Capítulo 27 #9
Cenaron lo que Sabela había subido en una bolsa del súper de la ciudad porque en la aldea no había ni tienda ni bar ni nada, pan y queso del país y una lata de anchoas y una botella de mencía que abrieron con un sacacorchos oxidado del cajón de la abuela, y comieron en la mesa de la cocina a la luz de la lumbre y de una bombilla pelada que colgaba de un cable, sin manteles ni ceremonias, con los pies casi metidos en el fuego, y hablaron de tonterías primero, de lo mal que estaba la pista de subida, de una lechuza que ululaba en el castaño de detrás, de si el vino sabía a moras o solo lo parecía, y en algún momento de la cena, con la botella ya mediada y las mejillas coloradas del fuego y del mencía, Vera dejó el vaso en la mesa y se quedó mirando a Sabela por encima de la llama con una cara que Sabela no le había visto todavía en aquella segunda vuelta, una cara sin miedo, sin la coraza y sin el cálculo de fantasma con que llevaba meses midiendo si lo que sentía era suyo o era prestado, una cara simplemente contenta, y le dijo lo que llevaba, se conoce, rumiando toda la subida.
—¿Sabes lo que estoy pensando, inspectora?
—dijo Vera, girando el pie del vaso entre dos dedos, ese gesto suyo de siempre que la jeringa de Quinteiro no le había podido llevar—.
Que aquí, sin la radio de fondo, sin los muertos metiéndome baza, me oigo pensar por primera vez en no sé cuánto, y lo que pienso, mira qué cosa, no es que me acuerde de ti, que ya me acuerdo, gracias a Xela, tengo hasta el día del tanatorio con tu cara de susto detrás de la libreta.
Lo que pienso es otra cosa, y es la que de verdad me da paz.
Estos meses, sin un solo recuerdo tuyo, con el hueco ese donde tú estabas, volví a quererte igual.
Igual, Sabela. No parecido. Igual. Sin acordarme de nada, sin un papel, sin que nadie me contara que te había querido antes, te volví a mirar y me volviste a gustar y volví a cogerte la mano en un coche, exactamente como la primera vez que no recordaba.
—Y ahí se le quebró un poco la voz, pero no la dejó caer, que Vera nunca dejaba caer las cosas—.
Y eso, para mí, que me han metido la mano en la cabeza como quien mete la mano en un cajón, es lo único que no me pueden robar, porque no está en la memoria, ¿entiendes?
, no está donde ellos saben buscar. Que me borren las veces que quieran.
Que me vacíen entera cada martes si les da la gana.
Que yo, con un poco de paciencia y sin acordarme de una mierda, te voy a volver a querer desde el principio, otra vez idéntico, todas las veces, porque eso no se saca por la nuca.
Eso soy yo. Y eres tú. Y no lo tiene apuntado ninguna cofradía.
Y a Sabela, que se había pasado la vida entera tragándose lo que sentía para que no se le leyera en la cara delante de los testigos y de los jefes y del mundo, se le saltaron las lágrimas allí, en la cocina de una muerta, sin pelearlas, y no le dio vergüenza que se le saltaran, que era otra de las cosas que aquella mujer le había ido enseñando a fuerza de olvidarla y volver a quererla, la de que llorar delante de quien toca no es de flojas, y alargó la mano por encima de la mesa y le cogió a Vera la suya, la mano larga de dedos finos que había mirado el primer día en un tanatorio sin saber que se estaba enamorando de ella y que había visto colgar inerte del hombro de un asesino en el peor minuto de su vida, y se la llevó a la boca y le besó los nudillos, despacio, uno a uno, sin decir nada, porque había cosas que Sabela ya había aprendido que no se dicen mejor con palabras, y Vera la dejó hacer, mirándola con los ojos brillantes de fuego y de vino, y cuando Sabela le soltó por fin la mano, Vera se levantó de la silla, rodeó la mesa, y le tendió a Sabela las dos manos para tirar de ella hacia arriba, y le dijo, con la voz un poco ronca y esa media sonrisa torcida que ella no sabía que hacía, «ven, anda, que la cama de la abuela es incómoda de cojones pero es la única que hay, y hace una noche que no se puede desperdiciar».
Subieron por la escalera de madera que crujía en cada peldaño al cuarto de arriba, el de la ventana que daba al río, y era verdad que la cama era un catre viejo de hierro con un colchón de lana apelmazada que se hundía en el medio, y era verdad también que hacía una noche de las que no se desperdician, una noche de agosto tardío con la ventana abierta de par en par porque no hacía falta cerrarla, sin lluvia por primera vez en toda aquella historia de sirimiri y de farolas y de cristales llorados, con la luna entrando entera por el hueco y dibujando en el suelo de tablas el cuadro de la ventana, y con el río sonando abajo y un grillo terco en la huerta y el olor de la noche del monte subiendo por la ventana, a tierra caliente que se enfría, a higuera, a hierba segada, a agua, y Sabela pensó, mientras Vera la desnudaba despacio a la luz de la luna, que de todas las veces que se habían querido, en el descubrimiento y en la calma y en el duelo y en aquella noche de día uno en que Vera la reaprendió a tientas, ninguna había sido como aquella, porque aquella era la primera sin nada detrás, sin un hombre durmiendo en otra casa, sin una mentira pendiente, sin un asesino pisándoles los talones, sin muertos susurrándole a Vera en la nuca, sin ni siquiera el miedo de Vera a no saber cuál de las dos quería, la primera vez que se querían en un sitio y en un momento en que no le debían nada a nadie ni de fuera ni de dentro, ligeras las dos por fin, y que a lo mejor era eso lo que la gente buscaba toda la vida sin encontrarlo, un rato de estar con otro cuerpo sin ninguna cosa haciendo cola detrás.
Y se quisieron sin prisa ninguna, con la pereza buena de saberse el tiempo entero por delante y tres días como mínimo y ni un solo reloj corriendo, y Vera, que en la ciudad se le entregaba siempre con una punta de urgencia, como quien roba un rato antes de que se lo quiten, allí se dejó ir despacio, se dejó besar entera a la luz de la luna sin apurar, la cicatriz de la ceja y el nacimiento de los pechos y la cicatriz vieja de bajo las costillas por la que nunca había llegado a preguntarle, riéndose bajito cuando el catre chirriaba y mandándose callar la una a la otra por los vecinos aunque los vecinos estuvieran a dos huertas y fueran sordos de viejos, y Sabela la recorrió con la boca y con las manos con una calma que nunca habían tenido tiempo de tener, aprendiéndosela otra vez sin la angustia de las otras veces, y cuando bajó la boca entre los muslos de Vera y le abrió el coño con los dedos y empezó a comérselo lo hizo mirándola a la cara a la luz de la luna, viéndole cada gesto, cada vez que Vera echaba la cabeza atrás contra la almohada de lana y se le abría la boca sin que le saliera casi voz, y la trabajó despacio, dándole vueltas al clítoris con la punta de la lengua y parando justo antes, y otra vez, y otra, sin dar cuerda para llegar a ningún sitio sino por el puro gusto de estar allí, y Vera se lo dijo así, de frente, con la voz rota y sin una gota de la ironía de antes, «no me la juegues, Sabela, acábamelo, que ya no hay prisa para nada pero para esto sí», hasta que Vera dejó de aguantarse la risa y las ganas de callarse y se corrió agarrada al cabecero de hierro y al pelo de Sabela, largo y hondo y sin ningún miedo, diciéndole el nombre en voz alta a la noche abierta del monte, Sabela, sin cuidarse ya de nada, y fue esa la primera vez que Sabela le oyó decir su nombre así, corriéndose, sin el temblor de fondo del que se agarra a un clavo, sino con la voz entera de la que sabe perfectamente a quién se lo está diciendo y por qué.
Y después Vera no se deshizo ni se durmió, sino que le dio la vuelta a Sabela con esas manos suyas que sabían más que ella, y se tomó su tiempo también, y le devolvió cada cosa con una entrega tranquila y golosa que no había tenido en la ciudad, y Sabela, que se pasaba la vida controlándolo todo, se dejó por fin no controlar nada, se abrió entera a aquella boca y a aquellas manos bajo la luz de la luna, con el río de fondo y el grillo y el olor a higuera, y se corrió sin lágrimas por una vez, sin la mezcla de gusto y de miedo de las otras noches, solo de gusto y de una alegría enorme y sencilla, y se rió mientras se corría, se rió de pura felicidad, que era una cosa que no le pasaba desde que era una cría.