Capítulo 8. Un mes
Un mes
Cristóbal llamó a las nueve de la mañana, que no es hora de buenas noticias sino de malas con el café a medio hacer. Pero esta vez, cuando contesté, había en su voz algo que no le había oído en trece años: la alegría de un plan que sale bien.
—Vicente Salas ha firmado —dijo, con la pausa del que sabe que está dando la noticia de mi vida—. La marca ha firmado. Los dos contratos, Manu. El papel de tu vida es tuyo.
Me quedé con el teléfono en la mano, con la cocina de Simón Verde a mi alrededor y la noticia que llevaba años esperando sentada en el centro del pecho, sin saber muy bien qué hacer con ella.
—¿Y Carla? —dije.
—¿Carla? —Cristóbal se rió por lo bajo—. Mira quién pregunta primero por ella. Carla tiene una llamada pendiente. La producción de la serie nueva quiere verla. La visibilidad del estreno le ha abierto la puerta, Manu. Como te dije que haría.
—¿Qué serie?
—Una de época. De las de vestuario bonito y diálogos que se recitan de memoria. —Hizo una pausa—. Le han dado el papel de la hermana. Con nombre, con peso, con veinte capítulos por delante.
Con nombre. No “tres líneas”. Eso fue lo que me quedó dando vueltas mientras colgaba, con la noticia de mi vida en una mano y la de Carla en la otra, y las dos pesando distinto.
El papel de mi vida. El que había perseguido durante años, el que me iba a convertir en actor de verdad, el que había conseguido mintiendo. Debería estar llamando a mi madre, a los de siempre, a todo el mundo. En lugar de eso, estaba pensando en cómo se lo diría a Carla.
Eso, si hubiera sido honesto, ya me habría dicho algo. No lo fui.
Colgué y la llamé. Le conté lo de la serie, lo de los contratos, lo del papel con nombre. Carla se quedó tan callada al otro lado que pensé que se había cortado la llamada.
—¿Carla?
—Estoy aquí —dijo, con la voz rara—. Es que no me esperaba... —Hizo una pausa—. ¿Lo de la serie es de verdad?
—Cristóbal no se inventa los contratos. Solo se inventa las historias para conseguirlos.
Carla se quedó en silencio. Luego dijo, con una voz que no era de actriz:
—Sabes que esto es por la mentira, ¿no? El papel, la serie, todo. Porque aparecí en el estreno del brazo de Manuel Casas.
—No me lo recuerdes.
—Lo digo porque... —Carla hizo una pausa—. Porque no sé si me lo merezco.
—¿Merecerte lo que te has currado durante años? —dije—. Carla, te han dado el papel porque te vieron. La mentira te abrió la puerta. La que va a tener que mantenerla abierta eres tú.
Carla no dijo nada. Cuando volvió a hablar, la voz le sonaba a otra cosa.
—Pues brindamos —dijo.
—Tengo champán.
—No me digas que el famoso tiene champán en casa.
—El famoso tiene de todo en casa menos a alguien con quien brindar.
Carla rió. En esa risa, la de la que por fin se cree algo, me di cuenta de que hacía tiempo que no la oía reírse de esa manera.
Se quedó callada otra vez, y yo también, y el silencio duró lo que duran los silencios que dicen demasiado.
—Voy para allá —dijo Carla.
Carla llegó a las nueve de la noche, y resultó que el famoso no tenía champán, que me tocó bajar a la gasolinera de la urbanización a por una botella, que no es una imagen muy digna del soltero de oro de Sevilla pero es la verdad.
Subimos a la terraza, con Sevilla a nuestros pies y las luces de la ciudad encendiéndose una a una, y brindamos.
—Por el plan —dijo Carla.
—Por el plan.
—Por los contratos.
—Por los contratos.
—Y por la serie. —Carla levantó la copa y la miró un momento, con la luz de Sevilla dentro del champán—. La primera vez que me dan un papel con nombre.
Bebimos. En el silencio que vino después, con las copas entre los dedos y la ciudad abajo, tuve una idea que no quería tener: que el brindis no sabía a negocio. Sabía a primera cita.
Nos quedamos sin palabras, con el aire entre los dos más cerca de lo que el guion permitía. Carla bajó la copa y se quedó mirando las luces de Sevilla, y pensé que iba a decir algo, y ella debió de pensar lo mismo de mí, porque ninguno de los dos dijo nada.
—Esto se nos está poniendo difícil —dijo Carla por fin, sin mirarme.
—¿El qué?
—Esto. —Señaló el aire entre los dos—. El plan.
No supe qué contestar. Tenía razón, y no tener qué contestar era parte de la razón.
Un mes de mentira pesa más de lo que parece.
Un mes de citas en las puertas de los cines, de manos cogidas cuando tocaba y sueltas cuando no, de “cariño, ¿me pasas la sal?” dicho para la cámara y guardado cuando no había cámara.
Un mes de fotos para las revistas, de cenas en sitios bonitos que pagaba Cristóbal y de despedidas en la puerta de mi casa que se iban haciendo cada vez más largas.
Un mes de darme cuenta de que era la primera persona a la que llamaba cuando me pasaba algo, y de no querer pensar en lo que eso significaba.
En todo ese mes no se nos había escapado nada. O eso nos decíamos.
Carla debió de notar algo en mi cara, porque sacó la servilleta del bolsillo, la que llevaba un mes de arrugas encima, y la puso sobre la barandilla de la terraza.
—Reafirmemos las reglas —dijo—. En serio, esta vez.
—¿Y no las habíamos reafirmado en serio la primera vez?
—La primera vez no sabíamos lo que nos esperaba. —Carla desplegó la servilleta y leyó las tres líneas en voz alta, despacio, como quien reza antes de una tormenta—. Regla uno: no besarse de verdad. —Hizo una pausa—. Regla dos: no ponerse celosos.
—Regla tres —dije—. No enamorarse.
Nos quedamos los dos mirando las tres líneas escritas con mi letra de actor, con Sevilla a los pies y el viento de la terraza moviéndole los bordes.
—A la regla uno —dijo Carla, levantando la copa.
—A la regla uno.
—A la regla dos.
—A la regla dos.
—A la regla tres. —Carla me miró por encima de la copa—. A la que no vamos a incumplir.
—A la que no vamos a incumplir —repetí, y la voz me salió más rara de lo que me habría gustado.
Bebimos. Los dos. Hasta el fondo. Por un momento pensé que era la primera vez en mi vida que bebía hasta el fondo de una mentira.
Carla me miró, y en sus ojos había algo que no le había visto antes y que no me dejó respirar. Se me ocurrió entonces que llevaba un mes entero ensayando cómo mirarla, y que acababa de descubrir que no hacía falta ensayar.
La servilleta volvió al bolsillo de Carla, con más arrugas todavía. Las reglas seguían siendo tres. El problema era que la regla dos llevaba rota desde el estreno y la tres llevaba días llamando a la puerta sin que ninguno de los dos quisiera abrir.
Nos habíamos atado a la barandilla. Lo que no sabíamos era que el viento ya estaba llegando.
Carla se quedó un momento con la vista en Sevilla. Luego, sin mirarme, dijo:
—La boda es el sábado.
—Lo sé.
—Adrián estará allí.
—Lo sé.
—Y vas a tener que verme con él delante, y a él conmigo, y a toda su familia mirándonos. —Carla se giró—. ¿Seguro que quieres hacer esto?
La miré. Con las luces de Sevilla detrás, el champán a medio terminar y las tres reglas en su bolsillo, la miré como llevaba días mirándola sin querer darme cuenta.
—Pues que se prepare —dije.
—¿Para qué?
—Para ver cómo se le queda la cara cuando te mire como yo te miro.
Me corté. La frase me había salido sin pasar por los ensayos, directa del sitio donde no se ensaya, y los dos lo habíamos oído.
Carla no dijo nada. Se quedó mirándome, con Sevilla de fondo, la copa a medio camino y la servilleta de las reglas guardada en el bolsillo.
Supe, con una certeza que no venía de ningún guion, que ya no era un personaje.