Capítulo 27 #3
Pero Xela no fue solo la mujer flaca que sacaron de una nave envuelta en una manta, aunque durante mucho tiempo fue solo eso, un cuerpo dormido en una cama de hospital que respiraba despacio y hondo y no respondía ni al nombre ni a la luz ni a la mano de nadie, con los brazos llenos de marcas viejas de las correas quietos sobre la sábana, y los médicos no sabían ponerle nombre a aquello, decían que no era un coma de los de libro, que las constantes estaban bien, que el cerebro daba señales, pero que la chica no estaba, se había ido a algún sitio de dentro y no había manera de traerla, y a Sabela, que subía a verla más de lo que le habría sabido explicar a nadie, le costó semanas entender que lo que había visto Xela en cuatro años de encierro no iba a contárselo ella, al menos no todavía, y que todo lo que Sabela llegó a saber de aquellos cuatro años lo supo por la caja, por aquel archivo obsesivo donde Quinteiro lo apuntaba todo, las lecturas y las fechas y los nombres, y donde estaba también, con la letra apretada de un hombre que no se fiaba ni de su propia memoria, la vida entera de la chica flaca de la silla, y resultó que la habían tenido cautiva desde los veinte, que Quinteiro la había captado igual que había intentado captar a Vera, ofreciéndole dinero primero y amenazando después, y que cuando ella dijo que no, se llevaron a su hermano, a Suso, que dependía de ella para todo desde que se les murió la madre, y le dijeron que el chico estaría bien atendido «mientras ella colaborase», y así, con esa correa, la habían tenido vaciando gente contra su voluntad durante cuatro años, aprendiéndose de memoria las caras de todos los deudores que pasaron por aquella silla, pues una lectora no solo saca recuerdos, también los ve al sacarlos, eso Sabela ya lo había aprendido de Vera hacía tiempo, y por lo que se vio después, cuando la chica pudo por fin hablar, Xela los había ido guardando todos, uno por uno, como quien esconde pruebas debajo de una baldosa esperando el día.
Y aquella decisión de Xela, la de una mujer a la que habían usado como herramienta y que eligió convertirse en testigo, fue, más que la caja, más que Randulfe, lo que le puso a Amaro Quinteiro la soga definitiva, pues una contabilidad se puede discutir, pero una superviviente que se sienta delante de un tribunal y va poniendo nombre a cada agujero de cada familia rota no la discute nadie.
Al hermano, en cambio, lo fueron a buscar mucho antes de que Xela pudiera pedirlo, cuando ella todavía estaba dormida en aquella cama de la que no la sacaba nadie, y lo fueron a buscar no por la vía lenta de las comisiones rogatorias y los oficios que tardan meses en subir por un juzgado y bajar por otro, sino porque Sabela había hecho una promesa en la nave al amanecer, con la sangre todavía seca pegándole el pelo a la sien, a una mujer flaca envuelta en una manta que temblaba de frío y de años preguntando por un tal Suso antes que por sí misma, y Sabela Randín podía saltarse muchas cosas, órdenes, jerarquías, horas de sueño, la cadena de mando entera si hacía falta, pero no una promesa hecha a alguien a quien acababan de sacar de cuatro años de encierro, aunque esa persona no estuviera despierta para reclamársela, que a lo mejor era por eso mismo por lo que había que cumplirla cuanto antes, para que la chica, si volvía algún día en sí, se encontrara al hermano ya a salvo y no un hueco más que llorar.
Ferro, que andaba todavía con el costado cosido y se movía por los pasillos como un viejo de ochenta años apoyándose en las paredes, pero que no se habría perdido aquella parte del caso por nada del mundo, pues llevaba semanas diciendo que las medallas se las pasaba por el forro y que lo único que él quería, además de ver a Quinteiro esposado, era sacar de donde fuera al crío ese que tenían de rehén, se sentó con la caja de la contabilidad y una carpeta de listados y no se levantó hasta dar con él.
La pista de dónde tenían al hermano no salió de Xela, que seguía en su cama de hospital sin decir nada a nadie, sino de la propia soberbia de Quinteiro, de aquella manía suya de dejarlo todo apuntado, y fue Ferro el que dio con ella una tarde, pasando páginas del archivo con el dedo, cuando encontró, entre las anotaciones frías de un pago y otro, una nota que a cualquiera se le habría escapado y que a él le puso el vello de punta, pues Quinteiro, con esa vanidad de los que necesitan dejar constancia de su propia listeza, había apuntado el día en que llevó a la lectora número tantos a ver al rehén «para asegurar el rendimiento», y había escrito al lado, con una letra pequeña y satisfecha, el detalle que lo perdía, que la chica se había puesto a llorar no al ver al hermano sino cuando el hermano, en vez de abrazarla, se puso a señalarle un azulejo de la fachada y a reírse, «el perro, Xela, mira el perro», porque el santo de la puerta tenía un perro a los pies, un perro con un pan en la boca, y al lado el hombre con el manto levantado enseñando una llaga en la pierna, y Quinteiro lo había anotado como quien anota una curiosidad, una anécdota de su mercancía, sin saber que estaba dejando por escrito, para quien supiera leerlo, las señas exactas del sitio.
San Roque con su perro. Un hombre había tenido a su hermana cuatro años encerrada vaciando gente, y había apuntado con letra satisfecha que el rehén, después de dos años sin ver a nadie, lo único que había querido enseñar era el perro pintado de un santo, y Ferro, cuando lo leyó, se quedó un rato muy quieto con la carpeta abierta, y luego dijo en voz baja que había que buscar una residencia de montaña con San Roque y su perro pintados en la puerta, que no podía haber muchas, y que ahí lo tenían.
Y no las había muchas, pero tampoco fue coser y cantar, pues Ferro, que cogió aquel hilo como quien coge el único cabo que asoma de un ovillo enredado, se pasó tres días con el teléfono pegado a la oreja y una carpeta de listados sobre la mesa, cruzando el registro de centros sociosanitarios de la provincia con las parroquias de advocación de San Roque, que en Galicia son un ciento, ya que no hay aldea de monte que no le tenga miedo a la peste vieja ni ermita que no le pintara al santo su perro y su llaga, y fue descartando una por una, la de tal sierra que era pública y tenía las cuentas claras, la de tal valle que llevaban las monjas y no admitía ingresos en negro, hasta que dio con una que le hizo enderezarse en la silla, una residencia pequeña y cara en la falda de una sierra del interior, un pazo reformado con pocas plazas y mucha discreción, con un San Roque de azulejo del siglo pasado encima del portalón de piedra, y con un residente ingresado tres años y medio atrás bajo un nombre que no era Suso Fontán sino un tal Xosé Refojos, y a Ferro no se le escapó, porque para eso era buen poli por debajo de la guasa, que Refojos era precisamente el segundo apellido de Amaro Quinteiro Refojos, ese detalle de vanidad de los soberbios que no saben esconderse del todo porque en el fondo quieren que se sepa que aquello es suyo, y que las mensualidades, altas, puntuales, sin un retraso en tres años, las pagaba una gestoría del puerto que llevaba, tirando de un par de sociedades pantalla, a Crédito Fisterra.
—Lo tengo, Randín —dijo Ferro, entrando en el despacho con la carpeta en alto y una sonrisa de las que no le salían desde que le metieron la bala—.
Lo tengo al crío. Xosé Refojos, tres años y medio, San Roque en la puerta y la factura pagada por los amigos de don Amaro.
Está a hora y media de aquí, monte arriba.
Y como me digas que espere a que baje un oficio por el conducto reglamentario, te juro que me abro los puntos yo solo de la rabia.
Xela despertó del coma casi un año después de la nave, y despertó, con esa ironía sucia que tienen a veces las cosas, la misma semana en que empezaba el juicio de Amaro Quinteiro, como si el cuerpo hubiera esperado a que el hombre estuviera por fin sentado en el banquillo para decidir que valía la pena volver, y no fue un despertar de película, con la chica abriendo los ojos y preguntando dónde estaba, sino un regreso lento y por tramos, primero un dedo que se movía, luego los ojos que seguían una luz, luego una noche entera con la mano de su hermano Suso agarrada, que para entonces ya lo habían sacado de la residencia de la montaña y lo habían traído a que estuviera cerca, y cuando por fin Xela pudo hablar y entender y sostener una conversación sin que se le fuera el hilo, lo primero que hizo, antes que preguntar por ella misma o por lo que le esperaba, fue pedir que avisaran a la inspectora, y Sabela subió al hospital, y se encontró a una mujer distinta de la que habían sacado de la nave, más flaca todavía pero con los ojos despiertos y una calma que asustaba más que cualquier llanto.
—Yo sé quiénes son —le dijo Xela a Sabela, incorporada en la cama con un cojín en la espalda y su hermano dormido en el sillón de al lado, con una lucidez terrible—.
Todos los que pasaron por ahí. Los que murieron y los que siguen vivos con agujeros.
Sé sus caras, sé qué les quitaron, y algunos sé hasta cómo se llaman, pues Quinteiro los decía en voz alta, le gustaba decirlos, era parte de lo suyo.
Si nos ponen a mi hermano y a mí lejos, muy lejos, donde ese hombre no llegue ni con abogados, yo declaro.
Declaro contra él con nombres y con caras.
No por vosotras, que perdón, pero a vosotras os acabo de conocer.
Por los que no pudieron. Por la del vestido verde que noté que buscabais.
Por todos los que él dejó a medias. Llevo cuatro años callándome caras de muertos. Ya está bien.