La ultima memoria Capítulo 27 #5
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Capítulo 27 #5

Antes de irse los dos de Arnela para empezar en otra parte, lejos del mar que tan mal los había tratado, Xela fue a ver a Vera a la casa del barrio alto, y las dos lectoras, las dos únicas personas de aquella ciudad que sabían de verdad lo que era llevar dentro la voz de los muertos, se sentaron en el suelo del salón y estuvieron un rato largo calladas, cogidas de la mano, diciéndose sin palabras lo que solo ellas podían entender, y Xela le pidió perdón por lo que le había vaciado, obligada, aterrada, con la voz rota, y Vera le apartó el pelo de la cara con esas manos suyas de dedos largos y le dijo la única cosa que se podía decir, que no había nada que perdonar, que las dos habían sido la mano de otro durante demasiado tiempo, y que ahora, por fin, las dos eran la mano de nadie más que la suya.

Y cuando Xela ya se levantaba del suelo para irse, con el hermano esperándola abajo en un coche, se quedó un momento de pie delante de Vera, mirándola con esa cosa suya de lectora que veía los huecos de la gente igual que otros ven el color de los ojos, y le dijo una última cosa, bajito, de lectora a lectora, que a Sabela, que lo oía desde la cocina, se le quedó clavada para siempre.

—A ti te quitaron a ella —dijo Xela, señalando con la barbilla a Sabela, que fingía trastear en la cocina sin perder ripio—.

Lo noté en la nave, noté el hueco, sé exactamente lo que te falta, que es la parte más nueva, la que menos raíces le había dado tiempo a echar, y por eso fue la primera que se soltó.

—Y ahí Xela hizo una pausa, y bajó todavía más la voz, porque lo que venía no se lo había dicho en su vida a nadie, ni pensaba volver a decírselo—.

La gente cree que eso no vuelve, y yo he dejado que lo crean cuatro años, que me convenía que lo creyeran, pero tú y yo sabemos que es mentira, que lo que se saca no se rompe, solo cambia de manos, y yo lo tuyo no me lo llevé para mí, que bastante cargo con lo que me obligaron a robar a otros, lo tuyo lo aparté, lo guardé limpio, sin tocarlo, esperando a poder devolvértelo. Así que estate quieta.

Y Xela le puso las dos manos a Vera en la cara, una a cada lado, los pulgares en las sienes y los dedos abiertos hacia la nuca, en el mismo sitio y con el mismo gesto con el que la habían usado a ella durante cuatro años para vaciar a desconocidos, solo que esta vez la mano iba al revés, no a sacar sino a poner, y Vera, que sabía mejor que nadie lo que era aquella postura y lo que podía significar, no se apartó, se quedó quieta con los ojos cerrados y las manos en las rodillas, confiando en la única persona del mundo que sabía de verdad lo que le estaba haciendo, y Sabela, desde la cocina, vio cómo a Vera se le tensaba primero todo el cuerpo y luego, de golpe, se le soltaba, cómo se le llenaban los ojos por debajo de los párpados cerrados y se le empezaban a mover las pupilas debajo como se mueven en un sueño hondo, porque lo que le estaba entrando no era un dato ni una lista, era todo de una vez, eran las semanas de Sabela volviéndole en tromba, el tanatorio y la primera mano cogida en el coche y la penumbra de la cama de la ciudad y la promesa de la aldea, todo lo que le habían arrancado en la nave sin que le diera tiempo a defenderlo, y Vera lo recibió con una sacudida corta, un temblor que le subió por la espalda igual que Sabela había visto temblar al hombre del guante en la pista, y luego se enderezó despacio, y abrió los ojos, y buscó a Sabela por encima del hombro de Xela con una cara que Sabela no le había visto nunca, ni en la Vera de antes ni en la de después, la cara de alguien a quien le acaban de devolver una cosa que ni siquiera se atrevía ya a echar de menos.

Pero lo que la dejó sin respiración, lo que la hizo taparse la boca con la mano allí de pie en el salón, no fue reconocer los recuerdos, sino reconocer que ya los tenía, que no eran una novedad, que aquella mujer de la cocina que llevaba semanas queriendo a ciegas, sin un solo dato de por qué, era la misma a la que ahora recordaba haber querido antes, y que las dos cosas, la vivida a oscuras y la que le acababan de devolver, no se peleaban ni se sumaban, eran la misma, encajaban gesto a gesto, la mano que Sabela le cogía en la aldea y la mano que le cogió en el coche la primera noche eran el mismo cariño buscado con la misma torpeza, y Vera entendió allí de pie, con las manos de Xela retirándose ya de su cara, que la habían borrado y había vuelto a querer exactamente lo mismo sin acordarse de nada, que el querer no estaba en el archivo, que el archivo solo lo copiaba, y que se podía vaciar mil veces y mil veces volvería a crecer idéntico si le daban tiempo, porque no era memoria, era otra cosa más de dentro que ni Quinteiro ni nadie había aprendido nunca a sacar por la nuca.

—Ya está —dijo Xela, apartándose, secándose ella misma una lágrima con el dorso de la mano como quien se limpia después de un trabajo—.

Eso era tuyo. Ya lo tienes. Y ahora déjame irme antes de que me ponga a llorar yo también, que tengo abajo a mi hermano y un país entero por delante.

—Y se fue, escaleras abajo, con su hermano y su vida por delante, y Vera se quedó en mitad del salón mucho rato sin moverse, con los dedos en las sienes donde habían estado los de Xela, y luego buscó a Sabela con los ojos, y cruzó el salón, y la abrazó, y le dijo al oído, con la voz rota, que se acordaba, que se acordaba de todo, y que lo raro, lo que no le cabía en la cabeza, era que ya la quería igual antes de acordarse.

Había una promesa más, sin embargo, que Sabela llevaba meses arrastrando como se arrastra una piedra en el bolsillo, una que no le había hecho a nadie vivo con quien pudiera quedar mal, sino a una foto de carné descolorida y a una voz de cría que había oído salir de la boca de Vera dos noches enteras en la fiebre, y era la de conseguir que Marta Loureda dejara de ser «la del embalse» para volver a tener nombre en algún papel del mundo, así que en cuanto la condena de Quinteiro fue firme, en cuanto un tribunal escribió negro sobre blanco que la chica que sacaron del pantano de Fervenza en el dos mil siete no se había tirado ella sola una noche de febrero sino que la habían tenido debajo del agua con un pulgar en la nuca hasta que se cansó de luchar, Sabela cogió el coche un sábado por la mañana, con la fotocopia del contrato en el bolsillo interior de la chaqueta pegada al pecho, y subió a la montaña a devolverle a una madre de ochenta y tantos años la única cosa que llevaba dieciséis pidiendo, que no era la hija, que eso no lo devuelve ni el mar ni los jueces, sino que la creyeran.

Y no fue sola, porque Vera, cuando supo adónde iba, dejó el libro que estaba leyendo boca abajo sobre la mesa y dijo que se venía, sin preguntar si le importaba ni buscar el permiso, con esa manera nueva y a la vez viejísima que tenía de decidir las cosas, y Sabela no le dijo que no, pues aunque Vera no se acordara de la voz de Marta en su propia garganta, aunque para ella aquella cría fuera solo un expediente más de los que le habían contado desde cero al reconstruirle el caso, había en la lectora una brújula para el dolor ajeno que a Sabela le seguía haciendo falta, así que subieron las dos, monte arriba, por una carretera que se iba estrechando y torciendo entre robledales mojados, con el embalse de Fervenza asomando de vez en cuando entre los árboles allá abajo, quieto y plomizo y traicionero como todas las aguas de aquella historia, la misma lámina de agua que había devuelto a Amalia años después y que se había quedado con Marta la primera, y ninguna de las dos hizo el chiste fácil de mirarlo, porque a aquellas alturas del caso el agua ya no les daba para bromas.

La aldea de Dorinda eran cuatro casas de piedra y un hórreo torcido colgadas de la ladera al final de una pista que el asfalto había decidido no terminar de subir, con las viñas en bancales aferradas al monte y el olor, en cuanto Sabela bajó del coche, entrándole por la nariz antes que nada, olor a lumbre de leña y a boñiga y a membrillo pasado y a esa humedad de piedra que no se va nunca de los pueblos de la sierra ni en agosto, y les costó dar con la casa hasta que una vecina encorvada que barría un umbral les señaló con la barbilla la última, la de la parra, «la de Dorinda, la que perdió a la rapaza», dijo la vecina, y lo dijo como se dice en los pueblos lo que pasó hace media vida y sigue nombrándose igual, «la que perdió a la rapaza», dieciséis años y todavía era esa su dirección, la del duelo, y Sabela le dio las gracias y cruzó el pomar embarrado hasta la puerta de madera hinchada de lluvia, y llamó con los nudillos, y tardó un rato en oírse un arrastrar de zapatillas por dentro, y cuando la puerta se abrió apareció Dorinda, diminuta, doblada por los años y por algo más pesado que los años, con un mandil de flores gastadas y unas manos de trabajar la tierra toda la vida, y unos ojos que fueron de Sabela a Vera y otra vez a Sabela con la desconfianza automática del que lleva demasiado tiempo esperando malas noticias en la puerta, hasta que Sabela dijo quién era, inspectora de homicidios de Arnela, y a la vieja se le mudó la cara despacio, como se le muda a uno la cara cuando por fin llega lo que ya había dejado de esperar, y se agarró al marco con una mano nudosa, y dijo lo único que dijo en aquel umbral, «¿es por mi Marta?

, ¿viene usted por mi Marta?», y a Sabela, que había dado docenas de peores noticias en peores puertas, se le hizo un nudo, porque aquella mujer, dieciséis años después, seguía llamándola «mi Marta», en presente, como quien tiene a la hija en el cuarto de al lado.