Capítulo 27 #8
A Bruno se lo encontró Sabela meses después del juicio, por casualidad, un sábado por la mañana en el mercado de abastos, él con una bolsa de red llena de verdura y con una mujer al lado, morena, menuda, que se reía de algo que él acababa de decir, y a Sabela le dio un vuelco tonto el corazón, no de celos sino de alivio, porque una cosa que llevaba dentro sin saberlo desde el día de la bolsa de deporte era el miedo a haber roto a un hombre bueno sin arreglo, y allí estaba, entero, riéndose en un mercado con una bolsa de acelgas, y Bruno la vio, y en vez de escurrir el bulto se acercó y le presentó a la mujer con una naturalidad que a Sabela la desarmó, «mira, una amiga de hace mucho», que era la manera más elegante y más verdadera de decir lo que eran ahora, y charlaron dos minutos de nada, del tiempo, de la obra que él llevaba, y ya de despedida, cuando la mujer morena se había adelantado hacia el puesto del pescado, Bruno se quedó un segundo mirando a Sabela y le preguntó, bajando la voz, si la de los planos había salido bien, si estaba viva la mujer por la que se había jugado el cuello, y Sabela le dijo que sí, que estaba viva, que era una historia larga y rara pero que sí, que la había sacado, y Bruno asintió despacio, satisfecho, como quien cierra por fin una carpeta que tenía pendiente, y le dijo «me alegro, de verdad, y sé que no me lo vas a contar, y tampoco hace falta», y le apretó el brazo un momento, y se fue detrás de la morena hacia el puesto del pescado, y Sabela lo vio marcharse entre la gente sin una sola punzada mala, con esa paz limpia de las historias que se acaban donde tenían que acabarse, y pensó que de todas las cosas que aquel caso le había quitado, al menos le había dejado esta, la de saber que el hombre al que había dejado había encontrado su propio sitio, y que los planos que él le dibujó sin preguntar seguían, sin que él lo supiera del todo, latiendo en el centro de la única historia que a Sabela le importaba ya de verdad.
Y cuando todo estuvo cerrado, los juicios, los papeles, la comisaría, cuando por fin no quedó ni un cabo que atar de los muchos que Quinteiro había jurado no dejar, Sabela cumplió la promesa que le había hecho a Vera en la penumbra de otra cama, meses y una vida atrás, la que había estado a punto de quedarse sin cobrar cuando la nave se la borró, y se la llevó a la aldea, a las cuatro casas y el río, con Vera acordándose ya de haberla invitado, con todo el archivo devuelto y en su sitio, y llegaron un viernes por la tarde de un verano tardío, con las ventanillas bajadas y el olor a tojo y a tierra entrando en el coche, y Vera, según se bajaban por la pista hacia la casa de piedra de su abuela muerta, se quedó de pronto muy quieta, con la cara vuelta hacia el valle, escuchando.
—No oigo nada —dijo Vera, y se le llenaron los ojos—.
Sabela, aquí no oigo a nadie. Es el único sitio donde no los oigo.
Ya lo sabía, siempre lo supe, por eso te lo dije aquella noche, ¿te acuerdas?
, que te iba a traer aquí a estar calladas.
Y ahora me acuerdo yo de habértelo dicho, fíjate qué lujo, acordarme de las dos cosas, de la promesa y de que casi la pierdo.
—Me lo dijiste —dijo Sabela, y le cogió la mano por encima del cambio de marchas, como aquella primera noche de vuelta de la conservera, en otra vida, con la misma mano—. Me dijiste que me ibas a tener callada tres días sin oír a nadie más que a ti.
—Pues eso pienso hacer —dijo Vera, y sonrió, la sonrisa entera, la de sin coraza, la que Sabela había aprendido a sacarle dos veces—. Tres días. Y luego ya veremos. Que la cuenta, acuérdate, empezó hace poco. Día uno.
La casa de la abuela era la última de las cuatro, la de más abajo, la que tenía el río casi metido en la huerta, y llevaba cerrada desde que la vieja se murió, así que Vera tuvo que empujar la puerta con el hombro porque la madera se había hinchado de tantos inviernos de humedad sin nadie que la abriera, y al ceder por fin con un quejido les llegó de golpe el olor de las casas cerradas de la montaña, ese que Sabela empezaba a conocer de tanto subir a aldeas en aquel caso, a ceniza vieja de lareira, a humedad de piedra, a manzana pasada en un frutero que alguien olvidó vaciar, a ropa guardada en un arca con membrillo para la polilla, y por debajo de todo, tenue, terco, el olor de una persona que ya no estaba y que la casa se resistía a soltar, como se resiste a soltar el jersey de un muerto el cajón donde lo dejaron doblado, y Vera se quedó un momento parada en el umbral, sin encender la luz, respirando aquello, y Sabela, que ya sabía leerla mejor que a ningún expediente, no dijo nada, la dejó llegar sola, que era lo que había aprendido a hacer con aquella Vera nueva que era la misma de siempre, esperar en el quicio sin empujar, como se espera a que se pose un pájaro que se ha metido en casa por la ventana.
Y aquella casa Vera la recordaba entera, esa era la cosa buena de todo, que de la aldea de su abuela lo sabía Vera todo, el pomar y el hórreo torcido y la piedra del lavadero y el nombre de cada vecina de las tres casas de arriba, se acordaba de la abuela viva y de la abuela muerta y del velatorio en aquella misma cocina y de la avería que le entró después, cuando empezó a oír a los muertos como quien de pronto sintoniza una emisora que llevaba siempre ahí, y ahora, por fin, se acordaba también de Sabela, de todas las semanas de Sabela que la nave le había arrancado y que Xela le había devuelto limpias en el salón del barrio alto, de manera que por primera vez desde el martes de la conservera no le faltaba un solo cacho de su propia vida, ni el de antes ni el de después, y a Vera, que había pasado meses con aquel hueco escociéndole como un jersey una talla pequeño, se le veía en la cara, entrando en la casa de piedra con las dos memorias por fin cosidas la una a la otra, que era la primera vez en mucho tiempo que estaba entera, y que lo raro, lo que no se le iba de la cabeza según abría contraventanas, no era haber recuperado lo robado, sino haber comprobado que mientras lo tuvo perdido había vuelto a querer a la misma mujer sin una sola pista de por qué, como si el cariño supiera el camino de vuelta a oscuras.
Fue pasando por las habitaciones abriendo contraventanas, y la luz de la tarde tardía entró a bocanadas por cada ventana que abría, dorada y baja, esa luz de finales de agosto en la montaña que parece que va a durar siempre y que se apaga de golpe cuando se esconde el sol detrás del monte, y le fue enseñando a Sabela las cosas de la abuela sin ceremonia, la artesa de amasar, el reloj de pared parado, las fotos en blanco y negro de gente muerta colgadas en el pasillo, que eran, cayó Sabela en la cuenta con una punzada, las únicas fotos de familia que Vera había mirado con naturalidad en toda su vida, porque en su propio piso del barrio alto no colgaba ninguna y en cambio allí, en la casa de la muerta que la había averiado, las paredes estaban llenas de caras.
—A mi abuela la lloré yo aquí, en esta cocina, con doce años —dijo Vera, encendiendo por fin la lumbre en la lareira con una destreza de haberlo hecho mil veces, arrimando astillas y una piña seca y un periódico viejo que encontró en el cesto, sin que se le apagara ni una cerilla, mientras hablaba de espaldas, que era como decía ella las cosas que le pesaban—.
Y a partir de esa noche empecé a oírlos.
No a ella, a ella nunca la he oído, fíjate qué cosa, será que a los tuyos de verdad no los oyes, solo a los ajenos.
Pero desde que se murió la abuela no he vuelto a estar callada por dentro en ningún sitio, en ninguno, ni durmiendo, salvo aquí.
Aquí se me apaga la radio. —Se levantó, se limpió las manos en los vaqueros, y se quedó mirando cómo prendía el fuego, y añadió, más bajo, con esa honestidad seca que le salía cuando no la vigilaba—.
De cría creía que era que la abuela me protegía desde algún sitio.
De mayor pienso que es más tonto y más triste, que es sencillamente que a los de esta aldea ya los lloré a todos, uno por uno, de pequeña, y que a lo mejor solo se te callan los muertos en el único sitio donde ya no le debes lágrimas a ninguno.
Y Sabela, que de muertos y de duelos sabía por el oficio pero que de aquella clase de silencio no sabía nada, se acercó y se puso detrás de Vera y le pasó los brazos por la cintura y le apoyó la barbilla en el hombro, mirando las dos el fuego cogiendo fuerza, y no le dijo ninguna de las cosas de policía que sabía decir, ni le rebatió lo de la radio ni le explicó nada, solo se quedó así, pegada a su espalda, notándole la respiración ir bajando poco a poco de revoluciones, como se le va apaciguando a uno el pulso cuando por fin llega a un sitio seguro después de conducir mucho de noche, y por la ventana abierta de la cocina entraba el rumor del río, que en aquella aldea no callaba nunca, un rumor de agua sobre piedra continuo y ancho que llenaba el silencio que a Vera se le había hecho dentro, como si el río se hubiera ofrecido a hacer el ruido que los muertos ya no hacían, y estuvieron un rato largo así, sin hablar, oyendo el agua y el chascar de la leña, mientras la luz dorada se iba poniendo naranja y luego malva sobre los bancales de la ladera de enfrente.