Luces, cámara y... ¿Amor? (Urbanización Simón Verde nº 3) Capítulo 2. La niña de Nervión
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Capítulo 2. La niña de Nervión

La niña de Nervión

A las ocho de la mañana me llamó Carla desde la puerta de un casting en la Cartuja. Llevaba el móvil en la mano desde que me había despertado, con la propuesta de Cristóbal dando vueltas en la cabeza y la sensación de que la vida me estaba pidiendo una decisión antes del café.

—¿Estás despierto? —preguntó.

—Desde las siete. ¿Tú?

—Desde las cinco. He dormido fatal.

—¿Casting?

—Casting. —Se oyó una puerta, un pasillo, el ruido de gente con prisa—. Tres líneas, Manu. Tres. Y el director me ha dicho que tengo “buena presencia de cámara pero poca verdad”. Poca verdad, a mí. Llevo desde los dieciocho años diciendo mentiras para ganarme la vida.

—Eso es lo que se llama actuar.

—No tiene gracia.

—Un poco sí.

Carla se rió, y la risa le salió corta.

—Estoy en la parada del tranvía. Huele a lluvia y a café de máquina. Y me apetece comerme un paquete de castañas entero.

—Ven.

—¿A tu casa?

—A mi casa. Trae castañas.

—Manu, no quiero que me veas así.

—Ya te he visto peor.

—Mentira.

—Te he visto llorar con una película de perros.

—Eso no cuenta.

Colgó. Me quedé en la cocina, con el café a medio hacer y una sonrisa que no me había visto en días. Carla siempre hacía eso: entraba en una habitación, en una llamada, en una vida, y de repente todo olía a algo que no sabía nombrar.

Volví a la mesa, con la tarjeta de Cristóbal y la propuesta de tres meses encima. La miré un rato. Tres meses de novia de mentira. Tres meses de mentiras. Tres meses de Carla.

La idea me dio un vuelco que no era del todo incómodo. Me levanté, me puse una camiseta limpia y me quedé mirando la puerta, esperando.

Carla apareció al día siguiente con una bolsa de castañas asadas, dos cervezas del supermercado y la cara de la que ha decidido que hoy toca hablar de cosas serias aunque se muera de ganas de no hacerlo.

Entró en mi casa con la confianza de que era suya, que al final es lo que es, porque Carla tiene llave de mi casa desde antes de que yo tuviera fama, desde cuando mi casa era un piso compartido en Sevilla Este y lo más valioso que había dentro era una sartén que nunca lavaba nadie.

Don Matías la dejó pasar con una de esas sonrisas de las que no dicen nada y lo dicen todo, y Carla le dio las buenas tardes con la familiaridad de la vecina de toda la vida, que para eso lo era.

—Traigo castañas —dijo, dejando la bolsa en la encimera con más ceremonia de la que la ocasión merecía—. Las primeras del año. Me las he comprado para celebrar que me he enterado de una cosa y he decidido que no me va a joder el día.

—¿Qué cosa?

—Siéntate, que te lo cuento. Y no me mires con esa cara de actor, que la pones cuando no sabes qué decir.

Me senté. Carla se quedó un momento mirándome, respiró hondo y lo soltó todo de golpe, como quien se quita una tirita:

—Adrián ha vuelto. Y mi hermana se casa.

Las dos cosas el mismo mes, porque el destino tiene un sentido del humor que ni yo misma.

Lucía se casa en un mes y en la boda va a estar Adrián, porque su familia y la nuestra son del mismo mundo, del de los saludos de dos besos y las sonrisas que no significan nada.

—Hizo una pausa—. Me ha llamado. Para invitarme.

“Con pareja”, ha dicho. Con la idea de que yo iba a ir sola y a morirme de vergüenza delante de toda su familia.

—¿Y qué le has dicho?

—Que iré. Con pareja. —Carla se encogió de hombros—. Y ahora tengo un mes para encontrar a alguien que me haga el favor, o para llegar sola y que Adrián y su madre me miren con esa lástima que da más rabia que el desprecio.

—No irás sola.

—No pienso ir sola. Por eso estoy aquí. —Carla me miró con esa mirada suya de las que no piden nada y lo piden todo—.

Necesito que me hagas de novio una noche.

Una noche, Manu. La boda de Lucía. Llegamos, sonreímos, hacemos que estamos enamoradísimos delante del ex de mi vida y de su madre, y al día siguiente te dejo en paz.

—¿Y por qué yo?

—Porque eres el único que me conoce lo bastante para fingir que me quiere sin que se le note que está fingiendo.

—Carla se rió, pero la mitad de la broma se le quedó en la boca y la otra mitad sonó a verdad—.

Y porque eres famoso, y a Adrián le va a sentar como una patada en el orgullo que su ex aparezca con Manuel Casas del brazo.

Ahí, en ese momento, con Carla delante con sus castañas, su plan de una noche y su orgullo herido, me di cuenta de que el mundo me había colocado las dos piezas del mismo puzle delante.

Cristóbal necesitaba que yo pareciera un hombre estable durante tres meses. Carla necesitaba un novio de mentira para una noche. Yo, que llevaba toda la mañana dándole vueltas a la propuesta de Cristóbal con la misma cara con que se mira un abismo, acababa de ver el puente.

—¿Y si no fuera una noche?

Carla se quedó con la cerveza a medio camino de la boca.

—¿Cómo?

—Tres meses, Carla. —Lo dije sin pensarlo, que es como se dicen las cosas que llevan toda la vida esperando a salir—.

Tú necesitas un novio para la boda y para que Adrián te vea feliz, hecha una mujer de la que se arrepintió.

Yo necesito que la prensa me vea en una relación estable.

Tú te llevas la boda, yo me llevo mis contratos, y los dos nos llevamos a un amigo al que no le va a temblar la mano cuando le toque mentir.

Carla me miró un momento. Soltó una risa rara, de las que no llegan a los ojos.

—Muy bueno, Manu. El papel de tu vida, en marcha.

—No es broma.

—Claro que es broma. —Se pasó la mano por el pelo—. ¿Tres meses de novios de mentira? ¿Tú y yo? Los que nos conocemos de antes de que tú fueras famoso y de que yo decidiera que iba a ser actriz aunque mi madre todavía no se lo cree.

—Exacto. Por eso funcionaría.

En ese momento le sonó el móvil. Carla lo miró y la cara se le cambió, que es lo que tiene esta vida, que hasta los móviles saben elegir el peor momento para sonar.

—¿Quién es? —dije.

—Adrián. —Carla leyó el mensaje en silencio y luego levantó la vista—. Pregunta que si ya tengo pareja para la boda o si le reservo sitio en su mesa.

—¿Y qué le vas a contestar?

—Que tengo pareja. —Carla apretó el móvil contra la mesa—. Que voy con el mejor actor de este país y que le va a faltar tiempo para arrepentirse.

—¿Y si fuera de verdad? No el actor. El trato.

Carla me miró, y se le quedó la cara de la que no sabe si está delante de un amigo o delante de un guionista.

—¿Y Cristóbal qué dice de todo esto? Porque tú no haces nada sin que Cristóbal lo sepa.

—Cristóbal está detrás de todo. —No mentí. Tampoco dije toda la verdad, que es la especialidad de los actores—. Pero la idea de venir a buscarte es mía.

—¿Y qué gana él?

—Lo de siempre. Comisión.

Carla se quedó callada. Volvió a pelar una castaña, despacio, sin mirarme, y mientras me la daba en la mano dijo:

—¿Sabes lo que me da miedo de esto, Manu?

—Dime.

—Que a ti te salga tan bien que no sepas cuándo parar. Y que a mí me salga tan bien que me olvide de que es mentira.

—No va a pasar.

—¿Seguro?

—Seguro. Somos actores. Fingir es nuestro trabajo.

Carla se levantó, cogió la bolsa de castañas y la botella a medio beber y se fue hacia la puerta. Allí se dio la vuelta, con esa sonrisa de la niña de Nervión que se ríe de todo y se calla lo importante:

—Vale. Pero pongo yo las reglas.

—Dime.

—Mañana. Que hoy tengo que digerir que mi ex ha vuelto, que mi hermana se casa y que mi mejor amigo me propone ser su novia de mentira. —Carla se quedó un momento en silencio—. Te lo aviso: soy muy difícil de contentar, Manu. Me conoces.

—Lo sé. Por eso te he elegido.

A Carla le entró un ataque de risa tan fuerte que casi se le cae la botella, que atrapó al vuelo con una agilidad que no le conocía, y se quedó con la botella en la mano, mirándome, con las carcajadas a medio terminar.

Entonces, porque soy actor y sé rematar una escena, solté la mejor línea de mi repertorio:

—Como tu novio. Tres meses, Carla. Te lo pago con la mejor actuación de mi vida.

La risa de Carla se fue apagando. Poco a poco, hasta quedarse en silencio, con la mano en el picaporte y los ojos puestos en los míos, que es la mirada más difícil de sostener que conozco, porque no viene de ningún guion.

Porque acababa de darse cuenta de que iba en serio.

Lo malo era que yo acababa de darme cuenta de lo mismo.