Capítulo 27 #2
—Hace quince años, Randín, cuando usted todavía andaría en la academia, mandé yo a un chaval a una llamada —dijo Vilas, y giró el bolígrafo entre los dedos sin escribir nada, solo por tener las manos ocupadas, igual que hacía Vera con los cigarros que no se fumaba—.
Un aviso de violencia doméstica, de los de todas las noches, y el chaval era nuevo, tendría veintitrés años, buen crío, con unas ganas que daba gusto, y me pidió por radio que si esperaba a la otra patrulla o entraba ya, y yo, que tenía a un mando de arriba respirándome en la nuca porque aquella noche había mucho lío y pocos coches, le dije que entrara, que no esperase, que un aviso de esos no daba para dos patrullas.
Y entró. Y el hombre de la casa lo estaba esperando detrás de la puerta con una escopeta de caza, y al chaval me lo trajeron al día siguiente al depósito, y yo bajé a reconocerlo porque no tenía familia en la ciudad, y desde aquella mañana, Randín, desde hace quince años, yo soy el que dice «espera», el que dice «con pies de plomo», el que manda a la gente a hacer las cosas bien y despacio y con refuerzos, porque me juré que no volvía a bajar a ningún depósito a reconocer a nadie por haberle dicho «entra ya» a alguien que me pedía tiempo.
Ese soy yo. El del «espera». Llevo quince años siéndolo, y hasta me había convencido de que era una virtud.
Y se calló, y Sabela no dijo nada, porque entendió de golpe que aquello no era un reproche disfrazado ni una lección de las que se sueltan para justificar un castigo, era otra cosa, era un hombre poniéndole encima de la mesa, entre los pósits de colores, la piedra que llevaba quince años cargando en el bolsillo, y esperó, quieta, a que Vilas terminara de sacarla, y Vilas se levantó otra vez, se acercó a la ventana, y habló mirando el puerto de espaldas, como hacía Deán con la ría, que debía de ser cosa de los hombres viejos y culpables, la de decir lo difícil sin que les vieran la cara.
—Lo que me tiene sin dormir esta semana no es que usted se saltara el reglamento, Randín —dijo Vilas, con la voz más baja todavía—.
Es que si usted me llega a llamar esa mañana, si usted hace lo que marca el manual y me despierta y me pide autorización, yo le habría dicho que esperara.
Que esperara a la Guardia Civil de Deán, que esperara a que se montara el dispositivo, que esperara a hacer las cosas bien.
Se lo habría dicho con toda mi buena fe y con mis quince años de no bajar a ningún depósito.
Y esas dos mujeres estarían muertas. Las dos.
Porque a los cuarenta minutos del juez, usted lo sabe mejor que yo, no llegaba nadie vivo a esa nave.
—Se volvió, y en aquella cara correcta y gris de funcionario a punto de jubilarse había una cosa que a Sabela le costó reconocer porque no se la había visto nunca, que era vértigo—.
Así que resulta que me he pasado quince años predicando la prudencia, y va usted y me demuestra, en una sola mañana, que la única vez que de verdad importaba, la prudencia era el crimen.
Y eso, Randín, a mi edad, con dos años para la jubilación, no sabe usted lo mal que se digiere.
Es como descubrir el último día que el mapa con el que ha andado media vida estaba del revés.
Se hizo un silencio en el despacho, con el ruido del puerto entrando amortiguado por el doble cristal, las grúas y una sirena de barco allá abajo, y Sabela, que había entrado dispuesta a que la partieran y con la cabeza ya puesta en la mesa, no supo qué decir, porque había tenido a aquel hombre archivado durante años en la carpeta de los cobardes cómodos, los que aflojan cuando llama el alcalde, y de pronto resultaba que debajo del cobarde cómodo había un hombre cargando un muerto de veintitrés años desde antes de que ella supiera ponerse las esposas, y que su «pies de plomo» no era comodidad, era una cicatriz, y eso lo cambiaba todo y no cambiaba nada, ya que un cobarde con motivo sigue siendo, a la hora de la verdad, un hombre que dice «espera», solo que ahora Sabela sabía a qué precio lo decía.
Vilas volvió a la mesa, se sentó, se puso las gafas por tercera vez, y abrió la carpeta del atestado por una página que tenía marcada con un pósit rosa, y la giró hacia Sabela, y le puso el dedo encima de un párrafo.
—Aquí pone que usted entró sola en la conservera, sin orden de entrada de esta comisaría, sin comunicarlo a la superioridad, contraviniendo el protocolo, y eso es verdad, y así redactado le cuesta a usted la placa, se lo digo yo que llevo firmando expedientes desde antes de que existiera el correo electrónico —dijo Vilas, y sacó del cajón otro folio, uno mecanografiado que llevaba, se veía, un rato preparado—.
Pero resulta que a las seis y cuarto de esa mañana el juez Deán había firmado ya una orden de entrada y de auxilio, y había una diligencia de un secuestro en curso, el de la señora Meis, con riesgo inminente para la vida, y una confesión previa del fiscal Randulfe advirtiendo de que el tal Quinteiro iba a «cerrar la temporada» esos días, y todo eso, Randín, todo eso también es verdad, y también está en el expediente, y da la casualidad de que un policía que entra a evitar un homicidio en curso amparándose en una orden judicial ya firmada y en una situación de urgencia vital no es lo mismo, ni de lejos, que un policía que se va de excursión por su cuenta a jugar a los detectives.
Es la misma mañana contada con las mismas verdades, solo que ordenadas de otra manera.
Y a mí me pagan, entre otras cosas, por decidir en qué orden se cuentan las verdades en los papeles que salen de esta casa.
Sabela levantó la vista del folio, y miró a Vilas, y Vilas le sostuvo la mirada por encima de las gafas sin una pizca de la teatralidad que habría metido cualquier otro en aquel momento, con la sequedad administrativa de quien firma una nómina, y le dijo, antes de que ella pudiera decir nada, que no se lo agradeciera, que no lo hacía por ella, que a ella la seguía considerando una inconsciente que había tenido una suerte de la que no se podía presumir en un atestado, y que como volviera a hacerle una cosa así, una sola vez más, ese día sí que la echaba él mismo sin que le temblara la mano, que le quedara clarísimo; que lo hacía porque llevaba quince años siendo el hombre del «espera» y acababa de descubrir, con toda la mala leche que da descubrir esas cosas tarde, que la casa necesitaba también, de vez en cuando, a alguien que no esperase, y que si él, ahora, a dos años del retiro y con el gabinete del alcalde llamándole cada mañana para pedirle una cabeza, mandaba a esa gente a la calle por haber salvado a dos mujeres, entonces el chaval de la escopeta se habría muerto para nada, para que un viejo protegiera su jubilación limpia a base de castigar en otros justo lo que a él le habría hecho falta tener quince años atrás.
Y remató, cerrando la carpeta con las dos manos, con esa frase de funcionario cansado que a Sabela se le quedaría más grabada que cualquier discurso, que él se iba a comer el enfado del alcalde y una jubilación menos lustrosa de lo que la tenía pensada, pero que era muy mayor ya para irse de la casa habiendo hecho, el último año, la cobardía cómoda de siempre, y que por una vez, aunque fuera solo una, quería jubilarse habiendo contado las verdades en el orden que salvaba gente y no en el que cubría espaldas.
Sabela salió de aquel despacho con el expediente reconducido a una amonestación de las que se olvidan en un cajón, la placa a salvo y una desazón nueva y difícil de nombrar, porque no era gratitud del todo, ni alivio del todo, sino la incomodidad honda de haberse equivocado de medio a medio con una persona durante años, de haber despreciado por cobarde a un hombre que resultó ser solo un hombre asustado por una razón buena, y bajó las escaleras de la comisaría pensando que aquel caso, además de cadáveres y de agujeros con forma de persona, le había ido dejando por el camino una colección rara de gente que cargaba su muerto propio y hacía con él lo que podía, Deán con su cría del embalse, Noia con sus dieciséis años de firmar sin mirar, y ahora Vilas con su chaval de veintitrés años detrás de una puerta, cada uno con su piedra en el bolsillo, cada uno a su manera intentando que la piedra sirviera por fin para algo, y se dio cuenta, ya en la calle, bajo el sirimiri de siempre, de que a lo mejor esa era la única forma decente de llevar los muertos que uno no había sabido evitar, no olvidarlos, que eso no se puede ni se debe, sino gastarlos en no repetir el error que los mató.