Luces, cámara y... ¿Amor? (Urbanización Simón Verde nº 3) Capítulo 5. Estreno mundial
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Capítulo 5. Estreno mundial

Estreno mundial

A las ocho de la tarde llevaba ya veinte minutos peleándome con el nudo de la corbata, que es lo que hago cuando toca alfombra roja y recuerdo que llevo semanas viviendo más en la cocina que en los escenarios.

Me había puesto la chaqueta, me la había quitado, me la había vuelto a poner.

La culpa era del nudo. O de la corbata. O del hecho de que hoy, por primera vez en años, no iba a salir solo a la alfombra.

El intercomunicador sonó a las ocho y cuarto.

—Señor Casas. —La voz de Don Matías, con la calma de los que no se inmutan ni delante de un estreno—. Tiene a la señorita Pérez en la puerta. Y a su representante, que no para de mirar el reloj.

—Dígale que bajo.

Me miré una última vez en el espejo. La cara de siempre, el traje de siempre, la sonrisa de siempre, la que me sé de memoria y se me pone sola cuando la cámara está cerca.

Bajé. Entonces la vi.

Carla iba con un vestido verde del color exacto de sus ojos, el pelo suelto y una sonrisa que no era la de los ensayos. Me planté en mitad de la entrada, que es lo que pasa cuando la persona que llevas toda la vida conociendo te descubre que no la conocías del todo.

—¿Qué miras? —dijo Carla.

—Estoy buscando a Carla.

—Muy gracioso. —Pero el “muy gracioso” venía con una de esas sonrisas que no caben en una frase—. ¿Qué tal estoy?

—Estás... —Me quedé buscando la palabra un segundo más de lo que un actor debería necesitar—. Vas a eclipsarme.

—Eso espero. —Carla me cogió del brazo, y se me olvidó la corbata, el nudo y la alfombra—. Vamos a estrenar.

Cristóbal esperaba en la puerta con el coche en marcha y la cabeza fuera de la ventanilla.

—Un estreno a las nueve —dijo, mirándonos como quien mira un producto terminado—. El rumor, la foto de la puerta, y ahora esto. He movido los hilos para que os den alfombra con pase de fotos. —Cerró la puerta del coche y se sentó delante—. ¿Nervios?

—¿Yo? Nunca.

—Pues hoy es el día de que los tengas. —Cristóbal me miró por el espejo retrovisor—. Porque no vas a estar solo, Manu. Vas a estar con la mejor actriz que tengo. Y no me refiero a ti.

Carla soltó una carcajada en el asiento de atrás. Yo también me reí, para no quedarme atrás, pero la risa me salió a medias.

El cine estaba a rebosar. Cuando el coche se paró delante de la alfombra, el griterío se oía hasta dentro. Las cámaras empezaron a disparar antes de que se abriera la puerta, que es la señal de que la prensa espera algo, y hoy la prensa esperaba al soltero de oro de Sevilla con novia.

Salí primero. Sonrisa de portada, mano al bolsillo, el saludo de siempre. La alfombra me conoce: sé dónde pararme, cuánto durar en cada foto, a qué cámara mirar dos segundos más que a las demás. Lo hago en piloto automático, que es como hago casi todas las cosas que me han hecho famoso.

Entonces salió Carla.

Los flashes que estaban en mí se fueron a ella, todos a la vez, con la avidez de quienes llevaban esperándola.

Carla no se achantó. Se paró, sonrió, posó, saludó con la mano con la seguridad de que la habían estado esperando toda su vida, que a lo mejor era eso: que la habían estado esperando y no lo sabía.

—¡Carla! ¡Por aquí, Carla! —gritaron desde la valla.

Carla se giró, les dio la razón con una sonrisa y se dejó fotografiar sin que le costara nada, que es lo que separa a los que actúan de los que nacieron para esto. Mientras lo hacía, me di cuenta de una cosa: el sitio le quedaba como hecho para ella.

Un periodista me interceptó a mitad de alfombra:

—Manuel, ¿es cierto que has encontrado por fin a alguien?

—Pregúntele a ella —dije—. Que yo hace meses que no sé quién manda en esta casa.

A Carla le salió la risa tan natural delante de las cámaras que los periodistas se la comieron.

Era la misma risa del bar de Pablo, la de los ensayos, la de las dos de la madrugada respondiendo el teléfono, y la estaba repartiendo delante de todo Sevilla sin que le temblara ni la voz.

Yo me quedé mirándola con la sonrisa puesta y una sensación rara en el pecho que no supe cómo llamar.

La fiesta posterior era en una azotea con Sevilla de fondo y más gente de la que cabía. Cristóbal apareció a los diez minutos con el móvil en la mano y el titular en grande:

—“El soltero de oro de Simón Verde por fin tiene novia” —leyó, con la satisfacción del que ve su plan perfecto—. Portada mañana. Y vosotros, impecables.

—¿Y qué dice el artículo? —dijo Carla.

—Que eres la actriz más radiante de la noche y que Manuel Casas ha caído rendido a tus pies. —Cristóbal me guiñó un ojo—. Lo de “caído rendido” lo he escrito yo.

Carla se echó a reír. Yo también, pero me reí con la boca, que es distinto de reírse con todo. Carla se fue a por una copa y yo me quedé con Cristóbal, que me estaba contando algo de la marca de relojes, cuando la vi.

Un hombre mayor que ella, con traje caro y el aire de los que están acostumbrados a que les digan que sí, se había plantado delante de Carla en la barra. Le dijo algo al oído. Carla sonrió, pero fue la sonrisa de la que no sabe muy bien dónde meterse. El hombre le tocó el brazo. Le dijo algo más.

—¿Quién es? —le pregunté a Cristóbal sin dejar de mirarlos.

—Román Suárez. —Cristóbal me miró con una curiosidad de las suyas—. Director. El de “La casa del sur”. —Hizo una pausa—. Y famoso por echarse novias más jóvenes en cada rodaje.

El vuelco me llegó entonces. No fue un nudo ni un cosquilleo: fue algo físico, un golpe seco en el estómago, de los que te avisan de que algo no está bien sin decirte el qué.

—Me gusta que estés pendiente de ella —dijo Cristóbal, mirándome por encima de la copa.

—No estoy pendiente. Estoy... —Busqué la palabra—. Estoy comprobando que el plan funciona.

—Claro. El plan.

Cristóbal se fue con la copa, dejándome con la frase a medias y la vista clavada en la barra.

Román Suárez le estaba pidiendo algo a Carla.

Se veía de lejos: el gesto de los que invitan, la sonrisa de los que no esperan un no.

Carla negó con la cabeza, educada. El hombre insistió.

Carla volvió a negar, ya con la sonrisa más corta.

Entonces lo hice sin pensarlo.

Caminé hasta la barra, le pasé el brazo por la cintura a Carla con una naturalidad que no me había ensayado nadie y le di un beso en la mejilla.

—Perdona que te la quite —le dije a Román Suárez, con la de portada puesta y el tono de los que no están pidiendo permiso—. Hay un productor que quiere saludarla.

Román Suárez me miró un momento, me reconoció, y se la quitó con una sonrisa de actor a actor antes de dar media vuelta.

—La tiene usted bien acompañada, Casas.

Carla me miró. En los ojos llevaba una pregunta sin hacer.

—¿Un productor? —dijo.

—No había ningún productor.

—¿Y entonces?

—Entonces —dije, y me solté la cintura con el gesto de quien se quema— te estaba salvando de un pelmazo.

—Yo me estaba salvando sola, ¿sabes? —Carla me miró un momento—. Pero gracias.

—De nada.

Nos quedamos en silencio, con la música de la fiesta de fondo y las palabras que no nos atrevíamos a decir.

—¿Estás bien? —dijo Carla por fin.

—¿Yo? Estoy estupendo. —Sonreí con la de siempre, la de portada—. Es que no he comido nada en todo el día.

Carla no se lo creyó, pero se lo dejó pasar, que es una de las cosas que más quiero de ella y una de las que menos me gustan cuando las hace conmigo.

Se fue a por aire, o a por otra copa, o a por las dos cosas. Yo me quedé en la barra, con el brazo todavía caliente del sitio donde había estado su cintura y el vuelco del estómago que no se me iba.

Esto es celos. No. No es celos. Es que no he comido.