿Qué haces aquí? —dije, con las pesas todavía en el suelo.

—Ser novia de mentira tiene horario de novia de verdad. —Carla miró las máquinas como quien mira un campo de minas—. He venido a acompañarte.

—Nunca has pisado un gimnasio.

—He pisado uno. Duré veinte minutos.

—¿Y qué hiciste?

—Me senté en una bici y fingí que leía las instrucciones.

A los diez minutos estaba sentada en el banco de las pesas con mi botella de agua y la chaqueta de mi chándal por encima, dándome conversación mientras yo hacía las series. Un chaval que entrena a mi lado me dijo, entre serie y serie:

—Se te ve muy bien, Casas.

—¿El qué?

—Eso. —Señaló a Carla con la barbilla—. Tener a alguien.

Me quedé a medias con la respuesta, porque no sabía si lo que me subía por el pecho al oírlo era incomodidad o era otra cosa.

Carla me alcanzó la botella sin que se la pidiera, con esa manera suya de hacer las cosas del plan con la naturalidad de toda una vida.

El chaval me miró, asintió y no volvió a decir nada, que en el gimnasio es el mayor de los elogios.

Los cafés empezaron a prepararse sin preguntar.

Carla llegaba por las mañanas con la llave que ya no le pedía que devolviera y se encontraba el café con leche y la tostada con tomate en la cocina, hechos como se hacen las cosas cuando se sabe cómo las toma el otro.

Las primeras veces no lo comentó. La tercera mañana me miró desde la tostada con una cara rara, de las que no se ensayan.

—Esto me lo haces a mí —dijo—. No al plan.

—El plan desayuna igual que tú.

—El plan no existe. —Carla hizo una pausa—. El plan eres tú conmigo.

No contesté. No sabía si aquello tenía respuesta.

La sudadera fue obra suya. Una noche de terraza, con el fresco de Sevilla entrando, me pidió la chaqueta para los hombros y se fue con ella puesta, con las mangas tapándole las manos y mi nombre en la espalda.

No se la pedí. No quería pedírsela. Al día siguiente la encontré doblada en mi sofá, lavada, oliendo a su suavizante, y tardé un rato en darme cuenta de que estaba sonriendo.

Incluso los de siempre dejaron de hacer preguntas.

Pablo servía las cañas sin montar el interrogatorio y Javi sonreía con esa sonrisa suya de los que ya lo vieron venir.

Nadie hablaba ya del plan. Todos hablaban de lo naturales que éramos, sin saber que “natural” era la única palabra que no ensayábamos.

Una revista nos fotografió una noche a la salida de un cine sin que nos diéramos cuenta. La foto salió con un pie que decía que parecíamos de verdad. Todos la comentamos como quien comenta el tiempo, sin pararnos en lo que decía.

Cristóbal nos metió en una cena benéfica en el hotel Alfonso XIII sin preguntarnos si queríamos ir.

Lo anunció como quien anuncia una victoria: mesa reservada, fotógrafos acreditados, una marca de champán y la posibilidad de salir en la sección de sociedad del ABC.

Carla se puso un vestido verde que le dejaba la espalda al aire y se rió cuando le dije que iba a eclipsar a la Giralda.

—La Giralda no se enfada —dijo—. Y tú tampoco deberías.

—No me estoy enfadando.

—Te estás poniendo el nudo de la corbata por tercera vez.

Me lo quité y me lo volví a poner. Tenía razón.

El salón del Alfonso XIII olía a cera, a perfume y a dinero viejo.

Había mesas redondas con manteles de hilo, un piano de cola en una esquina y más gente de la que cabía en una portada.

Carla entró con la sonrisa de los actos importantes y yo detrás, con la mano en su espalda y la sensación de estar haciendo un papel que no me sabía.

—Tú sonríe y no hables de política —me susurró Cristóbal al pasar—. Ni de fútbol. Ni de Carla.

—¿Y de qué hablo?

—De nada. Eres guapo. Con eso basta.

La cena fue bien hasta el segundo plato.

Carla encantó a una marquesa, se rió con un empresario, preguntó por los hijos de una señora que no tenía hijos y consiguió que un crítico gastronómico probara el postre por primera vez en veinte años.

Yo la miraba desde mi silla con una mezcla de orgullo y de vértigo, porque cada vez que la veía brillar en público me acordaba de que aquello era un trato, y de que los tratos se acaban.

En el postre, una chica de unos veinte años se acercó a la mesa con el móvil en la mano y la cara colorada.

—Perdón. ¿Ustedes son Carla y Manu? ¿Los de la foto?

Carla sonrió.

—Somos nosotros.

—¿Nos hacemos una foto? Es que mi madre es fan total. Bueno, fan de él. Y de usted también, claro.

Carla se rió y se puso al lado de la chica. Yo me puse al otro lado, con la sonrisa de portada, y la chica se hizo tres fotos y se fue dando saltitos. Carla la vio irse con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

—¿Qué? —dije.

—Nada.

—Tienes cara de algo.

—Tengo cara de que llevo dos horas sonriendo y me duelen las mejillas.

—Es una cena benéfica. Se supone que hay que sonreír.

—Ya. —Carla bebió un sorbo de agua—. Y tú se supone que tienes que mirarme con la cara de que te gusto.

—Te miro con la cara de que me gustas.

—Me miras con la cara de estar comprobando que no me equivoco.

La frase me pilló. Antes de que pudiera contestar, un periodista se plantó delante de nosotros con una grabadora y una sonrisa de tiburón.

—Manuel, Carla. Una pregunta rápida para la sección de gente. Lleváis un mes saliendo, ¿no? ¿Cómo se conocieron?

—En un evento benéfico —dijo Carla, sin pestañear—. Hace seis meses. Fue un flechazo discreto.

—¿Y quién dio el primer paso?

—Él. —Carla me miró—. Con una propuesta que me hizo mucha gracia.

El periodista se rió. Yo también, con la boca, y sentí que la sonrisa se me quedaba pegada a los dientes.

—¿Y es verdad o es marketing? —preguntó el periodista, bajando la voz—. Lo digo porque hay rumores de que la relación forma parte de la campaña de la película.

Carla abrió la boca para contestar, pero yo me adelanté.

—No hay ninguna campaña. —La voz me salió más seca de lo que quería—. Lo nuestro es lo nuestro.

El periodista levantó las cejas.

—Vale, vale. No era mi intención ofender.

—No me ha ofendido.

—Manu. —Carla me puso la mano en el brazo—. El señor solo hace su trabajo.

—Claro. —El periodista apuntó algo—. Entonces, ¿boda a la vista?

—Cuando ella diga —dije.

Carla se rió, pero esta vez la risa le salió tarde. El periodista se fue con su grabadora y su sonrisa, y nosotros nos quedamos con el postre a medio comer y el aire lleno de algo que no era perfume.

—¿Qué ha sido eso? —dijo Carla.

—¿El qué?

—Lo de “lo nuestro es lo nuestro”. Lo has dicho con la misma cara con la que dices las frases de la película.

—Es que es verdad.

—Ya. —Carla dejó la cuchara—. Pero no hacía falta que se lo juraras a un periodista.

—Ha preguntado si eras un montaje. ¿Qué querías que hiciera?

—Nada. Ese es el problema. —Me miró—. Llevamos un mes diciéndole a todo el mundo que somos mentira, Manu. No puedes enfadarte porque alguien se lo crea.

—No estoy enfadado.

—Estás rígido. Y llevas toda la cena mirándome con la cara de que estoy a punto de hacer algo mal.

—Te miraba porque estabas guapa.

—Me mirabas porque estabas celoso.

La palabra se quedó sobre el mantel. Yo quería negarlo, pero tenía la boca seca y el orgullo en el sitio equivocado.

—No estoy celoso.

—¿Y lo de la chica de la foto?

—¿Qué pasa con la chica de la foto?

—Que la has mirado con la cara de que me la ibas a quitar.

—Te estaba mirando a ti.

—Manu.

—Que te estaba mirando a ti.

Carla se pasó la mano por la frente. A dos mesas de distancia, una señora nos miraba con la curiosidad de quien ha pagado la entrada y espera el espectáculo.

—No discutamos aquí —dijo Carla—. Por favor.

—No estamos discutiendo.

—Estamos discutiendo en voz baja, que es peor.

Terminamos la cena con la sonrisa puesta y la conversación en pausa. Cristóbal nos hizo fotos con la marquesa, con el empresario, con el crítico gastronómico y con una concejala que no sabía quién era yo pero quería salir en la foto. Carla sonrió en todas. Yo también. Los dos éramos muy buenos.

En el coche, la ciudad pasaba por la ventanilla con las luces de Navidad encendidas y el silencio entre los dos más grande que el asiento.

—¿Me vas a decir algo? —preguntó Carla.

—No sé qué decir.

—Eso es nuevo.

—No es justo.

—Tienes razón. No es justo. —Carla se giró—. Ni para ti ni para mí. Llevo un mes fingiendo que soy tu novia, y esta noche, por primera vez, me he dado cuenta de que no sé si estoy fingiendo. Y tú, en lugar de ayudarme, te has puesto a vigilar a los periodistas.

—Te estaba protegiendo.

—No. Me estabas protegiendo de ti. —La voz le tembló—. O de lo que sientes. Y no sé qué es peor.

Me detuve en un semáforo. La calle estaba vacía, con las luces de Navidad colgando de los árboles y una pareja mayor esperando en la esquina con un perro.

—Tengo miedo —dije.

—¿De qué?

—De que esto sea de verdad. —La miré—. Y de que tú no lo sepas. Y de que yo lo estropee por no saber decirlo.

Carla se quedó callada. Luego me puso la mano en la mía, sobre el volante, y la apretó.

—No lo estropees —dijo—. Eso es todo. No lo estropees.

—No pienso hacerlo.

—No me lo prometas. Hazlo.

El semáforo se puso verde. Arranqué con la mano de Carla todavía en la mía y la sensación de que acabábamos de firmar otro trato, uno que no estaba en ninguna servilleta.

El pelo lo hizo ella, pero no lo hizo ella sola. La noche del evento de la marca, Carla llegó a mi casa con el vestido puesto, el pánico en los ojos y un rizo que no había manera de colocarle en el sitio.

—No me sale —dijo, delante del espejo de mi cuarto, con el cepillo en la mano.

—Déjame.

No sé de dónde saqué la habilidad. Le quité el cepillo, le pasé los dedos por el pelo, le coloqué el rizo con una lentitud que no me había enseñado ningún director y le sujeté el resto detrás de la oreja.

En el espejo, nuestros ojos se encontraron, y durante un momento no hubo plan, ni reglas, ni tres meses: solo ella, yo y un rizo en su sitio.

—Gracias —dijo Carla, con la voz rara.

—Es para el evento.

—Lo sé. —Carla siguió mirándome en el espejo—. Pero gracias igualmente.

Me di cuenta de que hacía años que no me temblaban los dedos por algo que no viniera en un guion. Me lo guardé, con el cepillo y todo, y salimos al evento.

Don Matías, el conserje, empezó a mirarnos de otra manera. Antes nos saludaba con la cortesía de siempre. Ahora, cuando Carla subía conmigo o bajaba a por algo, lo hacía con una sonrisa de las que llevan años esperando la ocasión de usarse.

—Ya era hora —me dijo una noche, con las llaves del portal en la mano—. Diez años viendo entrar y salir a media Sevilla, y nunca había visto entrar a nadie por usted.

—Entra por un plan, Don Matías.

—Los planes también se cumplen —dijo, con una sonrisa de saber que no pagaba ningún plan.

No me reí. No supe si reírme, y no me reí, que fue la primera señal de que Don Matías no estaba del todo equivocado.

Cristóbal apareció una tarde con el móvil lleno de notificaciones y la cara del que ha visto un plan perfecto a punto de cerrarse.

—Papel, marca, todo confirmado. —Me enseñó la pantalla—. Vicente Salas ha anunciado el rodaje y la casa de relojes te ha puesto en la campaña de primavera. Dos contratos, Manu. El sueño de tu vida, firmado y rubricado.

—¿Y qué dice la prensa? —dije, por decir algo.

—Que la pareja más natural de Sevilla se ha vuelto imparable. —Cristóbal me miró con la calma del que conoce el precio de las cosas—. Todo esto te lo han dado por ella, Manu. Tú solo eras el soltero de oro. Con Carla, eres el que se sienta a la mesa.

Debería estar llamando a mi madre, a los de siempre, a todo el mundo.

Debería estar eufórico, celebrando lo que llevaba años persiguiendo.

En lugar de eso, miré la pantalla sin verla, con la noticia de mi vida en la mano y un hueco en el pecho que no sabía cómo se había hecho tan grande.

Podría haberle dicho a Cristóbal que se acababa el plan.

No se lo dije. Me guardé el plan, el hueco y todo, y sonreí, que es lo que hago cuando toca hacer ver que estoy contento.

Esa noche cenamos en la terraza, como tantas otras noches. Carla trajo el vino y yo puse la mesa sin que nadie me lo pidiera, y hablamos de todo menos de lo que pesaba en el centro del pecho: de su serie, de su familia, del papel con nombre que se merecía más que nadie.

—Oye —dijo Carla, con el vino a medias—. ¿Tú crees que se nos nota?

—¿El qué?

—Que no es de verdad.

La pregunta me pilló sirviendo el vino. Busqué la respuesta que debía dar y la que quería dar, que ya no eran la misma cosa.

—No se nos nota —dije—. Somos muy buenos.

Carla no dijo nada más. En algún momento se quedó callada, con la copa a medias y la mirada en las luces de Sevilla, y yo pensé que iba a decir algo importante.

No lo dijo. Se guardó lo que fuera, como quien guarda algo para otro día, y se quedó dormida en el sofá a las doce y media.

Medio dormida, mejor dicho: con la cabeza inclinada y la voz de las que ya no controlan lo que dicen.

—Qué bien se está contigo, Manu —dijo, sin abrir los ojos.

No la desperté. Me paralicé, con la copa en la mano, porque despertarla era devolverla al plan y no quería devolverla al plan.

La frase no era para el plan, ni para la prensa, ni para nadie que estuviera mirando.

Era para mí, solo para mí, y por eso me llegó al sitio exacto donde no debía llegar, y por eso se me rompió algo por dentro, en el sitio donde se rompen las cosas que no tienen plan.

Estaba cobrando por la única cosa que no había fingido en mi vida.