Luces, cámara y... ¿Amor? (Urbanización Simón Verde nº 3) Capítulo 28. De farsa a veras
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Capítulo 28. De farsa a veras

De farsa a veras

Seis meses después, la película que casi pierdo tuvo su estreno oficial en el Festival de Cine de Sevilla, y Carla estaba en primera fila.

Lo de la primera fila lo pidió ella; lo de no quitarle ojo lo puse yo, así que la proyección la vimos a medias: ella miraba la pantalla y yo la miraba a ella en la penumbra.

En la pantalla, mi personaje besaba a la suya bajo la lluvia de atrezzo, con la música subiendo en el momento justo, y yo pensé que aquel beso, que tantas tomas costó, no era nada al lado de los que no ensayamos.

En primavera, cuando rodamos, el director me preguntó qué me había pasado, que la escena de amor me salía a la primera sin ensayar.

No supe decírselo. Yo sí lo sabía: me bastaba con pensar en Carla para que ninguna de aquellas frases sonara a guion.

Cuando se encendieron las luces, la sala aplaudió de pie, y yo, que llevaba años oyendo aplausos, busqué a Carla en la primera fila antes que a nadie. Estaba aplaudiendo con las dos manos, que es como aplaude la gente que no tiene que demostrar nada.

Al acabar, Cristóbal apareció con el móvil en la mano y me lo enseñó como quien enseña un trofeo: “El actor que renunció a todo por amor vuelve a la gran pantalla con la película de su vida.” Sonrió, con esa sonrisa suya de comisión.

—¿Ves? —dijo—. Te dije que la verdad vendería más que la mentira.

—No la he contado para vender, Cristóbal.

—Ya lo sé. Por eso vende tanto. —Me guiñó un ojo—. Y esta vez no la he montado yo. La ha montado ella, dejándose querer delante de todos.

Fuera, en la alfombra, una periodista me preguntó si lo de Carla y mío era verdad o era otra campaña. Me reí, y le señalé a Carla, que hablaba con su madre a unos metros.

—Pregúnteselo a ella. Es la única que lo ha sabido siempre.

Carla levantó la vista y me sonrió, y se me olvidó que había cámaras.

El mes que viene estrena ella la suya, y ya le he avisado de que yo seré el de la primera fila, el que no le quita ojo.

Cuando Carla me cogió de la mano para cruzar la alfombra, yo, que llevaba años cruzándolas solo, entendí que nunca había cruzado ninguna de verdad.

Después nos fuimos a Simón Verde, que es donde se celebran las cosas que importan.

Don Matías nos abrió la puerta de la urbanización con una sonrisa que no le había visto nunca.

—Esta noche sí que hay algo que celebrar, señor Casas.

—Esta noche y todas, Don Matías.

—Ya. —Se quedó mirando la casa encendida—. Pero esta es la primera en que la casa sabe lo que celebra.

No entendí del todo lo que quiso decir. Don Matías no dice nunca las cosas para que se entiendan del todo.

La fiesta estaba en casa, o en la nuestra, que es como se dice cuando una casa deja de ser de uno.

Simón Verde olía a jazmín y el salón estaba lleno de los que siempre estuvieron: Pablo, que llenaba cañas sin que nadie se las pidiera, Javi, que no sonríe cuando las cosas van en serio, llevaba toda la noche sonriendo, que era la mejor señal de que aquello iba en serio, y Dani, que sigue sin decir nada, levantó la caña y sonrió, y con eso bastó.

Me detuve un momento en mitad del salón, con la copa en la mano, mirándolos a todos: a los que me habían visto caer y a los que me habían levantado, a la familia que no me tocaba de sangre y a la que me tocaba de todo lo demás.

Hacía un año, aquel salón era el decorado de una mentira.

Ahora era la casa donde Carla dejaba el bolso al entrar, y eso, para un actor que ha vivido de prestado, es lo más parecido a tener un papel propio.

Doña Mercedes revoloteaba con una bandeja con la autoridad de que la casa era suya, que ya lo era. Se acercó a Carla y le arregló el pelo, que es su manera de decir las cosas sin decirlas.

—Por fin has sentado la cabeza, hija.

—Mamá, llevas años diciendo eso.

—Sí. Pero esta vez es verdad. —Mercedes me miró por encima de las gafas—. Y con un hombre de bien.

Carla se quedó con la boca abierta. Yo también. Don Álvaro, desde el sofá, tosió para disimular que le temblaba la voz, y luego me buscó en un aparte y me miró con esa cara suya de los veredictos.

—Aquella tarde, en el balcón, me dijo usted que mi hija era la mejor actriz que había visto. —Hizo una pausa—. Se equivocaba. La mejor actriz que ha visto es la mujer que es cuando no actúa. —Me tendió la mano—. Y me alegro de que sea con usted con quien no tenga que actuar.

No me salió palabra, que es mi manera de dar las gracias cuando las de verdad no me salen.

Lucía había venido con su marido, un tipo callado que se pasó la noche mirándola con la cara de quien acaba de conocerla, y Carla me susurró que llevaban así desde la boda, que había gente que no se cansaba.

Entre los invitados había caras de otros rodajes, de esas que solo se cruzan en los estrenos: Candy y Martín, que se reían de todo, y Alma y Ben, que se miraban con la sensación de que su propia película no había acabado.

No hizo falta que me dijeran de qué serie venían: cada pareja era su propia serie.

Pablo levantó la caña.

—¡A la salud del hombre de bien!

—¡A la salud del hombre de bien! —repitió medio salón, hasta don Álvaro.

—Y a la salud de la mujer que lo ha aguantado —dijo Mercedes, levantando su copa.

—Mamá —dijo Carla.

—¿Qué? Es verdad. —Mercedes me guiñó un ojo—. Este hombre necesita que lo quieran mucho y que le digan que no de vez en cuando.

—Eso lo hago yo —dijo Carla.

—Por eso te has quedado con él —dijo Lucía.

Se rieron todos, hasta don Álvaro, que se rió con la boca cerrada y la copa en alto.

La fiesta siguió en el salón, con la música bajita y la gente repartida entre el sofá, la terraza y la cocina.

Mi madre había venido con una tarta de almendra que había hecho ella y que, según ella, era “la receta de la abuela”.

Mercedes había traído pestiños. Las dos se conocieron en la puerta y se miraron como dos generales antes de una batalla.

—Usted debe de ser la madre de Manu —dijo Mercedes.

—Y usted la madre de Carla. —Carmen le tendió la mano—. Encantada. Me han dicho que su hija es actriz.

—Actriz y cabezota.

—Como todas.

Se rieron. En diez minutos ya estaban sentadas en el sofá, comparando recetas, maridos y lo mal que se portan los hijos cuando se enamoran.

—Este mío lleva dos meses diciéndome que no tiene novia —dijo Carmen.

—El mío también. —Mercedes la miró—. Y mire ahora.

—Ya. —Carmen bajó la voz—. ¿Usted cree que se casarán?

—Yo creo que ya están casados y no lo saben.

Don Álvaro apareció con dos copas de vino y se sentó al lado de Carmen.

—¿Usted es la madre del actor?

—Soy la madre de Manu. El actor es un papel que se pone para las revistas.

Don Álvaro se rió.

—Eso mismo pienso yo de mi hija. —Le tendió una copa—. ¿Vino?

—Una nada.

—Me gusta.

Lucía, desde la cocina, sacó la tarta de tres chocolates y la de almendra y las puso en la mesa. Carla me buscó con la mirada y me hizo un gesto para que me acercara.

—¿Qué pasa? —dije.

—Que nuestras madres se llevan demasiado bien.

—¿Eso es malo?

—Es peligroso. —Se rió—. Mi madre acaba de preguntarle a la tuya si sabe hacer croquetas.

—¿Y qué ha dicho?

—Que si no las sé hacer, no me case.

—¿Y tú qué has dicho?

—Que las croquetas las hago yo.

Me reí. Carla me cogió de la mano y me llevó hacia la cocina con una excusa que no engañó a nadie.

Mercedes nos miró desde el sofá con las cejas levantadas. Mi madre le dio un codazo y le dijo algo al oído. Las dos se rieron.

—¿Qué pasa? —dijo Carla.

—Nada. —Cerré la puerta—. Que tengo una cosa para ti.

—¿Una cosa?

—Una cosa pequeña. —Saqué la caja del bolsillo—. No es una escena.

Carla abrió la caja. Dentro había una llave y una nota escrita a mano, con la letra de los temblores.

Esta no es la llave del trato. Es la de casa. Y la de lo que quieras.

Carla se quedó mirando la llave. Luego levantó la vista, con los ojos llenos.

—Ya tenía una llave —dijo.

—Esa era la de antes. —Me encogí de hombros—. Esta es la de después.

—Manu.

—No he preparado discurso. —Levanté las manos—. He pensado en uno, pero lo he tirado. Esto es lo que hay.

Carla se rió y se secó los ojos con la manga.

—¿Sabes que me estás proponiendo matrimonio con una llave?

—No. Te estoy proponiendo que te quedes. Lo otro viene después.

—¿Cuándo?

—Cuando tú digas.

—No. —Carla sonrió—. Cuando tú digas. Te toca.

Carla se quedó con la llave en la mano y la nota apretada contra el pecho. Luego me besó. En la cocina, con la puerta cerrada y la fiesta al otro lado, y no hubo cámaras, ni flashes, ni nadie pidiendo un beso.

Cuando salimos, el salón entero estaba mirando. Mercedes tenía el pañuelo en la mano. Mi madre tenía la tarta a medio cortar. Pablo levantó la caña. Dani levantó la suya. Don Álvaro dijo:

—¿Ya está?

—Ya está —dije.

—¿Y la boda?

—Cuando ella diga.

Carla se puso roja. Mercedes se echó a llorar. Mi madre le dio un abrazo. Pablo gritó “¡que se besen!” y medio salón le siguió, y Carla me besó otra vez, delante de todos, con la llave en la mano y la risa de siempre.

—Menudo drama —dijo mi madre—. Y yo sin traer pañuelos.

—Yo tengo —dijo Mercedes.

—Pues compártelos.

Se rieron. Carla me cogió de la mano y me llevó hacia el salón.

Don Matías apareció en la puerta con el uniforme impecable y una botella de vino que no le había visto nunca. Carla lo había invitado sin decirme nada.

—Señor Casas —dijo—. Señorita Pérez.

—Don Matías. —Carla le dio dos besos—. Ha venido.

—He venido a ver si la casa sabía lo que celebraba. —Miró el salón, la mesa, las familias—. Y parece que sí.

Le ofrecí una copa. La aceptó con la solemnidad de quien acepta un cargo.

—No suelo beber en la portería —dijo.

—Esto no es la portería.

—Ya. —Bebió un sorbo—. Se nota.

Carla se fue a por tarta. Don Matías se quedó a mi lado, con la copa en la mano y la mirada en la fiesta.

—¿Contento? —preguntó.

—Mucho.

—Se le nota. —Bajó la voz—. La última vez que lo vi subir a casa, tenía cara de hombre que había perdido algo.

—Y lo había perdido.

—Ya. —Bebió otro sorbo—. Las cosas importantes se pierden y se encuentran. Como las llaves.

Me reí.

—Gracias, Don Matías. Por lo del teatro. Por lo de siempre.

—Yo solo abro puertas, señor Casas. Usted es el que empuja.

Carla volvió con un plato de tarta y se lo puso en las manos.

—Pruebe, que es de mi madre.

—No debería.

—Pruebe.

Don Matías probó. Masticó despacio, con los ojos cerrados, y luego asintió.

—Está buena.

—¿Solo buena?

—Muy buena. —Se limpió la boca con el pañuelo—. Pero no se lo diga a mi mujer.

—¿Su mujer hace tarta?

—Mi mujer hace todo. Y todo le sale mal. —Se rió—. Pero lleva cuarenta años haciéndolo, y yo me lo como.

Carla se rió. Don Matías dejó el plato en la mesa, se ajustó la chaqueta y miró el salón una última vez.

—Me voy —dijo—. La portería no se abre sola.

—Gracias por venir.

—Gracias por invitarme. —Se giró en la puerta—. Y señor Casas.

—¿Sí?

—La próxima vez que suba a casa, suba con la llave. No con el guion.

Se fue. Carla me miró, con una sonrisa de las de verdad.

—Me gusta tu portero.

—Es el mejor.

Cuando la fiesta estaba en su mejor momento, Carla me tiró de la manga y me sacó a la terraza.

Sevilla estaba abajo, encendida, y nosotros dos con una copa cada uno en el mismo sitio donde nos habíamos inventado las reglas nuevas.

Dentro se oía la fiesta, apagada por el cristal, como un rumor que ya no daba miedo.

Brindamos, sin prisa, mirando la ciudad.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo? —dijo Carla, sin dejar de mirar Sevilla.

—Dime.

—Que ya no tengo que adivinar cuándo es verdad. —Se volvió—. Lo sé.

Me quedé con la copa a medio camino. —¿Y cuándo lo supiste?

—La noche del teatro, cuando saliste detrás de mí sin guion. —Sonrió—. O quizá antes. Ya no me importa saberlo.

Nos quedamos un rato en silencio, con las copas y la ciudad, y yo pensé que aquella terraza había sido el escenario de casi todo: las reglas, la primera noche, la verdad escrita en una hoja, la noche que creí que la había perdido.

Ahora era el sitio donde Carla me miraba sin preguntarse si estaba actuando.

—¿Nos quedamos aquí un rato? —dijo.

—Hasta que quieras.

—Entonces mucho.

La besé en la frente, despacio, y por primera vez no tuve miedo de que alguien gritara “corten”. Porque no había cámara, ni guion, ni trato. Solo ella, yo y la noche entera.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de todo esto? —dijo Carla.

—Dime.

—Que no hay nadie mirando.

—Nadie.

—Y que, aun así, me miras.

La noche seguía muy quieta, y el silencio no me dio miedo.

—Manu.

—¿Qué?

—Que me quedo.

—Ya lo sé.

—No. Que me quedo de verdad. Con llave y todo.

—¿Y el papel de la comedia? —dijo.

—Lo he aceptado.

—¿El del padre que no sabe cocinar?

—Ese.

—Te va a salir bien.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque ya sabes hacer una cosa de verdad.

—¿Cuál?

—Quedarte.

—Y tu serie ha renovado —dije.

—Ya lo sé. —Se rió—. Voy a tener que contratar a alguien para que me recuerde que no soy mi personaje.

Sevilla seguía encendida, y no me importó no tener un guion para lo que venía.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora todo de verdad.

Dejamos que lo que venía nos encontrara, sin saber qué era, que es la mejor manera de esperar el futuro.

Me reí, la abracé y dejé que la ciudad siguiera girando sin nosotros. Aquella noche, sin más, no tuve que actuar para ser feliz.

Se calló un momento, con la copa en la mano, mirándome.

—¿Sabes cuál es el problema de fingir que estás enamorada de tu mejor amigo? —dijo, con esa sonrisa suya de cuando va a soltar una de las buenas.

—Dime.

—Que puedes acabar dejando de fingir.

La miré, con esa mirada que ya no es de cámara.

—No, cariño. El problema es que yo nunca empecé a fingir. Contigo no sé actuar.

Carla se rió, la risa de verdad, la que se le sube a los ojos y se le oye desde la calle, y me dio un beso de los de regla uno, de los que no se ensayan. Los de siempre, desde el sofá, aplaudieron. Y Don Matías, desde la puerta, sonrió como quien lo sabía desde el principio.

No hacía falta nada más. Y lo sabíamos los dos.

Yo, que llevo quince años aprendiendo a ser otros, entendí por fin que el único papel que no se ensaya es el de ser uno mismo. Y que el mío, por suerte, se escribe a dos.