Capítulo 6. Cervezas con los de siempre
Cervezas con los de siempre
El sábado siguiente al estreno llevé a Carla al bar de Pablo, el sitio donde los de siempre me conocen de antes de que existiera el personaje. La llevé cogida de la mano, que es lo que hacen las parejas, aunque a los dos nos costara acordarnos de que lo éramos.
Pablo nos vio entrar y dejó el trapo sobre la barra, que en Pablo es el gesto de máxima gravedad.
—El famoso se ha traído novia —anunció, con la sonrisa de los que van a pasárselo muy bien—. Y no es de las que miran la cartera. Atentos.
—Tú calla —le dije.
—No pienso callar. Esto es lo mejor que me ha pasado en el bar desde que Dani se cayó de la escalera.
Dani no dijo nada. Dani nunca dice nada. Pero levantó la caña, que es su manera de decir hola.
Carla se sentó en el taburete de al lado del mío y se puso cómoda con una naturalidad que no le había ensayado nadie, que es lo que hace la gente que no tiene nada que esconder, o que esconde muy bien.
—Vale, Carla —dijo Pablo, apoyándose en la barra como quien se apoya en una mesa de interrogatorio—. Seamos serios. Conocemos al famoso de toda la vida. Le olemos la mentira a distancia. Así que esto va a ser un interrogatorio y lo sabes.
—Pregunta.
—¿Desde cuándo os liáis?
—Tres meses —dijo Carla, sin pestañear—. En secreto.
—¿Y quién dio el primer paso?
—Él. —Carla me señaló con la barbilla—. Con una propuesta de tres meses que me hizo mucha gracia.
Los de siempre se miraron entre ellos. La propuesta de tres meses era la mitad de la verdad, y Carla la había servido con la generosidad de un postre entero. Pablo iba a seguir preguntando, pero Dani se le adelantó, que es raro que Dani se adelante a nadie, pero cuando habla va a lo importante:
—¿Y el primer beso?
Silencio.
Carla y yo nos miramos. La servilleta de las reglas estaba en el bolsillo de su pantalón, y el primer beso que íbamos a contar no había pasado nunca. La regla uno, la de los labios prohibidos, flotando delante de tres testigos que la conocían de toda la vida.
—Fue en mi casa —dijo Carla, sin inmutarse—. En la cocina. Yo estaba preparando algo de cenar y él llegó por detrás... —Carla hizo una pausa, me miró con una sonrisa que no le había visto nunca—. y me besó con la urgencia de quien llevaba años queriéndome.
—¿Y a ti qué te pareció? —dijo Pablo.
—Que había tardado demasiado.
Los de siempre se rieron con Carla, que es la mejor señal que puede dar un grupo de amigos que te conoce de antes de la fama: aceptar que la que se sienta a tu lado es de los suyos.
Yo me quedé callado, porque Carla acababa de improvisar el primer beso de nuestra relación de mentira con una verdad que no me había contado nunca.
—¿Y de dónde os conocisteis? —dijo Pablo, que no pensaba soltar el trapo.
—En un evento benéfico —dijo Carla, con la historia de Cristóbal tan aprendida que hasta yo me la creí—. Hace seis meses. Fue un flechazo discreto.
La miré. Se había aprendido el guion de memoria, mejor que yo, que soy el que cobra por memorizar guiones.
—¿Y qué desayuna ella? —le preguntó Pablo a Javi en voz baja, pero mirándome a mí.
—Café con leche y una tostada con tomate —dije, sin pensarlo—. Y si hay prisa, no desayuna, que es una manía suya que no hay quien le quite.
Carla se quedó callada. Un momento nada más, pero algo se le quedó en la cara, de esas cosas que no se dicen. Le acababa de decir lo que desayuna la niña de Nervión con la misma seguridad con que me sé mis frases de los rodajes, sin mirar el guion, y los dos lo habíamos oído.
—Eso no te lo he enseñado yo —dijo Pablo, con una sonrisa de las suyas—. Eso se sabe o no se sabe.
—¿Y esto va en serio? —preguntó Pablo, y no era el Pablo de siempre, era el que lo ha visto todo en su bar—. ¿O es puro teatro para la prensa?
Carla y yo cruzamos una mirada que solo los dos sabíamos leer.
—Va en serio —dijo Carla, sin mirarme—. Más en serio de lo que yo misma me creo.
Nadie dijo nada. La frase se quedó flotando en el bar como las de verdad, las que no se ensayan.
La hora siguiente fue de las buenas. Pablo puso tapas que olían a los domingos de toda la vida, Carla le siguió el juego en cada pregunta, se enredó con Dani en una discusión sobre una serie que solo veían ellos dos y le ganó a Javi una apuesta de cañas con una sola broma, de las que solo funcionan cuando conoces a alguien de verdad: le dijo que era incapaz de estar cinco minutos sin mirar el móvil, y Javi, que es electricista y jura que el móvil no le manda, lo miró cuatro veces en tres minutos.
Mientras la veía, me di cuenta de una cosa: Carla era la única persona del mundo que cabía en los dos sitios. En la alfombra roja del estreno, donde los flashes la devoraban, y en el bar de Pablo, donde nadie pide autógrafos. La única que no tenía que elegir.
—¿Y vosotros qué, cuándo os casáis? —dijo Pablo, con la tercera caña ya puesta.
—Cuando el famoso aprenda a no ser tan celoso —dijo Carla.
Me atraganté con la cerveza.
—¿Celoso? —dije, con la voz rara—. Yo no soy celoso.
—Claro que no. —Carla me miró con esa mirada de la que se lo sabe todo—. Ni siquiera en el estreno, cuando aquel director me estuvo rondando toda la noche.
Ahí me atraganté de verdad, y los de siempre se rieron de mí, que es lo que hacen los de siempre cuando el famoso hace el ridículo. Solo Javi no se rió. Javi se quedó mirándome con una sonrisa rara, de las que no dicen nada y lo dicen todo, y se levantó.
—Voy a por otra caña —dijo—. ¿Manu?
Era una invitación, de las que no se hacen con la voz. Me levanté y lo seguí hasta la barra, lejos de la mesa.
Javi se apoyó en la barra, con la caña en la mano, y sin mirarme dijo:
—Tú no estás actuando, tío.
Me dejó con la palabra a medias.
—¿Perdona?
—A esa no le estás vendiendo la moto. —Javi me miró, y los ojos de los que han visto de todo sin asustarse pesaban más que cualquier crítica—. Se te ve.
—¿El qué se me ve?
—Lo de siempre. —Javi se bebió la caña de un trago, como quien cierra un caso—. Que llevas toda la tarde sin dejar de mirarla.
Quise decirle que se equivocaba, que era la mejor actuación de mi vida, que el plan de Cristóbal funcionaba a la perfección. Pero Javi no era Pablo: a Javi no se le vendía la moto ni actuando.
—No sé qué decirte —dije por fin.
—No tienes que decirme nada. —Javi me dio una palmada en el hombro—. Solo quería que lo supieras tú.
Volvió a la mesa, con la caña vacía y el paso tranquilo de los que no necesitan que nadie les dé la razón. Yo me quedé en la barra, con la certeza de que mi mejor amigo tenía razón y la sensación de que acababa de enterarme de algo que no estaba preparado para saber.
La puerta del bar se abrió y entró una mujer con un abrigo rojo y una risa que Pablo conocía. Se llamaba Marisa, había sido su mujer durante doce años y llevaba otros dos sin aparecer por el bar. Pablo se quedó con el trapo en la mano, a medio camino entre la barra y la botella.
—Buenas noches —dijo ella—. ¿Todavía sirves?
—Hasta las dos —dijo Pablo—. Como siempre.
Marisa se sentó en la barra, a dos taburetes de mí. Detrás de ella entró un hombre con gafas y pinta de no haber pisado un bar de barrio en su vida.
—Este es Andrés —dijo Marisa—. Mi pareja.
—Encantado —dijo Andrés.
—Pablo. —Pablo le tendió la mano—. El exmarido.
Andrés se rió, incómodo. Marisa pidió dos vinos y miró el bar como se mira una casa que fue tuya.
—Está igual —dijo.
—Yo también —dijo Pablo.
—Eso no es un cumplido.
—No lo pretendía.
Se quedaron un momento en silencio. Javi me miró desde la mesa, con las cejas levantadas. Dani no miró a nadie. Carla, que no conocía la historia, me preguntó con los ojos si tenía que hacer algo. Le hice un gesto con la cabeza para que no se moviera.
—Me he mudado a Madrid —dijo Marisa—. Andrés tiene un despacho allí.
—Enhorabuena.
—Gracias. —Bebió un sorbo—. ¿Y tú?
—Aquí. Con el bar.
—Ya veo.
—El bar no se muda.
Marisa sonrió, y se le quedó la cara de la mujer que había sido antes de todo. Pablo bajó la vista al trapo.
—Lo he sabido —dijo ella, bajando la voz—. Lo de tu madre. Lo siento.
—Gracias.
—Deberías haber llamado.
—No quería molestarte.
—Pablo.
—Marisa. —Pablo dejó el trapo—. Estás con Andrés. Yo estoy con el bar. Los dos hemos hecho lo que hemos podido.
Marisa asintió. Se bebió el vino, dejó el vaso en la barra y se giró hacia Andrés.
—Vámonos.
—Un placer —dijo Andrés, sin mirar a nadie.
—Igualmente —dijo Pablo.
Se fueron. La puerta se cerró y el bar se quedó con el ruido de la tele y el olor a frito. Pablo se quedó un momento con la mano en la barra, mirando la puerta. Luego se sirvió un vino, se lo bebió de un trago y volvió a limpiar el mismo vaso.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Estupendo. —Se encogió de hombros—. Doce años y ni una llamada. Y ahora aparece con un abogado de Madrid a decirme que lo siente.
—Lo siente de verdad.
—Ya. —Pablo se pasó la mano por la boca—. Eso es lo peor.
Javi se acercó a la barra, con la caña en la mano.
—Yo también tengo una noticia —dijo.
—¿Ahora?
—Ahora. —Javi sacó el móvil—. He conocido a alguien.
Pablo levantó la vista.
—¿Tú?
—Yo.
—¿Dónde?
—En la boda de la hermana de Carla. —Javi se rascó la nuca—. Es la prima de Lucía. Se llama Marta. Me ha mandado un mensaje.
—¿Y qué dice? —preguntó Carla desde la mesa, sin poderse aguantar.
—Dice que si el sábado me apetece tomar algo.
—¿Y te apetece? —dijo Pablo.
Javi se quedó un momento con el móvil en la mano.
—Me apetece —dijo—. Y eso me da un miedo que no te puedes imaginar.
—Bienvenido al club —dijo Pablo.
Dani levantó la caña desde la mesa del fondo.
—Al club —dijo.
—Al club —dijo Javi.
Lo miré de frentes. Pablo con su vino, Javi con su miedo, Dani con su caña y su sabiduría de pocas palabras.
Los tres habían querido a alguien y los tres habían aprendido a vivir con lo que quedaba.
Yo tenía delante a una mujer que me gustaba de verdad y un trato de mentira que me estaba comiendo por dentro.
Carla me buscó con la mirada desde la mesa. Le sonreí, para que no preguntara, con la mejor de mis sonrisas de actor. Me salió tan bien que casi me la creo yo también.
No estaba actuando. Aún no sabía lo que era, pero ya no podía llamarlo mentira.