Capítulo 27 #6
Las hizo pasar a una cocina de suelo de losa y una mesa de hule con una lumbre baja al fondo, y les puso, sin preguntar, dos tazas de un café de puchero que sabía a otro siglo, y un plato de rosquillas duras que nadie tocó, y se sentó enfrente con las manos cruzadas sobre el mandil, muy quieta, esperando, con esa dignidad que tiene la gente vieja de pueblo para recibir las cosas graves, y Sabela sacó del bolsillo interior de la chaqueta la fotocopia del contrato, aquel impreso amarillo con el membrete de Crédito Fisterra y la firma sin florituras de un Amaro Quinteiro que todavía no era nadie, y lo puso encima del hule, entre las dos, y le contó a Dorinda, despacio, sin ahorrarle nada pero sin regodearse, lo que había pasado, que aquel hombre le había prestado a su hija mil euros para la matrícula y los libros y le había sacado después mucho más que mil euros, y que la firma de ese papel era la misma mano que la había tenido debajo del agua tres semanas más tarde, y que un tribunal, por fin, después de dieciséis años, lo había condenado por eso y por diez cosas más, y que en la sentencia, en el papel oficial que guardaba ahora un juzgado, ponía el nombre de su hija, Marta Loureda Vázquez, ya no como suicida, ya no como accidente, sino como lo que fue, una mujer de veintitrés años a la que asesinaron, y Dorinda escuchó todo aquello sin mover un músculo de la cara, con los ojos fijos en el contrato como si fueran a echar a andar las letras, y cuando Sabela terminó de hablar la vieja alargó una mano temblona y tocó el papel con la yema de un dedo, apenas, como se toca algo que puede quemar, y luego levantó la vista y dijo, con una voz seca que llevaba dieciséis años apretada.
—Yo lo dije —dijo Dorinda—. Se lo dije al médico, se lo dije al cuartel, se lo dije a un juez viejo en un pasillo del juzgado, agarrándolo del brazo como una loca, se lo dije a todo el que quiso oírme y a muchos que no, que mi Marta no se tiró, que mi Marta le tenía miedo al agua desde cría, que no se metía ni en la playa, y que las últimas semanas venía rara a casa, olvidándose de las cosas, preguntándome cómo se llamaba su abuela, que en paz descanse, o dónde había dejado ella misma las llaves cinco minutos antes, y yo les decía, esto no es mi hija, a mi hija le están sacando cosas de la cabeza, y me miraban con esa cara, esa cara de «pobre vieja, la pena la trastorna», y me daban una palmadita y me mandaban al médico a por unas pastillas para dormir.
—Se le quebró la voz un instante, pero la recompuso, que era mujer de no llorar delante de desconocidos—.
Dieciséis años, señora. Dieciséis años siendo la loca del monte que no aceptaba que su hija se había matado.
Y ahora sube usted con un papel y me dice que tenía razón.
Que tuve razón todo el tiempo. —Miró el contrato, y miró a Sabela, y en aquellos ojos viejos había una cosa terrible, que no era alegría, que la alegría hacía mucho que no vivía en aquella casa, sino algo más hondo y más cansado, el descanso del que por fin puede soltar un peso que ya se le había hecho parte del cuerpo—.
No me devuelve nada. Que quede claro que sé que no me devuelve nada.
Pero me quita una cosa de encima que pesaba casi tanto como la otra, que era la de morirme pensando que me iba a ir de este mundo siendo para todos una vieja tozuda que no supo enterrar a su hija.
Sabela le dijo lo poco que había que decir, que había un juez, precisamente, uno viejo, que se acordaba de ella, de aquel pasillo, de aquel brazo agarrado, y que ese juez había cargado dieciséis años con haber firmado mal el papel de su hija, y que había sido de los que ahora habían ayudado a apretarle la soga a Quinteiro, medio por justicia y medio por pagar aquella culpa vieja, y a Dorinda le tembló la barbilla al oír aquello, no de rabia contra el juez sino de otra cosa, de saber que al menos uno de todos los que la habían mirado con lástima se había quedado con la duda clavada como ella, y dijo que se acordaba de él, del sombrero, y que dónde iba a acordarse ella entonces de que aquel hombre iba a tardar dieciséis años pero iba a volver, y que le dijera de su parte, si lo veía, que ella no le guardaba rencor, que a los que firman de buena fe no se les guarda rencor, que el rencor lo tenía guardado entero, hasta la última gota, para el otro.
Y hubo un silencio en la cocina, con la lumbre chascando y la lluvia empezando otra vez menuda contra el cristal, y fue entonces cuando Vera, que había estado todo el rato callada, con la taza de café entre las manos largas sin bebérselo, dejó la taza sobre el hule y habló por primera vez, y Sabela, que la conocía, supo por el tono que venía lo que solo Vera podía dar.
—Señora, yo soy lectora —dijo Vera, y lo dijo sin rodeos, porque había aprendido que a las verdades hondas se llega mejor de frente—.
De las de tocar a los muertos y saber cómo se fueron.
No pude leer a su hija, que ya hace demasiado y está enterrada, y aunque pudiera no se lo haría pasar, que eso no es para una madre.
Pero llevo años metiendo la mano en gente que la Cofradía tiró al agua, y le voy a decir una cosa que sé, no que me imagino, que sé, porque la he sentido en mi propia garganta más veces de las que quisiera.
Los que se van al agua por su propia voluntad, los pocos que hay, se van de una manera.
Y los que van al agua con una mano sujetándoles la cabeza se van de otra, muy distinta, y esa la reconozco yo entre mil, porque es todo pelea, es todo un cuerpo diciendo que no hasta el final, que no, que no, aunque no le salga la voz.
—Miró a Dorinda a los ojos, sin apartarlos, con esa honestidad seca suya que era lo único que Quinteiro no le había podido robar—.
Su Marta luchó. Se lo digo yo, que hablo el idioma de las que se fueron así.
No se rindió, no se dejó ir, no eligió el agua.
Peleó hasta que no pudo más, pensando seguramente en usted.
Eso es lo que hay dentro de las muertes de esa gente, señora, y su hija tuvo esa, la de la que pelea, no la de la que se abandona.
Guárdese eso, que es verdad, y las verdades de las lectoras no valen en un juzgado pero valen en una cocina.
Y a Dorinda, que no había llorado con el contrato ni con la sentencia ni con dieciséis años de razón devuelta de golpe, se le rompió por fin la cara con aquello, con la certeza de que su hija había luchado, porque una madre puede aprender a vivir con que le maten a la hija pero no con la idea de que la hija se rindiera, de que se dejara ir sin acordarse de que en una casa de la montaña había alguien esperándola, y lloró por fin, callada, con las dos manos sobre la boca y los hombros pequeños moviéndose, y Vera se levantó y le puso una mano en la espalda encorvada y se quedó así, sin decir más, que ya había dicho lo que tenía que decir, mientras Sabela, desde su silla, la miraba, y pensaba que aquella mujer a la que le habían recortado con tijeras todo lo que habían vivido juntas seguía siendo, por debajo del hueco, exactamente la misma que la había puesto la vida del revés el primer día en un tanatorio, la misma que no sabía pasar de largo delante del dolor de nadie, y se dio cuenta, allí, en la cocina de una vieja de la sierra, de que la estaba queriendo otra vez, no con el eco de antes sino con algo nuevo y recién estrenado, y de que a lo mejor las viejas del registro tenían razón y había cosas que la aguja no alcanzaba, cosas que se quedan pegadas en un sitio adonde no llega ninguna jeringa, y de que la manera de estar de Vera al lado del que sufre era una de ellas.