Luces, cámara y... ¿Amor? (Urbanización Simón Verde nº 3) Capítulo 1. Casting para dos
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Luces, cámara y... ¿Amor? (Urbanización Simón Verde nº 3)

Luces, cámara y... ¿Amor? (Urbanización Simón Verde nº 3)

Por Nara Rivers

© inepub.com

Capítulo 1. Casting para dos

Casting para dos

Había llegado del rodaje a las tres de la mañana, con el olor del maquillaje todavía pegado a la piel y la espalda hecha un mapa de tirones, y a las ocho ya estaba en el gimnasio de casa, subido a la cinta con la misma cara de felicidad que pondría un condenado camino del patíbulo.

No es que sea un masoca, aunque mi representante asegure que tengo cierta tendencia.

Es que el gimnasio es el único sitio del mundo donde nadie me pide que sonría, donde no hay un director gritando “más verdad, Manu”, ni una cámara esperando a que mi cara diga lo que el guion no se atreve a escribir.

Aquí, entre mancuernas y sudor, soy Manuel Casas, el de las portadas, y a la vez no soy nadie: solo un tío cansado que cuenta las series para no contar las cosas que le duelen.

Mi casa en Simón Verde es eso, el refugio que me compré cuando la fama se me subió a la cabeza y tuve que elegir entre el mundo y yo.

Elegí esto: cuatro paredes con vistas a Sevilla, una piscina que uso menos de lo que me gustaría, un gimnasio en el sótano y una terraza donde las noches se hacen largas y las conversaciones, cortas.

Y un portero, Don Matías, que lo sabe todo y no suelta prenda, que es la mejor definición de paraíso que conozco.

Nada de porteros de discoteca, nada de vecinos que piden selfis, nada de “Manuel, mi hija te quiere conocer”. Aquí soy Manu, el único sitio donde sigo siendo Manu, y eso, después de cien entrevistas en las que me han llamado “el soltero de oro de Sevilla”, es casi un acto de resistencia.

Don Matías me saludó con esa media sonrisa suya cuando entré en la urbanización de madrugada, con el uniforme impecable, propio de las tres de la tarde y no de la hora en que los porteros de verdad sueñan con la cama.

—Buen rodaje, señor Casas.

—Siempre, Don Matías.

—¿Y buena noche?

—Eso ya no lo decide el guion.

Don Matías asintió con la seriedad de quien acaba de oír la verdad del universo.

Mejor que la verdad del universo, que esa la tengo más que vista: treinta horas sin dormir, una escena de tejado repetida veinte veces y un salto que me va a doler toda la semana.

Lo único que me esperaba en casa era el gimnasio, un café solo y el silencio que me acompaña desde que el mundo decidió que Manuel Casas era un personaje y no un hombre.

Lo gracioso es que hasta yo me lo había creído.

Le di a la cinta lo que la cinta me pide: media hora, el aire acondicionado al mínimo, la música que no suena en ningún rodaje.

Sudé, me dolieron las piernas, la espalda y hasta el orgullo por el salto que tuve que repetir tres veces por culpa de un foco, y aun así seguí, porque el dolor es de lo poco que no me pide que actúe.

Cuando terminé, me quedé un rato sentado en el banco, con la toalla al cuello y la respiración todavía alta, mirando el techo, a ver si allí estaba escrita la respuesta a una pregunta que ni siquiera sabía formular.

A las nueve sonó el intercomunicador.

—Señor Casas, tiene visita. Su representante.

—¿Cristóbal? ¿A las nueve?

—Parece que trae prisa.

Prisa. Cristóbal siempre trae prisa, pero la prisa de Cristóbal a las nueve de la mañana solo puede significar una de dos cosas: o me ha firmado el papel de mi vida o me ha liado en algo que va a costarme caro. Las dos me las ha hecho ya. Las dos me las hará otra vez.

Entró como quien entra en su casa, que al final es lo que es, porque Cristóbal García lleva trece años metido en mi vida con la llave puesta. Traje de seda, pañuelo al bolsillo, móvil en la mano, pegado a la palma.

—Tienes una cara, Manu.

—Treinta horas de rodaje.

—Pues ponte guapo, que te traigo una noticia.

—Las noticias a las nueve de la mañana no son noticias. Son amenazas.

Cristóbal sonrió, que es su manera de decirme que tengo razón y que no piensa dármela.

—Vicente Salas te quiere.

El vaso de agua se me quedó a medio camino de la boca.

—¿El Vicente Salas?

—El Vicente Salas. El papel romántico de la película de su vida, Manu. La que rueda en Sevilla dentro de dos meses. Protagonista absoluto. La que te convierte en actor de verdad.

—¿Y qué quiere de mí? Porque Salas no se enamora de cualquiera. Si me quiere a mí es porque hay un problema.

Cristóbal se sentó en el borde de la mesa, cruzó las piernas y soltó la bomba con la naturalidad de quien pide un café:

—Quiere a un hombre asentado. Eso ha dicho. Que el Manuel Casas de las portadas, el “soltero de oro de Sevilla”, no le sirve para enamorarse delante de una cámara. Y la marca de relojes, que te quiere de imagen, pide lo mismo: valores de estabilidad. Familia. Amor. De los que duran.

—Diles que no cuelgo. Que los valores de estabilidad los ensayo en casa.

—Ya se lo he dicho. —Cristóbal se ajustó el pañuelo—. Y te lo he vendido mejor que eso. Les he dicho que estás en una relación seria.

El vaso de agua llegó a la mesa con más fuerza de la necesaria.

—¿Me has mentido?

—Te he abierto una puerta, Manu. La diferencia entre mentir y vender es la comisión.

—No tengo novia. No he tenido una relación seria desde hace tres años y no pienso montarme una mentira para que un reloj me pague.

—Tres meses. Solo te pido tres meses. Una relación estable, en portada, hasta que se firmen los dos contratos. Salas, la marca, el salto de tu carrera. Y yo te la consigo, que tengo a la candidata perfecta.

—Pues dale el papel a la candidata.

Cristóbal se rió, que es su manera de decirme que he perdido antes de empezar.

—No puedes, Manu. Es el papel de tu vida y lo sabes. Salas no espera. Tienes una semana para presentarme a tu “novia”. Por eso he venido a las nueve. Para que te hagas a la idea.

Se fue como había entrado: dejando la puerta abierta. Quedé solo en la cocina con el café frío, la noticia caliente y esa sensación que conozco tan bien de que el mundo me pide que sea otro.

Después me fui al bar de Pablo, que es el confesionario de los que no nos confesamos.

Los de siempre: Javi con el peto de electricista, Pablo detrás de la barra, Dani en la esquina con su caña a medio beber.

Nadie me pidió un autógrafo. Nadie me llamó “Manuel”. Solo “Manu”, que es como me llaman los que me conocen de antes de la fama. Los únicos amigos que me creo, porque los otros, los de después, siempre me han querido por el personaje.

—El famoso tiene cara de entierro —dijo Pablo.

—El famoso tiene hambre. Échame algo.

—Tienes cara de problema, que es distinto.

Javi dejó la caña y me miró con esos ojos de los que han visto de todo sin asustarse:

—¿Qué te ha pasado?

—Nada. Que me quieren casar.

—¿Con quién?

—Con una mentira.

Se quedaron callados, que es su manera de decirme que me esperan.

No les conté nada más. No hacía falta. Con los de siempre nunca hace falta.

Pablo me puso una caña y una tapa que olía a hogar, y durante una hora fui Manu, el del barrio, el que se quedó a vivir en las portadas sin querer.

A la una de la madrugada me volví a quedar solo en la terraza, con Sevilla a mis pies y el móvil en la mano.

Diecisiete llamadas perdidas. Doce de Cristóbal. Tres de la agencia. Dos de un número que no conocía y que no iba a coger. Los números que no conozco siempre son problemas que no he pedido.

Entonces llegó el mensaje.

Carla.

Adrián ha vuelto a Sevilla. Y mi hermana se casa. La boda es en un mes. Voy a tener que ir. Sola. Con él delante.

Lo leí dos veces. La primera para enterarme. La segunda para no enterarme, que es lo que hacemos todos con las cosas que van a cambiar nuestra vida.

Adrián. El ex de Carla. El que nunca creyó en ella, el que la quería “para la vida de verdad”, el que la vio marcharse a los escenarios con una sonrisa de lástima.

Carla, en cambio, era otra cosa. Mi mejor amiga.

La única persona del mundo con la que nunca he necesitado actuar.

La que se ríe de mis tonterías sin acordarse de que soy famoso, la que me llama “Manu” sin que nadie se lo haya enseñado, la que también lleva Cristóbal y que a las dos de la madrugada me respondería el teléfono sin preguntar por qué.

Yo, con la tarjeta de Cristóbal sobre la mesa de la cocina, la propuesta de tres meses flotando en el aire y una idea que se me acaba de encender en la cabeza.

¿Y si la novia estable fuera la única mujer con la que no había actuado en mi vida?