Luces, cámara y... ¿Amor? (Urbanización Simón Verde nº 3) Capítulo 10. El ensayo del beso
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Capítulo 10. El ensayo del beso

El ensayo del beso

La vuelta a Simón Verde la hicimos en mi coche, con la boda todavía pegada a la ropa: el confeti en los asientos, el olor de la hacienda en las chaquetas y el ritmo de la última canción sonándonos en los oídos sin que ninguno de los dos lo hubiera pedido.

Carla iba con el vestido azul recogido en el regazo, la cara pegada a la ventanilla y las luces de Sevilla pasándole por encima, ajenas a ella.

Yo conducía con las dos manos en el volante, que es lo que hago cuando no sé muy bien qué hacer con ellas.

—¿Qué te dijo? —pregunté por fin.

Carla tardó en contestar. Tardó lo bastante para que yo supiera que la respuesta no iba a ser fácil.

—Nada.

—Dijo algo. Se te notó.

—Se te notó a ti que no lo oíste. —Carla se giró, con la voz de quien está cansada de esconder—. Es la boda de mi hermana, Manu. Déjalo estar.

La dejé estar. No por ella: porque no sabía qué más podía hacer.

Su móvil sonó entonces, un pitido corto de los de mensaje. Carla lo sacó del bolso, miró la pantalla y lo volvió a guardar sin decir nada, boca abajo, sobre las piernas.

—¿Quién era? —dije.

—Nadie.

—A la gente que es nadie no se le pone esa cara.

Carla no contestó. Alcancé a ver el nombre en la pantalla antes de que la apagara. Adrián. El de la foto del recibidor, el de los siete años, el que le había llenado la cara de otra cosa en medio de la boda. Adrián seguía ahí, aunque no estuviera en el coche.

No dije nada. Ella tampoco. Encendí la radio para llenar el hueco, y Carla la apagó a los diez segundos. Prefería el silencio, o prefería lo que el silencio decía sin palabras. Llegamos a Simón Verde con el aire más cargado que la noche entera de brindis.

En mi casa, la tensión entró con nosotros y se quedó a vivir.

Carla se quitó los zapatos en la entrada, que es su manera de decir que se queda un rato, y se dejó caer en el sofá con el vestido azul desparramado sobre la tela y el aire de la que ha estado en pie demasiadas horas.

Yo me quedé en la puerta del salón, con las llaves todavía en la mano, mirando cómo la noche de la boda se le caía de los hombros.

—¿Quieres algo? —dije.

—Quiero que me digas qué te pasa. —Carla levantó la vista—. Llevas toda la noche raro. Desde el baile, raro.

—No estoy raro.

—Estás raro. —Carla hizo una pausa—. En el baile me miraste como no me habías mirado en un mes.

Se me atascó la respuesta, porque era verdad, porque el baile era el sitio donde no quería volver.

La mano en su cintura. La mejilla en mi hombro.

“Estás donde no toca.” Había pasado la noche entera dándole vueltas a esa frase, y ahora estaba en mi salón, descalza, esperando una respuesta que no sabía dar.

En el sofá, con el vestido azul recogido bajo ella y los pies descalzos, parecía más pequeña que en la boda. O más real, que no es lo mismo.

—¿Y tú? —dije, que es lo que hago cuando no quiero contestar—. Llevas toda la noche hablándome sin mirarme.

Carla no contestó. Miró el vestido azul un momento, y luego dijo, con la voz muy baja:

—En algún momento vamos a tener que besarnos.

Se me heló el aire en el pecho.

—¿Para qué?

—Para las fotos. Para la prensa. Para que nadie empiece a preguntar por qué la pareja más famosa de Sevilla no se ha dado ni un beso en un mes. —Carla alzó la cabeza—. Podríamos ensayarlo.

—¿Ensayar un beso?

—Tú eres actor. Yo soy actriz. Se ensaya todo.

La cocina es el sitio de los ensayos en esta casa.

Ahí es donde ensayamos la primera vez, con la servilleta de las reglas sobre la mesa y las escenas que no salían.

Así que no me sorprendió que fuera la cocina la que nos encontrara de pie, frente a frente, con la luz apagada y la de Sevilla entrando por la ventana.

—Es para el plan —dijo Carla, con la voz apenas un hilo.

—Es para el plan.

Me acerqué. O no me acerqué yo: la cocina se me quedó pequeña, y el metro que nos separaba se convirtió en nada antes de que yo decidiera moverme.

El beso empezó técnico, como un ensayo: la boca en su sitio, la mano en su nuca, la postura de los que saben lo que hacen. Debió de ser el beso más correcto de mi vida, el de los manuales, el de las escenas donde no pasa nada.

Se acabó el manual en dos segundos.

Carla se quedó inmóvil un momento, como quien espera a que se termine un trámite.

No se terminó. Se le escapó un sonido, mitad suspiro mitad quejido, y el sonido me entró por la boca y bajó por todo el cuerpo, y el beso dejó de ser técnico y se convirtió en otra cosa.

La mano que tenía en su nuca se le subió al pelo.

La suya me apretó la camisa, con los dedos enganchados en la tela como quien se agarra a algo que se cae.

Durante un momento, el plan, Cristóbal, Adrián y las tres reglas dejaron de existir.

Solo quedamos ella, yo y el sonido de los dos respirando.

No sé cuánto duró. No sé si fueron diez segundos o si la noche entera se nos fue en ese beso.

Solo sé que cuando nos separamos, los dos respirábamos con el jadeo de una carrera, con el corazón a mil y la cocina girando a nuestro alrededor.

—Eso... —dijo Carla, con la voz rota—. Eso era un ensayo.

—Era un ensayo.

Nos quedamos sin decir nada, con el aire entre los dos tan cargado que hasta la luz de la ventana parecía no atreverse a entrar.

—La regla uno —dijo Carla, sin mirarme, con la voz de quien recita algo para no pensar en lo que acaba de pasar—. No besarse de verdad.

—No nos hemos besado de verdad.

—No.

—Ha sido un ensayo.

—Los ensayos no cuentan.

—No cuentan.

La servilleta de las reglas seguía en el bolsillo del vestido azul, con las tres líneas de mi letra arrugándose. Carla no la sacó. Quizá porque sabía que una de las líneas ya no valía, o quizá porque no quería verla.

En la historia que les contamos a los de siempre en el bar, el primer beso había pasado en la cocina de mi casa, con ella preparando algo de cenar y yo llegando por detrás. Nunca pensé que la historia se fuera a cumplir.

Carla no dijo nada más. Contó hasta diez en silencio, o eso pareció, y cuando volvió a hablar lo hizo con la voz de quien ya ha decidido.

Se agachó a por los zapatos. Se los puso despacio, como quien se arma de valor, y se quedó un momento en la puerta, de espaldas.

—Me voy.

—Te llevo.

—No hace falta. —Carla se giró, con una sonrisa de las que no llegan a ninguna parte—. Esta noche es mejor que no me lleves.

Se fue, y no cerró de golpe: cerró despacio, con cuidado, como quien no quiere despertar lo que acaba de dejar dentro.

Me quedé en la cocina, con la luz de Sevilla entrando, el recuerdo del beso todavía caliente en la boca y la servilleta de las reglas a tres calles, guardada en el bolsillo de un vestido azul. ¿Desde cuándo un ensayo deja las manos vacías y el pecho lleno?

Me tumbé en la cama sin encender las luces, con los brazos cruzados bajo la cabeza y los ojos abiertos. El techo estaba donde siempre. Yo no estaba donde siempre. En algún sitio entre la cocina y la cama, la regla uno había dejado de ser una regla para convertirse en un recuerdo.

A las ocho de la mañana me desperté con el sabor del beso todavía en la boca y la certeza de que no había dormido nada. El techo seguía donde siempre. Yo no.

El móvil tenía un mensaje de Carla.

¿Desayunamos? Tengo que hablar contigo. No es nada malo. O sí. No sé.

Le contesté que sí antes de terminar de leerlo. Me duché, me puse una camiseta limpia y bajé a la cocina con el pelo mojado y el corazón haciendo un ruido que no era normal.

Carla llegó a las nueve con dos cafés y una bolsa de churros. Llevaba el pelo suelto y la cara de la que no ha dormido, y aun así era la mujer más guapa de Sevilla.

—Churros —dijo—. Para las conversaciones difíciles.

—¿Es difícil?

—No lo sé. —Dejó la bolsa en la encimera—. Depende de ti.

Nos sentamos en la terraza, con los cafés y los churros entre los dos, y durante un rato no hablamos de nada. Del tiempo. Del rodaje. De una vecina que había puesto una maceta en el sitio equivocado. Carla se comió tres churros y yo la miré como un idiota.

—Anoche —dijo por fin.

—Anoche.

—Fue un ensayo.

—Ya.

—Lo digo en serio, Manu. —Me miró—. Fue un ensayo. Los ensayos no cuentan.

—No cuentan.

—Bien.

—Bien.

Nos quedamos callados. Carla mojó un churro en el café y lo dejó ahí, sin comérselo.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —dije.

—Depende.

—¿Te gustó?

Carla se quedó con el churro a medio camino.

—Manu.

—Es una pregunta simple.

—No es simple. —Dejó el churro—. Es la pregunta más complicada del mundo.

—¿Por qué?

—Porque si digo que sí, esto se complica. Y si digo que no, miento. —Se pasó la mano por el pelo—. Y yo no quiero mentirte.

—Ya me has mentido. Durante tres meses.

—Eso es distinto. Eso era el trabajo.

—¿Y esto qué es?

Carla no contestó. Se quedó mirando Sevilla desde la terraza, con el café entre las manos y una arruga entre las cejas que no le había visto nunca.

—Esto es lo que pasa cuando dos amigos fingen ser novios —dijo—. Que un día uno de los dos se cree el papel.

—¿Y quién se lo ha creído?

—No lo sé. —Me miró—. Por eso he venido.

Nos quedamos en silencio. Un pájaro se posó en la barandilla, nos miró y se fue. Abajo, en la urbanización, alguien regaba un jardín.

—Podemos parar —dije.

—¿Parar qué?

—El trato. Si quieres.

Carla se quedó quieta.

—¿Tú quieres?

—No.

—Entonces no lo paramos.

—Pero tú...

—Yo tampoco. —Se levantó—. Pero necesito que las reglas sigan claras. Si vamos a seguir con esto, las reglas siguen. La una, la dos y la tres.

—Las reglas.

—Las reglas. —Me miró—. Porque si las rompemos, Manu, no sé qué queda.

Me levanté. Nos quedamos a un paso, con la mesa de la terraza entre los dos y los churros enfriándose.

—Vale —dije—. Las reglas.

—Vale.

Carla cogió su café, se giró y se fue hacia la puerta. En el umbral se detuvo.

—Por cierto.

—¿Qué?

—Sí. —Se giró con una sonrisa pequeña—. Sí me gustó.

Se fue antes de que pudiera contestar.

Seguí en la terraza, con el café frío y una sonrisa que no me cabía en la cara. Había dicho “sí”. Había dicho “sí me gustó” y luego había dicho “las reglas” y se había ido, y yo no sabía si aquello era una promesa o una condena.

Entré en la cocina. En la mesa estaba la servilleta de las reglas, la que Carla se había dejado la noche anterior.

La desdoblé. “No besarse de verdad. No ponerse celosos. No enamorarse.” Leí las tres líneas y me di cuenta de que la primera ya estaba rota, la segunda estaba a punto y la tercera me estaba mirando desde el papel con una sonrisa de mala idea.

Había contado. Había contado muchísimo.