Luces, cámara y... ¿Amor? (Urbanización Simón Verde nº 3) Capítulo 4. Ensayo general
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Capítulo 4. Ensayo general

Ensayo general

Carla llegó a media tarde con el pelo recogido, una libreta en la mano y la cara de la que va a dirigir la película de nuestra mentira.

Don Matías la acompañó hasta la puerta con esa parsimonia suya de los que no se sorprenden de nada, y Carla le dio las gracias como quien le da las gracias a un cómplice.

—Traigo el plan de ensayo —dijo, dejando la libreta sobre la encimera de la cocina—. Primero lo fácil: manos, miradas, palabras. Y luego lo difícil.

—¿Qué es lo difícil?

—Parecer que llevamos un mes juntos y que nos soportamos. —Carla se apoyó en la barra y me miró con una seriedad que no anunciaba ni una broma—. Manos, Manu. Empecemos por las manos.

—¿En serio vas a darme clases de mano?

—En serio. Dame la mano.

Se la di. Carla me la tomó, me la giró, me la estudió con la atención del que examina una pieza en un museo y luego me la soltó con veredicto:

—Así no.

—¿Cómo que así no?

—Así pareces el que me va a pedir el DNI. —Me tomó la mano y me la recolocó despacio, entrelazando los dedos con los míos como quien hace una cosa que ha hecho mil veces—. Así. Suelta. Con la cara de que te gusta.

—Me gusta.

—No lo digas. Hazlo. —Carla soltó mi mano y me miró—. Otra vez. Y esta vez mírame mientras me la coges, que es lo que hace la gente que se quiere.

Lo hice. Le cogí la mano, la miré y se me olvidó que era un ensayo. La mano de Carla es pequeña y cabe entera en la mía, y eso lo sabía desde antes, pero nunca me había parado a pensarlo con este detalle.

—Mejor —dijo Carla—. Pero te falta algo.

—¿El qué?

—La sonrisa. Cuando me coges la mano y me miras, tienes que sonreír, aunque no te apetezca. La gente que se quiere se sonríe sin darse cuenta.

Sonreí. Carla también sonrió, sin querer, y las dos sonrisas se encontraron en el medio de la cocina como dos vecinas que se saludan por la ventana.

—Bien —dijo ella, y le costó—. Ahora las palabras.

Carla abrió la libreta. Tenía una lista escrita con su letra de actriz, la de los apuntes al margen del guion.

—Vamos a practicar frases de pareja. —Carla levantó la vista—. Yo te digo una y tú me la dices como una verdad. La primera: “cariño, ¿me pasas la sal?”

—¿Eso es lo que se dicen las parejas? ¿Se pasan la sal?

—Las parejas de verdad sí. Las de las películas se dicen “nunca me dejes” y luego se van a rodar a otro sitio. Yo necesito que me pases la sal con la naturalidad de quien me quiere, no que me digas que me quieres con voz de tráiler.

—Vale. Cariño, ¿me pasas la sal?

Carla se quedó un momento en silencio, valorando la frase como quien valora un plato.

—No.

—¿Que no, qué?

—Que eso no se lo cree ni mi abuela. Ni la tuya. —Carla lo escribió al margen con una caligrafía de castigo—. Suenas a actor de doblaje. Repite: “cariño, ¿me pasas la sal?”, pero con la boca relajada. Con la cara de haberme llamado “cariño” mil veces y seguir sin que te haga gracia.

Lo repetí. Lo repetí varias veces. Entre repetición y repetición, nos reímos hasta llorar. Tanto, que se me olvidó que aquello no era un juego, que era el plan de Cristóbal, la boda de Lucía, la regla tres firmada en una servilleta que Carla llevaba en el bolsillo del pantalón.

—Mejor —dijo Carla por fin, secándose una lágrima de risa—. Ahora las miraditas. Las de las conversaciones. Yo te cuento algo y tú me miras con la cara de que soy lo más interesante que has oído en tu vida.

—Eso lo hago siempre.

—Sí, pero ahora es ensayo. —Carla se aclaró la garganta—.

Vale. El otro día estuve en un casting para una serie de médicos.

Me dieron tres líneas. Tres, Manu. Y el director me dijo que tenía “buena presencia de cámara pero poca verdad”.

—Carla hizo su risa corta, la de los pasillos, la que no llega a los ojos—.

Poca verdad, a mí. En fin. ¿Qué tal la mirada?

—No la he hecho.

—¿Cómo que no?

—Porque te estaba escuchando de verdad. —La miré—. Y creo que ese director no sabe lo que dice. Tú tienes más verdad en una risa que todos sus médicos juntos.

Carla se quedó callada. Por un momento se le olvidó que era un ensayo, que era la boda, que era el plan de Cristóbal. Se le olvidó hasta la libreta.

—Eso... —Carla bajó la vista a la libreta y volvió a subirla—. Eso era ensayo.

—Eso era ensayo.

—Vale. Pues ya está bien de miraditas por hoy. —Carla cerró la libreta de golpe y se puso seria, que es de las pocas veces que la he visto cambiar de humor sin avisar—. Queda lo difícil.

—¿Lo difícil?

—La mirada. La que se dan las personas que se quieren cuando no están hablando. Ponte ahí, al otro lado de la cocina, y mírame como me mirarías si me quisieras de verdad.

Me puse al otro lado. Respiré hondo y me metí en el papel, que es lo que sé hacer: los hombros sueltos, la boca relajada, la mirada baja primero y luego la subida, la de los personajes que se enamoran aunque el guion diga lo contrario. La trabajé. La ensayé. La dejé caer sobre Carla como una manta.

Carla se quedó muy quieta.

—Eso ya está mejor —dijo, pero con una voz que no me sonó a nota de actriz.

Entonces me di cuenta de algo.

Que no estaba ensayando.

Que mientras la tenía al otro lado de la cocina, con el pelo recogido, la libreta apretada contra el pecho y esa manera suya de no saber cuándo parar de reírse, no me estaba metiendo en ningún personaje.

Lo único que estaba haciendo era dejar de esconder lo que llevaba tiempo guardado detrás del personaje.

—¿Y ahora qué? —dijo Carla, y la voz se le quebró un poco.

—Ahora lo del vaso.

Los dos fuimos a por el mismo vaso a la vez. Nuestras manos se rozaron en el aire. Levanté la vista, Carla levantó la vista, y nos quedamos mirándonos un segundo más de lo que había durado ningún ensayo.

Un segundo entero.

Carla fue la primera en apartar la mano, con el sobresalto de una descarga.

—¿Hacemos un descanso? —dijo, con una risa nerviosa de las que se le escapan cuando algo le importa demasiado.

—Sí. Descanso.

Nos quedamos en silencio en medio de la cocina, con el vaso entre los dos y el aire cargado de algo que no estaba en el guion.

Entonces sonó el intercomunicador.

—Señor Casas. —La voz de Don Matías, con la calma de los que han visto de todo—. Perdone la molestia. Hay un fotógrafo en la puerta de la urbanización. Pregunta por usted y por la señorita Pérez. Dice que viene a hacerle la foto a la pareja.

Carla y yo nos miramos. En la mirada de los dos estaba la misma frase sin decir: el rumor de Cristóbal ya había hecho efecto.

—¿Y ahora qué? —dijo Carla.

—Ahora —dije, tendiéndole la mano—, ensayamos de verdad.

Bajamos a la puerta. El fotógrafo estaba allí, con la cámara en bandolera y esa sonrisa de los que cazan un scoop.

Carla deslizó la mano en la mía. Yo se la apreté.

Mientras el fotógrafo disparaba, Carla se giró hacia mí, me miró y se rió de algo que no había dicho, con una naturalidad que no le había ensayado nadie.

—Señorita Pérez, una sonrisa más para la foto —dijo el fotógrafo.

—Para eso estamos. —Carla me miró como me había mirado en el ensayo, con esa mirada que ya no sé si ensayamos o no—. ¿Verdad, cariño?

Me llamó “cariño” delante del fotógrafo, y se me olvidó que era mentira.

El fotógrafo se fue encantado, con la foto de la pareja feliz. Carla y yo nos quedamos en la puerta, con las manos todavía cogidas, y ninguno de los dos supo muy bien cuándo soltarlas.

—¿Damos una vuelta? —dijo ella—. Antes de subir. Para practicar.

—¿Practicar qué?

—Lo de parecer una pareja. —Se encogió de hombros—. En la foto ha sido fácil. Quiero ver si aguantamos una acera.

La urbanización estaba tranquila a aquella hora.

Las casas bajas, las piscinas vacías, los setos recién podados y el sol de la tarde cayendo sobre las farolas de forja.

Caminamos despacio, con las manos sueltas primero y luego cogidas, y yo me di cuenta de que no sabía dónde mirar.

Si la miraba a ella, parecía un enamorado.

Si miraba al frente, parecía un guardaespaldas.

—Estás rígido —dijo Carla.

—Estoy concentrado.

—Estás rígido. —Me soltó la mano y me la volvió a coger, entrelazando los dedos—. Así. Con la cara de que te gusta.

—Me gusta.

—No lo digas. Hazlo.

Doña Carmen apareció en la esquina con un carrito de la compra y un abrigo de cuadros. Vivía en la casa del fondo, tenía ochenta y tantos años y una capacidad de sorpresa inversamente proporcional a su edad.

—¡Manuel! —dijo—. ¡Qué alegría! ¿Y esta quién es?

Carla se giró con una sonrisa de actriz.

—Carla. Encantada.

—Carla. —Doña Carmen la miró de arriba abajo—. ¿La novia?

—Eso dicen.

—¿Y usted qué dice?

Carla se quedó un segundo. Luego se acercó a la señora y le dijo, bajando la voz:

—Que tengo suerte.

Doña Carmen se rió como una niña.

—Me gusta —dijo—. Esta chica tiene arte.

—Tiene mucho arte —dije.

—Y usted, Manuel, no la mire tanto. Que se le va a gastar.

Carla se rió. Doña Carmen nos dio dos besos, me dio una palmada en el brazo y siguió con su carrito, calle abajo, contándole a la farola que el famoso había echado novia.

Seguimos caminando. Al llegar a la piscina, un grupo de adolescentes nos reconoció y pidió una foto. Carla se puso en medio, sonrió y les preguntó sus nombres. Los chavales se fueron con el móvil en alto y la risa de los que van a presumir en el instituto.

—Se te da bien —dije.

—Me gusta la gente.

—A mí también. Pero no siempre.

—Ya lo sé. —Carla me miró—. Por eso te escondes en el gimnasio.

Nos sentamos en una tumbona, junto a la piscina vacía. El agua estaba quieta y el cielo empezaba a ponerse naranja. Carla se quitó los zapatos y metió los pies en el agua.

—¿Está fría?

—Congelada. —Se rió—. Ven.

Me senté a su lado y metí los pies. Estaba helada. Nos quedamos un rato en silencio, con los pies en el agua y los hombros pegados, y yo pensé en la foto, en la mano de Carla en mi cintura, en el beso en la mejilla que me había dado delante del fotógrafo y que me había durado todo el camino.

—¿Te ha parecido raro? —dijo ella.

—¿El qué?

—Lo de la foto. —Miró el agua—. Lo de “cariño”.

—No.

—Mentira.

—No es mentira. —La miré—. Me ha parecido lo menos raro que me ha pasado en semanas.

Carla se quedó quieta. Luego sacó los pies del agua y se los secó con la mano, sin mirarme.

—Esto es un ensayo —dijo.

—Ya.

—No lo olvides.

—No lo olvido.

Se levantó, cogió los zapatos y me tendió la mano.

—Vamos. Que se nos enfría el café.

Subimos a la cocina. Carla se puso a hacer café, que es su manera de no mirarme. Yo me quedé apoyado en la encimera, mirándola, sin saber qué decir.

—Ha funcionado —dijo ella por fin, con el café a medio hacer—. Le has dado al fotógrafo justo lo que quería.

—Te lo ha dado ella. La risa. El “cariño”.

—El “cariño” era tuyo. —Carla se giró, con la taza entre las manos—. ¿Sabes qué, Manu?

—Dime.

—Que esto es demasiado fácil.

Ahí, sin querer, casi sin pensarlo, se me escapó la frase que no había ensayado en la vida:

—Oye, ¿y si esto no es tan difícil como pensaba?

Carla se quedó mirándome, sin responder.

—¿El qué? ¿El plan?

—El plan. —La miré un segundo de más, otra vez, y tuve que bajar la vista a la taza para poder seguir—. El plan.

Carla no dijo nada. Se llevó el café a los labios sin beber, me miró por encima de la taza y dijo, con esa voz que no sabía si era de actriz o de verdad:

—Pues si es tan fácil, será porque los dos somos muy buenos actores.

—Será eso.

Nos quedamos en silencio, con el café, el vaso y el aire cargado, y ninguno de los dos se atrevió a decir lo que estaba pensando.

Porque si esto era tan fácil no era porque fuéramos buenos actores. Era porque hacía tiempo que había dejado de actuar con ella.