Luces, cámara y... ¿Amor? (Urbanización Simón Verde nº 3) Capítulo 7. La familia
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Capítulo 7. La familia

La familia

Nervión huele a dinero que no hace falta decirlo.

Calles anchas, coches aparcados en doble fila, casas con macetas en la puerta y más metros cuadrados que secretos.

La casa de Carla es de las de toda la vida: un piso alto con balcón a la avenida, muebles que no se han movido en cuarenta años y una foto de boda en el recibidor que ya ha visto pasar a tres generaciones.

Carla me avisó antes de llamar al timbre.

—Mi madre va a alucinar. Mi padre va a estar serio. Y Lucía va a estar mirándonos con una sonrisa que lo sabe todo. ¿Listo?

—¿Listo para qué?

—Para la actuación de tu vida.

—No me lo tomes a mal —dije—, pero he hecho de novio enamorado delante de toda Sevilla. Esto es un salón con tres personas.

—Tú no conoces a mi madre.

Doña Mercedes abrió la puerta antes de que Carla terminara de llamar, que es lo que hacen las madres que llevan toda la vida esperando en la puerta. Me miró un momento, con los ojos como platos, y luego lo soltó, con la voz de quien no da crédito:

—¡El Manuel Casas en mi salón!

—Encantado, señora.

—¡Mercedes, por Dios! —Me cogió de las manos con la desconfianza de que le iba a robar—. Carla, ¿por qué no me has dicho que el novio era Manuel Casas?

—Porque entonces no habrías parado de preguntar.

—¡Pues no habría parado! —Mercedes me arrastró hacia el salón—. Pase, pase. ¿Le gusta el café? ¿Le gustan los pestiños? Aquí se come de verdad, no como en esos sitios de famosos.

Don Álvaro estaba sentado en el sofá con el periódico en la mano y la actitud de los que no se levantan por nadie. Me miró por encima de las gafas, me midió de arriba abajo y me dijo, con una voz que no era de saludo sino de veredicto:

—¿Y usted a qué se dedica, además de salir en las revistas?

—A actuar, señor.

—¿Y eso da de comer?

—Da. —Le sostuve la mirada—. Y a veces hasta da para una casa en Simón Verde.

Don Álvaro no sonrió. Pero tampoco volvió a mirarme por encima de las gafas, que en su idioma era un aprobado.

Lucía apareció en ese momento, con el pelo recogido, los pendientes de oro y una sonrisa que lo sabía todo antes de que yo dijera nada.

—El famoso —dijo, tendiéndome la mano—. Yo soy Lucía. La hermana, la futura novia y la que va a tener que aguantar la boda con el ex de mi hermana de invitado.

—Lucía, por favor —dijo Carla.

—¿Qué? Es verdad. —Lucía se sentó con la naturalidad de la que manda en su casa—. ¿Y tú? ¿Vienes de verdad a comer o vienes a que te vean comer?

Mercedes nos sirvió café, pestiños y tres preguntas por cucharada.

Que si mi familia era de Sevilla, que si mi madre cocinaba, que si yo era de los de “una casa, un hijo y un perro” o de los de “vivo en el aire”.

Carla me miraba desde el otro lado de la mesa con una mezcla de pena y de risa contenida.

Entonces me enseñaron la casa. No me la enseñaron ellos: me la enseñó Carla, que es distinto. Primero el salón, con un piano de cola que ocupaba media pared y una hilera de fotos encima.

—Ese era el piano de mi abuela —dijo Carla—. Tocaba de maravilla. Mi madre dice que yo iba a ser la continuación.

—¿Y qué pasó?

—Que me dieron un papel en la obra del colegio. —Carla sonrió con esa sonrisa suya de la que se ríe de todo y se calla lo importante—. Y nunca más volví a querer ser otra cosa.

—¿Y el piano?

—El piano es el plan que no seguí. —Carla se encogió de hombros—. En esta casa se habla de ello como se habla de un hijo que se fue a hacer las Américas y volvió con otra vida.

La pared de las fotos era un museo de Carla en miniatura: con coletas, en una comunión, disfrazada de árbol en una función del colegio. Carla señaló la del árbol:

—Tenía ocho años. Lloré porque no quería ser árbol.

—¿Y qué querías ser?

—La protagonista. —Carla soltó una risa breve—. Ya ves. Sigo igual.

En una foto de grupo, entre gente que no conocía, vi una cara que sí conocía: la de un hombre joven, con traje, al lado de una Carla de veinte años. Carla siguió mi mirada y lo dijo sin que se lo preguntara:

—Ese es Adrián. —Hizo una pausa más larga—. En esta casa tuvo sitio siete años.

No dijo nada más. No hacía falta. Me quedé mirando la foto un momento de más, con un nudo en la garganta que no quise mirar de cerca.

En el comedor, la mesa estaba puesta como para una boda: mantel de hilo, cubiertos de los buenos y un centro de flores que tenía pinta de haber salido de una película.

Me sentaron a la cabecera, que es lo que se hace con los invitados importantes.

Durante la sopa no pasó nada. Durante el segundo plato tampoco.

Con el segundo plato, Don Álvaro levantó la vista sin levantar la voz:

—¿Y qué planes tiene usted con mi hija?

Carla me miró desde el otro lado de la mesa, con los ojos pidiéndome que no dijera nada raro.

—Los mismos que tiene ella conmigo —dije, y fue la frase más verdadera que dije en toda la comida sin que nadie lo supiera.

Don Álvaro dejó el tenedor.

—¿Y cuáles son?

—Esos los sabe ella. —Miré a Carla—. Yo solo sé que me toca seguirlos.

Don Álvaro asintió, cogió el tenedor y siguió comiendo. No sé si fue aprobación, pero fue silencio, y en esa familia el silencio de Don Álvaro valía por un aplauso.

Entonces, con la tarta de manzana a medio servir, Mercedes soltó la frase que llevaba toda la comida esperando para salir:

—Carla siempre tan artista. —Mercedes le puso a su hija un trozo de tarta que ella no había pedido—. A ver si ahora sienta la cabeza.

Carla se tensó. Los dedos le apretaron la servilleta y la sonrisa se le quedó a medio camino.

Yo la había visto reírse delante de los flashes, delante de los periodistas, delante de los de siempre.

Pero no la había visto nunca así: callada, con la mirada en el plato y la risa en el sitio equivocado.

Entonces lo dije sin pensarlo.

—Carla es la mejor actriz que he visto. —Mercedes me miró. Don Álvaro me miró. Lucía dejó de mirar el móvil—. Y no lo digo porque sea mi novia. Lo digo porque la he visto hacer reír a un bar entero sin levantar la voz, y porque en un escenario va a llegar más lejos que todos nosotros juntos.

Silencio. Mercedes se quedó con el cuchillo suspendido sobre la tarta.

—Bueno —dijo por fin, con la voz más pequeña—. Eso está muy bien, hijo. Que la quieras así.

Nadie dijo nada más de artistas en toda la comida.

Después, Don Álvaro me alcanzó en el balcón con una copa de licor en la mano y el gesto de los que no hacen cumplidos.

—Lo que ha dicho de mi hija. —Con la vista en la calle—. No se lo había oído decir a nadie.

—Es la verdad.

—Ya. —Bebió un sorbo—. Por eso me ha sorprendido.

No dijo nada más. Pero se quedó a mi lado hasta que Carla vino a buscarnos, que en el idioma de los padres serios era como dar un abrazo.

En la puerta, cuando ya nos íbamos, Lucía me agarró del brazo con una sonrisa que no iba con la sonrisa.

—Adrián estará en la boda —me susurró, pegada a mi oído, con la complicidad de un secreto de familia—. Y mi hermana no es tan buena actriz como crees.

Se me heló la sangre. No el cuerpo: la sangre, que es distinto. Quise preguntarle qué quería decir, pero Lucía ya se había dado la vuelta y cerraba la puerta con la misma sonrisa de la que lo sabe todo.

Carla me esperaba en la acera.

—¿Qué te ha dicho?

—Nada. —Me recompuse, que es lo que hago cuando algo me toca el centro—. Que tenga cuidado con la boda.

Carla me miró un momento, con esa mirada de la que no se cree nada, pero no insistió. Nos fuimos andando por la avenida, con la tarde de Nervión a nuestro lado y la frase de Lucía dentro de la cabeza, sonando como una campana.

¿Qué había querido decir con “no es tan buena actriz como crees”? ¿Y por qué me lo había dicho a mí y no a ella?