La ultima memoria Capítulo 27 #4
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Capítulo 27 #4

No esperaron ningún conducto, ya que Deán, al que Sabela llamó esa misma tarde, firmó la orden de comprobación y traslado antes de que ella terminara de contarle el caso, harto ya de firmar tarde las cosas y con ganas por una vez de firmar a tiempo alguna, y a la mañana siguiente subieron a la sierra en dos coches, el de Sabela delante con Ferro de copiloto sujetándose el costado en cada curva y maldiciendo el firme, y detrás una pareja de la Guardia Civil de un puesto de fuera de Arnela, gente a la que Randulfe no había podido comprar porque ni sabía que existía, y la carretera fue estrechándose y empinándose y metiéndose en la niebla según ganaban altura, con el sirimiri de siempre borrando los cristales y el monte cerrándose a los lados, tojo y piorno y algún castaño viejo saliendo de la bruma como un fantasma con los brazos abiertos, y Sabela conducía callada, con las dos manos en el volante y el estómago cerrado, porque llevaba toda la mañana peleando contra las tres cosas que se le podían torcer, que hubieran movido al chico al enterarse de la caída de Quinteiro, que le hubiera pasado algo en aquellos tres años que nadie había vigilado, o que el hombre que iban a encontrar al final del pasillo ya no fuera capaz de entender que su hermana había venido a por él, y de las tres la que más la asustaba era la última, así que agradeció, aunque no lo dijera, que Ferro fuera soltando bobadas todo el camino, que si en aquel monte no había cobertura ni para pedir socorro, que si la vaca que se les cruzó los miraba con cara de jueza de instrucción, porque la guasa de Ferro era su manera de tenderle a una la mano sin decírselo, y a Sabela, aquella mañana, le hacía falta una mano.

La residencia apareció al doblar una última curva, un pazo de piedra oscura de lluvia con una galería acristalada y un jardín cuidado en el que no había nadie porque el día no estaba para jardines, y encima del portalón, tal como Xela lo había descrito desde una memoria de tres años y medio atrás y media dosis de sedante, estaba el azulejo, San Roque con su bordón y su calabaza y su llaga en el muslo, y a los pies el perro fiel con el pan en la boca, descolorido por un siglo de intemperie pero entero, y a Sabela verlo allí, exactamente donde una mujer aterrada lo había guardado, se le puso un nudo en la garganta, porque entendió de golpe la ironía entera de aquel caso, que en una ciudad donde un hombre se dedicaba a vaciarle a la gente la memoria como quien vacía un bolsillo, la pista que lo remataba la había puesto a salvo la cabeza de un chico que, según decían los papeles, no entendía las cosas del todo, y que sin embargo se había acordado durante tres años del perro pintado de un santo lo bastante bien como para que su hermana pudiera dibujárselo a Ferro con palabras.

La encargada, una mujer de bata que salió a recibirlos con la sonrisa profesional puesta y que la perdió en cuanto vio los tricornios bajarse del segundo coche, intentó primero el paripé de la confidencialidad y la protección de datos, que si no podían dar razón de sus residentes sin autorización de la familia, y Ferro, apoyado en el marco de la puerta para no caerse pero con la placa por delante, le dijo que la familia estaba precisamente esperando en el coche, que la única familia que aquel chico tenía en el mundo era la mujer que llevaba dentro de aquel Seat con las manos temblando, y que el señor que les firmaba a ellos las mensualidades iba a firmar a partir de esa semana desde un módulo de aislamiento, así que ya podía ir soltando el tono y enseñándoles dónde tenían a Xosé Refojos, que se llamaba Suso Fontán y que llevaba tres años y medio secuestrado con nombre falso en su preciosa residencia de la sierra.

Lo encontraron en una sala común de suelos encerados y olor a caldo, sentado a una mesa junto a la cristalera por la que se veía caer el sirimiri sobre el jardín, con un puzle de mil piezas a medias delante y la lengua un poco fuera de concentración, un hombre grande y blando de unos treinta años, con el pelo ya con alguna cana, las manos gordezuelas moviéndose despacio sobre las piezas, y Sabela, que se había quedado atrás a propósito, en el umbral, para no meterse en aquello que no era suyo, vio cómo Ferro se acercaba con toda la delicadeza de la que era capaz aquel armario de hombre, y se agachaba a su altura con una mueca de dolor por los puntos, y le decía, sin prisa, sin asustarlo, que había venido a buscarlo alguien, y Suso levantó la cabeza del puzle y miró a Ferro con una desconfianza mansa de niño al que han enseñado a no fiarse de las caras nuevas, y luego miró hacia la puerta, hacia donde señalaba Ferro con la barbilla, y allí, en el umbral, empapada de la lluvia del aparcamiento porque no había querido esperar a que fueran a por ella y había echado a andar detrás de los tricornios, estaba Xela.

Lo que pasó entonces Sabela lo recordaría el resto de su vida, y no como el final de un caso, sino como una de las poquísimas veces en que le tocó ver, de cerca, algo entero, algo que no se había roto por el camino, porque Suso se quedó un segundo muy quieto, con una pieza del puzle en la mano, mirando a aquella mujer flaca y ojerosa de la puerta como si le costara encajarla, ya que la Xela que él recordaba tendría veinte años y estaría más rellena y no traería aquella cara de haber vivido cuatro años en un sótano, y durante ese segundo eterno a Sabela se le paró el corazón por miedo a que el chico no la reconociera, a que aquel fuera el último robo de Quinteiro, haberlos tenido separados el tiempo justo para que un hermano no reconociera a su hermana, pero entonces Suso soltó la pieza, y la pieza cayó al suelo con un ruido pequeño en el silencio de la sala, y dijo «Xela» con una voz gruesa y quebrada, y se levantó tan deprisa que volcó la silla, y cruzó la sala con esos andares suyos de pato apurado, y se abrazó a su hermana en el umbral con una fuerza que casi la tira, y Xela, que había aguantado sin llorar cuatro años de encierro, que había aguantado la nave y las correas y el hospital, se deshizo por fin, allí, agarrada a aquel hombre grande que le sacaba dos cabezas y que la mecía torpe diciéndole una sola cosa una y otra vez contra el pelo.

—Tardaste mucho, Xela —dijo Suso, meciéndola, con la cara escondida en su hombro—. Tardaste mucho. Dijiste que venías y tardaste mucho.

—Ya lo sé, mi amor, ya lo sé —dijo Xela, agarrada a él, con la voz rota del todo—. Tardé mucho. No pude venir antes, te lo juro, no pude, pero ya estoy, ya estoy aquí, y ya no me voy sin ti, ¿me oyes?, esto se acabó, nos vamos juntos y no vuelvo a tardar nunca más.

Y Suso, que según los informes no entendía las cosas del todo pero que entendía perfectamente la única que importaba, que su hermana había vuelto y que se lo llevaba, se echó a reír entre las lágrimas, esa risa suya limpia y sin doblez, y la soltó un momento para tirarle de la manga hacia la cristalera, exactamente igual que tres años atrás en el patio, para enseñarle una cosa, porque en el alféizar, mirando también él la lluvia, había un perro viejo de la residencia, un can pastor canoso al que los residentes le echaban las sobras, y Suso lo señaló con el dedo y con una alegría enorme le dijo a Xela «el perro, mira, como el santo, tengo un perro», y a Sabela, que lo miraba desde el umbral con Ferro al lado sorbiéndose disimuladamente los mocos y jurando que era la alergia del monte, se le saltaron por fin las lágrimas que llevaba toda la mañana tragándose, porque entendió que aquel hombre había pasado tres años y medio secuestrado como moneda de cambio de una red de asesinos y que en su cabeza aquello había sido, sencillamente, el tiempo que estuvo esperando a su hermana en una casa donde había un santo con un perro y luego un perro de verdad, y que de toda la gente a la que Amaro Quinteiro había vaciado la memoria en aquella ciudad, el único al que no le había podido robar el recuerdo que le importaba, el nombre de la única persona que lo quería, había sido precisamente aquel al que el mundo había decidido que le faltaba algo.

Salieron los cuatro al aparcamiento bajo el sirimiri, Suso con una bolsa de deporte donde le habían metido a toda prisa cuatro cosas suyas y el puzle a medio hacer que no quiso dejarse, agarrado a la mano de su hermana y sin soltársela ni para subir al coche, y los guardias de la pareja, que habían visto de todo en sus años de puesto, tuvieron que darse la vuelta hacia el monte y ponerse a mirar la niebla con mucho interés mientras se les pasaba lo del ojo, y Sabela arrancó el coche sierra abajo con los dos hermanos en el asiento de atrás, Suso pegado a la ventanilla nombrando cada vaca y cada hórreo que pasaba como si estrenara el mundo, y pensó, metida otra vez en la niebla, que llevaba semanas persiguiendo memorias robadas por toda Arnela y que la primera que conseguía devolver entera, sin agujeros, sin recortes, era aquella, la de un chico que nunca dejó de acordarse de su hermana, y que a lo mejor esa, y no la caja ni la confesión de Randulfe, era la verdadera victoria de todo el caso, la de comprobar que había una clase de memoria que ni la peor de las jeringas alcanzaba a vaciar.