Capítulo 3. Reglas de rodaje
Reglas de rodaje
Carla apareció en el bar de Pablo a las doce del mediodía, que es la hora en la que el bar de Pablo huele a frito y a verdad, con las reglas aprendidas de memoria y la intención de dejarlo todo por escrito.
Estaba con los de siempre, que es mi manera de no estar solo: Javi con su caña a medio beber, Dani en la esquina en silencio y Pablo detrás de la barra limpiando el mismo vaso desde hacía diez minutos.
Carla entró como quien entra en su casa, que al final es lo que es, se sentó en el taburete de al lado y le dijo a Pablo:
—Necesito una servilleta.
Pablo le dio una, de las del bar, con el nombre y el teléfono para los encargos. Carla la puso delante de mí, bien planchada contra la barra, y me tendió el boli de Pablo.
—He estado toda la noche dándole vueltas —dijo—. Y he decidido que las reglas son tres. Ni una más, ni una menos.
—¿Y no pueden ser dos? —dije—. Me gustan los números pares.
—Pues a mí me gusta la gente que me escucha. Coge el boli y escribe.
—¿Aquí? ¿Delante de todo el mundo?
—Aquí y delante de todo el mundo. —Carla miró a Pablo, a Javi y a Dani con una sonrisa de las suyas—. Cuantos más testigos, mejor. Así no puedes decir luego que no te acordabas.
—Regla uno —dijo Carla—. Nada de besos de verdad.
—Vaya trato aburrido. —Lo escribí con la letra de actor, la de las dedicatorias—. ¿Ni para las fotos?
—Ni para las fotos. Si hay que dar un beso, se da en la mejilla, como las suegras. Los labios son territorio prohibido hasta que yo diga lo contrario.
—Aceptado.
—Regla dos. Nada de celos.
—Eso es gratis. Yo nunca me pongo celoso.
Carla me miró con esa mirada de la que se lo sabe todo.
—Ya. Nunca te he visto querer a nadie lo bastante como para ponerte celoso, Manu.
—Y no vas a verme. —Escribí la regla dos con la letra un poco más temblorosa de lo que me habría gustado—. Firmado.
—Y regla tres. —Carla se quedó en silencio un momento, y en ese silencio el bar entero se hizo un poco más pequeño—. Regla tres: no enamorarse.
El boli se me quedó a medio camino de la servilleta.
—¿Por qué esa es la que más miedo te da?
—Porque es la única que no se puede ensayar. —Carla se encogió de hombros, pero no era un encogerse de hombros cualquiera—. Los besos se ensayan, los celos se aguantan. Pero si uno de los dos se enamora de verdad, el trato se rompe, y con el trato se rompe lo otro.
—¿Lo otro?
—Nosotros. —Carla señaló la servilleta—. Escribe la regla tres, Manu. Y prométeme que la vas a cumplir.
Escribí la regla tres. Me costó más que las otras dos. Me costó más de lo que estaba dispuesto a admitir, y eso que soy actor y admito de todo delante de una cámara.
—Firmado —dije, y la voz me salió más rara de lo que me habría gustado.
Carla cogió la servilleta, la leyó entera, la dobló con cuidado y se la guardó en el bolsillo.
—Trato hecho —dijo, tendiéndome la mano.
—Trato hecho.
Nos la estrechamos con más solemnidad de la que dos amigos a las doce del mediodía en el bar de Pablo deberían tener. Pablo se quedó con el vaso a medio limpiar.
Pablo dejó el vaso sobre la barra con la solemnidad de un notario.
—Antes de que sigáis —dijo—, aquí hay una porra.
—¿Una porra? —dijo Carla.
—De las tres reglas. —Pablo sacó una servilleta y un boli—. Apostamos a cuál se incumple primero. Javi dice la uno. Dani dice la dos. Yo digo la tres.
—¿Y por qué la tres? —pregunté.
—Porque es la que nadie controla. —Pablo escribió los nombres en la servilleta—. Las otras dos se pueden fingir. La tres, no.
Carla se rió, pero la risa le salió más corta de lo normal.
—No vamos a incumplir ninguna.
—Eso lo dices ahora. —Pablo levantó el boli—. ¿Cuánto apostamos?
—Una cena en El Rinconcillo —dijo Javi—. Pagada por el que pierda.
—¿Y si no incumplimos ninguna? —dijo Carla.
—Entonces pagáis vosotros y nos invitáis a todos. —Pablo sonrió—. En cualquiera de los casos, yo salgo ganando.
Dani levantó la mano, que era su manera de pedir la palabra. Todos nos giramos.
—La dos —dijo.
—Ya lo has dicho.
—La dos —repitió, y volvió a su caña.
—¿Y tú qué apuestas? —me preguntó Javi.
—Yo no apuesto.
—Eso es de cobardes.
—Eso es de personas que no quieren perder una cena.
—Manu. —Javi me miró con esa paciencia suya—. Tú ya sabes cuál va a caer primero.
—No sé de qué me hablas.
—Claro que no.
Carla se apoyó en la barra, con la servilleta de las reglas doblada en el bolsillo y una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
—Esto es ridículo —dijo—. Estamos hablando de un trato, no de una apuesta de feria.
—En Sevilla todo es una apuesta de feria —dijo Pablo—. Hasta el amor.
—Sobre todo el amor —dijo Dani.
Pablo apuntó la apuesta en la servilleta y la clavó en la barra con un palillo. “PORRA DE LAS TRES REGLAS”, puso arriba, con mayúsculas de bar. Debajo, los nombres: Javi, uno; Dani, dos; Pablo, tres.
—Falta el tuyo —dijo Pablo, mirándome.
—No juego.
—Mójate.
—No.
—Manu.
—Que no.
Carla me miró. Tenía una ceja levantada y la boca a medio camino entre la risa y la irritación.
—Vamos —dijo—. ¿Tú no tienes opinión?
—Tengo demasiadas.
—Pues elige una.
La miré. Llevaba el pelo recogido, la servilleta en el bolsillo y una mancha de café en la manga. Llevaba tres horas siendo la persona más divertida del bar y la única que me hacía olvidar que estaba a punto de firmar un contrato de mentiras.
—La tres —dije.
Pablo aplaudió.
—¡El hombre sabe!
—No he dicho que vaya a incumplirla.
—Ya, ya. —Pablo apuntó mi nombre—. Pero has apostado.
Carla se quedó un momento mirándome. No dijo nada. Luego cogió el boli, tachó mi nombre y escribió el suyo debajo.
—Entonces yo también.
—¿Tú también qué? —dijo Pablo.
—Que apuesto a la tres. —Me miró—. Si vamos a perder, perdemos juntos.
—Eso no se puede —dijo Javi—. Si los dos apostáis a la misma, no hay porra.
—Pues haced otra.
Pablo se rió tan fuerte que el vaso le tembló en la mano.
—Me gusta —dijo—. Me gusta mucho.
—¿El qué?
—Que ya estéis discutiendo como un matrimonio.
Carla se puso roja. Yo me quedé con la caña a medio camino y una sensación que no sabía si era vergüenza o esperanza.
—No estamos discutiendo —dijo Carla.
—Claro que no. —Pablo se llevó la servilleta al bolsillo—. Esto lo guardo yo. Para la boda.
—Pablo.
—Es un decir.
—¿Y ahora qué? —dijo.
—Ahora —dijo una voz a mi espalda—, que esto empiece como Dios manda.
Cristóbal.
Cristóbal García en el bar de Pablo a las doce del mediodía, con el traje de seda impecable, el pañuelo al bolsillo y una sonrisa de las que anuncian titular.
Pablo se quedó con el vaso a medio limpiar otra vez, que ya eran dos veces en el mismo día.
Javi levantó la vista. Dani ni se inmutó, que para eso es Dani.
—¿Qué haces tú aquí? —dije.
—Vengo a bendecir el negocio. —Cristóbal se sentó en el taburete de al lado, cruzó las piernas y sacó el móvil—. Carla me ha contado que ya tenéis reglas. Perfecto. Porque yo he estado ocupado esta mañana montando el plan.
—¿Qué plan?
Cristóbal giró el móvil y me lo puso delante. Una página de una revista del corazón. El titular, en grande, con una foto de una silueta que se parecía sospechosamente a mi casa de Simón Verde.
“Manuel Casas, ¿ya no está solo? Rumores de una nueva ilusión tras el muro de su casa en Simón Verde.”
—Ya he soltado el rumor —dijo Cristóbal, con la satisfacción del que ha plantado una semilla—.
Dentro de una semana, la revista lo confirma.
Dentro de dos, os cazan “casualmente” cenando en un sitio bonito, y la foto es de las que venden portada.
Y para la boda de tu hermana, Carla, el país entero sabrá que eres la novia del soltero de oro de Sevilla.
—¿Me has montado el plan sin preguntarme?
—Te he montado el plan para que no tengas que pensarlo, Manu. Esa es la diferencia entre un representante y un amigo. —Cristóbal me guiñó un ojo—. El amigo te pregunta. El representante te hace rico.
Carla cogió el móvil y se quedó mirando el titular. Luego levantó la vista, y vi en sus ojos algo que no supe leer.
—¿Y cómo nos conocimos? —preguntó—. Porque si la prensa pregunta, tenemos que tener una historia.
—Ya la tengo. —Cristóbal sacó otra página, esta vez con un guion escrito a mano—.
Os conocisteis en un evento benéfico hace seis meses.
Fue un flechazo discreto. Lleváis tres meses de relación secreta y ahora lo hacéis público.
Dejad que la prensa invente los detalles: vosotros solo sonreíd, miraos con la cara de deberos algo y no deis ni una sola información real.
—¿Y si nos pillan en un renuncio? —dijo Carla.
—No os van a pillar. —Cristóbal se levantó, se ajustó el pañuelo y se fue hacia la puerta con el móvil en la mano—. Porque los actores mienten muy bien. Y vosotros sois los mejores. Buenas tardes, señores.
Se fue como había llegado: dejando titulares a su paso.
Nos quedamos los dos solos en la barra, con la servilleta en el bolsillo de Carla y el plan de Cristóbal flotando en el aire como una nube que sabíamos que iba a llover.
—Tres reglas —dijo Carla, ya en la puerta, con esa sonrisa de la niña de Nervión que se ríe de todo y se calla lo importante—. Tres reglas, Manu. Vamos a incumplir las tres.
—Eso es porque no me conoces. —Me metí las manos en los bolsillos—. Yo cumplo mi palabra.
Carla se rió. Se rió mientras empujaba la puerta del bar, con las carcajadas a medio terminar y la mano ya en la calle.
Yo, mientras la veía alejarse por la acera con la servilleta en el bolsillo y el plan de Cristóbal en el aire, tuve la sensación de que acababa de firmar el único contrato de mi vida que no iba a poder romper.
Lo peor: no estaba seguro de querer romperlo.