La ultima memoria Capítulo 26 #4
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Capítulo 26 #4

—Mira, yo de ríos y de surcos no sé —dijo Sabela—, pero sé una cosa de mi oficio que igual te sirve.

La gente, cuando miente, cuando dice lo que cree que tiene que decir en vez de lo que siente, se le nota, porque le sale de la cabeza, medido, con cuidado.

Y lo de verdad sale de otro sitio, sale antes de pensarlo, se le escapa a una por debajo de la razón.

Y tu mano de hace un rato no venía de la cabeza, Vera, ni venía de la otra, venía de más abajo, de donde salen las cosas que son de verdad.

A lo mejor no te acuerdas de quererme. Pero querer y acordarse no son lo mismo, se ve que no, se ve que una cosa se guarda en la cabeza y la otra vete a saber dónde, en las manos, en la boca, en un sitio que la jeringa de ese hijo de puta no supo encontrar.

Así que no te preocupes tanto de averiguar cuál eres, que igual eres las dos y no pasa nada.

Yo te espero. Ya te lo dije, no te espero a que vuelvas a ser nadie, te estoy conociendo.

Y esto también es conocerte. Esta noche también cuenta.

Vera no dijo nada ingenioso, que era su costumbre cuando algo la tocaba de verdad, solo se quedó mirando a Sabela con los ojos brillantes en la penumbra del salón, con el temporal todavía dándole a los cristales y la estufa zumbando bajito, y al cabo se soltó de las manos y se acercó, pero no a lo que había estado a punto de pasar, sino a otra cosa, y se acurrucó contra el costado de Sabela en aquel sofá pequeño, con la cabeza en su hombro y las piernas encogidas, buscándole el calor como quien busca una estufa y no una cama, y Sabela la rodeó con el brazo y le puso la mejilla en el pelo todavía húmedo y se quedaron así, sin más, oyendo llover, dos mujeres calladas en un salón lleno de libros mientras la ría se revolvía abajo, y fue, a su manera rara, más íntimo que muchas noches de las otras, porque no había en ello ningún cálculo, ninguna prisa, solo el gusto simple y enorme de estar caliente al lado de la persona que una quiere sin tener que llegar a ningún sitio.

—Quédate a dormir —dijo Vera al cabo de un rato, sin levantar la cabeza del hombro de Sabela, y luego, por si acaso, aclaró con esa brusquedad suya que le salía para tapar lo blando—. A dormir y ya. Nada más. Es que diluvia, y no me apetece que te vayas, y punto, no le busques más vueltas.

—A dormir y ya —dijo Sabela, y le besó la coronilla, que era hasta donde llegaba, y se quedó con una sonrisa tonta en la oscuridad que menos mal que Vera no le vio.

Y durmieron aquella noche las dos en la cama de Vera por primera vez desde que la habían vaciado, vestidas, cada una en su lado al principio y luego enredadas como se enreda una sin querer cuando el cuerpo busca al otro cuerpo mientras la cabeza duerme, y no pasó nada de lo que había estado a punto de pasar, y sin embargo Sabela se despertó varias veces en la madrugada, con el ruido del temporal amainando poco a poco hasta quedar en el sirimiri de siempre, y cada vez que se despertó tenía a Vera pegada a la espalda o la mano de Vera buscándole la suya en sueños, esa mano que sabía más que su dueña, y en una de esas Vera, sin despertarse del todo, le pasó el brazo por encima y le puso la palma abierta en el pecho, sobre el corazón, y suspiró y se quedó quieta, y Sabela, despierta en el oscuro con aquella mano encima, pensó que a lo mejor era verdad lo que le había dicho, que querer y acordarse no eran lo mismo, y que aquella mano dormida que le buscaba el corazón sabía perfectamente lo que hacía aunque su dueña no se acordara de nada, y se prometió, sin palabras, que iba a tener toda la paciencia del mundo, la que nunca había tenido para nada, y que iba a esperar el sí entero de Vera el tiempo que hiciera falta, aunque le costara la vida, porque aquella mujer merecía que la quisieran por elección y no por costumbre, y porque Sabela, que se había pasado treinta y cuatro años arreglándolo todo a la brava, estaba aprendiendo por fin, a destiempo y a golpes, que hay cosas que solo se arreglan esperándolas.

Porque el cuerpo, resultó, se acordaba de lo que la cabeza había perdido, y eso ni Quinteiro ni su jeringa lo habían podido tocar, y una noche, muchas semanas después, cuando ya habían vuelto a ser dos personas que se buscaban, Vera fue la que se acercó, la que en el portal de su piso del barrio alto, bajo la misma lluvia de siempre, agarró a Sabela de la solapa y la besó, y luego se apartó, sorprendida de sí misma, con los ojos muy abiertos.

—Esto sí lo sé hacer —dijo Vera, casi asustada, con los dedos en los labios—. No me acuerdo de haberte besado nunca y mi boca sabe besarte. Sabe exactamente cómo. ¿Cómo puede ser eso, Sabela?

—Porque hay cosas que no se guardan en la cabeza —dijo Sabela, con la frente pegada a la suya, temblando—. Súbeme a casa y te lo explico despacio.

Y subieron, y aquella noche volvieron a quererse por primera vez otra vez, y fue distinto de todas las anteriores que Vera no recordaba y a la vez fue lo mismo, porque las manos de Vera, esas manos largas de dedos finos, encontraron a Sabela sin necesidad de acordarse, la desnudaron sabiendo dónde, la tocaron reconociéndola por debajo del olvido, y cuando Vera bajó por el cuerpo de Sabela y le separó los muslos y la probó con la boca, lo hizo con la misma seguridad de la primera vez que no recordaba, y Sabela, agarrada al pelo de aquella mujer que la había olvidado y la estaba volviendo a aprender, lloró y gimió a la vez, de placer y de una emoción que no tenía nombre, y cuando se corrió lo hizo diciendo el nombre de Vera como quien devuelve una palabra a su sitio, y luego fue ella la que se lo devolvió todo, la que recorrió a Vera entera con la boca y con las manos enseñándole otra vez su propio cuerpo, «esto te gusta, y esto, ¿ves cómo te gusta?

», y Vera se dejó reaprender temblando, riéndose y llorando a la vez, y en algún momento de la madrugada, enredadas y sudadas y felices, Vera apoyó la cabeza en el pecho de Sabela y dijo, muy bajito, la cosa que Sabela llevaba meses esperando sin atreverse a esperarla.

—Te quiero —dijo Vera—. No me acuerdo de haberte querido antes, pero te quiero ahora, y este sí es mío, este recuerdo empieza aquí y no me lo quita nadie. Empezamos hoy la cuenta, ¿vale? Desde cero. Día uno.

—Día uno —dijo Sabela, y la abrazó fuerte en la oscuridad, y por primera vez desde la nave sintió que respiraba.