La ultima memoria Capítulo 26 #3
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Capítulo 26 #3

Hubo, eso sí, antes de la noche que lo cambió todo, otra noche que Sabela no le contó a nadie y que se guardó ella sola durante mucho tiempo, precisamente porque fue la noche en que estuvo a punto de pasar y no pasó, y esas noches, las del casi, pesan a veces más que las otras, se le quedan a una atravesadas de una manera rara, ni buena ni mala del todo, sino las dos cosas a la vez como casi todo lo importante.

Fue a finales de octubre, con uno de esos temporales del sudoeste que en Arnela no avisan, que se echan encima del puerto en media hora y ponen la ría del color del plomo y hacen que las barcas amarradas se den unas contra otras toda la noche con un quejido de madera vieja, y las pilló bajando del faro sin paraguas, como andaban siempre, confiadas en el sirimiri de siempre que aquella tarde resultó no ser sirimiri sino un chaparrón de los de calarte hasta los huesos en cuatro portales, así que subieron corriendo y riéndose al piso de Vera del barrio alto, chorreando, dejando un reguero por la escalera, y entraron en aquel salón de libros del suelo al techo con la ropa pegada al cuerpo y el pelo pegado a la cara, y a Sabela le llegó de golpe, según cruzaba la puerta, el olor de aquella casa que se sabía y hacía como que no se sabía, papel viejo y lana húmeda y algo verde de plantas y, por debajo, el olor de Vera mojada, a pelo empapado y a piel fría, un olor que el cuerpo de Sabela reconoció antes que la cabeza y que le apretó por dentro con una punzada que no era del frío.

Vera le tiró una toalla y un jersey seco suyo, uno grande de lana gorda que le venía a Sabela por las rodillas, y se metió en el baño a cambiarse mientras Sabela se secaba en el salón dándole la espalda a la ventana por la que se veía la ría revuelta y los tejados brillando de agua, y cuando Vera salió, con el pelo enrollado en otra toalla y una camiseta vieja y unos pantalones de estar por casa, descalza, se puso a hacer té sin preguntar, que era una cosa que a Sabela le gustaba de aquella Vera nueva, la de moverse por su propia casa sin dar explicaciones, y le pasó una taza ardiendo y se sentaron las dos en el sofá gastado con las piernas recogidas, muy cerca porque el sofá era pequeño, oyendo el temporal darle a los cristales, y hablaron de nada, de lo mal que estaba el paseo marítimo con aquella marejada, de un vecino de Vera que tocaba el acordeón fatal los domingos, de si el té sabía a demonios o solo lo parecía, y en algún momento de aquella conversación de nada, sin que ninguna de las dos lo buscara, dejaron de hablar, y se quedaron mirándose, muy cerca, en aquel salón caldeado por la estufa de gas mientras fuera se hundía el mundo de agua, y Sabela sintió cómo el aire de la habitación cambiaba de densidad, cómo se ponía espeso, cómo se llenaba de esa cosa que llevaba semanas rondándolas por debajo de los cafés y los paseos y las discusiones y que ninguna de las dos había nombrado.

Y entonces Vera hizo algo que ni ella misma pareció decidir, pues levantó la mano, la que tenía libre, y se la llevó a Sabela a la cara, y le apartó un mechón mojado de la frente, despacio, y le dejó la mano ahí, en la mejilla, con el pulgar rozándole el pómulo, y no fue un gesto de tantear ni de pedir permiso, fue un gesto de quien ha hecho eso mil veces, de quien conoce el sitio exacto donde se posa la mano en esa cara concreta, un gesto que no tenía nada de primera vez y todo de costumbre, y a Sabela se le paró la respiración, no por lo que el gesto prometía sino por lo que el gesto sabía, porque aquella mano que la tocaba con tanta familiaridad pertenecía a una mujer que juraba no acordarse de haberla tocado nunca, y las dos lo notaron al mismo tiempo, las dos vieron lo mismo, la una desde dentro de su propia mano y la otra desde la mejilla que aquella mano conocía de memoria, y Vera se quedó helada, con los dedos todavía en la cara de Sabela, mirándose la mano como si fuera de otra persona.

—Espera —dijo Vera, y no la retiró del todo, la dejó ahí, temblándole un poco—.

Espera, para. ¿Has visto eso? Mi mano sabía adónde iba.

No se lo he dicho yo, Sabela, te lo juro, mi mano ha ido sola, sabía dónde ponerse, sabía la cara, sabía la mejilla, ha ido derecha como quien enciende la luz de su propia casa a oscuras.

—Retiró por fin la mano, despacio, y se la quedó mirando en el regazo con una cara entre el asombro y el susto—.

¿Cómo puede ser eso? Yo esto no lo he hecho nunca, yo a ti no te he tocado la cara en mi vida, y mi mano tiene más memoria que yo entera.

Joder. Es como tener dentro a una que fui y que no me acuerdo de ser, y que se me sale por las manos cuando no la vigilo.

Y Sabela, que tenía todavía la mejilla caliente por donde había pasado aquel pulgar y todo el cuerpo pidiéndole que se acercara, que acortara los cuatro dedos que las separaban en aquel sofá y dejara que pasara de una vez lo que llevaba semanas sin pasar, hizo en cambio lo contrario, pues se echó ella para atrás, despacio, poniendo aire donde el aire se había puesto espeso, y no lo hizo porque no quisiera, que ganas le sobraban, le habían sobrado toda la tarde y toda la semana y todos los meses, sino porque acababa de entender, con esa claridad fría que le venía en los momentos peores y que era lo único que la había hecho buena en su trabajo, que si dejaba que aquello siguiera adelante iba a estar aceptando un sí que no le daba Vera entera, sino solo el cuerpo de Vera, la memoria de las manos, la costumbre vieja de una mujer que ya no estaba, y que a Vera, a la de ahora, a la que la miraba asustada con la mano en el regazo, aquello a lo mejor le parecía por la mañana un abuso, el aprovecharse de un reflejo, el cobrarse con el cuerpo una deuda que la cabeza no había firmado, y eso Sabela no lo iba a hacer, ni por todas las ganas del mundo, porque llevaba media vida sacándoles a otros los síes a la fuerza en una sala de interrogatorios y sabía distinguir un sí verdadero de un sí que solo era el camino más corto para que la dejaran en paz, y el de aquella noche, por mucho que la mano de Vera dijera otra cosa, no era todavía un sí de los enteros.

—No —dijo Sabela, y le salió más ronco de lo que pretendía, y se aclaró la voz y lo dijo otra vez, más suave—.

No, así no. Ven, dame la taza, que se te enfría.

—Y le cogió la taza de las manos y la dejó en el suelo al lado de la suya, y le cogió a Vera la mano que tanta memoria tenía y se la sostuvo entre las dos suyas, quieta, sin dejar que fuera a ningún sitio—.

Escúchame, que esto te lo tengo que decir bien y me lo tienes que creer.

Yo te deseo desde hace semanas, no te voy a mentir, que entre nosotras la mentira nunca cundió, y ahora mismo lo que más quería en el mundo era acercarme cuatro dedos y no parar.

Pero no lo voy a hacer esta noche, y no es por ti, es por mí, es porque no me da la gana de que te acuestes conmigo porque tus manos se acuerden de cómo se hace.

Cuando pase, y va a pasar, que se nos ve venir a las dos, quiero que lo decidas tú, la de ahora, la que no se acuerda de nada, no la que llevas dentro sin querer.

Quiero un sí tuyo, no un sí de tu cuerpo. Que es distinto.

Vera la miró un rato largo, con esa manera suya de buscarle a una la trampa por debajo de las palabras, y no la encontró, pues no la había, y algo se le aflojó en la cara, una cosa que llevaba tensa desde que había notado la mano ir sola, y bajó la vista a sus manos cogidas y luego la subió otra vez, y cuando habló lo hizo con la voz plana que ponía cuando algo le daba miedo de verdad y no quería que se le notara.

—¿Y si no sé cuál soy? —dijo Vera, y le apretó la mano a Sabela sin darse cuenta—.

Ese es el problema, que me lo llevo pensando desde lo del café.

No sé si te quiero yo o si me quiere el cuerpo por su cuenta, si esto que siento cuando me coges la mano al cruzar es mío o es un residuo de la otra que se me quedó en los dedos como se queda el olor del tabaco en un abrigo.

Y me da un miedo espantoso, Sabela, porque igual resulta que yo, la de verdad, la de ahora, no siento nada, y que solo estoy siguiendo un surco que dejó otra, como el agua que va por donde ya fue una vez aunque el río se haya secado.

Y no quiero hacerte eso. No quiero quererte de prestado.

Bastante fantasma soy ya sin ponerme encima a querer con sentimientos que no sé si son míos.

Y Sabela, que se había pasado la vida entera creyendo que las cosas del querer eran más simples de lo que la gente las hacía, y que aquella mujer le estaba enseñando desde hacía meses que no, que eran justo lo contrario, un lío de agua y de memoria y de miedo del que no se salía a fuerza de voluntad por mucho que a ella se le diera bien la voluntad, se quedó un momento callada, pensándolo bien, porque Vera merecía una respuesta pensada y no una de las fáciles, y al final le dijo lo único que se le ocurría que fuera verdad del todo, que era la única moneda que entre ellas seguía sin devaluarse.