Capítulo 27. Sin reglas
Sin reglas
Fue ella la que tiró de mí hacia dentro, o fui yo.
No lo recuerdo, y no me importa: lo que recuerdo es que la puerta de cristal se cerró a nuestras espaldas y el salón nos recibió con la luz encendida, y no la apagué.
Todas las otras veces había habido algo que nos sobraba: una cámara, un público, una hora, un miedo a que se notara.
Aquella noche no sobraba nada, y la luz podía mirarnos todo lo que quisiera.
Carla se detuvo en mitad del salón, sin saber de pronto qué se hacía cuando no quedaban reglas.
—No sé cómo se empieza esto —dijo.
—Yo tampoco. —Me acerqué—. Llevo quince años empezando cosas con guion. Esto es la primera vez que empiezo sin saber la frase.
—Pues di la primera que te salga.
La primera que me salió no fue una frase. Fue besarla.
El móvil seguía sonando en la mesa, con Cristóbal y la prensa y el mundo entero pidiendo la segunda parte.
Lo apagué sin mirarlo y lo dejé boca abajo, y el silencio que se hizo fue el más bonito que había oído en meses.
Después le quité la chaqueta a Carla y le fui desabrochando la camisa despacio, sin prisa, como quien lee una carta que se sabe de memoria y aun así no quiere terminar.
Nos quisimos como no nos habíamos querido nunca: sin reloj, sin puerta que vigilar, sin guardarnos una parte para la salida.
Fue despacio y luego deprisa y luego despacio otra vez, como quien aprende por fin un idioma que llevaba toda la vida sabiendo.
La luz seguía encendida, y por primera vez no nos escondimos de ella.
Le besé el hombro y le dije que nunca la había visto entera, y Carla entendió que no hablaba de la ropa.
Se reía y me tapaba la cara con las manos, y yo se las apartaba, porque ya no quería taparme nada.
Cuando al final nos quedamos sin aire, con la luz encendida y el mundo apagado, apoyé la frente en la suya y dije la única frase que nunca había dicho sin que sonara a guion:
—Te quiero, Carla. Y esta vez no hay cámara delante.
Carla no me lo devolvió con palabras: me besó despacio, que es su manera de decirlo todo. Luego se quedó un rato callada, con la cabeza en mi pecho, y dijo bajito que estaba harta de esconderse, harta de que su vida la contaran otros, y que quería contárselo a su madre, a Lucía, a todo el mundo.
—Pues se lo contamos nosotros —dije—. A tu familia, a los míos, a la prensa. Esta vez la historia la contamos nosotros. —La abracé—. Se acabó esconderse. Se acabó que nadie sepa cuándo es verdad. A partir de ahora lo sabe todo el mundo.
—¿Y qué dirá todo el mundo?
—Que he dejado de tener una marca que proteger. —Sonreí—. Ya no tengo nada que esconder, Carla. Solo tengo esto, y esto lo quiero a gritos.
A la mañana siguiente encendí el móvil y tardó medio minuto en dejar de vibrar.
Llamamos a Nervión antes de que se nos enfriara el valor.
Mercedes contestó con esa voz suya de los domingos, y Carla se lo dijo de una vez, sin adornos, como se dicen las cosas cuando ya no se pueden adornar: que estaba conmigo, que esta vez era de verdad, que quería que lo supiera por ella y no por una revista.
Mercedes se quedó callada un momento. Luego dijo que ya lo sabía, que lo supo la noche del teatro, cuando su hija se fue por la puerta de atrás sin mirarla, y que le parecía bien, y que el domingo fuéramos a comer, que don Álvaro quería hablar conmigo.
—¿Y de qué quiere hablar conmigo? —pregunté, con el corazón en la garganta.
—De nada malo, Manu. —Y por primera vez me llamó Manu—. De que su hija vuelve a reírse como se reía de pequeña.
A Lucía se lo contó Carla por teléfono, y Lucía, que no dice “te lo dije”, se limitó a llorar un poco y a colgar.
El domingo comimos en casa de sus padres.
Mercedes había puesto el mantel de las bodas, don Álvaro había sacado el vino bueno y Lucía había venido con su marido y una tarta de tres chocolates que, según ella, era “para celebrar que mi hermana ha dejado de hacer el ridículo”.
Carla se puso roja. Mercedes dijo que eso no se decía en la mesa.
Don Álvaro dijo que se dijera, que la tarta estaba buenísima.
—Y usted, Manu, ¿qué piensa hacer ahora? —preguntó don Álvaro cuando llegó el café.
—Cocinar. —Le tendí la taza—. Y no actuar.
—Ya. —Me miró por encima de las gafas—. ¿Y eso da de comer?
—Eso da de cenar.
Don Álvaro se rió. Fue la primera vez que le oí reírse, y me pareció que la casa entera se aflojaba un poco.
Después del café, el móvil de Carla sonó. Miró la pantalla y se quedó blanca.
—Es el director de la serie.
—Cógelo.
—Estoy en casa de mis padres.
—Cógelo.
Se levantó y se fue al pasillo. Mercedes se quedó con la taza a medio camino y la oreja puesta. Don Álvaro siguió con el periódico, pero ya no leía. Lucía me miró con una sonrisa de complicidad.
Carla volvió a los diez minutos con los ojos brillantes.
—Me amplían el papel —dijo—. Cuatro capítulos más. Y quieren que haga la segunda temporada.
Mercedes se levantó tan rápido que tiró la servilleta.
—¿La segunda temporada?
—La segunda temporada, mamá.
Mercedes la abrazó. Don Álvaro dejó el periódico y se levantó, y no supe qué iba a hacer. Luego le dio un abrazo a su hija, torpe, de padre que no sabe abrazar, y le dijo:
—Enhorabuena.
Carla se echó a llorar. Lucía también. Mercedes también. Yo me quedé en la silla, con la taza en la mano, sintiéndome el hombre más afortunado del mundo.
—¿Y tú? —me dijo Don Álvaro, cuando se separó de Carla—. ¿Qué vas a hacer?
—No lo sé. —Me encogí de hombros—. Cocinar. Aprender. No actuar.
—¿Y eso da de comer?
—Eso da de cenar.
Se rió otra vez. La casa entera se estaba aflojando.
Mi móvil sonó. Era mi madre.
—¿Qué pasa? —dijo—. ¿Estás bien?
—Estoy bien, mamá.
—He visto las noticias. —Hizo una pausa—. Y he visto a la chica. Es guapa.
—Mamá.
—¿Es buena?
—Es la mejor.
—¿Y te quiere?
—No lo sé.
—Pregúntaselo.
—Mamá.
—Manu. —Bajó la voz—. Yo no sé mucho de actores, pero sé de hombres. Y tú, cuando hablas de ella, hablas como tu padre cuando hablaba de mí.
Me quedé sin respuesta.
—¿La vas a traer a comer?
—Cuando quieras.
—El domingo.
—Mamá, este domingo...
—El domingo. —Colgó.
Carla me miró desde el sofá.
—¿Tu madre?
—Mi madre.
—¿Qué ha dicho?
—Que quiere conocerte.
—¿Y tú qué has dicho?
—Que el domingo.
Carla se rió.
—¿El domingo?
—El domingo.
—Manu, este domingo tengo...
—Ya. —Me encogí de hombros—. Se lo he dicho a mi madre. No se discute.
Mercedes se secó los ojos y se sentó otra vez.
—¿Otra comida familiar? —dijo—. Esto se está convirtiendo en una costumbre.
—Es lo que tiene el amor, mamá —dijo Lucía—. Que da hambre.
El martes siguiente, la serie de Carla se estrenó.
Lo celebramos en casa, con el salón lleno de gente, la tele grande y una mesa de aperitivos que Mercedes había montado en la cocina.
Pablo trajo dos cajas de cervezas. Javi vino con Marta, la prima de Lucía, y se pasó la noche con la mano en la rodilla de ella, como un adolescente.
Dani trajo una libreta y un bolígrafo, que nadie supo para qué.
Mi madre llegó con una tarta de almendra y se sentó al lado de Mercedes, y las dos se pasaron la primera hora comparando lo mal que habían criado a sus hijos.
—Yo a este no le enseñé a mentir —decía mi madre.
—Yo a esta no le enseñé a ser tan cabezota —decía Mercedes.
—Pues algo hicimos mal.
—O algo hicimos bien.
Carla estaba de pie, junto al sofá, con una copa de vino que no se bebía y la cara de una actriz que va a ver su primera escena en televisión con su familia delante. Yo me senté en el brazo del sofá y le cogí la mano.
—¿Nervios?
—Muchos.
—Vas a estar genial.
—No lo sabes.
—Lo sé.
—Manu.
—Te he visto actuar.
Me apretó la mano. La serie empezó con una panorámica de Sevilla, un plano de una calle de época y una música de violines. En la tercera escena apareció Carla, con un vestido azul y el pelo recogido, diciendo una frase que yo le había oído ensayar en el coche.
—¡Ahí está! —gritó Mercedes.
—¡Mamá!
—¡Que salgo yo, mamá!
—Perdón.
Carla se puso roja. Mi madre aplaudió. Don Álvaro se inclinó hacia delante y dijo, con la autoridad de un crítico de cine:
—Ese reloj no es de la época.
—Álvaro —dijo Mercedes.
—Lo digo por la serie.
—Pues dilo bajito.
Carla se rió. En la pantalla, su personaje discutía con un general, y ella le contestaba con una dignidad que yo no le había visto en la vida real. Era buena. Era muy buena. Y todos lo estábamos viendo.
Al terminar el episodio, el salón aplaudió. Mercedes lloraba. Mi madre lloraba. Javi aplaudía con una mano y con la otra sostenía la cerveza. Dani levantó la caña, que en Dani era un discurso. Don Álvaro se quedó un momento mirando la pantalla y luego dijo:
—Bueno. No está mal.
Carla se rió y se secó los ojos.
—Gracias, papá.
—El reloj sigue mal.
—Papá.
—Pero el resto, bien.
Carla se acercó a mí, con la copa todavía en la mano y la cara de una mujer que acababa de ver cumplido un sueño.
—¿Y ahora qué? —dijo.
—Ahora te va a llamar todo el mundo.
—Ya me está llamando. —Me enseñó el móvil, que no paraba de vibrar—. No sé qué hacer.
—Disfrutarlo.
—¿Y si me lo estoy inventando?
—No te lo estás inventando. —La miré—. Te lo has currado.
Carla me besó. Delante de su madre, de mi madre, de Javi, de Marta, de Dani, de Pablo y de Don Álvaro, que dijo “bueno” y volvió a mirar la tele.
Esa misma tarde sonó el móvil. Era Cristóbal, y por la voz no sabía si iba a felicitarme o a matarme, que es como Cristóbal felicita.
—¿Sabes lo que has hecho? —dijo.
—Ya lo sé.
—No lo sabes. —Hizo una pausa—. Llevo dos días sin poder contestar el teléfono.
El director quiere que vuelvas al proyecto: dice que el papel era tuyo, que sin ti no hay película.
Y una marca ha llamado para ofrecerte una campaña entera.
—Se rió, sin ganas o con ellas—. Has convertido el escándalo en la mejor campaña de mi vida, y no la he montado yo. La has montado tú, sin guion.
—Con una condición —dije—. Carla no sale en ningún anuncio. Ni una foto, ni una mención, ni una indirecta. Si la usan para vender, se acabó.
—¿Crees que no lo sé? —Cristóbal bajó la voz—. Esta vez la historia se cuenta como ella quiera. Y necesito una declaración vuestra. Una sola, la que escribáis vosotros, y la publico tal cual, sin tocar una coma.
—¿Y eso vale algo, tu palabra?
—Menos que la palabra de bar de Pablo. Pero algo vale.
—¿Y tú qué ganas con esto? —le pregunté.
—Nada. —Hizo una pausa—. O quizá la posibilidad de mirarme al espejo sin ver a un vendedor de humo.
Esa tarde nos sentamos Carla y yo en la cocina a escribir la declaración. Ella quería poner que nos habíamos conocido en un evento benéfico; yo quería poner la verdad. Negociamos.
—“Manu y Carla se conocieron, se enamoraron y decidieron dejar de fingir.” —Carla leyó la frase en voz alta—. Suena a comunicado de ayuntamiento.
—¿Y si ponemos “El amor no era parte del trato”?
—Eso suena a título de telenovela.
—Pero es verdad.
—Por eso suena a telenovela. —Carla se rió, y fue la primera risa de verdad en días—. Pon lo que quieras, Manu. Pero que no lo haya escrito Cristóbal.
Al final la firmamos los dos, con una sola frase: “Lo nuestro empezó como un trato y terminó siendo la única cosa de verdad. Gracias por no dejar de creernos.”
Cristóbal la publicó tal cual, sin tocar una coma. Y por primera vez en meses, la prensa contó una historia que no habíamos inventado.
Esa noche fuimos al bar de Pablo, que es donde van los que tienen algo que celebrar y los que no saben adónde ir, y aquella noche éramos de los dos.
Pablo puso las cañas sin que las pidiéramos y nos miró como quien ve cerrarse un círculo.
Javi me dio una palmada en la espalda y dijo que por fin había dejado de actuar, que ya era hora, y Dani levantó la caña sin decir nada, que en Dani vale por un discurso.
La puerta se abrió y entró Adrián.
Se hizo un silencio de los que no se ensayan. Pablo dejó de limpiar el vaso de siempre, y yo no supe si levantarme. Adrián me ahorró la decisión: cruzó el bar, se paró delante de mí y me miró un momento.
—No he venido a montar una escena —dijo—. Solo a decirte que he visto reírse a esa mujer así una vez en la vida, y no era conmigo. —Me tendió la mano—. Cuídala. Y si algún día la haces llorar, vendré a buscarte. No para pelearme: para recordártelo.
Se la estreché. —No hará falta.
—Ya lo sé. —Sonrió, con una dignidad que no le conocía—. Por eso me voy tranquilo.
—¿Y tú qué vas a hacer? —le pregunté.
—Me voy a Madrid. —Se encogió de hombros—. A empezar de cero. O a intentarlo.
—No sabía que tenía planes.
—Yo tampoco. —Sonrió—. Pero he oído que allí también hay bares.
Se fue, y la puerta se cerró detrás de él con un golpe suave.
Pablo soltó el aire que llevaba conteniendo desde la entrada y volvió a llenar las cañas.
Javi dijo que aquel tío tenía más clase de la que aparentaba, y yo me quedé con la mano aún caliente del apretón y la certeza de que el último cabo de la historia se acababa de atar.
Pablo volvió a llenar las cañas y dijo, con la solemnidad de los bares:
—A ver, que yo me entere: ¿el ex de tu novia viene a tu bar, te da la mano, te dice que la cuides y se va? ¿Y no hay pelea?
—No hay pelea.
—Pues qué decepción. —Se rió—. Yo tenía preparada la escoba.
Javi levantó la caña.
—Por los hombres que saben perder.
—Y por los que saben ganar —dijo Dani, y bebió.
Mucho más tarde, de madrugada, Carla se quedó dormida en mi pecho, con la mano sobre mi corazón, vigilando que siguiera latiendo.
Yo no dormía. No quería: llevaba tres meses esperando una noche así para guardármela, y no pensaba desperdiciarla cerrando los ojos.
Sevilla estaba ahí fuera, a oscuras, y dentro estábamos nosotros, a la luz, que era donde había querido estar desde el principio sin saberlo.
Carla murmuró algo sin despertarse del todo, con la voz de las que hablan desde el sueño.
—Tres reglas, Manu. Las incumplimos las tres.
—Y por eso estamos aquí.
—¿Y ahora qué?
La besé en la frente, despacio.
—Ahora todo de verdad.
Carla sonrió dormida, que es la sonrisa que no se puede fingir, apretó la mano sobre mi corazón y se acomodó contra mí. Yo me quedé despierto mucho rato, con el corazón haciendo ruido debajo de su mano, con miedo a que alguien gritara “¡corten!”.