El mar devuelve los cuerpos a deshora.
El de Icía Barreiro llegó al puerto de Arnela un martes de noviembre, a las seis y cuarto de la mañana, con un vestido verde botella y un solo pendiente de perla. Sin bolso, sin cartera, sin móvil. Sin una sola marca en el cuello.
La inspectora Sabela Randín no cree en las lectoras.
Nadie en la comisaría cree, o al menos nadie lo dice en voz alta.
Pero hay corazonadas que a las seis y media de la mañana no se discuten, se obedecen, y por eso, delante de media lonja y de la cara de incredulidad de su subinspector, pide que busquen el número de la única que queda en activo en la provincia.
Vera Meis tiene veintinueve años, licencia en vigor y muy mala fama. Le basta tocar a un muerto para ver sus últimos minutos. Ella no lo llama un don: lo llama una avería.
Lo que ninguna de las dos sabe todavía es que la memoria no solo se lee. Se puede sacar. Se puede poner. Y alguien ha vuelto a hacer lo que llevaba media vida sin hacerse.
Una novela negra de puerto y lluvia, con una inspectora que tiene una vida entera montada y a punto, y una mujer que se la desordena entera sin proponérselo.







