Capítulo 27 #7
Cuando se le pasó el llanto, Dorinda se levantó de la mesa con un esfuerzo de rodillas viejas y les pidió que la siguieran, que quería enseñarles una cosa, y las llevó por un pasillo estrecho de la casa, con las paredes forradas de fotos de comuniones y de bodas de gente que ya no vivía, hasta una puerta que abrió con un respeto de sacristán, y era el cuarto de Marta, y estaba, dieciséis años después, exactamente como la chica lo había dejado la última mañana que salió de allí, la cama hecha con una colcha de ganchillo, un póster amarillento de un cantante que ya nadie recordaba pegado con celo reseco a la pared, los apuntes de auxiliar de clínica todavía en una balda, con la letra redonda de una cría aplicada, subrayados de dos colores, y en la mesilla un despertador parado a una hora cualquiera de una pila agotada hacía años, y olía, aquel cuarto, a cerrado y a naftalina y a un perfume barato de adolescente que Dorinda debía de rociar de vez en cuando para que no se fuera del todo, y Sabela, que había entrado en muchos cuartos de muertos en doce años y había aprendido a mirarlos con el ojo frío del oficio, se quedó plantada en el umbral sin atreverse a pasar, porque aquel no era el cuarto de una muerta reciente que la familia todavía no había tenido fuerzas de recoger, era un santuario levantado a pulso durante dieciséis años por una mujer sola en la montaña, la casa que una madre le había amueblado a un recuerdo para que el recuerdo no se muriera del todo también, y le vino a la cabeza, con un escalofrío, lo que le habían dicho las viejas del registro de amueblarle a alguien un cuarto vacío con muebles que no son suyos, solo que aquí era al revés, aquí el cuarto seguía lleno y quien faltaba era la dueña, y pensó que Dorinda y ella, cada una a su manera, se pasaban la vida cuidando habitaciones que su gente ya no iba a volver a habitar.
Vera sí entró, despacio, y se quedó un momento en el centro del cuarto muy quieta, con esa concentración que se le ponía cuando algo la tocaba por debajo de las palabras, y no tocó nada, ni los apuntes ni la colcha, solo cerró un segundo los ojos, y luego los abrió y le dijo a Dorinda que era un cuarto bonito, que se notaba que allí había vivido alguien alegre, y a la vieja aquello, que le dijeran que su hija había sido alegre, le valió más que cualquier condena, porque las sentencias hablan de cómo se murió la gente y casi nunca de cómo había vivido, y Dorinda dijo que sí, que Marta era la alegría de la casa, que cantaba fatal y a todas horas, y por un momento, en aquel cuarto parado en el tiempo, las tres mujeres se rieron un poco, con una risa pequeña y triste y buena, de la chica que cantaba fatal, y aquella risa, pensó Sabela, era también una manera de devolverle a Marta un cacho de lo que le habían quitado, la de que volviera a nombrarse en su propia casa por algo que no fuera el agua.
Cuando se fueron, ya caída la tarde, Dorinda las acompañó hasta el pomar con un paraguas negro de varillas torcidas que no le cubría a ninguna de las tres, y antes de dejarlas ir se metió en casa un momento y volvió con una foto en un marco de latón, una foto de Marta de verdad, no la de carné descolorida del expediente sino una en color, una chica morena riéndose de lado en una romería, con una rosquilla en la mano y el pelo al viento, viva, entera, con toda la vida por delante que no llegó a tener, y se la quiso dar a Sabela, «para el juzgado, para que la tengan así y no como el otro retrato», dijo Dorinda, y Sabela le dijo que no, que esa se la quedara ella, que en el juzgado ya tenían todos los papeles que hacían falta, que aquella foto era de su casa y de aquella cocina y no de un archivo, que bastantes caras de gente viva se habían quedado guardadas en cajas frías en toda aquella historia, y que a Marta le tocaba seguir riéndose en una repisa de la sierra y no en una carpeta, y Dorinda apretó el marco contra el mandil y asintió, y les dijo que volvieran cuando quisieran, que la casa era pequeña pero el vino era bueno, con esa hospitalidad de los que ya no tienen a nadie a quien recibir, y Sabela le dijo que sí, aunque las dos supieran que seguramente no, que la vida no suele traer de vuelta a las cocinas de las viejas de la montaña a la gente de la ciudad que sube una tarde a cerrar un duelo.
Bajaron la sierra en silencio, con los faros abriendo la niebla y el embalse otra vez apareciendo y desapareciendo entre los robles allá abajo, y Vera, en algún momento de la bajada, alargó la mano y la puso sobre la de Sabela en la palanca de cambios, sin decir nada, y Sabela la dejó ahí, y pensó, mirando aquella agua quieta que se había tragado a Marta y a Amalia y había estado a punto de tragárselas a las dos, que el mar y los embalses devuelven los cuerpos a deshora y a veces ni eso, pero que hay una clase de memoria que no está en el agua ni en la cabeza ni en un contrato firmado, la de una madre que se muere sabiendo por fin que su hija peleó, la de un chico que se acordó tres años de un perro pintado, la de una mano que busca otra mano en una bajada de montaña sin acordarse del todo de por qué, y que esa, la memoria del cuerpo y del querer, era la única que aquella gente, con todas sus jeringas y todas sus cofradías, no había sabido nunca cómo robar.
A Ferro le dieron una medalla que le hacía una ilusión enorme y que fingía que le daba igual, y se la impusieron en un acto en el salón de plenos de la comisaría, con las banderas al fondo y un cáterin de canapés resecos y vino malo en vasos de plástico, y Ferro apareció de uniforme de gala con el costado todavía tirándole de los puntos, muy tieso para que no se le notara, y su Loli en primera fila con un vestido de los buenos y los ojos ya brillantes antes de que empezara nada, y fue el propio comisario Vilas el que le prendió la medalla en el pecho, con esos dedos torpes de hombre que maneja mejor un bolígrafo que un imperdible, y le dijo al oído algo que nadie más oyó y que a Ferro le borró de golpe la guasa de la cara y se la dejó seria un segundo, y Sabela, que lo miraba desde una esquina de la sala con un vaso de aquel vino que no pensaba beberse, se preguntó si no le habría dicho a Ferro alguna de las cosas que le había dicho a ella en el despacho, alguna de esas verdades tardías que a Vilas se le habían soltado todas juntas al final de la carrera como se suelta un carrete que llevaba años enganchado.
Y cuando terminó lo protocolario y la gente se arremolinó en torno a los canapés, Vilas se acercó a Sabela con su vaso de plástico y se quedó a su lado mirando la sala sin mirarla a ella, los dos apoyados en la misma pared como dos que hacen bulto en una boda a la que no querían venir, y le comentó, con la voz baja y seca de siempre, que a la lectora también le habían querido dar una mención y que él la había parado, no por menospreciarla, dijo, sino porque una mención oficial le habría puesto el nombre y la cara en un boletín que lee cualquiera, y que aquella mujer ya había tenido bastante con que le encontraran la cara una vez, así que le había buscado la manera de que constara su colaboración sin que constara ella, enterrada en un anexo que no lee ni Dios, y Sabela lo miró de reojo, a aquel hombre correcto y cansado que dos meses atrás tenía archivado en la carpeta de los cobardes, y entendió que Vilas, a su manera administrativa y sin épica ninguna, acababa de cuidarle a Vera la espalda mejor de lo que la habría cuidado ningún discurso, y le dio las gracias, esta vez sí, y Vilas se encogió de hombros y le dijo que no se acostumbrara, que aquello era la propina de un viejo que se iba, y se fue a rescatar a su mujer de una conversación con el jefe superior, dejando a Sabela con la rara sensación de que aquel caso, además de quitarle cosas, le había ido corrigiendo por el camino unas cuantas de las etiquetas con que ella clasificaba a la gente, que era, en el fondo, otra manera de que le devolvieran memoria, la de acordarse de que casi nadie es del todo la cosa por la que una lo tiene apuntado.
Ferro volvió al trabajo con un costado nuevo lleno de cicatrices y las mismas ganas de guasa de siempre, presumiendo de medalla justo lo bastante para que se notara que le importaba y jurando a la vez que se la pasaba por el forro, y su cuñada Merche no recuperó la comunión de su hija, porque eso no vuelve, pero ganó otra cosa, la de saber por fin qué le había pasado y quién se lo había hecho, que no es lo mismo que recuperar lo perdido pero que también es una manera de descansar, y Ferro se lo dijo así a Sabela una tarde, con la medalla ya guardada en un cajón y la guasa puesta otra vez, que su cuñada había vuelto a dormir de un tirón desde que le explicaron que no se había vuelto loca ella sola, que a veces, dijo Ferro, lo que la gente necesita no es que le devuelvan lo que le quitaron, que ya saben que eso no baja del cielo, sino nada más que alguien que le diga en voz alta y con una placa delante «no fue culpa suya, señora, a usted le robaron», y que con eso, mira, con eso ya puede una persona seguir viviendo, que no es poco.