Luces, cámara y... ¿Amor? (Urbanización Simón Verde nº 3) Capítulo 9. La boda
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Capítulo 9. La boda

La boda

Tres días antes de la boda, Mercedes me llamó para que fuera a ayudar con el plano de mesas.

Lo dijo con la autoridad de quien no está pidiendo un favor, sino anunciando una obligación familiar, y yo, que llevaba un mes fingiendo ser el novio perfecto, me presenté en su casa a las seis de la tarde con una camisa planchada y la sensación de estar a punto de hacer un examen.

La mesa del comedor estaba cubierta de cartulinas, lápices, una botella de vino a medio abrir y una lista de invitados que parecía el censo de media Nervión.

Mercedes tenía el plano de la finca, Lucía tenía el móvil pegado a la oreja y don Álvaro estaba en el sofá, con el periódico, en la única silla que nadie se atrevía a ocupar.

—Tú te sientas aquí —me dijo Mercedes, señalándome una silla—. Y no te muevas hasta que esto esté cerrado.

—¿Y si tengo una idea?

—La dices. Si es buena, la apunto. Si es mala, te callas.

Lucía colgó el teléfono con un suspiro.

—La floristería quiere cambiar las peonías por hortensias. Dice que las peonías no aguantan el calor.

—Que se aguanten ellas —dijo Mercedes.

—Mamá.

—Es un decir.

Me senté. Durante la hora siguiente aprendí más de la familia de Carla que en los tres meses anteriores: que Mercedes tenía una opinión sobre cada invitado, que Lucía había heredado el gen del dramatismo, que don Álvaro solo intervenía para decir “no” y que, cuando decía “no”, la conversación había terminado.

—¿Y Adrián? —preguntó Mercedes, con el lápiz en el aire—. ¿Dónde lo ponemos?

El nombre cayó sobre la mesa como una copa mal colocada.

—En la mesa de sus padres —dijo Lucía—. Como siempre.

—¿Y Carla lo sabe?

—Carla sabe que Adrián existe. —Lucía me miró un segundo—. Y sabe que va a estar.

Mercedes apuntó el nombre en la cartulina con una caligrafía de colegio de monjas y siguió con la lista, con la cara de quien acaba de resolver un problema de logística y no de corazón.

A las siete, Carla bajó de su cuarto con el vestido de la boda a medio abrochar y el pelo recogido en un moño que se le estaba deshaciendo por detrás.

—Mamá, necesito que me abroches.

—Estoy con las mesas.

—Pues que me abroche Manu.

Mercedes levantó la vista, me miró y luego miró a su hija.

—Manu, ve. Y no me la despeines.

Subimos al cuarto de Carla. Era una habitación de otra época: la cama con dosel de hierro, las paredes llenas de fotos, un piano vertical que ya no se tocaba y un armario abierto con más vestidos de los que una mujer puede ponerse en una vida.

Olía a lavanda y a ropa planchada, y en la pared había una foto de Carla con coletas, disfrazada de árbol, con la cara de quien acaba de descubrir que el mundo no está hecho para ella.

—No mires eso —dijo Carla.

—Es mi foto favorita.

—Es mi foto más humillante.

—Es la misma cosa.

Se puso delante del espejo, de espaldas a mí, y yo le subí la cremallera despacio, con las manos torpes y la respiración demasiado alta. El vestido era azul, del color de sus ojos, y le quedaba tan bien que daba rabia.

—¿Vas a estar mañana? —preguntó, sin mirarme en el espejo.

—Voy a estar.

—No te lo pregunto como parte del trato.

—Ya lo sé.

Carla se giró. Tenía los ojos brillantes y el labio mordido, y pareció más pequeña que nunca, más de verdad que nunca.

—Adrián va a estar —dijo—. Y mi madre va a hacer que no. Y mi padre va a mirarle con la cara de que le debe dinero. Y yo voy a tener que sonreír delante de todo Nervión y hacer como que no me importa.

—¿Y te importa?

—Me importa que voy a estar delante de él con el hombre que amo y no voy a poder decirlo.

La frase se quedó entre los dos. Carla se dio cuenta de lo que había dicho y abrió la boca para corregirlo, pero no le salió nada.

—Como parte del trato —dijo por fin—. Quería decir como parte del trato.

—Claro.

—Manu.

—Claro.

No insistí. No porque no quisiera, sino porque tenía miedo de que me dijera que sí y de que me dijera que no, y las dos cosas me daban el mismo pánico.

Bajamos al comedor. Mercedes había decidido que yo me sentaría en la mesa principal, entre Carla y Lucía, y que daría un discurso breve.

—¿Un discurso? —dije.

—Corto. Dos minutos. Nada de chistes.

—¿Y si soy gracioso?

—No lo seas.

Don Álvaro levantó la vista del periódico.

—Déjelo que hable. Si sale mal, los invitados tendrán algo que contar.

—Álvaro.

—Es un decir.

Esa noche, cuando me iba, Carla me acompañó a la puerta. La calle olía a azahar y a frío, y las ventanas de Nervión estaban encendidas como un belén.

—Mañana es la boda de mi hermana —dijo—. Y no quiero estropearla.

—No la vas a estropear.

—No me refiero a la boda. Me refiero a mí. —Se abrazó—. Llevo semanas pensando en lo que voy a sentir cuando lo vea. Y ahora que estás tú, lo único que me da miedo es sentir demasiado.

—¿Y eso es malo?

—Es peligroso.

—Carla.

—No me lo digas —me cortó—. Todavía no. Mañana, si quieres, después de la boda. Pero no aquí, en la puerta de mi madre, con mi padre mirando por la ventana.

Me giré. Don Álvaro estaba en el salón, con el periódico, perfectamente quieto. No miraba. O eso creía él.

—Vale —dije—. Mañana.

Carla me dio un beso en la mejilla, uno de los de verdad, de los que no se ensayan, y cerró la puerta despacio.

Me quedé en la calle, con el frío de diciembre en la cara y una certeza que me pesaba como un saco de cemento: no iba a poder esperar a mañana. Ni al trato. Ni a las reglas. Ni a nada.

—Voy a estar —dije, para mí, para ella, para la calle vacía—. Y no voy a estar actuando.

Carla y yo llegamos a la hacienda cuando ya estaban cerrando el altar, con los últimos invitados entrando por el arco de flores blancas y Sevilla puesta de gala, dueña de la tarde.

La finca era de las de postín: paredes encaladas, naranjos en los patios, más manteles de hilo que gente.

Carla llevaba un vestido azul que no le había visto nunca y el pelo recogido, y me apretó la mano antes de que empezara la música.

—¿Listo? —dijo.

—Nací listo.

—Pues no me falles. —Carla sonrió, y me di cuenta de que esa sonrisa no era para mí: era para los que nos miraban—. Es la boda de mi hermana y no pienso llorar.

—¿Quién ha dicho que vayas a llorar?

—Mi madre, en cuanto suene la música.

Lucía entró con un vestido que le ocupaba media capilla y una sonrisa que le ocupaba el resto. Carla la vio pasar y se le mojaron los ojos. Solo un momento, el tiempo de parpadear, pero lo vi: la hermana pequeña emocionándose con la mayor. No estaba actuando. Eso lo hacía mejor que ninguna escena.

—¿Vas a llorar? —le dije por lo bajo.

—Ni loca. —Carla se sonó la nariz—. Si lloro, me hundo el maquillaje y el plan.

—¿Y si lloras?

—Pues lloro de verdad, y entonces nadie se va a creer que soy actriz.

Carla rió, con la nariz todavía un poco roja, y durante un momento fue la Carla de siempre, la de antes de los vestidos y los planes.

Luego sonó la música de Lucía y se le encendieron los ojos otra vez, y yo me quedé mirándola en lugar de mirar a la novia, que es una de las cosas que me habría delatado si alguien me hubiera estado mirando a mí.

Alguien, una señora de las de dos besos, nos paró a mitad del cóctel.

—¿Y vosotros para cuándo? —dijo, mirándonos como quien mira un pastel a punto de servir.

—Cuando ella diga —dije.

—¿Y tú qué, Carla? ¿Lo tienes pensado?

—Lo estoy pensando. —Carla me miró con esa sonrisa suya de las que dicen una cosa y guardan otra—. Aún no he decidido si me lo merezco.

La señora se fue encantada, contando por ahí que el famoso y la hija de los Pérez estaban a punto de casarse. Nosotros nos miramos, y los dos pensamos lo mismo: que la mentira se nos estaba yendo de las manos, y que la estábamos dejando ir.

Un chaval de quince años nos interceptó a mitad del cóctel con el móvil en la mano y la cara de los que van a presumir de esto toda la semana.

—Primo, ¿nos hacemos una foto?

—Claro.

El chaval se puso entre nosotros, Carla se pegó a mí y sonrió con la soltura de la novia, y yo le puse la mano en el hombro con una naturalidad que ya no me salía de los ensayos. El chaval se fue con la foto y con la historia de que Manuel Casas era su cuñado.

—Mentira —dijo Carla.

—¿El qué?

—Que sonrías tan bien. —Carla me miró—. Eso se nota cuándo es de verdad y cuándo es para la foto.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque para la foto se sonríe con la boca. —Carla me miró un segundo—. De verdad se sonríe con todo.

La música empezó a sonar una de esas de baile lento, y Carla me cogió de la mano sin pedir permiso.

—Baila conmigo —dijo—. Delante de él.

—¿Para qué?

—Para que vea que no te tengo miedo.

La llevé a la pista con la mano en su cintura y la otra entre los dedos, y durante tres minutos fuimos la pareja perfecta: la que se mira, la que se sonríe, la que no necesita hablar. Lo hacíamos tan bien que hasta nosotros lo creímos.

—¿Me estás mirando como me miras o como me mirarías? —dijo Carla, con la voz cerca de mi cuello.

—No lo sé —dije, y era de las pocas veces que no estaba mintiendo—. Llevo un mes sin saberlo.

La música seguía, y la pista se nos quedó vacía de repente, o se vació el mundo, que viene a ser lo mismo. Yo tenía la mano en su espalda y la sentía respirar, y ella tenía la mejilla en mi hombro, y se me olvidó que la boda era de Lucía y que Adrián estaba a dos pasos.

—¿Estás bien? —dijo Carla, con la voz en mi cuello.

—Estoy donde toca.

—No. —Carla levantó la cabeza y me miró de cerca, tan de cerca que la boda entera desapareció—. Estás donde no toca. Y yo también.

No me solté. Tampoco ella. Seguimos bailando hasta que la canción acabó, y los dos sabíamos que algo se nos acababa de ir de las manos.

Entonces lo vi.

Adrián estaba al otro lado del patio, con una copa en la mano y el traje claro de los que no necesitan vestirse para ser el centro.

Su mundo estaba alrededor: la gente de Nervión, los saludos de dos besos, las risas que no significan nada.

Se movía por la boda con la autoridad de ser suya, que es lo que pasa con los que nacieron en el mismo sitio que la novia.

Entonces la vio.

No lo hizo de golpe. Levantó la vista, la encontró, y se quedó mirándola un segundo más de lo que se mira a una invitada. Yo lo vi. Luego miré a Carla, y vi que Carla lo había visto a él, y que le había devuelto la mirada un segundo más de lo que se devuelve a un desconocido.

Algo se me revolvió dentro, en un sitio que no sabía que tenía.

—¿Qué pasa? —dijo Carla.

—Nada. —Le solté la cintura con más brusquedad de la que pretendía—. Que hay que saludar a la gente.

Adrián se acercó a los cinco minutos, con la sonrisa del que ha esperado el momento justo.

—Manuel Casas. —Me tendió la mano, y me la estrechó con una firmeza de las que se estudian—. Adrián Villanueva. Soy amigo de la familia.

—Encantado.

—Yo a usted lo he visto en todas partes menos en su casa. —Adrián sonrió, con una sonrisa de las que no llegan a los ojos—. La verdad, no sabía que usted y Carla... —Hizo un gesto con la copa, señalándonos a los dos—. Qué sorpresa tan agradable.

—Para mí también —dijo Carla.

—Ya me imagino. —Adrián la miró, y en la mirada llevaba más cosas de las que decía—. Carla y yo nos conocemos de hace mucho.

—Sí —dijo Carla, y la voz le salió neutra, de las que se trabajan—. Hace mucho.

Adrián sonrió, y el “hace mucho” le supo a gloria.

—Carla siempre ha sido de las que se van. —Adrián me miró a mí al decirlo—. Hasta que alguien la hace quedarse. ¿No le parece, Casas?

—No sé —dije—. Yo solo sé que hace un mes que no se va a ninguna parte.

Adrián asintió, con una sonrisa de las que no se ganan ni se pierden, y se inclinó para darle dos besos a Carla. Yo, a dos pasos, vi la mano con la que le apretó el antebrazo, con una confianza que no se le aprieta a una ex delante de su novio.

Adrián le dijo algo a Carla al oído. Carla se quedó congelada, con la sonrisa puesta y los ojos sin reírse.

Yo no oí lo que le dijo. Vi el gesto: la boca pegada a su oído, la mano en su antebrazo, la sonrisa de Adrián al separarse. Y vi a Carla, quieta, con esa cara de la que acaba de recibir una noticia que no quería.

—¿Qué te ha dicho? —le pregunté cuando Adrián se perdió entre la gente.

—Nada. —Carla sonrió, y la sonrisa le llegó a la boca pero no a los ojos—. Cosas de la familia.

Carla se giró y se metió entre los invitados como quien necesita aire. Yo me quedé en el patio, con la copa en la mano y la frase que no había oído dentro de la cabeza, dando vueltas.

No oí lo que le dijo. Pero vi cómo se le quedaba la cara. Y lo que vi no era “cosas de la familia”.