La ultima memoria Capítulo 27
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Capítulo 27

El juicio de Amaro Quinteiro empezó casi un año después, en la sala grande de la Audiencia, con la prensa apretada en los bancos del fondo y la ciudad entera pendiente, porque a esas alturas lo de la Cofradía había salido en todos los periódicos de Galicia y el monstruo del puerto se había convertido en el nombre que se decía en voz baja en las colas del pan, y Sabela declaró un lunes por la mañana, de uniforme, con la calma de doce años de estrados, y contó el hallazgo del cuerpo de Icía, y la vigilancia, y la nave, y la caja, y aguantó sin pestañear el interrogatorio del abogado carísimo de Quinteiro, un hombre pulcro que intentó por todos los medios pintarla como una policía obsesionada que se había saltado la ley, y en parte tenía razón, y Sabela lo sabía, y aun así no cedió un palmo, porque contra la caja de contabilidad, contra la memoria obsesiva de un hombre que no se fiaba ni de sí mismo y lo apuntaba todo, nombres, pagos, deudores, lecturas, fechas, no había abogado pulcro que valiera.

Pero el momento que nadie de los que estaban en aquella sala olvidaría, el momento que salió al día siguiente en todas las portadas, fue cuando llamaron a declarar a Vera, porque el tribunal, tras muchas discusiones y un pleno entero del que Sabela no entendió la mitad, había admitido por primera vez en la historia de aquella Audiencia el testimonio de una lectora, no como prueba única, que eso jamás, sino como testimonio a valorar junto a lo demás, y Vera entró en la sala con la gabardina gris y la barbilla alta y la cicatriz de la ceja, y no miró a la prensa, ni al abogado pulcro, ni al tribunal, miró a Sabela un segundo, solo un segundo, buscándola entre la gente como quien busca tierra firme, y Sabela le sostuvo la mirada y le hizo un gesto mínimo con la cabeza, estoy aquí, no te suelto, y Vera respiró y se sentó y contó, con esa honestidad seca que era lo único que Quinteiro no le había podido robar, lo que había visto en la última memoria de tres mujeres muertas, sin adornos, sin teatro, con la voz plana de quien recita un horror que ya ha llorado, y describió la colonia dulce, y el gesto del pulgar en la nuca, y la habitación de las correas, y el frío del agua, y dijo también, y esto fue lo que hizo removerse a la sala entera y a más de un periodista enderezarse en el banco, que lo que se sacaba de aquellas cabezas no se tiraba, que no era destrucción sino comercio, que la Cofradía tenía quien pagara por llevarse puesto un recuerdo ajeno, una infancia que no era la suya, una noche de amor de otro, un duelo que le viniera bien a alguien que había perdido la capacidad de sentir el propio, y que ella lo sabía porque en la última memoria de una de aquellas mujeres había visto, al fondo, la silueta de un hombre esperando su turno como quien espera en una tienda a que le envuelvan la compra, sin que Vera pudiera decir quién era ni verle la cara, solo el bulto de alguien que había ido allí a comprar lo que a otra le arrancaban, y cuando el abogado pulcro se levantó a preguntarle, con retintín, cómo pretendía que un tribunal serio creyera que ella hablaba con muertos, Vera lo miró de arriba abajo y le dijo, sin subir la voz, la única frase que Sabela le oiría citar durante años a la gente de la comisaría.

—Yo no le pido que me crea a mí —dijo Vera—. Le pido que abra la caja de su cliente y crea a los muertos que él mismo se molestó en apuntar uno por uno. Yo solo soy la que se los ha aprendido de memoria para que no se le olviden a usted.

Amaro Quinteiro escuchó su condena tres semanas más tarde sin mover un músculo de aquella cara suya de vecino amable, tres cadenas perpetuas revisables y una lista de delitos que el secretario tardó diez minutos en leer, y lo único que hizo, cuando se lo llevaban esposado, fue girar la cabeza y buscar a Vera entre el público y dedicarle una sonrisa lenta, una sonrisa que decía sin palabras «tú y yo sabemos que gané algo, tú y yo sabemos qué te quité», y Sabela, sentada al lado de Vera, notó cómo a Vera se le tensaba la mano, y se la cogió por debajo del banco, y se la apretó fuerte, y le dijo al oído lo único que valía la pena decir, que aquel hombre se pudriría en una celda apuntando en un cuaderno recuerdos que ya no le importaban a nadie, y que ellas, en cambio, iban a hacer memoria nueva el resto de su vida, toda la que les diera la gana, y que esa cuenta la ganaban ellas.

El fiscal Randulfe declaró en contra de todos a cambio de una pena reducida y una inhabilitación que era, en el fondo, la muerte de todo lo que había sido, y salió del juzgado por una puerta lateral, encogido, viejo de golpe, esquivando las cámaras, y Sabela lo vio marcharse y no sintió lástima ni triunfo, sintió esa cosa gris y exacta que se siente ante los cobardes que pagan tarde, y pensó que había gente a la que el peor castigo no era la cárcel sino tener que vivir siendo exactamente quien había demostrado ser.

El rapado, que se llamaba Nogueira y que había ahogado con sus propias manos a Icía y a Rebeca, cayó con ellos y no negoció nada, porque los perros de presa no saben, y le cayó lo suyo.

Para Sabela, en cambio, el final de la nave no fue una medalla ni la condena de otro, sino un expediente disciplinario que le abrieron a los cuatro días, cuando todavía andaba con la ceja partida y la sien de color berenjena del golpe del rapado, y en esto la maquinaria de la casa fue rápida, mucho más de lo que había sido nunca para creerse a una lectora o para firmar una exhumación, pues nada corre tanto en una comisaría como el papeleo de buscarle las vueltas a un poli que se ha saltado el escalafón, y a Sabela la citó el comisario Vilas un lunes por la mañana en su despacho de la última planta, el mismo de la silla incómoda de las malas noticias donde meses atrás le había hablado de las dos llamadas y de pisar con pies de plomo, y esta vez, cuando ella empujó la puerta, se encontró a Vilas de pie junto a la ventana, de espaldas, mirando el puerto con las gafas colgando de una mano, y sobre la mesa, muy cuadrada con el filo de la carpeta, una copia del atestado de Punta Seixo con media docena de pósits de colores asomando por los cantos, que era la manera que tenía Vilas de decir sin decir nada que se había leído aquello línea por línea y que no le había gustado ni una.

El despacho olía a lo de siempre, a café recalentado y a ese ambientador de pino que no tapaba el fondo a papel y a moqueta vieja de edificio oficial, y Sabela se quedó de pie sin que la mandaran sentarse, con las manos en los bolsillos del abrigo, esperando el hacha, porque sabía perfectamente lo que había hecho, que se había ido sola a una nave llena de hombres armados sin refuerzos y sin avisar a su superior, saltándose la cadena de mando entera, y sabía también que en el papel, en el papel frío que iba a leer luego un tribunal de asuntos internos que no había estado allí, aquello no tenía una sola defensa que se sostuviera, y que el hombre que estaba de espaldas mirando el puerto tenía delante, servida en bandeja, la cabeza que el gabinete del alcalde llevaba semanas pidiendo para cerrar el escándalo con un culpable de dentro y quedar todos tan tranquilos.

—Se me podía haber muerto usted, Randín —dijo Vilas por fin, sin volverse, con una voz cansada que no era la de la bronca, que era peor, la de la decepción de un hombre correcto—.

Se me podía haber muerto usted en esa nave, sola, y luego la mujer esa, y la otra, y me habría tocado a mí bajar al depósito a reconocer a tres, y subir a este despacho a escribir un informe explicando por qué una inspectora mía entró en un nido de asesinos sin decírselo a nadie de la casa, sin una orden de entrada de las de aquí, sin un compañero cubriéndole la espalda, como si esto fuera una película americana y no una comisaría de provincias con un presupuesto de risa.

—Se giró por fin, despacio, y se puso las gafas, y detrás de los cristales tenía unos ojos pequeños y enrojecidos de haber dormido poco, y le señaló la silla con la barbilla, no como una cortesía sino como quien coloca a un acusado—.

Siéntese, haga el favor, que me pone usted nerviosa ahí clavada.

Y no me venga con lo del corazón, ni con lo de la mujer secuestrada, ni con la carrera de la vida contra el reloj, que ya me lo sé, ya me he leído su atestado tres veces, pero es que resulta que yo no puedo escribir «tenía prisa» en la casilla donde va el reglamento, Randín, ojalá pudiera, pero no puedo.

Sabela se sentó, y no se defendió, que era lo último que él esperaba y lo primero que había decidido hacer nada más ver los pósits en la carpeta, pues había aguantado bastantes interrogatorios desde el otro lado de la mesa como para saber que a un hombre que ya ha tomado la decisión de partirte no se le ablanda discutiéndole los hechos, sino callando los propios, así que le dijo lo único que era verdad sin adornos, que sí, que tenía razón en todo, que se lo había saltado a él y al reglamento y al sentido común, que no había una sola línea de aquel atestado que ella pudiera defender ante nadie, y que si él quería su cabeza para dársela al alcalde, la tenía ahí, encima de la mesa, junto a la carpeta, que no pensaba pelearla con excusas, y que lo único que le pedía, ya puestos, era que en el informe dejara constancia de que Ferro y Vera no habían tenido nada que ver con la decisión de entrar, que aquello había sido de ella sola y que no arrastrase a nadie más en la caída.

Y Vilas la escuchó sin interrumpir, con las manos cruzadas sobre el atestado, y cuando ella terminó se quedó un rato largo mirándola en silencio, y luego hizo una cosa que Sabela no se esperaba, que fue quitarse otra vez las gafas, frotarse el puente de la nariz con dos dedos, y hablarle bajando la voz, con un tono que no le había oído en los años que llevaba a sus órdenes, el de un hombre que abre por fin un cajón que tenía cerrado con llave.