Luces, cámara y... ¿Amor? (Urbanización Simón Verde nº 3) BONUS. Lo que Carla no dijo
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BONUS. Lo que Carla no dijo

BONUS · CARLA

Lo que Carla no dijo

Llegué a su casa veinte minutos antes de la hora.

No fue casualidad. Llevaba tres días ensayando lo que iba a decirle y necesitaba decírselo antes de que se me acabara el valor.

Subí en el ascensor con el bolso apretado contra el pecho y una frase en la cabeza: “Manu, no quiero que esto sea un trato”.

La repetí tantas veces que empezó a sonar a guion.

La puerta estaba entornada. La empujé despacio y entré en el salón. Olía a limpio, a café y a él, y en la mesa había una hoja con letra de médico. Me acerqué sin querer, o queriendo, y leí la primera línea: “Escena final”. Me quedé quieta. Luego oí su voz en el baño.

—Te quiero, Carla.

Lo dijo con una voz grave, de tráiler. Luego lo repitió más despacio, con una voz de drama.

Luego lo dijo bajito, casi sin aire, con la voz que yo le había oído en la cocina la noche del primer beso.

Las tres voces me llegaron al mismo sitio.

Me quedé en mitad del salón, con la hoja en la mano, y sentí que el suelo se me abría.

No era una declaración. Era un ensayo.

Me senté en el sofá, porque las piernas me dijeron que no iban a sostenerme mucho más.

Leí la hoja entera. “Frase clave: te quiero, Carla. No es parte del trato. Que no parezca ensayado.” Me reí, y la risa me salió fea, de las que duelen en la garganta.

Claro que no quería que pareciera ensayado. Era su trabajo.

Cuando salió del baño, yo ya tenía la cara de la actriz que ha decidido no llorar delante del público. Él me miró con esa cara de susto que se le pone cuando no sabe qué decir. Yo sí sabía qué decir. Llevaba tres días ensayándolo.

—Bonito plano —dije.

Él intentó explicarse. Dijo que la hoja era para él, que no sabía decirlo sin escribir, que me quería.

Yo le oí las palabras y le vi la boca, y en lugar de creerle, me acordé de las tres voces del espejo.

Me acordé de la primera noche, del garaje, del preestreno que aún no había llegado.

Me acordé de todos los momentos en que me había dicho algo bonito y yo había tenido que preguntarme si lo decía el hombre o el actor.

—Es lo que diría tu personaje —le dije—. Y lo dirías tan bien que te lo creerías tú.

No era justo. Lo sé. Pero en aquel momento no había nada justo.

Me había pasado tres meses queriendo creerle y tres días ensayando cómo decírselo, y él había estado en el baño ensayando cómo decírmelo a mí.

Los dos éramos actores. La diferencia era que yo ya no sabía cuál de mis papeles era el de verdad.

Me fui sin portazo. Cerré la puerta despacio, con cuidado, como quien no quiere despertar lo que deja dentro.

En el ascensor me miré en el espejo y me dije que no iba a llorar.

Lloré en el coche, en el semáforo de la avenida, con la cabeza apoyada en el volante y la hoja de Manu arrugada en el bolso.

Los tres días siguientes los pasé en casa de Lucía. Mi hermana no me preguntó qué había pasado. Me puso una manta, me hizo una tortilla y se sentó a mi lado en el sofá, y cuando le conté lo del espejo se quedó un momento callada.

—¿Y tú qué crees? —dijo—. ¿Que te quería o que te estaba preparando una escena?

—No lo sé.

—Carla.

—De verdad que no lo sé. —Me sequé los ojos con la manga—. Eso es lo peor. Que ya no sé distinguir cuándo me habla Manu y cuándo me habla el personaje.

Lucía me miró con esa paciencia de hermana mayor que ha visto todas mis versiones.

—¿Y Adrián?

—Adrián me ha llamado.

—¿Y qué le has dicho?

—Que me dé tiempo.

—Carla.

—Lo sé.

Adrián no era la respuesta. Lo sabía antes de decirlo. Pero Adrián era una puerta conocida, y yo llevaba tres meses viviendo en una casa sin planos. Cuando me pidió que volviera, le dije que sí. No porque le quisiera. Porque me daba menos miedo que seguir esperando a que Manu dejara de actuar.

Mi madre se puso contenta. Mi padre dijo que por fin sentaba la cabeza. Lucía no dijo nada, y eso fue peor que si me hubiera gritado.

La noche del preestreno me vestí como se viste una actriz que va a despedirse. Vestido negro, pelo recogido, labios rojos. En el coche, Adrián me dijo que estaba guapa. Le dije gracias. No me tembló la voz. Eso debería haberme dado miedo.

En la alfombra estaba Manu, con el traje de siempre y la cara de estar a punto de vomitar. Cuando me vio, se le quedó la sonrisa quieta. Yo levanté la barbilla y le pregunté si estaba listo para la última escena. Él dijo que no sabía de qué le hablaba. Claro que no.

Entramos en el cine. Me senté a su lado y vi la película con las manos en el regazo. Cuando llegó la escena treinta y dos, la de la lluvia y la frase, me di cuenta de que se la había dicho a mí. No al personaje. A mí. Y por un segundo quise creerle. Luego me acordé del espejo y se me pasó.

Al acabar, un fotógrafo pidió un beso. Manu no se movió.

Yo me acerqué, le puse las manos en la cara y le besé.

Fue el beso más profesional de mi vida. La mano en la mejilla, la inclinación justa, la boca apartándose antes de que se convirtiera en otra cosa.

Cuando me separé, le dije al oído: “Última escena. La hemos bordado.” No era verdad.

Era la primera vez que besaba a alguien y deseaba que no se acabara.

Le esperé en el garaje porque necesitaba decírselo.

No lo que él quería oír. Lo que yo necesitaba decir.

Cuando llegó, con la chaqueta por los hombros y la cara cansada, se me acercó y me dijo que me quería.

Otra vez. Sin guion, sin hoja, sin espejo.

Y yo le creí. Ese fue el problema. Le creí y aun así le dije que no.

—No me lo demuestres con palabras —le dije—. Las tuyas ya no me llegan.

No era crueldad. Era la única manera que se me ocurrió de pedirle algo que no se pudiera ensayar.

La rueda de prensa la vi en el sofá de Lucía, con una manta y un café que se me enfrió en las manos.

Manu salió con la cara de un hombre que se está quitando una armadura, y dijo la verdad delante de todas las cámaras.

Dijo que me había querido, que no había sabido decírmelo sin que sonara a contrato, que renunciaba al papel y a la marca.

Yo me quedé mirando la pantalla sin respirar.

—Ha sido valiente —dijo Lucía.

—Ha sido tarde —dije.

—Carla.

—Lo sé.

Me quedé un rato con el café frío y la tele encendida. Luego me levanté, me puse el abrigo y llamé a Adrián.

—Tengo que hablar contigo —le dije.

Le dije la verdad en la puerta de su casa, delante de su madre y de medio portal.

Le dije que no le quería, que nunca había dejado de querer a otro, que me había refugiado en él porque era lo conocido.

Él me escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, me dijo que ya lo sabía.

Que lo supo la noche del preestreno, cuando le besé y él notó que estaba en otra parte.

Me dio dos besos, me deseó suerte y me cerró la puerta con una dignidad que no le conocía.

Luego llamé a Lucía.

—¿Dónde está? —le pregunté.

—En Simón Verde. Acaba de llegar.

—Voy.

—Carla. —Mi hermana se quedó un momento—. No le hagas esperar. Esta vez no.

Don Matías me abrió la puerta de la urbanización con una sonrisa que no le había visto nunca.

—Señorita Pérez —dijo—. Ya era hora.

—¿Está?

—Está. Y lleva toda la tarde esperando algo.

Subí en el ascensor con el corazón en la garganta y el bolso vacío. No llevaba maquillaje, no llevaba móvil, no llevaba un discurso. Llevaba tres reglas rotas y una pregunta.

Cuando se abrió la puerta, Manu estaba en el umbral, con las manos en los bolsillos y la cara de un hombre que no sabe si le van a besar o a cerrar la puerta. Yo tampoco lo sabía.

—Hola —dije.

—Hola —dijo él.

Entonces me di cuenta de que, por primera vez en tres meses, ninguno de los dos estaba actuando.